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Mi compa Luis Humberto Crosthwaite escribe para “No incluye baterías”. Qué privilegio. Qué gusto. Y también qué texto más difícil de leer sin romperse…

POR LUIS HUMBERTO CROSTHWAITE

Por sugerencia de mi editora Verónica Flores, el periodista y compa Alejandro Páez Varela presentó mi libro Tijuana: crimen y olvido en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Esta vez me invito el para que presentara su libro No incluye baterías, editado por Cal y arena más o menos en las mismas fechas que Tusquets publicó el mío.
Esta es la presentación que leí el 23 de marzo en la casa del Refugio Citlaltépetl, en compañía de Alejandro, Julio Patán y Adriana Bernal y una bola de amigos.

* * *
Confieso que me dio gusto cuando mi editora, Verónica Flores, sugirió que Alejandro Páez Varela fuera presentador de mi libro en la FIL de Guadalajara. Me gustan las presentaciones porque tienen el potencial de convertirse en fiestas que terminan a deshoras con música, baile y un pastel de varios pisos.
Las presentaciones deben hacerse siempre entre amigos. Presentadores y público deben ser compadres, comparsa, porra y admiradores, deben derretirse en elogios y en abrazos, para eso es el reventón, para eso es el festejo. Quién quiere un presentador adusto que sólo se fije en los acentos? En ese caso no se llamarían presentadores sino árbitros o réferis. La presentación de un libro es una fiesta. El presentador no debe partir de la objetividad sino del dichoso gusto de estar en buena compañía. El libro es la quinceañera y tanto papá como padrino deben echar la casa por la ventana, así sea la casa del refugio.
No puedo decir que conozco a Alejandro desde la infancia. Me gustaría, eso sí. Me gustaría alardear de nuestros tiempos juntos en la primaria Joaquín Cosío o corriendo por la avenida Miguel Ángel Chávez de Ciudad Juárez. Me gustaría decir que Alexito llegaba sin avisar a casa de mi mamá, justo a la hora de la comida, y que yo me aparecía en su cocina justo cuando la señora Lupita le apagaba a la olla de frijoles. Pero no fue así, yo nací seis años antes que él y en otra ciudad. Y el que llegaba a mi casa para comer no era Alexito sino un niño que se llamaba Ricardo, y a quien le gustaba que le dijeran El Kirrus.
Sin embargo hay experiencias comunes, mucho más allá de las obvias o las que pudo imaginar Verónica Flores cuando sugirió que Alejandro presentara mi libro. Las obvias son obvias: Alejandro nació en Juárez, yo nací en Tijuana, ambas ciudades nos duelen por razones similares. Él es periodista, yo ejercí como columnista y editor en el gabacho. Mi libro es una novela sobre el dolor, el periodismo y las cicatrices que nos deja el narco, ¿quién mejor que AP para presentarlo? Verónica tenía razón. Esto se confirma en las primeras 50 páginas del libro No incluye baterías. Ciudad Juárez le duele a Alejandro, es una herida que trae en el pecho, que avasalla, que no suelta, que cicatriza porque la llaga no sabe otra cosa que crecer. Su discurso es el mío: la denuncia constante contra un presidente que se lanza a una guerra sin sentido, que nos perjudica a todos, que nos mata uno a uno sin tener un propósito. Un presidente chaparrito y peleonero que, como dice Elmer Mendoza, parece que no le pegaron cuando era chiquito. Los que nos peleamos en la primaria, los que nos lanzamos contra el más débil de la clase sólo para que nos metiera una tunda, sabemos que hay que pensarlo dos o tres veces antes de tirar el primer chingazo.
Juárez y Tijuana nos duelen porque hemos visto en lo que se han convertido. Su calles eran nuestros espacios para jugar, para vivir, para enamorarnos. Y ahora son las calles del horror, de la pérdida, del secuestro infame. Yo todavía veo a mi ciudad con la inocencia del niño miope que tropezaba debido a sus pies planos. Pero la veo también como el tipo maduro que no puede ignorar lo que sucede: las muertes, el abandono, la tortura, las desapariciones. Mis hijos no pueden vivir una ciudad de inocencia como la que yo disfruté porque los juegos se combinan con los encabezados, las caricaturas con los noticieros, los festejos con la muerte.
Hablo de mi dolor, pero también hablo del dolor de Alejandro, presente en este libro. Leo en su paginas denuncias pero también leo nostalgia y pérdida de inocencia. Y aquí es donde Verónica Flores no pudo adivinar las coincidencias: este libro de Alejandro es mi biografía y la de muchos otros que vivimos en la frontera. No importa que nací seis años antes, pareciera que sufrimos por las mismas novias y que nos golpearon los mismos grandulones. Me pregunto si Alejandro alguna vez, a sus 15 años, recibió un puñetazo en el rostro por parte del hermano de la novia con quien caminaba por la calle, tomado de la mano. Al suelo fueron a dar mis lentes y me pregunto si Alejandro, al igual que yo, se agachó para recogerlos, lentamente, se los puso y con una furia desconocida hasta entonces, regresó el puñetazo a la cara del hermano ocho años mayor, más fortudo y más atlético. Me pregunto eso, pero hay otras cosas que no es necesario preguntar: los otros niños se reían de nosotros porque no éramos iguales a ellos, porque no sabíamos patear o batear la pelota; éramos tímidos y nerdos, hermanos lelo, ángeles apaleados. En mi caso, mi condición de hijo único me impulsaba a buscar amigos que sólo me invitaban a jugar porque yo era dueño de un bat y dos guantes y siempre era el último al que escogían. En la escuela, ni burro ni inteligente, más bien solitario y cuatrojos, Alejandro desde su chaparritud, yo desde mi gigantismo. El más pequeño y el más grandulón sufriendo de la misma manera.
Y todo eso y muchas otras cosas vienen a salir en lo que escribimos. Nos vale madre no ser objetivos o científicos, escribimos desde el corazón nuestras anécdotas más personales, que si sus dos perros, que si mis gatos, que si sus amores traspapelados, que si mi jefecita chula. Escribimos desde el dolor, no sólo por el presente de nuestras ciudades sino porque nos duele la pinche vida en general (aunque creo que él la disfruta un poquito más que yo).
No incluye baterías es un libro personalísimo, recuento de los daños personales, los que uno ha causado o los que a uno le han provocado. Es un libro evocativo porque ahí están papá, mamá, hermanos y amigos como protagonistas. Es un libro durísimo porque Alejandro escribe con furia, con amor y un total encabronamiento por todo aquello que es injusto y ojete. Es un libro nostálgico porque ahí están nuestras ciudades chiquitas y nuestros recuerdos grandotes. Llevamos el norte como un blasón, donde quiera que nos paremos, somos nordakas impasibles. La frontera nos atraviesa con disgusto. Amamos y odiamos a los gringos. Nos agrada y encabrona el beisbol. Extrañamos los burritos de machaca, él de doña Lupe, yo de doña Aurora. Reconocemos la sensatez de las mujeres que nos abandonaron; agradecemos la ternura de las que aún están presentes. Tenemos el corazón parchado y nos ufanamos de ser un par de chillones desconsolados. El alcohol nos saca lágrimas pero también las películas cursis. Renegamos del presente pero no lo cambiaríamos. Nos quejamos del pasado pero nos regodeamos en nuestros recuerdos y en el charquito que la nostalgia forma a nuestro alrededor. Alejandro se rodea de amigos e invita cheves mientras que yo me alejo de la humanidad como si fuera el último que no quiere convertirse en rinoceronte. Alejandro ama a sus perros mientras que a mí me quita el sueño saber que mi sobrina próximamente tendrá uno en la casa. Alejandro y yo somos tan desiguales que nos parecemos demasiado, no sólo por las dioptrías y por el norte y por las ciudades jodidas y grandiosas en las que crecimos. Somos tan desiguales y nos parecemos porque, sin proponerlo ni esperarlo, pertenecemos a la misma cofradía de los corazones rotos. Rotos los nuestros y rotos los que hemos quebrado. El dolor, la nostalgia, el tango, el blues y Ozzy Osborne son nuestro común denominador.
Y nos une la escritura, por supuesto, esa vieja cabrona de la que no hemos podido divorciarnos.

1 comentario

  1. Cómo un escritor de “su talla” puede escribir con faltas de ortografía. Simplemente no lo entiendo.

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