Texto para la presentación de No incluye baterías

Cuando me establecí en la ciudad de México, allá por 1993, mi principal problema fue el acento. Una vez fui a Tepito y casi salgo con los pies por delante a causa del acento; no me pierdo en los detalles. En los restaurantes, en los taxis, en la tienda, en el súper y mucho más en las cantinas y en las taquerías del afterhours creían que estaba encabronado (1) o que traía pegada en la frente una licencia para que me cargaran la mano (2). Como hago esfuerzos (breves pero importantes: juntarme con norteños, hablar mucho a casa, etc.) no he perdido mi tonito bronco, aunque cierta vez, a los cinco o seis años de estar en el Distrito Federal, llegué a casa y mamá me dijo con una nota de tristeza: “Ah, qué mijo, está dejando de hablar como norteño. Ya habla como chilango”. Y más que referirse al acento, en realidad decía que la familia me estaba perdiendo. Le corregí: “Como chilanguense, mamá”, porque soy de Chihuahua y soy malo para responder de botepronto. Y porque tengo la esperanza de volver a casa, como el hijo pródigo.
Sonreí a mamá con la mitad de la cara porque la otra (mitad) era una brasa tiesa y roja y no por vergüenza, sino por el mismo barniz de melancolía de mi madre: “Sí –pensé–, estoy perdiendo a mi familia por la distancia. Mi acento me delata”.
La magia de decirlo por escrito. Todos vamos sin zapatos a la hoja en blanco. Todos vamos sin sombrero y sin calzones. Hay notas pero no hay acento: notas de melancolía, notas de furia, notas sin color o desgarradas; notas descoloridas, desabridas y malintencionadas. Pero no hay acento. Aquí, acá donde estoy, hay un hombre con un acento mudo que puede ser de cualquier parte.
La magia leer, también. Porque uno traga textos como se toman los medicamentos: todos son casi iguales; todos tienen dos capuchas o son comprimidos blanquecinos. Pero luego se deshacen dentro y descubren qué traen. El acento de los textos se siente después, como la medicina tragada. Es después cuando te da rabia o se te quitan las agruras; después de leer o escribir te desmayas o se te quita la comezón; te dan convulsiones o el corazón se te hace chiquito. El que escribe y el que lee van a la mesa en las mismas condiciones: antes de ser leídos o ser escritos, los textos –por más que existan– son una hoja en blanco.
Mi acento. En el DF dicen que hablo como Speedy González, en mi casa que ya lo perdí. Por eso y por otras razones ahora me es más fácil escribir que hablar. También porque hablar casi siempre requiere a otro. Y escribir no. Cuando tomé mi primera libreta de reportero me dí cuenta que esto sería mi primer y único amor; uno que no abandona, o no me ha abandonado hasta hoy.
Después de una época de autismo decidí comunicarme con los demás y desde entonces ¡cómo he hablado! Aunque ahora hablo menos. Me comunico menos. En el mundo ideal, la persona que me ame hasta la muerte será mi boca, mi nariz, mis lágrimas, mi todo. Eso me gustaría. Me encantaría pasarle papelitos con lo que necesito: “¿Contestas esa llamada y me quitas la ropa?”, o: “Quítame el pantalón, no contestes el teléfono”, o: “¿Me quitas la ropa, apagas el celular y me apuñalas un pulmón antes de que lo haga el cigarro?”, o: “Escóndeme en tu seno, llévame contigo, dame asilo en tu intestino grueso pero no permitas que me obliguen a hablar”. Un mundo ideal sin que deba comunicarme. Ojalá y pase. No se puede todo.
¿Cómo llegué hasta acá? Porque pensaba en mi acento a partir de que alguien me pidió que contara cómo empecé a escribir. Pero de eso no me acuerdo. Yo nací periodista. Ser periodista requiere ver a todo mundo a los ojos, y hablar. El escritor no. Escribe y ya. Ser periodista requiere sacrificios que no sé si estoy dispuesto a hacer más. El periodista no encuentra cómo llenar las horas blancas, y se angustia porque sabe que es como perder los huevos. El escritor puede salir a la calle sin huevos y regresar con una canasta. Sin prisa. Sin angustia. Sin ver al otro, sin hablarle. O puede quedarse encerrado y los huevos le caen del cielo; así me pasó cierta vez en un hotel de San Luis Potosí de cortinas baratas hechas en China.
Un día dejaré de hablar. Ojalá pueda. Pero el momento en que deje de escribir le daré una nota a esa que pasará los últimos días a mi lado: “Mátame –dirá– y pon esto en mi epitafio: ‘Alejandro Páez Varela. Murió en silencio’”. Y si estoy equivocado y uno efectivamente reencarna, preferiría que fuera en una piedra sobre la que se sienta el corazón de un reactor nuclear. O preferiría reencarnar en una planta del desierto. En una gobernadora, en un chamizo, en un sahuaro. Y de preferencia sobre el meridiano 109.
El libro No incluye baterías se escribió con un cierto acento. No con intención teórica o retórica: el acento me fue ganando en cada texto, porque, efectivamente, como dice mi editor y enorme amigo Rafael Pérez Gay, hay un viaje a la raíz. Y en la raíz está mi acento. Y mi acento es Ciudad Juárez, mi hogar. Sin embargo, lo que puede reunir a tres lectores en su entorno es que, supongo con optimismo, no se trata de un libro regional sino que está compuesto por textos para una geografía común. Parece una contradicción pero no lo es: hablo de una geografía leve en la que alguien menor trata los temas menores que nos son comunes a casi todos: los perros, la familia, el oficio, la ciudad propia o la ciudad adoptiva que te ama y te acoge, etcétera. Y en el fondo siempre susurra un acento.
Este es un libro con más de un autor. Agradezco a mis editores, Delia Juárez y Rafael Pérez Gay, por ver en una serie de textos desmembrados la posibilidad de un libro. Atesoro esa intención y quisiera que los lectores la apreciaran como yo.
En muchos momentos mi acento ha sido un estorbo. Y en otros, un escudo, como hace unos meses que me peleé de carro a carro y uno dijo: “mejor no digan nada, que ése seguro es de un cártel”. Un periodista corrompido por las fuerzas más oscuras de México, las policiacas, me ha dedicado columnas diciendo que soy autor intelectual de no sé qué cosa de narcos porque sueno a Ciudad Juárez; imaginen. En realidad lo que no soporta es que diga que esta guerra es absurda y que alguien –los patrones de este periodista– debe pagar por un error que costará la vida a más de 60 mil mexicanos en este sexenio. Algo de esto encontrarán en el libro.
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Yo no me siento un escritor. Menos en un país en el que hay muchos y todos son profesionales. Yo no soy un escritor profesional. Me siento, más bien, como una olla llena de imperfecciones y quebraduras por las que se derraman estos textos de manera incontenible. No son impulsos, son derrames. No escribo por obligación, por disciplina o porque estoy trabajando: en la mayoría de los casos son derrames. Hasta que un día la olla se quiebre y se acabó. Hasta allí llegué.
Y mientras tanto, trato de mantener la olla llena –esto sí metódicamente– con la amistad de mis amigos, con la mujer que amo, con tragos de tequila, con los cariños de mis perros, con el recuerdo de mis viejitos y mi casa.
Trato de mantenerla llena de este acento que a veces pesa tanto –y recurro a Alfonso Reyes para esta frase– que me cansa.