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Dardos

DARDOS: PRESIDENTE SORDO

“El Presidente me oyó pero no me escuchó. Parece que no entendió, que está mal informado. No estamos contra el gobierno, es mala lectura”
–Javier Sicilia, 5 de mayo de 2011
“El Gobierno mexicano debe escuchar el clamor social”
–Amnistía Internacional, 4 de mayo de 2011

La guerra contra las drogas de Felipe Calderón ha desgastado a los mexicanos de manera excepcional. Por la guerra en sí, pero más por una ausencia de resultados que golpea el ánimo, que aniquila las ganas. Que no permite divisar el final del túnel. Yo creo que entre los más cansados debe estar el mismo presidente de México.
Ah, Calderón. Cuatro años y medio de lo mismo. Imagínense: Tener que organizar foros y foros cada dos o tres meses; cada vez que la lumbre toca la burbuja en la que vive. Asistir a ellos, plantarse frente a sus asistentes. Y luego ignorar lo que le dicen. Qué hartazgo. Foros y foros –organizados o no por él mismo– que le dicen lo mismo: La estrategia está equivocada; si no, ¿por qué 40 mil muertos, por qué los líderes de los cárteles siguen libres, por qué el consumo se mantiene elevado y por qué los civiles siguen pagado con su sangre por la inseguridad?
Qué cansado debe estar Calderón; harto. Tener qué organizar eventos para simular que escucha; soportar que le expliquen con peras, manzanas y sangre que la estrategia no funciona. Y tener que responder con los ojos cerrados y los oídos tapiados: “Dar marcha atrás significa empeorar las cosas”. Nadie le pide dar marcha atrás, dejar de pelear contra los criminales como es su obligación. Lo que sí se le plantea es revisar la estrategia. Pero él lo ignora. “Quieren que saque al Ejército de las calles”, responde. No, eso ya no se puede; eso era al principio; hacerlo hoy sería entregar el país a los criminales. Qué cansado: Foros, individuos, especialistas y ciudadanos le dicen otra cosa que él no oye. Le piden cambio de estrategia. Y su respuesta es la misma. Qué cansado le resultará hacerse el ciego, el sordo.
Los Pinos, 4 de mayo de 2011: “Tenemos que hacerlo [la guerra], porque es el único camino para vivir en libertad. Ningún gobierno debe hacerse de la vista gorda. Eso fue, precisamente, lo que nos llevó a la situación que hoy vivimos. No es opción retirarse de la lucha. Al contrario. Hay que redoblar el esfuerzo, porque si dejamos de luchar, ellos van a secuestrar, a extorsionar y matar por todo el país. Porque dar marcha atrás significa empeorar las cosas. Si nos retiramos, vamos a dejar que gavillas de criminales anden impunemente en todas las calles de México, agrediendo a la gente, y sin que nadie los detenga”, dice Calderón.
Cuatro años y medio de lo mismo. Imagínense: Tener que organizarse mensajes oficiales en cadena nacional cada dos o tres meses; cada vez que la lumbre toca la burbuja en la que vive. Dar la cara, plantarse frente a los que lo escuchan atónitos. Tener que repetirnos una y otra vez un discurso salido del que no pone atención. Qué hartazgo. Mensajes y mensajes a nivel nacional –organizados por él mismo– frente a cuestionamientos que son los mismos siempre: Que la estrategia está equivocada, presidente; y si no, ¿por qué 40 mil muertos, por qué los líderes de los cárteles siguen libres, por qué el consumo se mantiene elevado y por qué los civiles siguen pagado con su sangre por la inseguridad? ¿Por qué no caen los empresarios y banqueros que lavan las ganancias del tráfico de drogas? ¿Por qué?
La guerra contra las drogas de Felipe Calderón ha desgastado a los mexicanos de manera excepcional. Yo creo que entre los más cansados debe estar el mismo presidente de México. Debe ser un ejercicio harto abrumador despertarse todos los días, ponerse tapones en los oídos y vendas en los ojos y aún así tener que salir a la calle. Deprimente. Depresivo. Cansado.
Cuando me lo imagino, me confirmo que un individuo como Felipe Calderón sólo puede sobrevivir a tanta presión encerrándose en una burbuja. Imagino su cápsula de confort, llena de incondicionales y mentirosos que le dirán, desde el desayuno: “Vamos bien, presidente”. “Los criminales quieren que acabe con la guerra; sígale, su estrategia funciona”. “Qué lección les da cada vez que habla, presidente”. “Lea aquí, vea Televisa y Azteca”. “Vamos ganando”.
Cuando lo imagino encerrado en su burbuja entiendo su necedad, su obcecación, su empecinamiento (que no justifico, por supuesto). Y entiendo por qué el presidente se ve cada vez más solo con su estrategia derrotada, vencida, inútil.

DARDOS: HASTA LA MADRE

A. El día después de que Juan Francisco, hijo del poeta Javier Sicilia, fuera asesinado, la CNDH informó que durante 2011 se han presentado un promedio de tres quejas diarias en contra de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) por presuntas violaciones a los derechos humanos y por casos de transgresión a las garantías de elementos castrenses.
Y ese mismo día, el Ejército respondió. Dijo que muchas de las quejas vienen de los narcotraficantes. “Como consecuencia de las acciones que realiza el Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos, y que afectan la estructura financiera e intereses de la delincuencia organizada, existen quejas que son presentadas por sus integrantes para desprestigiar a este instituto armado y de esta forma limitar sus operaciones”.
Copio un extracto de una entrevista de Sanjuana Martínez, publicada por La Jornada, al Director de Seguridad Pública de Torreón, el general en retiro Carlos Bibiano Villa Castillo:
–Usted decide quién debe morir o vivir, ¿no cree que eso lo decide Dios?
–Pues sí, pero hay que darle una ayudadita.
–Si se le acerca uno de esos [narcos] para hablar…
–Allí mismo lo mato. Yo me lo chingo.
–¿Mata, luego averigua?
–Así debe ser. Es un código de honor.
Ni me quejo: me quedo sin palabras. No sea que viole el pacto de silencio que firmaron cientos de medios mexicanos. O no sea que me acusen de querellante del crimen organizado.
B. “Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche ‘competitividad’ y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia”.
Sí, Javier Sicilia, suscribo sus palabras: Estamos hasta la madre.
C. César Duarte, gobernador de Chihuahua, anunció que propondrá al Congreso de la Unión legalizar el Servicio Militar por tres años para los Ninis, los que por culpa del Estado mexicano ni estudian ni trabajan. Discúlpenme ustedes, queridos lectores, pero qué propuesta más estúpida. De verdad discúlpenme la palabra pero mi diccionario de sinónimos suavizadores no dio algo más adecuado. Qué estupidez. Qué falta de respeto para el futuro de México, qué falta de imaginación para enfrentar la emergencia nacional, qué falta de madre (y ya no me disculpen, si quieren, porque me salió del alma).
Primero, porque es obligación de Duarte generar oportunidades para los jóvenes chihuahuenses, no deshacerse de ellos. Segundo, porque, con todo respeto para las Fuerzas Armadas, los mexicanos ni siquiera sabemos qué tipo de ciudadanos está educando en medio de esta guerra contra las drogas. Tercero, porque el Ejército no es garantía para que los jóvenes no entren al crimen organizado: miles y miles han desertado en los últimos años para incorporarse a las redes del narco, según los datos del mismo gobierno federal. La propuesta del gobernador chihuahuense no hace sino dejarnos claro en manos de quiénes estamos: gente sin preparación que arma propuestas sobre las rodillas y con una agenda perdida, sin respeto a los gobernados; como el mismo presidente Felipe Calderón cuando lanzó esta guerra idiota sin consultar especialistas, sin medir las fuerzas. La propuesta de Duarte nos hace ver la urgencia de reconceptualizar el Estado mexicano y de exigir a los políticos seriedad y preparación porque, como dice bien Sicilia, a este país se lo está cargando la chingada por culpa de los políticos. Y lo de “chingada” lo escribí sin carga emocional: es lo que es. ¿O alguien lo duda?
D. “El presidente Calderón debe acatar la recomendación de la Organización de las Nacionales Unidas (ONU), para de inmediato regresar a los militares a los cuarteles, porque su presencia en las calles sólo ha contribuido a elevar las violaciones a los derechos humanos”. Imagínense mis ganas de ser escuchado: la propuesta es del inutilazo de Vicente Fox. Pero de una vez se lo digo: no esperen que Felipe Calderón corrija el rumbo. Al contrario: intentará usar la guerra contra el narco, como lo ha hecho durante todo su sexenio, como herramienta política para mejorar la posición de su partido frente a los electores. Así de insensible, ruín e inmoral.
He escrito durante más de cuatro años que sacar al Ejército mexicano a las calles fue un error. Y más de una vez, cierto periodista amigo de Genaro García Luna y ligado al gobierno federal me acusó por escrito, en una columna que escribe para un diario del DF, de trabajar con narcotraficantes. Así se las juegan. Si no estás con ellos, estás contra ellos. Es decir: si no eres cómplice del asesinato de 40 mil mexicanos –con tu silencio o como activista o escribano–, estás contra “el Estado mexicano” porque trabajas con los narcos. Es decir: Te callas y te tragas la “estrategia”. Qué mal. Esos son los tiempos que vivimos.
E. Sí, estamos hasta la madre. Hemos marchado muchas veces contra la inseguridad y no vemos resultados. Aún así, va la convocatoria del poeta:

EMERGENCIA NACIONAL. ¡YA BASTA! MARCHEMOS CON SICILIA: Por los cuarenta mil muertos marchemos en la ciudad de México, el miércoles, junto con Javier Sicilia y los deudos de éste país. Llevemos veladoras y flores. Escribamos los nombres de los muertos. Hablemos claro y de frente a los asesinos de ambos bandos. De la explanada del Palacio de Bellas Artes al Zócalo. A las 17:00 horas.

No se qué más hacer. No se qué más decir; sólo que estamos hasta la madre.

DARDOS: PERIODISTAS, NARCOS Y TV

La semana pasada, una buena cantidad de medios mexicanos firmaron un Acuerdo para Cobertura Informativa de Violencia. Hay, por supuesto, cosas buenas; como en todo: proteger la identidad de las víctimas colaterales no publicando información (o fotos) sobre ellas es algo que se hace en muchas regiones del mundo y era necesario que los mexicanos lo asumiéramos. (No se necesitaba un acuerdo sino revisar manuales de ética y de estilo, pero bueno, allí está). Se acordó dar mayor protección a los periodistas en riesgo, algo que todavía no queda claro cómo va a aterrizar, sobre todo después de tantas promesas de Felipe Calderón al respecto. Pero bueno, también allí está.
Lo que más preocupa del Acuerdo no es siquiera que el testigo de honor sea una parte interesada, en este caso el jefe del Ejecutivo, quien lanzó una guerra por motivos políticos y esperaba cosechar sus “logros” en su imagen pública. Lo que sí asusta es que los medios dejen de cubrir temas relevantes para los mexicanos y que se derivan de esta guerra, como el trauma que viven en este momento comunidades de todo el país, o el asesinato de inocentes, o los excesos cometidos por fuerzas policiacas militarizadas que han declarado públicamente su falta de compromiso con la defensa de los derechos humanos.
Por eso, creo, es necesario que desde lo individual varios de nosotros, reporteros, periodistas, planteemos dudas y advirtamos riesgos. (Pocas empresas se atreverán a disentir públicamente). Sobre todo, es urgente fijar ciertas posiciones porque, en opinión de muchos comunicadores que no figuran entre los firmanes del Acuerdo, la publicación de eventos relacionados con la violencia y la guerra contra las drogas del gobierno federal responden a una realidad. Y la realidad no debe ocultarse. Tampoco debe ignorarse que el lenguaje de violencia y esta fascinación insana por los narcotraficantes se alimentó desde muchos frentes, y en particular, en este sexenio, desde Los Pinos.
1. El “lenguaje de los narcos” no lo introdujeron los medios serios al uso común. Lo hizo el gobierno federal. Durante más de cuatro años, el presidente Felipe Calderón no tuvo otro discurso que el de su guerra contra las drogas. Habló de narcos en eventos de turismo, de energía, de economía. Allí están los archivos. Habló de narcos frente a empresarios, estudiantes, amas de casa. Todos lo recordamos. Difundió, con ayuda principalmente de la televisión, las imágenes de presuntos criminales cuando no habían sido juzgados, y fue él quien se puso un traje militar y se paseó en un vehículo del Ejército como primer acto masivo de su gobierno, un 6 de diciembre de 2006. La difusión intensa de la guerra, incluso en el exterior, es culpa de una estrategia de comunicación que, seamos honestos, le provocó un daño costosísimo a la sociedad mexicana.
2. Como nunca en la historia de México, el mismo presidente se encargó de anunciar, con su voz, vía redes sociales o en eventos públicos, el arresto de presuntos criminales sin que pasaran por un juez, como ya se dijo. Calderón fue el que hizo del conocimiento público incluso sus sobrenombres. El “Hummer” es el “Hummer” porque Calderón así lo hizo saber ante la opinión pública, por ejemplo. Nadie lo conoce por su nombre –por cierto, se llama Jaime González Durán– sino por el apodo que se le dan en los círculos policiacos y entre traficantes y que el presidente de México utiliza con frecuencia. Y así lo hizo el jefe del Ejecutivo federal con infinidad de individuos que, además –se insiste– no han sido aún juzgados y por lo tanto son simples sospechosos de crimenes que seguramente cometieron pero que el Ministerio Público deberá probar.
3. Fue el gobierno federal el que difundió día y noche la vida y obra de los narcotraficantes. El pecado de los medios fue hacerle caso al aparato de difusión de Presidencia de la República. Para darse publicidad y contrarrestar los cuestionamientos a los errores cometidos en su guerra, Los Pinos entregó información vasta sobre los líderes de los grupos criminales cada vez que dio con ellos. Lo hizo en multitudinarias conferencias a las que la televisión tuvo acceso en vivo y en directo, como si se tratara de reality shows. Lo hizo permitiendo que desde las oficinas de la Policía Federal salieran expedientes de los presuntos enemigos del Estado y de los mexicanos. Lo hizo, incluso, realizando montajes: es conocido que Genaro García Luna “puso en escena”, para la televisión, supuestos operativos exitosos. La verdad se ha venido haciendo pública.
4. Ocultar los hechos de violencia es censura, o autocensura. No nos hagamos bolas. Una censura idiota, por otro lado: las redes sociales llegan a millones de personas que allí están informándose, sin los criterios de comunicadores profesionales, sobre el horror que vive México. Ocultar los hechos de violencia es, además, permitir que el gobierno federal mienta: el país sí está convertido en una zona de guerra porque se falló en la estrategia contra las drogas. Y allí que no quepa la duda: fue Los Pinos el que falló. O, a ver, que de una vez responda a una pregunta que hemos hecho muchos mexicanos: ¿a quién consultó la estrategia de la guerra? ¿Quiénes estaban con él –especialistas, analistas, sociólogos– cuando Calderón determinó que lo que este país necesitaba, por encima de atacar la pobreza o los monopolios, era sacar al Ejército y a la Policía Federal a las calles?
5. Publicar información sobre la violencia inédita que vivimos los mexicanos no degrada nuestro oficio. Aunque muchos quieren ver fotos y videos de los descabezados y asesinados –y muchos los ven in situ en las zonas más violentas del país–, los medios no debemos proporcionarlas. Queda claro, incluso por razones estéticas. Pero lo que sí nos degrada como sociedad y como gremio es que artistas se hagan pasar por periodistas y monten talk shows que denigran a los ciudadanos, que son discriminatorios, que generan una cultura chatarra y que sirven como cortina de humo ante la realidad. Y esto lo hace la televisión. Y nadie le pone un alto. Ahora le pregunto a los medios firmantes: ¿Los reporteros sabían? A ellos que exponen el pellejo, ¿los consultaron?
6 (y último punto, que aquí nos podemos seguir al infinito). Hay un país en guerra: ¿dejaremos de cubrirlo informativamente? Hay inocentes que mueren a diario: ¿cerraremos los ojos? Son hechos. Nadie inventa nada. Como periodistas, no debemos callarnos o la historia nos lo va a cobrar. O la sociedad misma. El pensamiento decimonónico de los medios, y la urgencia del gobierno federal para frenar el daño en su propia imagen por sus propios errores, llevó a un pacto que nace en el error, y fracasado. Los periodistas ya no estamos solos; suena rimbombante pero es la realidad: nos acompañan (y nos sustituirán) las redes sociales. La información circulará de todas maneras. Qué lástima que estemos renunciando a lo que era nuestra obligación: informar.
Concluyo con algo más: Siempre sospecharé –y sigo hablando en términos personales– de algo que promuevan los monopolios televisivos. No le han dado nada a este país nunca. Antes de este Acuerdo no les cría nada. Y no voy a creerles ahora.

DARDOS: DECIDIDOS A GANAR

El hombre del momento es Eruviel Ávila Villegas. El domingo 27 de marzo se registró formalmente como precandidato a la gubernatura del PRI en el Estado de México flanqueado por el hombre que Enrique Peña Nieto quería en ese lugar: Alfredo del Mazo. Es probable que Eruviel haya vencido al actual gobernador y casi seguro candidato a la presidencia en el 2012; simplemente pudo torcerle la mano coqueteando con la posibilidad de ir por la alianza PRD-PAN de 2011 por esa entidad. Pero en un PRI tan disciplinado como el de hoy, también es muy probable que siempre estuviera en los planes.
No me llama la atención esto último. La política me da asco. Considero a los partidos políticos uno de los grandes males de México. El PANAL es un monstruo hediondo, nacido y crecido en los lodazales del sistema político mexicano: Elba Esther Gordillo debería estar en prisión; pero como ha servido y sirve tanto al PRI como a Felipe Calderón, maneja enormes partidas presupuestarias que usa para alterar tendencias del voto al mejor postor. El PRD es una vergüenza para cualquier pensamiento progresista y de izquierdas. El regreso del PRI es una bofetada para la incipiente vocación democrática de los mexicanos. El Partido Verde es lo que ahora es el PANAL: un partido de inmorales y corsarios con habilidades de tienda de raya. El PAN es lo que es, y ya; quien esperara algo más de una fuerza reaccionaria está pagando el desencanto. Lo malo es que nos hizo pagar a los otros. Ni modo. Eso es, dicen, “la democracia”.
Lo que me llamó la atención fue el slogan con el que Eruviel Ávila se registró: “Decididos a ganar”. Puff. La cobertura que recibió este acto político y nadie se fijó en el significado de su lema. Decididos a ganar es eso: que harán lo que se necesite con tal de ganar. Porque su gran aspiración es esa: ganar. Y ganar a como dé lugar, como se ha vuelto una costumbre; como ganó Vicente Fox en 2000 (con “votos útiles” que resultaron tan inútiles como el guanajuatense mismo), o como “ganó” Felipe Calderón en 2006 –porque yo no estoy tan seguro de que ganara–: a punta de campañas de lodo y odio.
Decididos a ganar es decididos a ganar. Servir a los mexiquenses puede esperar.
El slogan condensa los grandes males de la política mexicana: Lo de los partidos es alcanzar el triunfo, no servir a los ciudadanos. El poder por el poder; para mantener camarillas con dinero público, para garantizar su enriquecimiento y el control sobre los demás.
Eruviel Ávila Villegas está decidido a ganar. No importa si debe hacer pacto con el diablo: su cometido es ganar. No importa que cientos de mujeres son asesinadas en su estado: su cometido es ganar. ¿Y qué, si millones de mexiquenses están en la miseria? El objetivo es ganar.
Eso es la política mexicana: mezquindad, oportunismo, falta de voluntad de servicio. Cada quién que haga lo que quiera, diríamos los ciudadanos. Sólo que hay un pequeño detalle: este lodazal, llamado de manera rimbombante “sistema político mexicano”, se alimenta con el dinero de todos nosotros. Esta caterva de inmorales vive de nosotros.
Debería darles vergüenza. Debería darnos, a todos, mucha vergüenza.

DARDOS: ME GUSTA ESTE PAÍS

Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? No me gustan sus políticos rastreros y depredadores, ni los monopolios insultantes, ni la falta de oportunidades para los más jodidos y para los jóvenes. Pero me gusta el espíritu de su gente, el calor que veo en el otro y ver, también en el otro, mi retrato.
Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? Aunque no resista verle la cara a los que lo mal dirigen desde el gobierno; a pesar de que me resisto a que unos cuantos controlen y manipulen todo, y todo es todo: la educación, las comunicaciones (televisión, radio, teléfonos fijos, celulares, Internet), la producción, el acceso al poder, las oportunidades, el progreso, la riqueza.
Me gusta este país y no me gusta en manos de quiénes estamos. Vomito en los partidos políticos porque son nidos de ladrones y oportunistas. Vomito en sus sindicatos corruptos y en sus líderes-alacranes. Vomito las oficinas de gobierno porque yo no recuerdo un solo trato amable a pesar de que esos que maltratan viven de nuestro salario. Vomito en los grandes empresarios, gente tan poco solidaria, que sacian su hambre de ganancias a costa de los más vulnerables: le venden alimentos chatarra a los niños; ceban a la gente con educación basura desde la televisión; chupan la sangre de la clase media con contratos de por vida para darles migajas a cambio de su derecho a una vivienda digna. Y tienen todo, y quieren más, y aunque me guste tanto este país (¿por qué no habría de decirlo?) sé que lo tendrán.
Me gusta este país: mi madre y mi padre, mis hermanos, mis amigos; mis perros, esos valles, esos cielos, esos mares; los desiertos, las montañas. Pero no soporto a sus magnates, a sus banqueros, a sus gobernantes, a sus líderes charros, a sus empresarios voraces, a sus políticos y sus campañas. No soporto las promesas, los engaños. No soporto la falta de oportunidades, una guerra idiota, tantos miserables, tanto abandonado.
Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? Lástima que esté en manos de unos cuantos que lo dirigen con los güevotes de quien se siente mayoría.
Me gusta este país aunque ya lo dejamos sin campo, sin agua, sin petróleo, sin bosques, sin llanos, sin árboles, sin pájaros. Y con el futuro, eso sí, comprometido para unos cuantos.

DARDOS: ESCRIBIR DEL NARCO

Defiendo a los que dicen que escriben “narcoliteratura” porque están en su derecho, pero me opongo al término y me separo de él. No critico a los reporteros que recientemente adoptaron el crimen organizado como especialidad; qué bueno que lo hagan, pero yo siento que hablar tanto de los jefes del narco construye menos (aunque genere tanta atención) que denunciar los efectos de esta guerra idiota e infame, escribir sobre las causas que provocan que generaciones de mexicanos se vinculen a las actividades criminales: la falta de educación, la pobreza extrema, la inequidad en el reparto de la riqueza, la ausencia de oportunidades, la corrupción gubernamental y todos los colaterales.
Me preguntaba hace unos meses la periodista argentina Mónica Maristáin (y así se publicó en el diario bonaerense Página/12): “Más allá de negar que exista una ‘narcoliteratura’, ¿cree que el tema del narco es insoslayable en la literatura mexicana?”
Le respondí: “Respeto a quienes lo usan o lo aceptan [el término ‘narcoliteratura’], pero no creo en él. Me parece que la literatura es una sola e indivisible. Por lo regular escribimos de lo que conocemos, de lo que sabemos. La literatura no viene de la nada. En mi caso, provengo de una ciudad que ha convivido ya un siglo con traficantes de heroína, candelilla, licor, cigarros. Viví entre narcos, fueron mis vecinos. Mi generación quedó destruida por contacto directo o como víctima colateral. Entonces, en cierto momento, cuando me di el tiempo y me senté a escribir ficción, no pude sino recurrir a las figuras que me eran comunes. ‘Corazón de Kalashnikov’ recurre a narcos, sí, pero también a mujeres: Ciudad Juárez es una comunidad en la que las mujeres juegan un papel central. La fuerza laboral de esa frontera fue de 400 mil durante el boom maquilador, en la década de 1990. Los hombres fueron reducidos a un papel secundario y eso generó un drama que no viene al caso contar aquí, pero que se expresó en maltrato y, en algunos casos, en homicidios”.
Le dije que el narcotráfico tiene una presencia tan brutal en México que ha marcado muchas formas del arte, entre ellas la literatura. “Si este sexenio terminará con cerca de 60 mil muertes, uno de nosotros tendrá que contarlo, seguramente. Cito a Julio Cortázar. Está el narco porque debe estar. Este trauma trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella…”
El hecho de que tenga libros que se ligan al tema del narcotráfico es circunstancial. Diría que es un malentendido. “La Guerra por Juárez” (Planeta, 2009) tuvo la intención de denunciar la matanza sistemática de mexicanos en la frontera, la cual alcanzó a un amigo de los que colaboramos en ese libro: Armando Rodríguez “El Choco”, periodista. “Corazón de Kaláshnikov” (Planeta, 2009), mi primera novela, es en realidad una historia de amor a la que la editorial le agregó: “El amor en los tiempos del narco” seguramente para vender más; está en su derecho; no me quejo. “No incluye baterías” (Cal y Arena, 2010), que presento el próximo miércoles 23 de marzo a las 7pm en la Casa del Refugio Citlatépetl del DF, es una especie diario de dos años en los que denuncié desde lejos y con horror cómo la estrategia contra las drogas de Felipe Calderón convertía mi sufrida Ciudad Juárez en un abismo. Pero están “Paracaídas que no abre” (2008) y otros libros colectivos, en los que toco los temas que me realmente me interesan: las relaciones entre las personas, casi siempre tortuosas. O los libros de periodismo puro y duro, en los que el autor es un simple reportero, como “Los Amos de México” (Planeta, 2007), “Los Suspirantes” (Planeta, 2005) y “Los Intocables” (Planeta, 2007).
¿Hay, en mis textos, muchas referencias sobre el narco? Pues sí. Nací en una ciudad corrompida por funcionarios públicos que sacaban provecho de los cárteles allí establecidos. Crecí en barrios en los que era más fácil conseguir heroína o cocaína que una beca para estudiar. Fui reportero policiaco y cubrí “la guardia” en los periódicos y en ese ambiente no hay sino luto humano, muerte, dolor, drogas, dinero fácil, corrupción, porquería.
Algo similar le pasa a Felipe Calderón. Después de dos años de hablar y hablar y hablar sobre narcotráfico, y después de lanzar una guerra idiota con consecuencias nefastas, ahora intenta referirse al turismo, a la economía, a política o a otros temas. Imposible. Será el único tema “importante” de su administración. Le será imposible sustraerse porque ya hizo añicos el país y generaciones completas de individuos seguirán hablando de esto y no porque quieran, sino porque hemos sido testigos y actores, los mexicanos, de un sexenio sangriento provocado por un político insensible que privilegió el uso de las armas sobre un problema sí de gobernabilidad, pero también de salud pública. Sobre esto he escrito ríos. Recomiendo a los interesados leer mi bitácora personal, mi blog. No agrego más.
En fin. Sólo quería decir que no creo en la “narcoliteratura” y que espero que muy pronto las editoriales paguen el costo de publicar tantos libros sobre los narcos. Que los lectores desistan. No digo, insisto, que debemos abandonar el tema. Creo, sin embargo, que poco se está hablando del drama social que generó esta guerra inútil o que obligó y obliga a los mexicanos a vincularse con el crimen organizado. Ojalá y todos los que estamos atentos a lo que sucede en México y escribimos, empecemos a darle cuerpo a un siguiente paso en la literatura y el periodismo: ir a fondo no de los cárteles, sino de los problemas que padecen los mexicanos y que desataron estos días amargos que vivimos hoy.

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