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22
Sep

ESA FACTURA DE LA HISTORIA

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

-A mis colegas periodistas en zonas de riesgo

1. Cuando llegamos al domicilio que dijeron por la radio de la policía, un muchachillo de unos 14 años lloraba y se cubría el rostro con ambas manos. Se encontraba sentado a la orilla de la banqueta. Minutos después arribaron los agentes y le preguntaron y respondió, sin encubrir un solo dato. Dijo que su mamá les dejó dinero para comprar pan blanco y prefirieron un Gansito. Cuando volvieron de la tienda a casa, él y su hermano de 16 se lo pelearon. Él tomó un picahielo para asustarlo. Se lo clavó en el corazón. Observé el Gansito sobre un charco de sangre a un lado de la cama, y al otro jovencito tendido, con los ojos perdidos y la boca abierta, muerto. La madre no se enteró de inmediato: ¿Cómo avisarle, si estaba perdida en el mar de maquiladoras?
2. Miguel Perea, foto reportero que hizo periodistas a varios de nosotros, me alertó: “No entre, compadre. No lo va a soportar”. Entré. La historia es breve: el marido, sin empleo, había ahorcado a su mujer en un arranque de celos porque era ella quien proveía el sustento; no él. Escondió el cuerpo debajo de la cama. Ella estaba embarazada de muchos meses. Él llamó a la policía y esperó en la vecindad. En su presencia movieron el cadáver hinchado. Se reventó. Duré casi 10 años sin comer arroz.
3. Su delito: ser homosexual. P. O., un viejo reportero policiaco, corrupto como pocos, me tomó la mano y dijo: “Tóquele, güero. Qué chichis”. Los agentes y los periodistas se tomaron fotos manoseando al individuo (para entonces una chica), que además era la gran novedad: se había cambiado de sexo. La cacheteaban, la pateaban. Esas fotos duraron años pegadas en el laboratorio fotográfico del periódico. Después vi cómo los judiciales estatales o los policías municipales hicieron lo mismo con sexoservidoras. Y sepa Dios con cuántos más. Arrastraré esas imágenes el resto de mis días como un mea culpa.
4. La mujer que se amarra con sus hijos y se tira al Río Bravo porque no tiene para darles de comer. La horda de tecatos (heroinómanos) que viola a una anciana, enferma mental. Los que perdieron la vida porque quemaron raticida en las cucharas. Los miles de jóvenes sin empleo y sin escuela que se unieron gustosos a los Pachucos Termo, a los Pachucos 30, a los Harpys 13 y a otras pandillas que después se fundieron en un solo concepto: los cholos. (Mamá nos sacaba de las calles cuando se agarraban a cadenazos. Puf: a cadenazos).
Viví esto y otras cosas como reportero policiaco en Ciudad Juárez. Eran los años 80. Aún en medio del luto humano, aún en aquel subsuelo, la gente vivía con los ojos transparentes.
Lo que desprendo de ese Juárez es que desde entonces pedía un poco de cariño. Educación, cultura, salud, transporte, avenidas, verdaderos policías. Drenaje. Foquitos en las calles y vigilancia para que las chavas no fueran secuestradas, violadas y asesinadas camino a sus trabajos o a sus casas. Pedía banquetas, parques, árboles, campos de beisbol, bibliotecas. Juárez pedía algo de dignidad, algo que le hiciera sentir que no estaba solo y que era parte de una Federación.
Pero no. La “ayuda” fueron vehículos artillados, armas. Balazos y sangre. Guerra al narco. Qué tontería. Qué irresponsabilidad. Esas miles y miles de almas muertas perseguirán para siempre a los que cometieron el error. Ah, políticos. Qué pueblo más miserable somos. Y no tendremos perdón si no le reclamamos a quienes nos llevaron a la cultura del odio en lugar de responder con lo que el país pedía: empleo, dignidad. Poco de cariño. No balazos. Los narcos estaban allí, hombre, a la vista de todos. Eran comandantes judiciales, eran policías, eran ciudadanos (o lo son). Les anunciaron que iban por ellos y no se fueron: desde la clandestinidad, les ganaron por lo menos una guerra: la de resistencia. Y miles de inocentes pagan y seguirán pagando, porque esto no terminará con este sexenio. Este no es como el desfile del Bicentenario o los cuetes que tronaron el 15 de septiembre; no es una obra de relumbrón.
Ah, políticos insensibles. Ah, policías y periodistas corruptos. Sedientos de plata, plomo y notoriedad. A ver, ¿en dónde están los estudios que sugerían -uso como ejemplo mi ciudad, pero se aplica al país entero- que Juárez requería una invasión de fuerzas federales? No existen. Si existieran, ya los habrían mostrado. Sin embargo sobran los análisis que alertaron desde hace décadas que la frontera se descomponía socialmente. Décadas en manos del PAN, por cierto; la ciudad es gobernada por PAN-PRI desde 1983. Los estudios que advertían que Juárez (como muchas regiones del país) requería atención social sirvieron un carajo. Allí están, en universidades y organizaciones nacionales y extranjeras. Los escribieron especialistas y periodistas (por espacio les doy un ejemplo: “El laboratorio del futuro”, de Charles Bawden).
Pero no. Ante la enfermedad social que representan el consumo y la venta de drogas, balas y muerte. Castigo. Qué tontería. Cuánta irresponsabilidad. El olor de esa sangre habrá llegado al techo del mundo. Y esa sangre, que tiene culpables, exigirá justicia.
Tony Payán, investigador de Georgetown, calcula que el barrio en el que pasé gran parte de mi vida joven (Las Margaritas) está al 40 por ciento; la guerra lo ha vaciado. Hasta los boleros pagan cuotas a los extorsionadores. Desapareció la vida social. El periodismo se ejerce a salto de mata y los funcionarios honestos hacen lo que pueden desde cuatro paredes. Lástima que se haya arriesgado el prestigio del Ejército mexicano sin una estrategia. Lo he escrito antes y lo repito otra vez: creo en su carácter popular, creo en la Institución. En quien no creo es en los políticos.
Hoy, a casi cuatro años de lanzada la guerra y con algo así como 9 mil muertos, mi ciudad está en manos de la delincuencia. A veces me gana la tristeza, reconozco. No puedo dejar de denunciar la tragedia (prefiero arrancarme los ojos). No puedo. Por lo menos esa factura a mí no me la cobrará la historia: que se la cobre a las hienas.

21
Sep

Me salgo de Facebook un rato. Perdón a mis amigos. Veámonos acá

15
Sep

POR QUÉ YO SÍ FESTEJO EL BICENTENARIO

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

No entiendo el por qué de la discusión sobre celebrar o no el Bicentenario. Bueno, la comprendo pero no justifico a los que se oponen. Sé que el país está hecho pedazos y por ello no critico el desánimo de los que dejarán pasar 15 y 16 de septiembre y 20 de noviembre como días equis o como los más amargos. No soy un patriotero, pero la fecha de los 200 años de la Nación mexicana no es sólo eso: una fecha. Lleva sangre y empeño; dolor, entrega, dichas y sinsabores. Lleva los cielos de Chihuahua y los de Chiapas, los desiertos de Sinaloa y las lluvias de Veracruz. Lleva norte, sur. Me lleva a mí y los lleva a ustedes. Lleva nuestros muertos, también. Nos recuerda, sí, un país adolorido; también uno luchador que sobrevive a pesar de la plaga que nos azota desde siempre: los políticos. Ellos, para que vea, no merecen festejar un carajo. Menos con nuestro dinero.
Mis abuelos rascaron vetas de mina en estos 200 años y por lo menos uno murió de silicosis. Tengo familia que fue hacendada y perdió propiedades con la Revolución; otros que hicieron comercio, que pasaron hambres y todos nos formamos en la fila de las tortillas. Algunos de mis parientes se inscribieron en el programa bracero y otros vivieron en la frontera norte la Gran Depresión de 1929, me cuenta mi madre, sembrando hasta en las azoteas y empujando con sus fuerzas carros de mulas con mercaderías que vendían de pueblo en pueblo entre las sierras de Chihuahua, Coahuila y Durango. En estos años las mujeres secaron chiles y carne hasta de burro; embazaron tomates, cebollas, chiles, manzanas y membrillos; protegieron a sus hijos con furia de leonas, sin hospitales y sin medicamentos; hicieron sopas con un puño de maíz seco y quebrado, labraron tierras, partieron leña, hicieron empresa y pagaron el gas con monedas fraccionarias que sacaron -clásico- del bolsito guardado en el pecho. Se hicieron maestras, enfermeras, contadoras, amas de casa y administradoras; se emplearon en la industria y lavaron sin jabón la ropa con el agua que extrajeron con sus callos de las norias. Mi madre levantó niños de la calle durante 40 años (lo hace hoy, a sus 70 y varios); mi padre fundió toneladas de plomo para linotipos y prensas y llevó una vida honesta como periodista, alejada de la corrupción en un país corrupto y priísta. Y hoy, muy a su pesar, aún cuando ellos y mis hermanos ya no viven en el Ciudad Juárez que Felipe Calderón y su terrible guerra desolaron (se refugiaron en el sur de Texas) (con un nudo en la garganta) regresan tres, cuatro veces a la semana para atender a los chavitos que, he
contado aquí, antes eran hijos de drogadictos y ahora son huérfanos. Eso y más se sucedió en los últimos 200 años, ¿cómo no festejarlo si nos ha costado sudor, sangre?
Usted tiene historias similares en su casa. Búsquelas y razone conmigo esta fecha. Y muchos tendrán otras más amargas en este país a veces ingrato que se empeña en expulsarnos. Se darán cuenta que la Nación no está en la voz del individuo que da “El Grito” cada año o en el presidente en turno o en los criminales que minan la esperanza. Nuestra Nación no está en los abarroteros que especulan con la leche o en los periodistas corruptos. Mi país, nuestro país, no son los líderes sindicales, los empresarios abusones, los policías en nóminas de narcos. Mi país, el que cumple 200 años, no está representado por las lacras que cobran en las cortes o en las cámaras alta y baja.
Mi Nación es mucho más. Mi Nación son los que resisten, los que reniegan, los que no se dan por vencidos aunque a veces se tiren al piso a reposar. Son las sierras sin pinos y sin agua, los valles sembrados y los de piedras. Son los ciudadanos comunes. Mi Nación no son sus juegos pirotécnicos y sus festivales de miles de millones. Mi Nación somos usted y yo, los que estamos aquí porque queremos un país mejor y no compartimos las ideas de los vulgares saqueadores del bienestar del otro.
El festejo del Bicentenario es un festejo de resistencia. Usted y yo lo merecemos. Quédese en casa (que esa lacra política ni siquiera seguridad nos puede garantizar) y encuentre razones para recordar con gusto 200 años de sabor a Patria.
El festejo del Bicentenario es la medalla que recibe aquél que cumple con llegar a la meta. Aunque no haya ganado el maratón.

08
Sep

NO DEBERÍA CONTARLO

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

(¿Y qué si no tenemos ganas de hablar de “las cosas que importan”? ¿Y qué si “las cosas que importan” valen sombrilla -sólo por hoy-, a saber: el narcotráfico, los deportes, la corrupción, los políticos inmorales, los cómicos de la televisión estúpida, la hípica y el club, los votos, los partidos, el Congreso, un presidente obsesionado con los criminales, empresarios empeñados en sangrarnos? ¿Y qué si nos sacudimos de una vida normal, cuando “normal” es respirar las coladeras involuntariamente? ¿Y qué si traficamos perlas con una tortuga bondadosa y mala para los negocios; si encontramos la fuente de la comida que no engorda; si pensamos que los que salen a las seis de la tarde de sus trabajos sí tienen una idea clara de qué hacer con sus vidas sin cine, sin cerveza, sin angustia, y recuerdan bien el día preciso en el que estuvieron vivos por primera vez? ¿Y si nos vale y hoy escribo lo que me venga en gana?)
No debería contarlo, pero me envenena tener que sonreír cuando en realidad quiero juntar hormigas en un botecito para depositarlas lejos y esperar a que formen un hogar en el que la reina no sepa que el fin del mundo llegó hace tiempo, y que soy un zombie amoroso que ha entendido el valor de los milagros.
No debería contarlo, pero el resto de los días que me quedan me parecen muchos, y no lo digo para asustar al banco o a quienes esperan que me llene de hijos: es para decirle a Sabritas que deje de fabricar Cheetos de bolitas porque no hubo, ni habrá, un gordo más fiel que yo.
Se supone que no debería contarlo, pero duermo con la puerta abierta para que alguien entre y me degüelle sin dolor, o para que tú entres, me arañes, me despiertes y me digas que tuve un mal sueño en el que no estabas.
No debería contarlo, pero esta pared de lodo guarda suficientes recuerdos (¡libérame, libérame!) como para decir que no debo mirar atrás, porque el lodo me da alergia y me cagan los diarios, aún el de Ana Frank.
No debería contarlo, pero noviembre está demasiado lejos si alcanzo a vivirlo, y septiembre huele turbio y enero es el principio de una fiesta aburrida.
No debería contarlo, pero tengo ganas de quejarme porque nadie se parece a ti: ni las que rayan en la perfección, ni las que son ejemplo de las vanguardias, ni las que tienen tantos lunares o tantos dientes podridos como para espantar al drogadicto del barrio.
No debería contarlo, pero no me importa si soy el primero en tu vida o eres la última, siempre y cuando seas la mía.
Se supone que no debería contarlo, pero hay días en los que despierto con ganas de que rondes mi edificio, y no para volver a vivir lo que ya no se vive (porque así es la vida: cuenta arriba), sino para regalarte mi ánimo y para que hagas con él lo que sabes hacer mejor: dejarlo escapar.
No debería decirlo, pero cada tarde es más pequeña, y cada noche es más larga, y cada camino lleva más polvo, y las horas son plantas sin abejas en un jardín que me empeño en cultivar para ti, aunque sepa que no será tuyo.
No debería contarlo. No hoy, cuando existen tantas “cosas que importan”. No hoy, cuando este país se desangra. No hoy, cuando la poesía lleva pólvora y estruendos de granadas. No hoy, cuando los corruptos son más corruptos y los idiotas más idiotas.
Se supone que no debería contarlo, pero no puedo guardar silencio: Soy incapaz de gritar al aire, de respirar, de mirar la sangre, de sacudir el polvo, de destruirme el hígado y de abandonar la esperanza sin pensar en ti. “Las cosas que importan” sí importan porque estás tú. Pero, ¡qué bueno!, importan menos cada vez. Pasa el otoño, viene el invierno. Hay primaveras que no volverán.

01
Sep

YA LLOVERÁ

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

“En veinte años contaremos sobre el 2010: Por la noche había tiros y de día íbamos a trabajar. En el camino, bloqueos. Y será un mal recuerdo”
–@eldacantu, vía Twitter
“Qué optimista”
–Yo

“Bienvenido a Juárez”, dice mi hermano. Y como muero de hambre, no asimilo su ironía; le pregunto a dónde vamos. “Más adelante debe haber una burrería abierta”, responde. Seguimos, seguimos hasta que damos con unas gorditas de harina. Rompo la dieta en tantos pedazos como guisados hay en el pizarrón: asado, deshebrada, chile colorado con carne, ejotes con huevo. Aurelio me secretea: “Esta pobre señora sí paga cuota, carnal. Si no, ni gorditas te tocan”.
Vamos por la avenida rumbo al puente internacional de Waterfill. Calculo que de cada cinco negocios, tres están cerrados. Pasan y pasan camionetas artilladas con Policías Federales armados hasta los dientes y camiones de soldados con estufas y chalecos antibalas. ¿Contra quién pelean?, me pregunto, si la ciudad está peor que nunca. Las extorsiones casi acaban con la industria y el comercio. La violencia, con las familias. Ya ni siquiera es posible beberse unas cervezas y comerse una carnita asada en el patio sin el riesgo de que caigan los federales o los sicarios (o los dos) y te culpen de asociación delictuosa.
Pasa ya la hora de la comida. Ángel Otero, periodista chihuahuense, lanza una pregunta al aire desde su programa radiofónico (para mi gusto uno de los mejores y más valientes del país): “¿Cómo le hacen los criminales para cobrarle cuota a todo mundo en Ciudad Juárez? Porque no se les va ninguno: negocios grandes, changarros, vendedores ambulantes. Legales o ilegales”. Se contesta: “Muy fácil: hacen su trabajo. Van de negocio en negocio, llevan una contabilidad pulcra. Hacen lo que Hacienda no hace”. Es viernes por la tarde; Ángel se despide: “Pero usted pase un buen fin de semana. No haga caso a este programa. Váyase a casa, júntese como su familia en silencio y tómese sus cheves. Y si le tiene mucha confianza, sólo si de verdad confía en él, invite a su compadre…”.
No hay línea en el puente de Ciudad Juárez a El Paso. Mamá comenta: “Ya no vienen ni por medicinas. Nadie visita nuestra ciudad, hijo”. Cruzamos a Texas. A lo lejos, el sol lanza rayos tibios color rosa, anaranjado. En unas cuantas horas empezarán, seguramente, las orgías de sangre del lado mexicano.
Del otro lado, la sed acosa a los vagos; ahora es de noche y salimos a buscar una cerveza. El Paso, la primera o segunda ciudad más segura de Estados Unidos, es una fiesta. Miles toman de Este a Oeste los bares, los restaurantes. Miles que quieren una vida en paz y un empleo fijo. Me impresiona el boom económico. Los migrantes del terror le han inyectado, con sus pesos, un dinamismo envidiable. En el centro paseño las grúas sobre los edificios son astabanderas del progreso. Cumbia, norteña, acordeón, Carlos Santana, ZZ Top, Juan Gabriel, Pink Floyd y Led Zepelin: La diáspora juarense se adueña de las calles. Cae un fresco agradable y la cerveza está lista en las piletas de cemento y hielo picado. A la derecha, burritos de chile relleno o de deshebrada; a la izquierda, flautas, menudo o pozole. Como en Ciudad Juárez antes de la guerra.
La noche se hace corta. Cuando vamos por una última cerveza a un bar muy cerca de mi casa, a mi amiga le piden una identificación y yo lo veo como un cumplido. Pero a ninguno no nos aceptan el español. “¿What?” No sería raro en casi cualquier ciudad de Estados Unidos; lo es en El Paso porque un paseño se sentía siempre en desventaja si no hablaba español; es una ciudad que presta servicios y venden miles de millones al año a casi puros mexicanos. A medianoche, en Chicos Tacos hicieron como que no me entendieron. Chicanos que no saben español, ajá. No los critico. Me acepto paranoico: lo que en realidad me mueve es la posibilidad de que los paseños ya estén hartos de la diáspora juarense. ¿Y si empiezan a rechazarnos? ¿A dónde se van tantos desgraciados que han dejado su ciudad a causa de la guerra? No me quita el sueño, aunque me voy a dormir con esa idea.
Sábado. Cae una lluvia sorpresiva sobre el valle que se extiende al Este de Juárez y El Paso. Un arcoíris cruza la frontera sin pasaporte. Los niños en el barrio de mamá y papá salen a la calle a correr sobre los charcos como lo hice yo hace muchos, muchos, muchos años. Ah, hermosa lluvia. El desierto entero lo festeja. En una orilla de la banqueta salen los renacuajos y en cuestión de dos horas hay ranas y flores. Todos tienen prisa por mostrarse felices y se reproducen: nadie sabe si volverá a llover otra vez en lo que resta del verano. Me abrazo de mis viejos, hablamos todo lo que podemos antes de irme al aeropuerto. Me duele el corazón pero no se los digo porque les duele verme partir y tampoco me lo dicen. Nos besamos. El viejo no se pone de pie: me ve arrastrar la maleta hacia la puerta y nos despedimos, sin más, con un te quiero.
Ciudad Juárez se ve hermoso desde el aire. Esas calles polvorientas; esas manchas de gris que son las maquilas; esos baldíos improductivos que un día cultivaron algodón; esos cerros pelones, y ese cielo, Dios mío, tan generoso, tan colorido. Tan mío. Hermoso. Entrañable.
Cierro la persiana y la señorita me obliga a que la abra. La quiero amenazar con irme a Mexicana pero, ni modo: tenemos Aeroméxico y ya. Mejor cierro los ojos. “Mañana volverá a salir el sol sobre estas sombras”, pienso. Mañana volverán las lluvias a los campos secos. Los huesos no retoñarán, pero los que estén allí saltarán en el charco como sapos, florearán como plantas del desierto. Verán el pasado como una terrible pesadilla.
Ya llegará ese día. Esos nubarrones deben ser los de la lluvia que viene, me digo.

31
Ago

CLAVICORDIO PARA UN CAMBIO DE VIDA

PUBLICADO EN DÍA SIETE

No hay nada como un buen sueño. O un buen baño. O una calle tranquila donde puedas pasear a los perros, acomodar los huesos y tomarte un café. Nada como una buena borrachera con los amigos que quieres y el trago que te ahoga. O que la mujer que te fija la vista se coma tus ojos en sendos bocados. O una tarde sin ruido. O una mañana sin despertador. O un simulacro de incendio en el edificio de enfrente y un terremoto en las oficinas que compartes con gente aburrida que inyecta una sola ambición: que llegue el fin de semana para no tener que verla. Nada mejor que identificar el día por el color en el tendedero de vecinos cuyas vidas te valen una tiznada: el lunes es blanco; el martes es azul; el miércoles de lencería, negro; el jueves tutti frutti para los niños, y el viernes, blanco otra vez. Nada como una mañana de 5 de mayo en la que sabes que no hay qué celebrar pero tienes descanso obligatorio. Nada como andar sin desayuno, sin pantalones, sin ideas, sin remordimientos, sin material para una película que cambiará a las siguientes 10 generaciones. Nada como respirar y cerrar los ojos, deliberadamente, mientras los noticieros de las 10, 11 y 12 sincronizan sus ideas y muestran el mundo como es. Nada como bajar el switch de la vida por unos instantes y brincar borregos de 100 en 100 hasta saturar el otro lado de la cerca. Nada como bajarle al baño y que todo (borregos, borrachos, simulacros, vecinos, calzones, switch, vida, ambiciones y oficinas) dé vueltas y vueltas y vueltas hasta llegar a la cañería principal para caer en el gran lago de las penitencias.
Nada como despojar una canción de su música y hacerla pasar por un poema exótico y/o desconocido. O una invitación en un sobre cerrado que no abres para no comprometer un futuro que ni siquiera te importa. O una explicación que no quieres y que por lo tanto ignoras, mientras piensas: “¿Quién querrá romperme el cuello, el hígado o el corazón de un golpe seco?”. O: “Debe haber una manera de entrar en el elevador sin que me hagan hablar y descubran, por mi tono de voz, que soy el que pinta obscenidades en las paredes de los baños”. Y: “Adam, Seth, Enos, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoch, Mathusalem, Lamech, Noé, Sem, Châm, y Japhet”.
No hay nada como graduarse de exportador y dedicarse a resucitar almas. O una buena empanada de carne para volverse vegetariano y al instante abrir el planeta con los dedos para vomitar tanta grasa. Nada como ser alérgico hasta al sudor propio, e inflarte como un marrano en la primera cita porque es verano y alguien pasa cerca, sudando. Nada como abrirte la blusa para descubrir una bomba que estalla –otra vez al instante– y acaba con el edificio en el que vives, la calle en la que vives y la vida que vives. Nada como descubrir que un Glenn Gould muy jorobado toca variaciones para clavicordio a la orilla de la cama.
Nada como un buen sueño, un buen baño, una calle tranquila, una buena borrachera, una mujer que te fija la vista. Nada como tu blusa, un clavicordio, perder los pantalones, una bomba.
No hay nada mejor –¡lástima!– que un cambio de vida.

26
Ago

PARA ENTENDER LOS SUEÑOS

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Me asombra la gente que dice que no sueña. Y me asombra más saber que sean tantas personas las que afirman que no sueñan. Deduzco que soy de los pocos que sueñan tan a menudo. A diario despierto de madrugada y recuerdo tramas enteras, ya saben, como en los sueños: descuartizados, inconexos, aunque con un hilo conductor que los hace sentir como historias completas. Me despierto y tengo la tentación de escribir lo que veo porque esos sueños juntos harían un buen libro de historias mágicas, terroríficas, absurdas y/o divertidas. Un tiempo puse una libreta y una pluma sobre el buró para escribir mis sueños, y como soy insomne, era darme una puñalada. Au si llevaba dos horas dormido, ya no podía cerrar los ojos. Día terrible, el siguiente. Los insomnes saben a lo que me refiero.
Es mucho lo que veo dormido. Sin aspaviento, sin hacerlo formal, he clasificado mis sueños y las categorías son pocas y de lo más caprichosas. Están la Nubes-de-Azúcar y la Pantanos-Tenebrosos. Una sola noche puedo visitar estas categorías extremo, y transitar por las intermedias, en las que apunto los sueños que desarrollan una trama insípida.
Una o dos veces por semana tengo pesadillas. Si estoy acompañado y si mi compañía me conoce medianamente, sabrá que si muevo un brazo o una mano, o aprieto el puño o rechino de manera inusual los dientes o me quejo, o pujo, es porque tengo un mal sueño. Si me rescatan del infierno les beso los pies en silencio: agradezco humildemente a quien comparte la cama conmigo por salvarme del gallo sin cabeza, de la viuda negra, del grupo de muñecas en un gallinero, del pasillo largo en donde una tía esquizofrénica me espera con una caja de cereal llena de ratones, de Satanás, de una guerra de la que huyo porque si me atrapan me encerrarán hasta que muera de hambre y pena. Y estas son pesadillas que, unas menos y otras más, cargo desde niño.
Otras veces me despierto feliz. Y esa felicidad me dura todo el día. Es porque tuve por sueño una nube de azúcar: me veo de 10 años y saco barro de los llanos para hacer figuras; o mamá, papá, mis hermanos y yo platicamos y reímos como si estuviéramos borrachos; o el amor de mi vida -como si existiera tal cosa- me abraza con los senos descubiertos y me dice, mientras me toma del cuello y me mira a los ojos: “Ya, Ale, ya, duerme, nene, duerme”. O bien vuelo. Mucha gente, por lo que se me refiere, no ha soñado con volar. Yo vuelo en los sueños. Primero es como si me cayera; voy hacia el vacío en posición fetal, con los ojos cerrados, y repentinamente reboto. Como un globo, reboto. Y a dos metros del suelo por ese primer rebote, abro los ojos y extiendo piernas y brazos y entonces me entero que estoy flotando. Muy pronto aprendo a controlar el vuelo. Imagínense. A la mañana siguiente soy un hombre nuevo.
Aún con pesadillas, que son muchas, me gusta ser de los que sueñan. Y no deseo interpretar los sueños porque sería como darles un poder que no tienen, a pesar de lo que digan los místicos, los cabalistas y casi todas las religiones. Tampoco les resto importancia: he convivido tanto con ellos que son parte de mí.
Sin embargo, me atrevo a decirle a los que creen que no sueñan que no se pierden de gran cosa. Recurran a sus vidas y vean hacia atrás: eso que está en el pasado es como un sueño, un enorme borrón de ideas y trazos de otro y de usted que a nadie importa, y que nadie intentará rescatar del olvido. El pasado, como los sueños, se perderá en el pasillo oscuro de nuestras madrugadas. Así como los sueños son ingobernables y no podemos retomarlos después de un despertar abrupto, así es su pasado y el mío. Nadie puede moverle un ápice al pasado, y el presente es sólo brinco en la cama, un susto sudoroso.
A esos que creen que no sueñan, les recomiendo revisar sus días. Encontrarán, entre jirones de recuerdos y despojos de ideas, que su vida actual es el sueño dulce o la pesadilla que tuvieron dos, tres, 10, 20 o 50 años atrás. Se ha vuelto realidad. Tome agua, límpiense el sudor, enciendan las luces del cuarto porque -ni modo- el presente es el sueño ingobernable, inconexo y descuartizado que tuvimos cierta madrugada, años atrás, y que ya no recordábamos.

18
Ago

ALBÓNDIGAS DE ODIO EN LA CONDESA

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Doña A., que en todo está menos en misa -como dice mamá-, me contó hace un par de días cinco o seis historias atropelladas sobre perros y vecinos del barrio La Condesa, en el que vivimos. No registré la mayoría, y seguramente ella tampoco; pero las que recuerdo son, de tan obscenas, inverosímiles. Que un hombre llamó a un niño y a su perro y les entregó un filete que se veía muy bueno a pesar de que estaba envenenado. Que ya se supo que el agua del estanque de los patos tiene cianuro. Que soltaron ratas ponzoñosas que acabarán con la población canina. Me lo contó mientras golpeaba mi vajilla (¿cómo le hace para que se escuchen tantos fregazos entre trasto y trasto?), desnucaba mis figurillas y desacomodaba mis muebles.
“Usted no les crea”, le dije, pretendiendo que atendiera mis platos, que los tiene tan despostillados como cerámica griega de hace 20 o 30 siglos. Pero la locomotora de la señora no se detiene tan fácilmente. Siguió, y siguió, y siguió, porque además vive en el mismo barrio, muy cerca de mi casa, y sus hijos crecieron allí y, es cierto, tiene el pulso de La Condesa como no lo tenemos nadie. “Usted nada más no suelte a los perros. Sáquelos con correa”, agregué.
Lo que sí me consta, porque tuve acceso a un volante que circuló por Internet, es que una mentada “junta de vecinos” decidió cocinar “albóndigas de exterminio” que regará o regó en los parques (España, México) para matar a los perros que no merecen vivir, según su criterio: los que andan por la libre, sin correa; los que no tienen dueños que vean por ellos. Los callejeros. Sólo porque son feos, cagan en donde los alcanzan las ganas y se bañan libremente (desdichados) en sus hermosas fuentes. “Albóndigas de exterminio”. Nombre de pésimo gusto para un barrio en el que convivimos norteños, sureños, judíos, árabes, argentinos, chilenos, chilangos y otros grupos con experiencias terribles en eso, en exterminio. Si se dan a la tarea de buscar un nombre que condense el odio del mundo, no lo logran: “Albóndigas de exterminio”. Pocos guisados como las albóndigas saben a mamá, a hogar, ¿cómo agregarles “de extermino” sin remordimiento?
Yo tuve dos gatas. Desde chiquitas se acostumbraron a vivir dentro de casa y aunque la calle les daba mucha curiosidad, abrían los ojos con asombro y susto si las acercábamos al infierno exterior. Gala era más vaga y algunas veces, contadas, se escapó; Camila era una anciana desde que cumplió un mes. Pero los gatos, por naturaleza, son de la calle. Aún si tienen en casa cobijo y alimento, husmean aquí y allá en busca de bocadillos podridos que les sabrán a gloria; huesos, insectos, zacate y cochinadas que sólo las secretarías de Salud y de Educación de México aprobarían para nuestros hijos. E igualitos son los perros. Y las ratas, y las cucarachas y el resto de la fauna de la ciudad. Garantizo el éxito, entonces, de las “albóndigas de exterminio”.
No siempre me gustó La Condesa. Mucho menos pensé que viviría allí. Por necesidad llegué y hoy me siento privilegiado porque estoy en la periferia y no en el mero corazón. Con los años he entendido la magia del barrio: la tolerancia. Somos muchos extranjeros en un pequeño espacio, y en esa breve torre de Babel hemos aprendido a entonar una misma lengua, hasta que no aparecen estas expresiones de odio. Entiendo que los vecinos se quejen de los restaurantes, los bares y los males paralelos, empezando con los malditos valet-parkings y siguiendo con los franeleros. Entiendo que rabien porque los entrenadores de perros ya se apoderaron de las banquetas y no pagan, seguramente, un peso en impuestos. Pero nunca justificaré que les cocinen “albóndigas de exterminio” (por más que jodan) porque la siguiente horneada de guisos de la intolerancia irá contra protestantes, judíos, católicos, budistas o musulmanes, flacos, gordos, viejos, niños, escritores, mal vestidos, artistas, timoratos o quienes sean minoría.
Yo vivo con mis dos perros. Si se cagan en la banqueta, cargo con bolsas; nunca corren tras los niños del barrio y aunque se me antojara que mordieran a dos o tres vecinos malaleche, no lo harán. Hago cuanto puedo para que no ladren a pesar de que está en su naturaleza, y si voy a los restaurantes abiertos con ellos, cargo sus correas. En el parque México hay dos perros callejeros que meten sustos a mis amigos y muerden la mano de quien no les da de comer, pero que tienen el mismo o más derechos que los míos: allí llevan 10 años. Pues pronto, gracias a las “albóndigas de exterminio”, habrán muerto.
Si eso pasa, si matan a esos dos malnacidos, huiré de mí: Caín lleva en la sangre irse contra Abel. Mejor me refugiaré en casa a rumiar el tamaño de la desgracia. No levantaré un dedo. No prepararé paletas de raticida para los niños de la cuadra. No la haré de cocinero para escupir sus platillos. Sin embargo daré por muerta el alma de un barrio que me ha dado cobijo durante una década.
Nada más que quede constancia: en un país que se desangra, sometido a la desgracia, a la vergüenza y a la intolerancia, un grupo de vecinos se da el lujo de echar a perder lo bueno: se lanza contra el de al lado y cocina albóndigas de odio para mancharse las manos de sangre y para acabar -porque no pueden resistirlo como es- con uno de los mejores espacios para que por lo menos los perros hagan (qué envidia) lo que ni siquiera yo pude hacer de niño: meterme a nadar a las fuentes, ladrarle a las nubes, exponer la panza al sol, celebrar la vida.