Los intocables
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Alejandro Páez Varela

Un ensayo sobre la Redacción con mayúscula

Mayo14

Usted, lector, muchas veces no imagina que mientras duerme, un grupo de individuos intenta convertir su sueño de libertad en verdades traducidas en noticias.

–A mi padre, Aurelio

Los periódicos tienen un momento, casi siempre en la madrugada, en el que el peso de la responsabilidad entra por un embudo que apunta hacia alguien en particular. Ese alguien sabe, una o dos horas antes del cierre de edición, que será el elegido de esa noche. Que la punta estrecha del embudo lo ha puesto en la mira y que todo el peso de ese día caerá sobre él. A veces es un diseñador; otras veces un editor, o un redactor, o un reportero de guardia.
En la última media hora del cierre entra, también, el Síndrome del Ángel Exterminador (referencia directa a la película de Luis Buñuel): nadie se va aunque haya terminado.
En la medida en la que se desocupan, esos miembros de la última mesa de cierre en el periódico, con las llaves en la mano –extraño embrujo– se va amontonando detrás de la computadora del alguien, del último en terminar la página final, que a esas alturas sufre por las miradas, los consejos, los nervios, por el crédito de una foto o por mil caracteres que faltan por editar.
Dos gendarmes, uno de producción y otro de la prensa, se instalan junto a esa pequeña multitud de trasnochados; miran el reloj y mueven la cabeza en señal de desaprobación. Castigan, presionan. Si es muy grave el retraso, aparece el de la filmadora, que ya pasó todos los negativos a placas y que espera esta única página, justo la que está en la parte angosta del embudo de la responsabilidad.
La portada, deportes, policiaca de última hora y la sección nacional son equipos que viven más frecuentemente esta presión. El peso del embudo de cierre es muy difícil de sobrellevar. Uno sale del periódico, toma sus cosas, camina al auto, llega a casa, cena, se acuesta y el cuerpo grita al instante: “¡Pero qué te pasa, cómo vas a descansar tan tranquilo si las últimas páginas apenas si las revisaste”.
A veces hace falta una buena dosis de noticieros de televisión, o un whisky en las rocas. O mucho de los dos. Olvidas un momento la tensión, pero no tarda en regresar, y entonces aparece también el reloj, chancleando el segundero como si fuera tu mujer vestida en pijama y con los tubos puestos pidiéndote que te recuestes, que mira qué tarde es, que no vas a poder levantarte temprano, que otra noche que no cumples, etcétera.
Los jefes de redacción, antes y ahora, se vuelven fácilmente alcohólicos o insomnes; o ambos. De cuando en cuando, según la antigüedad del periódico, la mesa de edición se transforma en un muestrario de gente poco sana: fumadores, trasnochados, malcomidos, deprimidos, descuidados. Se dividen las parejas. Se arman tremendos clubes de solterones envejecidos y berrinchudos. Se va la vida en un tris, y un día volteas a las caballerizas de los reporteros y te enteras que muchos de ellos ya ven tu silla con ganas, y todos tienen suficientes años menos que tú.
Siempre he dicho que el oficio del periodista es ingrato; que, a diferencia de muchas otras profesiones, la nuestra se degrada con el tiempo. La experiencia acumulada te vuelve anticuado, y, si no te pones vivo, los géneros periodísticos, en permanente evolución, exponen tu vejez. No veo que pase lo mismo con médicos, arquitectos o ingenieros, que a los 90 tienen alumnos hambrientos por sacarlos, aunque sea unos minutos, de su retiro.
Pero no me voy a quejar. No he trabajado en otra materia que el periodismo; no conozco otro oficio que el mío, a pesar de que, desde hace mucho, entiendo que el tiempo se transforma en un embudo, y que los periodistas vamos transitando por ambos, tiempo y embudo, y que pocos son los escogidos que llegan al cierre de su vida dentro de una Redacción. Las redacciones son de los jóvenes. Quien no conozca un periódico, pida una visita guiada y verá que cualquier diario parece jardín de niños. Y este ejemplo se repite en donde exista un periódico.

Un reportero policiaco
El tiempo. Las ideas pasaron de los tipos fijos al plomo del linotipo, y después a las compugrafics. Y cuando menos nos dimos cuenta dejamos de armar diarios y revistas con metal, gasolinas y madera, y pasamos a las mesas de luz, con papel revelado y cera líquida. La vida es una vela encendida, pienso ahora, y recuerdo las fotocomponedoras o las cámaras en fotomecánica, ahora en desuso, ahora en museos o en las recepciones de los periódicos importantes.
No recuerdo cómo fue, pero antes de lo que pensamos se fundieron las computadoras de pantallas verdes que tanto nos asombraron. Tengo muy claro el día en que vi una Mac por primera vez; qué revolución estaba en puerta: desaparecería la mitad de los oficios en los talleres de imprenta, y nacerían otros más especializados. Los linotipos, que vieron a mi padre dejar la pubertad y convertirse en un adulto, quedarían en calidad de dinosaurios del taller.
En los últimos años, el núcleo duro de la Redacción con mayúscula evolucionó a su manera. Hace tan poco que los reporteros de deportes se reunían los domingos en la tarde para repartirse las ganancias. Armaban montoncitos de monedas que después dividían en escrupulosas partes iguales. Los jugadores tenían notas a su favor; los escribientes se llevaban un extra a casa, y todos bien. Menos el oficio, claro.
Tuve un tutor (de los muchos que se acumulan cuando se empieza de “huesos”, chícharo o corre-ve-y-dile) que me enseñó a ir a fondo en las noticias. “No basta recoger el parte en la barantilla”, decía el viejo policiaco. “Hay que ir a las otras fuentes; los familiares, por ejemplo; o los agentes que participaron en el arresto”. Después me daría cuenta que cobraba a unos y a otros, y dependiendo del arreglo salía la nota publicada, o no.
Esto, claro, sucede ahora. Pero la Redacción con mayúscula ha dejado de ser triste escenario de muchas cochinadas a las que estaba acostumbrada. Digamos que hoy existe un poco más de pudor. Afortunadamente

***
Es cierto que los periódicos pasaron de los tipos fijos a las computadoras, pero conservan la mayoría de las deficiencias que los acompañaron durante finales del Siglo XIX y todo el XX. Algunos empresarios de medios consideran el periodismo como una herramienta para evitar el golpeteo político o para defender otras empresas. Pero cada vez es menos. Muchas empresas de medios desprecian a los periodistas, y los someten a salarios con los que no vive nadie de manera honesta. Esto, evidentemente, facilita que muchos reporteros caigan seducidos por tentaciones de cien o de mil pesos.
Reporteros y editores caen en las mismas tentaciones del pasado: sucumben frente al poder económico de los políticos, de los jefes policiacos o de los encargados de oficinas medianas y grandes de la burocracia. Que nadie se engañe, que quede muy claro: la manipulación y la corrupción que impulsaba el Estado desde tiempos del PRI, no se ha ido con el PRD ni con el PAN.
Los gobiernos de oposición dejaron sin tocar las estructuras que permitieron corromper a los periodistas en el pasado.
Muchos de los jefes de prensa que repartieron chayotes durante la dictadura del PRI, están ejerciendo desde oficinas identificadas con gobiernos de una supuesta oposición. Los gobiernos de los estados panistas y perredistas siguen pagando espacios en las portadas de los diarios; ambos, periódico y gobierno, engañan a los lectores con información que parece de buena fe.
Los gobernadores aparecen partiendo su pastel de cumpleaños, inaugurando un bache o junto a lindísimas edecanes que los conducen por pasillos del poder. Todo con gasto al erario. Los gobiernos locales siguen ejerciendo la presión sobre los medios, y gastan carretadas de dinero libre de impuestos para mantener tranquilos a los directores.
Las muchas y afortunadas excepciones son loables y atienden a una evolución que hubiéramos querido más acelerada.

La manzana de Newton
No me tiro al piso. Creo que este oficio evolucionará hacia “mejor”. Claro que sí. Por qué no. Hay que esforzarse para entender el progreso como esta escalera que va hacia ese “mejor” –cualquier cosa que “mejor” sea–. Hay que pensar que cada generación es un peldaño para que la siguiente llegue un poco más alto. Hay que creerse la idea de que el progreso es una ley de la física y que, gota del grifo, tarda, tarda, pero finalmente caerá. Pienso con optimismo que el progreso, como la manzana de Newton, terminará por caernos en la cabeza.
Este oficio tiene pequeñas aspiraciones, como ejercer con libertad y dignidad, con buenos salarios y herramientas suficientes. Yo que soy romántico, pienso que es irreversible el cambio. Me emociona ver a los chavos, que se ven mucho más sanos que los viejos con los que yo inicié. Internet democratiza cada vez más el acceso a la información y cada vez hay más periodistas de carrera; cada vez aparecen más empresas que privilegian la ética; son cada vez más frecuentes los medios que le dicen no a la corrupción y a los métodos de Estado corruptor que aplican los gobiernos inmorales, ya sean del PAN, PRI o PRD.
Creo en el progreso. Creo que el cambio es inminente e irreversible. Sí me creo la idea de que no solamente abandonamos los linotipos, sino que esta reconversión de industria abarca aspectos del recurso humano, como la profesionalización y la ética. Sí creo que la estupidez de los gobiernos del pasado no tendrá espacio frente al honor, y la imparcialidad y la vergüenza dictará las notas de ocho columnas.

***
No recuerdo bien qué hice todos estos años en los que el linotipo se volvió computadora. Lo que sí tengo muy claro es que jamás he recibido un solo peso que no me haya ganado. Eso es un avance. La generación anterior vivió de sobres; la mía ya no. Falta, claro, que todas las empresas de medios lo entiendan y lo impulsen.

***
Los periodistas jugamos a manipular el tiempo. Creemos que es una tarea de semidios congelar espacios de ese tiempo que, cuando menos pensamos, se nos viene encima; en la vida y en lo cotidiano; en las páginas o en nuestras casas.
El tiempo presiona a los periodistas a diario; el tiempo presiona la vida de los periodistas por años; congelar el tiempo es una tarea ingrata que desgasta.
El tiempo es un verdugo. Qué le vamos a hacer. El cierre de edición y el cierre de la vida de un periodista implican tanta adrenalina que a veces me siento capaz de empujar (Sísifo), cuesta arriba, una piedra del tamaño de una catedral. Y a veces me gana el desánimo.
Es cierto que nada se compara a la adrenalina del cierre; nada es igual al sueño de dominar, por un momento, esas fracciones de tiempo, imprevisibles, inesperadas, inestables, que son las noticias.
Pero el tiempo cobra cuotas. Son gotas espesas de un aceite llamado cansancio.

Octavio, mi tío, me manda esta respuesta:
Pariente,
tiene usted mucha razón en sus reflexiones sobre el oficio.
Recuerde que está formado por aves carroñeras. Son contados los periodistas que actúan con nobleza para consigo mismo y sus semejantes.
Cuánta carroña vimos en los periódicos de la frontera pariente.
Y cuántos carroñeros seguirá usted viendo donde anda.
Sin embargo, pariente, el periodismo es una maravilla. Es como la sífilis, no tiene cura. Se reniega, se queja, se sufre, pero no se deja.
Veame en el ocaso de la vida pariente y aún suspiro por regresar a cubrir información, pero no hay lugar. Hay mucha gente joven peleando el puesto que una vez tuvimos, muchos de ellos bien preparados, muchos que no valen la pena.
El periodismo es muy egoista. Si no está encima, produciendo información a diario, actualizada, se atrofia uno.
Hace casi 60 años, don Aure y su servilleta eramos gatos en los talleres de El Sol de Parral. Trabajamos de traidores: “ve por esto, ve por aquello”.
Y ya no salimos del periódico. Aprendimos el oficio y vivimos, Tuvimos familia y sus agregados que se nos fueron arrimando en el camino y seguimos.
Ahora vivimos de recuerdos, todos muy bellos.
No hay tiempo para rencores. Lo que se hizo o nos hicieron, se quedó en el camino.
Gracias pariente por sus palabras
Y no cambie, siga caminando.

Oc

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LIMOSNAS A LOS HAMBRIENTOS

Mayo11

Los precios altos y la escasez de alimentos han sometido al mundo a una terrible hambruna, y a un negro horizonte. Y Usted y yo somos en parte culpables de esta tragedia humana. PUBLICADO EN DÍA SIETE

hambre.jpg

Un sábado, hace no tantos días, saqué el auto y lo conduje al centro comercial que está a dos cuadras de donde vivo. La idea era entrar al cine allí; buscar después un lugar lejos del barrio para comer; ir a librerías lejanas y entrar a algún café desconocido a leer. Mi ánimo de explorador estaba (está) relacionado con la vida aburrida de los que trabajamos en los “puntos de engorde” -como los bautizó Douglas Coupland hace 18 años en Generación X-, frente a computadoras, post-its y sacapuntas eléctricos. Soy de los muy pocos que caminan de casa a la oficina, así que difícilmente muevo el carro una vez al mes. Ese sábado decidí hacerlo “por salud mental”. Y lo hice.
Salí del cine apachurrado. (Una película larga y mala es una empresa imperdonable para un hombre como yo, que prefiere las cantinas, los bares o los cafés.) Me fui a casa, de regreso, en el auto. Tuve que recorrer muchas cuadras para llegar, a pesar de la cercanía, porque había lloviznado y parece que nos volvemos, con tantita agua, más brutos. Se atascaron los semáforos. Se patinaron unos y se la mentaron casi todos, entre arrancones y enfrenones. No fui a comer lejos, no busqué otro café y otra librería. Volví a mis paredes, a mi punto de engorde bis: mi casa.
Ya sobre el sillón, la experiencia de esa tarde se me vino encima. Frente a los últimos acontecimientos, me sentí culpable. El centro comercial está a unas cuadras, y porque la vida moderna nos agrega angustias resolví ir en auto a donde sea. Gasté gasolina para supuestamente oxigenarme el alma. Le pasará a algunos de ustedes.
Desgraciadamente, por gente como yo la industria del petróleo provoca miles de muertos al año y permite gobernar a estúpidos e inmorales como George W. Bush, Hugo Chávez o las dinastías de los países árabes. Por gente como yo, el clima es vómito del diablo, que hiere con inundaciones y sequías al planeta. Por gente como yo, un país (o varios) (como Irak) es invadido. Por gente como yo están acabando con miles de hectáreas de bosques o de cultivos tradicionales para sembrar granos que generen combustibles. Por gente como yo, el mundo vive en estos momentos la peor escasez de alimentos en décadas, y está por enfrentar una hambruna nunca antes vista.
La escasez mundial de alimentos está acompañada por un aumento generalizado en los precios de los insumos básicos, que a su vez ha desatado la especulación. Los países desarrollados están demandando cada vez más alimentos, mientras que las tasas de crecimiento poblacional a nivel internacional se han elevado. A eso se deben sumar las inundaciones y sequías del cambio climático y que la industria de los “biocombustibles” se está comiendo enormes porciones de los granos que mantenían los graneros del mundo en equilibrio.
Gillian Tett, especialista del Financial Times (Inglaterra), cita a un analista de Goldman Sachs que calcula que esta crisis “estallará” dentro de un lapso de 12 a 18 meses. (Entrecomillo estallará porque me parece que un solo muerto -en estas crisis casi siempre son niños, mujeres o ancianos- debería ser suficiente para considerar que una crisis ya estalló). El Programa Mundial para la Alimentación (PMA) de la ONU calcula que en las siguientes semanas, 73 millones de pobres que reciben ayuda directa no tendrán con qué llenar su plato diario, porque el encarecimiento de los alimentos no lo permitirá: en sólo tres semanas de abril, los básicos aumentaron 20 por ciento; muchos de los granos han acumulado aumentos de hasta 200 por ciento en un año.
Entenderán mi autoreproche de esa tarde de sábado. ¿Quién soy yo -quiénes somos todos- para agregar sufrimiento a este mundo de por sí acongojado? ¿Quién me creo -quiénes nos creemos- para ser tan egoísta? Soy un consumista inmoral y ya, porque todo lo que hace un hombre en su vida vale puritita sombrilla, diría Peter F. Drucker, si lo que hizo no beneficia la vida de otras personas…

Hambre y limosnas
Tarde y con sueño -como siempre-, Naciones Unidas ha reaccionado. (Ni modo, hay que conformarse; la ONU no es lo mejor: es lo que tenemos). Las 27 organizaciones enmarcadas en esta institución han sido alertadas por informes que no sólo hablan de hambruna sino de levantamientos sociales. Y eso sí le para los pelos a los políticos: nadie quiere jodidos alzados; mejor jodidos cautivos que “votan”, compran, “legitiman”. No me pongo necio: lo que la ONU pueda hacer, está bien. Gracias, gracias a la ONU por lo que haga.
Sin embargo, difícilmente Nacio-nes Unidas podrá sacar acuerdos o lograr movilizaciones para revertir un daño que ya está hecho. Ahora sólo podrá aspirar a levantar colectas, limosnas. Limosnas para los hambrientos. El hambre global es un problema tan avanzado en este mayo de 2008 que de las fórmulas que se tuvieron para enfrentarlo hace unos meses, dependemos de las efectivistas y no de las efectivas. Para evitar la muerte de millones de personas debemos darles limosnas, es decir, donaciones directas, reconoció hace días el relator saliente de la ONU para la alimentación, Jean Ziegler. Limosnas, o tendremos una gran crisis humanitaria. Olvídense de acciones globales para poner a trabajar el campo en el hemisferio sur, o para detener a la industria de los biocombustibles. Eso era antes, o ya será después (ajá, seguro). Los jodidos de siempre están hoy más jodidos que antes: se mueren mientras movemos nuestros autos a la esquina.
Jeffrey Sachs, Paul Krugman y otros economistas con vena humanista insisten desde hace días por televisión, en entrevistas y en sus artículos en que asistimos a una catástrofe que afectará a una generación entera. Los hambrientos no estudian, se enferman, pierden de por vida capacidades que sólo se garantizan con una alimentación completa a edad temprana. El hambre provoca daños irreversibles en millones de niños, según los analistas. Las instituciones internacionales afirman tienen nombre y ubicación para estos primeros afectados: son los palestinos de la Franja de Gaza, los ciudadanos de Darfur, Sudán (ambos en zonas de guerra), y los maltratados de toda la vida en el Caribe, los haitianos. La siguiente lista de países ya está armada, también: se reportan movilizaciones y daños entre los más pobres -por el aumento de precio y por la escasez de alimentos- en Bangladesh, Sudáfrica, Nigeria, Senegal, Camerún, Burkina Faso, Marruecos, Mauritania, Costa de Marfil, Egipto y Yemen. Algunos analistas agregan a México en esta última categoría.
Y no se ve que los países desarrollados tengan prisa. Aún cuando la tortuga de las Naciones Unidas ya dio dos o tres pasos, no se ha hablado de un compromiso con la hambruna. Bush anunció que dedicará 200 millones de dólares a la asistencia alimentaria… mientras se gasta 2 mil millones de dólares diarios en su guerra contra Irak. Qué bonito. Muy bonito.

La idea de progreso
Vietnam, Egipto, Tailandia e India, entre los mayores exportadores de arroz en el mundo, anunciaron que restringirán su venta para garantizar el abasto doméstico. Desde enero de 2008 hasta la fecha, el arroz aumentó 43 por ciento, obvio. Y mientras el precio del petróleo encarece más la generación y transportación de alimentos, países como Brasil y Estados Unidos están produciendo cada vez más biocombustibles y aceites del maíz, agudizando la crisis. En octubre de 2007 nadie quiso hacer caso a las reflexiones de Fidel Castro; apenas publicaron sus declaraciones cuando denunció que se estaba arrebatando el alimento de los más pobres para llenar los tanques de los autos del Primer Mundo. Entonces todavía se podía hacer algo.
La hambruna es un problema de seguridad internacional, y hasta ahora parece prestársele importancia. Imagínese a las masas de hambrientos inconformes. Se calcula que los países desarrollados requieren sustituir con biocombustibles un 20 por ciento de la necesidad de productos petroleros. Si se lanzan en pos de este objetivo, se deberán dedicar millones de toneladas de maíz, soya y trigo, lo que dejará a millones de personas sin alimentos. Un litro de bioetanol chupa cuatro mil litros de agua. Entonces la crisis será alimentaria y de agua.
Pero en eso no pensaba cuando saqué el auto para ir al centro comercial. En eso no pensarán, seguro, millones de ciudadanos del Primer Mundo a los que les vale lo que otros padezcan, siempre y cuando funcionen sus aires acondicionados y sus hummers. El Banco Mundial calcula que unos 100 millones de personas en el mundo acabarán en la extrema pobreza (con menos de un dólar al día) por el aumento de los alimentos. China está empezando a pagar el precio por su crecimiento económico: sus reservas de granos se agotan, junto con las de decenas de naciones pobres del mundo.
La idea de progreso se ha desvirtuado. Creemos que el progreso está en más edificios y carreteras espectaculares; internet, televisión y celulares a pasto. O en viajes a Marte o en bombas inteligentes. No es así. Hace agua cualquier avance en democracia y libertad, hace agua el progreso del hombre si mantenemos esta dependencia inmoral a los combustibles y al consumismo desbordado. De qué sirve su iPhone o que los genios de la genética clonen una cabra o una chiva, si en este momento hay gente que muere de hambre. De qué sirven.
La próxima vez que nos pensemos “modernos” y progresistas dediquemos un minuto al réquiem del humanismo, que es un réquiem por nosotros mismos. Cada vez que pisamos el acelerador, pensemos en que millones de personas -como nuestros hijos, nuestras madres o nuestros abuelos- duermen, si es que duermen, con el estómago vacío. Y así morirán. A ver a qué nos sabe sentirnos tan sabrositos, con el aire acondicionado a todo volumen y las ventanas del auto abiertas. A ver a qué nos saben nuestras vidas, tan cómodas frente a computadoras, post-its y sacapuntas eléctricos.

LA CÁTEDRA ABIERTA

Mayo10
Me pidió Memo Quijas, director de Editorial Almadía, que presentara a Guillermo Fadanelli y a Leonardo Da Jandra en el Encuentro Internacional de Escritores desarrollado a finales de abril y principios de mayo en Oaxaca. Lo hice encantado, y no sólo por Memo sino por mis dos amigos. Les comparto lo que leí

Platicábamos Guillermo Fadanelli y un servidor hace unos días, luego de su regreso de Berlín, sobre cómo mi casa en la ciudad de México se convirtió en estos años en una extensión de la cantina favorita de muchos. No me apena decirlo así. En su ensayo sobre La Idea de Europa, George Steiner comenta, con propósitos más serios, sobre cómo el viejo continente son muchos cafés por los que circulan ideas y, a la vez, una misma idea. Los cafés de Italia y los de España, unos con dulces y panecillos, otros con carajillo. Los de Berlín y los de París, los de Copenhague y los de Palermo. Comenta Steiner también que difícilmente veremos Irlanda sin poner los ojos en los pubs, o Estados Unidos, sin sus ruidosos bares de blues y jazz.
Guardando la proporción, las cantinas mexicanas, que la literatura ha consignado y comprometido, son espacios en los que hemos invertido hasta lo prestado, pero de donde también hemos sacado ideas. De allí que no me avergüence decir que mi casa es una extensión de las cantinas favoritas de muchos de los autores de este Encuentro, incluyendo a Leonardo da Jandra y a Guillermo Fadanelli.
De mi casa y en mi casa, y por razones que ustedes conocerán, se han llevado y han dejado toda suerte de objetos. Pero también libros.
Hace un tiempo, Rodrigo Rey Rosa o Julio Trujillo, imposible saber cuál de los dos, dejaron El Amor de Shoppenhower, un ensayo maravilloso y recomendable, que si fuera releído con atención por las religiosas de la orden de las feministas sería llevado a la hoguera pública.
Mauricio Montiel dejaba un libro un viernes sí y un viernes no; el último, si mal recuerdo, fue El Mar, de John Banville. Una chiquilla con la que salía hasta hace unas horas olvidó a propósito Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, y del que rescato, porque sería un error no hacerlo en este espacio, una frase: “La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver mi esqueleto”.
El último en abandonar un libro en casa fue justamente Fadanelli. Se trató de Venir al mundo, Venir al Lenguaje, de Peter Sloterdijk.
Tengo una pequeña biblioteca de bebedores no tan santos en casa. Pero si a veces mis invitados se han bebido el Clorox o se han comido las verduras del refri, entre los muchos de la turba he perdido chunches, CDs y, obvio, libros. Me gustaría saber, por ejemplo, quién fue el paciente que un viernes se llevó el primer tomo de Literatura de la Revolución Mexicana Uno, y en sábado completó su colección con el volumen dos. Coños es un libro que quiero mucho. No se ha editado en México. Juan Manuel de Padua tiene, entre todos los coños o textos, uno dedicado a una violonchelista. Amo a las violonchelistas. Amo el chelo. Amo ese texto. Y cada vez que voy a Madrid compro dos o tres ejemplares porque, ya borracho, en casa, me gustaba leer el Coño de la Violonchelista, y alguien se llevaba en ejemplar. No había manera de defenderlo. Seguro estábamos todos muy ahogados cada vez que sacaba mi libro. Ahora lo tengo entre los colchones porque, si me pongo borracho, pienso en mi cama sólo cuando estoy a punto de desvestir a mi invitada.
Los libros vienen y van. No importa. Me gusta la idea de Guillermo cuando dice, en su ensayo En Busca de un lugar habitable, recientemente editado por Almadía, que se puede llegar a la conclusión de que “todo en la literatura resulta prestado: ideas, palabras e incluso el texto completo una vez atrapado en la hoja”. Agrega el mismo ensayo, más adelante: “Asumir que todo ha sido pensado o está a punto de pensarse, que flota en el aire aún antes de ser expresado es, entre otras cosas, una manera de curarse la vanidad y el triste orgullo de poner ladrillos a un edificio cuyos cimientos son cada vez más nebulosos: algo pasa encima de nosotros, nos utiliza como las piedras de un río para saltar hacia cualquier parte”, y etétera.
Estoy aquí para simplemente abrir una conversación entre dos personajes que admiro, que quiero y respeto. Leonardo da Jandra, me parece, es una sucesión de eventos afortunados para este país. Creo, y a él no le importa –en todo caso más a mi que soy el periodista en esta mesa–, la historia le hará justicia a él y a sus ideas. Aún creyendo que la lengua tiene vocación, como lo sostenía Levi Strauss, para orientar las ideas hacia alguna parte, no creo que las palabras, ajenas, que flotan en el aire, como lo describe Guillermo, puedan orientar la vocación de hombres como Leonardo, un filósofo, un idealista comprometido en tiempos en donde a nadie le importan los compromisos. Lo mismo creo de Guillermo. Las preocupaciones del mundo y por el mundo no tienen sentido si son una abstracción. Ambos autores le han puesto nombre y apellido en sus novelas. En ellas han planteado lo que les compromete y lo que les preocupa.
Advierto que ninguno de los dos son personajes fáciles. Con mi hermano Da Jandra me he peleado varias veces y lo creo intolerante. Y qué. El mundo lo es mucho más y con este mundo vivo incómodo; con Leonardo no. Este mundo que vivimos se supone que es cada vez más “políticamente correcto” y ya ven: ahora resulta que el Tercer Mundo está a punto de arribar a la peor hambruna en la historia de la humanidad, gracias a la especulación global de granos y al inmoral uso de biocombustibles. Imagínense. Por algo Slavoj Zizek, en su ensayo La tolerancia represiva del multiculturalismo, pone en duda la buena voluntad de los que quieren un mundo de cuotas para las mujeres, los homosexuales, los jóvenes, los negros y los blancos, etcétera. Quieren, dice Zizek, mundos aparte para cada quién, en vez de procurar la verdadera tolerancia, no la simulada.
A mi casa llegó Da Jandra por una ventana. Escaló a mano pelona tres pisos porque yo no escuchaba el timbre. Hay muchas historias que podría contar de Guillermo también. Lo que pienso ahora es que ambos representan para mi una cátedra abierta y ambulante. A veces se estaciona en mi casa. Hoy está aquí, en Oaxaca.
Seguramente muchos de los que estamos aquí nos veremos después, otro día.
Por lo pronto, los dejo con Leonardo da Jandra y Guillermo Fadanelli.
Muchas gracias.

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Champix (de Pfizer), los cigarros, las mujeres y el abuelo gordo de los emos

Abril27


Según algunas advertencias, Champix, tratamiento contra el tabaquismo, provoca depresión profunda y, según los noticieros, hasta suicidios. El autor lo consumió y cuenta su experiencia. PUBLICADO EN DÍA SIETE

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Hágame Usted el favor: resulta que Champix, el medicamento de Pfizer para combatir el tabaquismo, es altamente depresivo. Hace unos cuantos domingos, mientras rumiaba mi desventura frente a una bolsa de Cheetos y el Cartoon Network, encontré varias notas al respecto, incluyendo una advertencia de las autoridades españolas de salud en la que hablaban de “intentos de suicidio” y “trastornos profundos”. Brinqué de la cama; me quité el pijama (eran las cinco de la tarde; además lo traía al revés) y me salí a la calle, muy molesto y, debo decirlo, también muy aliviado. Me fui al café de la esquina y pedí un expreso doble, luego caminé al bar de al lado y me sirvieron un brandy en una copa coñaquera. Celebré. Me reí de mí y celebré.
Cuando bajé la vista me di cuenta que traía en el pie derecho un zapato blanco y en el izquierdo, una pantufla negra; levanté los pies feliz, esperanzado en que Gaby, ahora mi bartender favorita, terminara de confirmar lo que sospechaba desde hace tiempo: que estoy loco. Loco, pero no un emo, viejo y patético. Y no tengo nada contra los emos; cada quién.
Quiero, por favor, que imaginen mi condición. Yo que no duermo, me quedaba en cama 12, 14 horas. Yo que creo en el trabajo como en un apostolado, no podía escribir ni desarrollar ninguna de las tantas tareas de mi oficio. Yo que no puedo estar sentado ni un minuto (soy hiperactivo) me pasaba largas horas babeando en un puff que uso de sillón. Y ya no les describo por las que andaba (y ando) (ahora mucho menos) por pena. Lo resumo así: me convertí, en los últimos pocos meses, en el abuelo gordo de los emos. Qué vergüenza. Ya no tengo pelo en la frente, si no, seguro me habría alaciado el copete y me lo habría dejado crecer, largo, sobre los ojos. De negro me visto a veces; escucho a The Cure, The Smiths, Joy Division, así que todo se me acomodaba. Abuelo emo. Páez Emo o Emo Páez. Y no tengo nada contra los emos; cada quien.
No soy médico, ni laboratorista, ni químico, ni farmacéutico, ni enfermero, ni boticario, ni especialista en el tema, ni veterinario. Soy el último de la fila: soy consumidor. Y me siento muy enojado. En términos científicos, sólo puedo citar lo que dicen otros respecto a los efectos del Champix. Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios: “En el caso de que en un paciente en tratamiento con Champix aparezcan ideación o comportamiento suicida, éste debe suspenderse inmediatamente”.

La vida y ya, o una poeta/emo
Como consumidor, les puedo decir que he vivido meses infernales y no tengo ningún motivo para considerar que sucedió algo extraordinario en mi vida. Pues sí, me separé de una chica hermosa y me enamoré de otra, de la que ya me distancié. Nada extraordinario. La vida y ya. Normalmente los enamoramientos y las separaciones me dejan enormes colecciones de textos y recuerdos dulces y amargos. Regalitos, pues. Como digo: la vida y ya. Pero, oiga, esta vez la depresión me mandó a la cama. Jamás me había pasado. ¡No podía escribir, y de eso vivo! No sentía ganas de hacer absolutamente nada.
Como consumidor –insisto– estoy en un dilema: ¿les recomiendo que dejen Champix si ya van adelantados en el programa? No sé. Pero sí les aconsejo, otra vez como consumidor convertido en emo –y sí, con tendencias a la depresión–, que no se metan a Champix. Cómprense una canasta de huevos, y cómanse
uno diario; mucho mejor. Abandonen el cigarro, por favor, con todo menos con Champix. No estoy autorizado para decirlo como especialista en la materia pero lo digo simplemente por la terrible experiencia que he vivido estos últimos pocos meses y que, según toda la información disponible, está relacionada con Champix. Y no tengo nada contra los emos; cada quien.
Ah, por si hay dudas: sí, sí dejé de fumar. Mis amigos saben que terminé el tratamiento convertido en un promotor de Pfizer.
Me habría gustado, sin embargo, que el multimillonario laboratorio hubiera advertido, como lo hacen las cajetillas de cigarros, que el consumo de ese producto me llevaba a la muerte. En este caso, a la muerte del ánimo, de las ganas de vivir. Me hubiera gustado que, como dice en las cajetillas de cigarro, me dijeran en qué me estaba metiendo. Y entonces habría decidido si tomaba el tratamiento o no.
Quizá me habría portado de otra manera con la chica que, seguro por emo-dependiente, terminé expulsando para siempre de mi vida. Quizá habría tomado el tratamiento sin asumir el compromiso con las editoras de cierto libro en el que participo (ya les entregué el último texto; no sé ni cómo le hice) y que, ay, cómo sufrí para terminar.
Quizá me habría puesto en brazos a una chiquilla emo (o poeta, que, amigos, cómo se parecen) de 20 años; que fuera enamoradiza y no viniera embarazada de fantasmas y complicaciones; quizá le habría pedido que me acompañara en un tramo emo en mi vida, concebido para eso, para derrotar al cigarro. Quizá me habría depositado en sus brazos de algodón, sobre su piel tersa, como quien duerme en camas de opio. Quizá me habría puesto una peluca y me habría vestido de negro, y así, barrigón como estoy, con pelo en los ojos me habría ido por el mundo dopado de Champix, una emo-poeta y opio, o simplemente me habría refugiado con ella en el metro Insurgentes del DF. Quizá habría asumido feliz mi condición de emo, razonándola como parte de mi crisis de los 40. Y no tengo nada contra los emos; cada quien.

¿Cuántos emos?
El problema de fondo es que los consumidores nunca tenemos quién nos defienda. Ese es, en todo caso, el tema. Las tabacaleras le regalaron enfisema pulmonar a muchos en mi familia, incluyendo a mi padre y a un tío que viven pegados a un respirador. A mí no me fue tan bien con el cigarro; allí están mis radiografías para contarlo. Y muy despuecito de que el daño se había llevado millones de vidas, aparecieron las leyendas de “este producto puede producir equis o zeta”.
Ahora resulta que Champix me mete en una súper bronca, si creemos en las últimas muchas advertencias. Nadie me dice. Una amiga con la que me he reencontrado (para mi fortuna) me recuerda que sí se establece en las instrucciones que debes ir al doctor antes de iniciar el tratamiento, y otros tres amigos responden que fueron a una clínica y que jamás les advirtieron sobre la depresión y posibles intentos de suicidio. Además, para qué nos hacemos majes: todos nos automedicamos y no conozco ninguna campaña de los laboratorios que intente prevenirlo.
Pregunto: ¿Cuántos muertos y/o maltratados (como yo) se necesitan en México para que la caja de Champix diga: “Este producto puede provocar depresión severa que a veces lleva a la muerte”? Muuuchos, seguramente. Como pasó con el cigarro.
Los depresivos no se eliminan tan fácilmente del cuerpo, me dice mi doctora favorita. Ahora busco un antidepresivo, que seguro es de Pfizer, el cual me provocará como efecto secundario uñas negras y alma de víbora de cascabel… para lo cual Pfizer tiene (casi lo apuesto) el tratamiento. Y el tratamiento para uñas negras y alma de víbora de cascabel se cura con otro tratamiento muy parecido al Champix, que también es de Pfizer, y te vuelve emo. Y no tengo nada contra los emos, que conste. El pleito no es con ellos. Cada quien.

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¡MUY PRONTO, ATENTOS! UN PARACAÍDAS NO ABRE…

Abril14

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Y ahora sobre el abuelo gordo de los Emos, Champix, la depresión y algo desde Sinaloa

Abril13

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Brenda Lozano me presta su cabello para mi versión Emo. Esto después de que ambos nos reímos de mi texto sobre el tema, que publico en poquititito tiempo en DIA SIETE (atentos). Jiji, jaja.
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Después de sentirme el abuelo gordo de los Emos, acabo de encontrarme con la nota de que Champix, el tratamiento de Pfizer contra el cigarro, provoca depresión. Hijos de su… Carajo. Nadie me lo dijo. Pues ya suspendí la mierda esa que estuve tomando (ahora de manera ocasional) y me he vuelto su enemigo. Me volvieron un Emo. Ya comentaré sobre este tema ampliamente en otro espacio. Jodido Champix, jodida depresión. Pinche abuelo Emo, háganme ustedes el favor. No es que yo sea el tipo más estable del planeta, la alegría sobre tenis, pero, oiga, ¡no puedo ni escribir!
Por lo pronto, saber que mi depre es química ya me dio un respiro….

Lo que sigue lo escribí hace unos días, así que notarán mi tonito Emo.

Chaparrón y claro de nubes
Que viva Sinaloa, me caideamadres. Me propongo conocer este estado a fondo. Andaré por los rumbo un rato de este año y espero tejer lazos, migas. Viva Culiacán, paraíso húmedo (en más de un sentido); viva Mazatlán. El mar, por primera vez, me llama la atención. Lo sabe quien me lea: soy alérgico al agua de mar, a la arena, al sol, a las puestas de sol y a la cultura costeña. Pero con Mazatlán cambió el asunto. Me gusta. Me ilusiona. Vengo llegando de una parranda de largos vuelos con dos personajes de los que hablaré mucho en los siguientes meses (Enamorado y Juanjo Rodríguez), y, se los digo, me siento muy dichoso de que mi mood esté en franca evolución después de eventos poco afortunados en las semanas que se fueron.
Veo venir una tormenta de primavera (un chaparrón) casi inevitable, y ahora mismo encuentro el claro en las nubles. Que viva la esperanza.
A ver cuánto me dura el oxígeno que levanté este fin de semana para los pulmones.
A ver cuánto puedo contener la respiración antes de que las bocanadas de mierda me tapen la nariz.
¡A usted, a usted y a usted les digo: no tardaré en regresar!
Espérenme, por favor.
Ya voy.
Voy por mi pedazo de tierra y mar.
(Agárrense, callos de hacha. Sopla el viento; cuídense las faldas y los peluquines).

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Sobre mis días sin luz, sin claridad. Sobre los bálsamos para la tiricia

Abril3

hombre-mujer cabeza.gifDejé de escribir un buen rato; este blog y mis amigos son testigos. Diría, aquí, como he dicho por otros lados, que abandoné el cigarro y que no me puedo concentrar; que fueron 25 años fumándome dos cajetillas diarias y que las hilachas. Miento. La verdad es que simplemente no tengo ganas. Estoy en un periodo de bajas emociones, entablado. Llevo meses así. Sin luz, sin claridad. No recuerdo la última vez que pasé por una situación similar. Ahora simplemente dejé de escribir: no tengo ganas de hacerlo y ya. El cigarro es una parte de los motivos, pero no es el único y mucho menos el más fuerte. Es desgano, desilusión. Meses arrastrando aburrimiento. Meses buscando darle vuelta a esta página. Meses, meses, meses aturdido por un ruido que no alcanzo a escuchar pero que me tiene sordo. Meses.

Les cuento que estuve en Prensa y Democracia (Prende), en la Ibero, dando un taller. Ahora daré un curso en Culiacán y luego otro en Mazatlán y me invitan al Tec en el DF para otro taller. Yo contento de ver gente. Contento de compartir algo sobre periodismo y letras y mis pasiones. Voy gustoso, alegre. Pero no sentí gran emoción. Así ando. Es real.

Guillermo Fadanelli regresó a México. Nos agarramos una súperborrachera desde que se bajó del avión (literal, sin exagerar) y luego, al día siguiente, todavía encausados por el vodka recibimos amigos y asamos carne. Tenía mucho sin ver a Rafa Pérez Gay y a Delia y a algunos amigos que quiero. Bien, la carnita y las cervezas. Me quedé, sin embargo, insatisfecho por muchas cosas. Pero, otra vez: soy yo, el sin luz, el sin claridad. El que ha dejado el cigarro. Es eso.

Viene un proyecto padre del que escucharán, seguro. Vienen algunas satisfacciones.

Aún así me siento desilusionado, cansado, sin ganas de nada. Nada, nada.

Les digo: no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí así. Creo que estaba en la secundaria y era un chamaquillo preguntón y existencial.

Ahora, ¿se imaginan el esfuerzo que hice para escribir esta parrafada?

En este estado, soy candidato ideal para cualquiera que quiera estafarme. Sí, sí, por favor, alguien que me venda bálsamos para la tiricia. Yo los compro. Yo compro bálsamos para estos días.

Compro curas, aunque estén hechas de orina o lodo.

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Cuarto de hotel

Marzo4

He visto al sol recogerse en el lugar en el que apunta mi dedo. He visto a la viola tartamudear, tambalearse el mito de un tercer ojo en la frente de los ciegos. He visto, en el que me mira, recordar en mí al que nunca existió, porque he mentido. He visto al que cree que tengo salvación, y he visto todo: menos lo que estoy esperando.
He visto, he sentido los labios y la piel de las mujeres que deseo (y la bestia en mí ha pagado por cada fragmento de corazón). He recibido feliz cada buen gesto y cada rechazo lo he aceptado también, porque no estoy para despreciar un solo guiño del desaliento: estoy para abrirle los brazos, para resbalar ante cualquier cáscara de plátano y para caer sobre el camino enlodado: soy lodo y cáscara también.

No soporto los cuartos de hotel. Los jabones pequeños ayudan; las toallas lavadas con los detergentes más baratos me van bien para las alergias. Me gusta que las teles no tengan controles remoto y que los aires acondicionados sólo ofrezcan dos botones: el del on y el off, el del frío y caliente.
Pero la idea de los cuartos de hotel me pone a temblar. Sólo la idea. Sé claramente por qué: es la regadera. La regadera de perfil, seria bajo la luz encendida del baño cuando me voy a dormir. La regadera hablando. La regadera diciéndome que si soy valiente. La regadera observándome por sus muchos ojos, como de mosca. La regadera desafiante. La regadera que me pregunta si no tengo ganas de dormir fresco.
Contra la dictadura de la regadera no hay remedios en el botiquín que cargo cuando viajo, y jamás serán suficientes los tragos en el lobby, o los rosarios, o los conjuros, o la rebelión de las almohadas.

He visto en mis cuartos de hotel, en casi todos, cómo llega la mañana (y sí, por supuesto, también he visto rayos c brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser). He visto cómo se caen mis aviones y he probado qué tan incómodos son los asientos de Aeroméxico, Delta, Mexicana o la aerolínea que sea, siempre y cuando se vaya en picada. He disfrutado la tragedia y he visto todo, menos lo que estoy esperando.

Este día escuché cómo las alas de mi avión se sacudían y el fuselaje se quebraba. La señorita dijo con tono tranquilo que estábamos pasando por “zona de turbulencia”, pero claramente le escuché decir que nos encomendáramos a nuestro Creador, el que fuera, si es que lo teníamos. Me puse muy contento, aunque alerta.
He visto casi todo, y entre lo que ni siquiera imagino es a mi Creador. Soy honesto y creyente austero, y les digo: en todo caso, mi Creador está en los ojos de ella. ¿Es posible?, pregunto. Porque allí lo he reconocido. Porque allí lo he visto de frente.
Reconozco en ella a mi Creador y no lo he visto siquiera. Reconozco en ella a mi Creador porque no he conocido una mejor manera de estar, literalmente, en la gloria.
He visto en quien que me mira recordar en mí al que no existe, ni existió, porque he mentido.

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