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“NO INCLUYE BATERÍAS”. Lista de los 10 ganadores de un libro, y los cinco adicionales que Cal y Arena decidió también premiar

Lista de los 10 ganadores de un libro, y los cinco adicionales que Cal y Arena decidió también premiar. Los premiados deberán acudir a la presentación de “NO INCLUYE BATERÍAS” (Cal&Arena, 2010) este miércoles 23 de marzo a las 7:00pm en la Casa del Refugio Citlaltépetl, en Condesa, DF. Presentan Luis Humberto Crosthwaite y Julio Patán.
¡GRACIAS POR PARTICIPAR!

GANADORES:
1. María de los Ángeles Martínez
2. Emmanuel Mendez Quero
3. Sam Bodoque
4. Carla Jurado Gòmez
5. Gerardo Esparza Rivas
6. Isabel Marlen Mejía Rosas
7. Yehosafat Ríos Galván
8. Martín Alejandro Ramón Pineda
9. Julia Cordelia Lezama Mondragon
10. Yazmin Rionda
TAMBIÉN PREMIADOS POR CAL Y ARENA:
11. Claudia Domínguez M
12. Arturo G. Canseco
13. Diana Arriaga Hernández
14. Raúl Mancera
15. Patricia Abigail Dorado Moreno

DARDOS: ME GUSTA ESTE PAÍS

Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? No me gustan sus políticos rastreros y depredadores, ni los monopolios insultantes, ni la falta de oportunidades para los más jodidos y para los jóvenes. Pero me gusta el espíritu de su gente, el calor que veo en el otro y ver, también en el otro, mi retrato.
Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? Aunque no resista verle la cara a los que lo mal dirigen desde el gobierno; a pesar de que me resisto a que unos cuantos controlen y manipulen todo, y todo es todo: la educación, las comunicaciones (televisión, radio, teléfonos fijos, celulares, Internet), la producción, el acceso al poder, las oportunidades, el progreso, la riqueza.
Me gusta este país y no me gusta en manos de quiénes estamos. Vomito en los partidos políticos porque son nidos de ladrones y oportunistas. Vomito en sus sindicatos corruptos y en sus líderes-alacranes. Vomito las oficinas de gobierno porque yo no recuerdo un solo trato amable a pesar de que esos que maltratan viven de nuestro salario. Vomito en los grandes empresarios, gente tan poco solidaria, que sacian su hambre de ganancias a costa de los más vulnerables: le venden alimentos chatarra a los niños; ceban a la gente con educación basura desde la televisión; chupan la sangre de la clase media con contratos de por vida para darles migajas a cambio de su derecho a una vivienda digna. Y tienen todo, y quieren más, y aunque me guste tanto este país (¿por qué no habría de decirlo?) sé que lo tendrán.
Me gusta este país: mi madre y mi padre, mis hermanos, mis amigos; mis perros, esos valles, esos cielos, esos mares; los desiertos, las montañas. Pero no soporto a sus magnates, a sus banqueros, a sus gobernantes, a sus líderes charros, a sus empresarios voraces, a sus políticos y sus campañas. No soporto las promesas, los engaños. No soporto la falta de oportunidades, una guerra idiota, tantos miserables, tanto abandonado.
Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? Lástima que esté en manos de unos cuantos que lo dirigen con los güevotes de quien se siente mayoría.
Me gusta este país aunque ya lo dejamos sin campo, sin agua, sin petróleo, sin bosques, sin llanos, sin árboles, sin pájaros. Y con el futuro, eso sí, comprometido para unos cuantos.

DARDOS: ESCRIBIR DEL NARCO

Defiendo a los que dicen que escriben “narcoliteratura” porque están en su derecho, pero me opongo al término y me separo de él. No critico a los reporteros que recientemente adoptaron el crimen organizado como especialidad; qué bueno que lo hagan, pero yo siento que hablar tanto de los jefes del narco construye menos (aunque genere tanta atención) que denunciar los efectos de esta guerra idiota e infame, escribir sobre las causas que provocan que generaciones de mexicanos se vinculen a las actividades criminales: la falta de educación, la pobreza extrema, la inequidad en el reparto de la riqueza, la ausencia de oportunidades, la corrupción gubernamental y todos los colaterales.
Me preguntaba hace unos meses la periodista argentina Mónica Maristáin (y así se publicó en el diario bonaerense Página/12): “Más allá de negar que exista una ‘narcoliteratura’, ¿cree que el tema del narco es insoslayable en la literatura mexicana?”
Le respondí: “Respeto a quienes lo usan o lo aceptan [el término ‘narcoliteratura’], pero no creo en él. Me parece que la literatura es una sola e indivisible. Por lo regular escribimos de lo que conocemos, de lo que sabemos. La literatura no viene de la nada. En mi caso, provengo de una ciudad que ha convivido ya un siglo con traficantes de heroína, candelilla, licor, cigarros. Viví entre narcos, fueron mis vecinos. Mi generación quedó destruida por contacto directo o como víctima colateral. Entonces, en cierto momento, cuando me di el tiempo y me senté a escribir ficción, no pude sino recurrir a las figuras que me eran comunes. ‘Corazón de Kalashnikov’ recurre a narcos, sí, pero también a mujeres: Ciudad Juárez es una comunidad en la que las mujeres juegan un papel central. La fuerza laboral de esa frontera fue de 400 mil durante el boom maquilador, en la década de 1990. Los hombres fueron reducidos a un papel secundario y eso generó un drama que no viene al caso contar aquí, pero que se expresó en maltrato y, en algunos casos, en homicidios”.
Le dije que el narcotráfico tiene una presencia tan brutal en México que ha marcado muchas formas del arte, entre ellas la literatura. “Si este sexenio terminará con cerca de 60 mil muertes, uno de nosotros tendrá que contarlo, seguramente. Cito a Julio Cortázar. Está el narco porque debe estar. Este trauma trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella…”
El hecho de que tenga libros que se ligan al tema del narcotráfico es circunstancial. Diría que es un malentendido. “La Guerra por Juárez” (Planeta, 2009) tuvo la intención de denunciar la matanza sistemática de mexicanos en la frontera, la cual alcanzó a un amigo de los que colaboramos en ese libro: Armando Rodríguez “El Choco”, periodista. “Corazón de Kaláshnikov” (Planeta, 2009), mi primera novela, es en realidad una historia de amor a la que la editorial le agregó: “El amor en los tiempos del narco” seguramente para vender más; está en su derecho; no me quejo. “No incluye baterías” (Cal y Arena, 2010), que presento el próximo miércoles 23 de marzo a las 7pm en la Casa del Refugio Citlatépetl del DF, es una especie diario de dos años en los que denuncié desde lejos y con horror cómo la estrategia contra las drogas de Felipe Calderón convertía mi sufrida Ciudad Juárez en un abismo. Pero están “Paracaídas que no abre” (2008) y otros libros colectivos, en los que toco los temas que me realmente me interesan: las relaciones entre las personas, casi siempre tortuosas. O los libros de periodismo puro y duro, en los que el autor es un simple reportero, como “Los Amos de México” (Planeta, 2007), “Los Suspirantes” (Planeta, 2005) y “Los Intocables” (Planeta, 2007).
¿Hay, en mis textos, muchas referencias sobre el narco? Pues sí. Nací en una ciudad corrompida por funcionarios públicos que sacaban provecho de los cárteles allí establecidos. Crecí en barrios en los que era más fácil conseguir heroína o cocaína que una beca para estudiar. Fui reportero policiaco y cubrí “la guardia” en los periódicos y en ese ambiente no hay sino luto humano, muerte, dolor, drogas, dinero fácil, corrupción, porquería.
Algo similar le pasa a Felipe Calderón. Después de dos años de hablar y hablar y hablar sobre narcotráfico, y después de lanzar una guerra idiota con consecuencias nefastas, ahora intenta referirse al turismo, a la economía, a política o a otros temas. Imposible. Será el único tema “importante” de su administración. Le será imposible sustraerse porque ya hizo añicos el país y generaciones completas de individuos seguirán hablando de esto y no porque quieran, sino porque hemos sido testigos y actores, los mexicanos, de un sexenio sangriento provocado por un político insensible que privilegió el uso de las armas sobre un problema sí de gobernabilidad, pero también de salud pública. Sobre esto he escrito ríos. Recomiendo a los interesados leer mi bitácora personal, mi blog. No agrego más.
En fin. Sólo quería decir que no creo en la “narcoliteratura” y que espero que muy pronto las editoriales paguen el costo de publicar tantos libros sobre los narcos. Que los lectores desistan. No digo, insisto, que debemos abandonar el tema. Creo, sin embargo, que poco se está hablando del drama social que generó esta guerra inútil o que obligó y obliga a los mexicanos a vincularse con el crimen organizado. Ojalá y todos los que estamos atentos a lo que sucede en México y escribimos, empecemos a darle cuerpo a un siguiente paso en la literatura y el periodismo: ir a fondo no de los cárteles, sino de los problemas que padecen los mexicanos y que desataron estos días amargos que vivimos hoy.

DARDOS: ¡CORRE, MARISOL!

¡Corre, Marisol! Sí, que corra Marisol Valles García, la directora de Seguridad Pública del Municipio de Praxedis G. Guerrero. Pretendió darle una vuelta a la labor de la policía en ese hermoso páramo llamado Valle de Juárez; darle un rostro que no fuera el del castigo, el de la guerra. Híjole, con cuánta ilusión. Pobre. Ahora inició un proceso para solicitar asilo político en Estados Unidos porque recibió amenazas de muerte y, ¿sabe qué?, porque seguramente la iban a matar, como han matado a decenas de activistas y gente de bien en Chihuahua y en otras latitudes de México gracias a la penosa ineptitud de las autoridades o por su complicidad.
Apenas en noviembre del 2010 había asumido el cargo. Tiene 20 años y un bebé de meses.
En diciembre pasado, Mara Muñoz escribió en Día Siete: “Marisol Valles espera El Porvenir cada sábado desde hace tres años, pero su rutina cambiará pronto: en dos meses será licenciada en Criminología, dejará de viajar a las seis de la mañana desde Praxedis para asistir a la Universidad sabatina en Ciudad Juárez, de aguardar bajo el calor extenuante de la tarde en el desierto por alguno de los camiones blue bird 1980 que llevan en el chasis el nombre de su ruta”.
Pero eso es ya cosa del pasado.
¡Corre, Marisol! Sí, que corra. Porque este gobierno ha desatado una guerra que no puede controlar, y miles de mexicanos pagan con su sangre. ¡Corre, Marisol!, porque te matarán a ti y a tu hijo y a todos los tuyos, como ya lo vimos hace unos días con otros. ¡Corre, Marisol, huye!, porque en este país no hay justicia. ¡Corre, Marisol, corre por tu vida!, antes de que tu sangre llene las banquetas y tu memoria sea una historia más, un número más en la larga lista de los caídos. ¡Corre, Marisol!, porque no supimos defender tu causa. ¡Corre, Marisol! Huye de este país sin ley. Llévate contigo el sueño de justicia social. Corre, Marisol, que este no es un país para lanzarse a ser héroes. ¡Corre, Marisol, corre! Sálvate. O tú, y tu hijo de meses, y toda tu familia morirá. Ya lo vimos.
Huye, fragilísima, breve Marisol, que las bestias no te merecemos. Huye, que en este país no vienen tiempos mejores.
Corre y no veas para atrás, porque nos da vergüenza.
Uf. Me atrevo a repetir un texto que publiqué hace sólo unos meses en No Incluye Baterías (Cal y Arena 2010). A Marisol le dedico flores, a los que nos quedamos acá, estos párrafos.

La estrategia Equivocada.
1. Cuando llegamos al domicilio que dijeron por la radio de la policía, un muchachillo de unos 14 años lloraba y se cubría el rostro con ambas manos. Se encontraba sentado a la orilla de la banqueta. Minutos después arribaron los agentes y le preguntaron y respondió, sin encubrir un solo dato. Dijo que su mamá les dejó dinero para comprar pan blanco y prefirieron un Gansito. Cuando volvieron de la tienda a casa, él y su hermano de 16 se lo pelearon. Él tomó un picahielo para asustarlo. Se lo clavó en el corazón. Observé el Gansito sobre un charco de sangre a un lado de la cama, y al otro jovencito tendido, con los ojos perdidos y la boca abierta, muerto. La madre no se enteró de inmediato: ¿Cómo avisarle, si estaba perdida en el mar de maquiladoras?
2. Miguel Perea, foto reportero que hizo periodistas a varios de nosotros, me alertó: “No entre, compadre. No lo va a soportar”. Entré. La historia es breve: el marido, sin empleo, había ahorcado a su mujer en un arranque de celos porque era ella quien proveía el sustento; no él. Escondió el cuerpo debajo de la cama. Ella estaba embarazada de muchos meses. Él llamó a la policía y esperó en la vecindad. En su presencia movieron el cadáver hinchado. Se reventó. Duré casi 10 años sin comer arroz.
3. Su delito: ser homosexual. P. O., un viejo reportero policiaco, corrupto como pocos, me tomó la mano y dijo: “Tóquele, güero. Qué chichis”. Los agentes y los periodistas se tomaron fotos manoseando al individuo (para entonces una chica), que además era la gran novedad: se había cambiado de sexo. La cacheteaban, la pateaban. Esas fotos duraron años pegadas en el laboratorio fotográfico del periódico. Después vi cómo los judiciales estatales o los policías municipales hicieron lo mismo con sexoservidoras. Y sepa Dios con cuántos más. Arrastraré esas imágenes el resto de mis días como un mea culpa.
4. La mujer que se amarra con sus hijos y se tira al Río Bravo porque no tiene para darles de comer. La horda de tecatos (heroinómanos) que viola a una anciana, enferma mental. Los que perdieron la vida porque quemaron raticida en las cucharas. Los miles de jóvenes sin empleo y sin escuela que se unieron gustosos a los Pachucos Termo, a los Pachucos 30, a los Harpys 13 y a otras pandillas que después se fundieron en un solo concepto: los cholos. (Mamá nos sacaba de las calles cuando se agarraban a cadenazos. Puf: a cadenazos).
Viví esto y otras cosas como reportero policiaco en Ciudad Juárez. Eran los años 80. Aún en medio del luto humano, aún en aquel subsuelo, la gente vivía con los ojos transparentes.
Lo que desprendo de ese Juárez es que desde entonces pedía un poco de cariño. Educación, cultura, salud, transporte, avenidas, verdaderos policías. Drenaje. Foquitos en las calles y vigilancia para que las chavas no fueran secuestradas, violadas y asesinadas camino a sus trabajos o a sus casas. Pedía banquetas, parques, árboles, campos de beisbol, bibliotecas. Juárez pedía algo de dignidad, algo que le hiciera sentir que no estaba solo y que era parte de una Federación.
Pero no. La “ayuda” fueron vehículos artillados, armas. Balazos y sangre. Guerra al narco. Qué tontería. Qué irresponsabilidad. Esas miles y miles de almas muertas perseguirán para siempre a los que cometieron el error. Ah, políticos. Qué pueblo más miserable somos. Y no tendremos perdón si no le reclamamos a quienes nos llevaron a la cultura del odio en lugar de responder con lo que el país pedía: empleo, dignidad. Poco de cariño. No balazos. Los narcos estaban allí, hombre, a la vista de todos. Eran comandantes judiciales, eran policías, eran ciudadanos (o lo son). Les anunciaron que iban por ellos y no se fueron: desde la clandestinidad, les ganaron por lo menos una guerra: la de resistencia. Y miles de inocentes pagan y seguirán pagando, porque esto no terminará con este sexenio. Este no es como el desfile del Bicentenario o los cuetes que tronaron el 15 de septiembre; no es una obra de relumbrón.
Ah, políticos insensibles. Ah, policías y periodistas corruptos. Sedientos de plata, plomo y notoriedad. A ver, ¿en dónde están los estudios que sugerían -uso como ejemplo mi ciudad, pero se aplica al país entero- que Juárez requería una invasión de fuerzas federales? No existen. Si existieran, ya los habrían mostrado. Sin embargo sobran los análisis que alertaron desde hace décadas que la frontera se descomponía socialmente. Décadas en manos del PAN, por cierto; la ciudad es gobernada por PAN-PRI desde 1983. Los estudios que advertían que Juárez (como muchas regiones del país) requería atención social sirvieron un carajo. Allí están, en universidades y organizaciones nacionales y extranjeras. Los escribieron especialistas y periodistas (por espacio les doy un ejemplo: “El laboratorio del futuro”, de Charles Bawden).
Pero no. Ante la enfermedad social que representan el consumo y la venta de drogas, balas y muerte. Castigo. Qué tontería. Cuánta irresponsabilidad. El olor de esa sangre habrá llegado al techo del mundo. Y esa sangre, que tiene culpables, exigirá justicia.
Tony Payán, investigador de Georgetown, calcula que el barrio en el que pasé gran parte de mi vida joven (Las Margaritas) está al 40 por ciento; la guerra lo ha vaciado. Hasta los boleros pagan cuotas a los extorsionadores. Desapareció la vida social. El periodismo se ejerce a salto de mata y los funcionarios honestos hacen lo que pueden desde cuatro paredes. Lástima que se haya arriesgado el prestigio del Ejército mexicano sin una estrategia. Lo he escrito antes y lo repito otra vez: creo en su carácter popular, creo en la Institución. En quien no creo es en los políticos.
Hoy, a casi cuatro años de lanzada la guerra y con algo así como 9 mil muertos, mi ciudad está en manos de la delincuencia. A veces me gana la tristeza, reconozco. No puedo dejar de denunciar la tragedia (prefiero arrancarme los ojos). No puedo. Por lo menos esa factura a mí no me la cobrará la historia: que se la cobre a las hienas.

Pronto en librerías “MUDANZAS” (Cal&Arena, 2011). Sufrí con este texto. Sufrí. Me dolió escribirlo. Autores: Francisco Hinojosa, Norma Lazo, JM Servín, Adriana González Mateos, Mauricio Molina, Gabriela Vallejo, Mauricio Montiel, Sandra Lorenzano, Amaris Gomís, Roberto Pliego y un servidor…

Departamentos vacíos, ventanas sin cortinas, paredes blancas. Ir y venir de cargadores que se llevan la vida a otra parte. La mudanza es la memoria nómada, un trajín del demonio. Once autores cuentan en estas páginas sus mudanzas interiores, mentales, perversas, violentas, trágicas. Escribir es llenar cuartos vacíos. El lector encontrará en esta casa poblada y despoblada una y otra vez once espacios de tramas diversas, donde todo puede ocurrir, once estancias por donde deambulan los fantasmas del recuerdo. Un estibador pregunta mientras mueve cajas de un lado a otro: ¿dónde ponemos estos cuentos? Aquí, en este libro de prosas en movimiento. El acomodo de esta casa desde luego le corresponde al lector.

DARDOS: BEBERÍA CON CALDERÓN

No critico a Felipe Calderón por tomarse unos tragos, si es que se los toma por la razón correcta. En más: yo sí creo que Calderón necesita tomarse unos tragos a diario. Y si no fuera porque es un individuo poco cultivado que escucha y cita a Arjona, yo mismo lo acompañaría. Me cae bien la gente que bebe.
Yo, en el lugar de Calderón, bebería hasta la inconciencia si me despertara a diario con la noticia de que hice pedazos el país que juré administrar. Yo bebería a diario si supiera que el asesinato de miles y miles de mexicanos pudo ser evitado si no lanzo una guerra estúpida contra las drogas, inspirado en razones morales (de derechas) y políticas (para legitimar el “triunfo” en 2006). Si yo fuera Calderón, despertaría todos los días con ganas de tomarme los tragos del fin del mundo. Tragos por esos miles de muertos de mi guerra idiota. Tragos por no cumplir la promesa que me dio el poder: la de dar empleos. Tragos por dividir a México entre buenos y malos. Tragos por gobernar para unos cuantos y conducir a la Nación mexicana con un grupo de amiguitos e incondicionales. Tragos por destruir la esperanza millones que esperan, desde 2000, que su compromiso con la democracia se transforme en progreso. Si fuera Calderón, me hartaría hasta el vómito con alcohol al ver cómo por mi soberbia y mi necedad miles más se siguen matando desde el Río Bravo hasta el Usumacinta. Tragos por este país de secuestradores y extorsionadores. Tragos a diario por este país de impunidad. Tragos a diario por los trabajadores malcomidos y malvestidos que ahora, además, deben sortear balazos y agresiones para conseguir el pan. Tragos por los millones de migrantes que sueñan todas las madrugadas con que la justicia social se encuentra en otra parte. Tragos por sentarme a la misma mesa de Elba Esther Gordillo. Tragos porque mi fracaso alimenta el regreso vergonzoso del PRI. Tragos por este país de monopolios inmorales. Tragos por los tramos de Estado que tuve que ceder a las televisoras en pago por su apoyo para el triunfo del 2006. Tragos porque gobierno el país que tiene al hombre más rico del mundo, Carlos Slim, y a 50 millones de miserables. Tragos por la vergüenza.
Pero, para serles honesto, yo no creo que Felipe Calderón beba por la culpa. Si bebe, es porque le gusta; no porque esté apenado por tantos muertos. Si bebe es porque está festejando, no porque esté escondiendo el rostro en la embriaguez por el país sin futuro que nos hereda. Si bebe, es porque se siente eufórico porque sus cuates y él tienen a un país, México, postrado a sus pies. Yo creo que si Calderón bebe no es por arrepentimiento por un gobierno fracasado, sino porque festeja. Por eso no acepto que se embriague, si es que lo hace, con dinero de todos nosotros. La borrachera de Calderón, si es que se la permite, me parece francamente inmoral.

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