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20
Oct

O LOS CELOS

PUBLICADO EN DÍA SIETE

Dos flores que guardas junto al colchón y dices que te regalé, y no lo recuerdo a pesar de que me gustan esos gestos. La risa de los de al lado, que no molesta a nadie sino a mí porque las cosas que nos decimos son demasiado serias. La vez que nos vimos y pensamos, al mismo tiempo, que éramos las paredes de un castillo (dos castillos) desplomándose. La furia de estar uno y otro encima y debajo y de lado y buscando más, como ratones perseguidos por gatos. El sillón, la cama, mi auto. Una ambulancia que nos despierta, una patrulla que viene directo a nosotros y soy yo el que debe salir a dar explicaciones.
O nada. O imaginamos.
La idea que tienes de mí, que no saco ni con pinzas perras y aflojatuercas. La noche en que salimos a mendigar amor, uno del otro, con un tesoro como sombrero. La madrugada en que me dices que debes irte y traes el cabello como una estopa después de pulir la pintura de un auto de 1940. Cuando me quedo dormido. Cuando te quedas dormida. Cuando nos dormimos o cuando no queremos dormir porque el que se duerma atrapará al otro roncando. Los amigos comunes, y los tuyos, y los míos, que juntos no valen más de dos cacahuates si estamos los dos.
O la lluvia dentro del cuarto.
El olor que desprendes antes de irte, el amor que cultivamos cautelosos como si fueran orquídeas. La plaga que azota a uno y se la pega al otro y entonces los dos parecemos olmos pintados de amarillo y negro por los gusanos quemadores. Mi piel que no resiste más que el papel de China. Tu piel, en la que reposo como si fuera una hamaca. Los años que nunca pasamos juntos. Los días en los que no sucede algo y estoy en silencio con los ojos fijos al celular. Tus tres mensajes por la mañana, mis cinco de la tarde. El perdón que me obsequias y los perdones que no te doy, y viceversa. Las ganas de correr a encontrarte en una esquina del barrio. La urgencia de voltear a otra parte si te encuentro caminando.
O el clima, o las alergias.
Orino en el retrete y dejo la tapa arriba. Orinas y todo queda pulcro. Los mensajes de celular que te llegan no son para mí. Las llamadas que no contesto no eran las tuyas. La canción que repetimos cinco veces. La canción que repito dos veces y sospechas que no es para ti. La canción que no voy a soportar que pongas porque pienso que es otro el boxeador que te noquea, aunque no sea cierto. Si llamas porque llamas, si no llamas también. Los tragos que me bebo sin ti, por ti, y cuando hago como que no te recuerdo. El sabor que me dejas, el miedo a que se percudan las ganas, el cielo gris que me invento porque me invento que te vas. Dos charcos, tres charcos, un lodazal que no controlo en la cabeza. Decirse adiós a tiempo, o no decirlo en absoluto. Perder cuando se va ganando.
O los celos.


Oct

JENIFFER LÓPEZ, Y EL ARTE EN TIEMPOS DIFÍCILES

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Antonio de la Rosa decidió hacerse implantes mamarios hace cinco años. Días antes de que se los retirara, estuve con él y con otros amigos en la cantina El Centenario. Teresa Margolles me contó que la intervención quirúrgica tenía riesgos y que estaban algo temerosos. Toño, sin embargo, se veía bastante relajado; quizás por los vodkas o porque el trauma le parecería menor después de cargar bolsas de silicón entre piel y hueso durante tanto tiempo.
Lo que Toño buscaba con este performance era “confrontar su identidad masculina y explorar los mecanismos que generan la violencia machista”, según explica la curadora Mariana David. Pero después de un lustro, me pareció un acto de honestidad brutal que el artista declarara no encontrar conclusiones esclarecedoras. Lo único que ofreció como testimonio fueron dos cicatrices, huellas de las operaciones, que expone en el Museo Carrillo Gil del DF.
Igualmente me sorprendieron dos obras de sendos artistas mexicanos. La primera, de Yushua Okón. Creó una línea de producción de maquiladora para “exportar a Estados Unidos risas enlatadas”, sexys, malvadas, histéricas y masculinas. Lo interpreté como una crítica a ese modelo perverso de “progreso” que explotó y explota a miles de mexicanos sin aportar siquiera infraestructura básica a las comunidades que secuestra (muchas dejan de sembrar y otras abandonan actividades tradicionales para dedicarse a producir teles o autos por dos pesos). La otra obra es de Artemio. Juntó 27 toneladas de tierra del desierto de Chihuahua, equivalente al peso aproximado de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez entre 1993 y 2009; las montó en un camión y las trajo al museo por carretera. Homenaje inasible a los cuerpos corrompidos; monumento rotundo, me pareció, a la negligencia de políticos y gobiernos inútiles, inservibles, buenos para nada.
En un tiempo, muchos juarenses nos quejamos del oportunismo de escritores, actores, artistas plásticos, directores de cine, etc., por el uso que le dieron a los feminicidios, esa terrible tragedia nacional. En algún foro critiqué incluso a teatreros de esa ciudad que recibían o reciben subvenciones del Estado a causa del tema. Planteé mi descontento con la tesis de un libro de autor reconocible que tocaba los asesinatos de mujeres de manera irresponsable y promoviendo la idea de un asesino único, eximiendo así al Estado de su responsabilidad.
Junto con otros me sentí ofendido porque el artista plástico Santiago Sierra pretendía quemar litros y litros de combustible en el desierto de Ciudad Juárez para iluminar la palabra “sumisión”. Nunca se lo dejarían hacer en su natal España. Además el mensaje: los fronterizos, por si no sabía, no somos sumisos; dominamos el desierto durante 450 años; construimos la única opción para los que huyeron durante 200 años de sus hogares por políticas públicas miserables, y acogimos a los que no pudieron ir en busca del “sueño americano”. Y ahora resistimos una guerra idiota y sin sentido; extorsiones; embates criminales.
Sin embargo algunas cosas han cambiado. Por supuesto que rechazo el fin de explotación o utilitario de ciertas expresiones que se hacen llamar “arte”; el afán de notoriedad de individuos y empresas que se cuelgan de tragedias para vender libros, música, películas, discos, etcétera. Tildo de esquizofrénicos a quienes encuentran en esa ciudad material para explotar el morbo. Pero definitivamente ahora creo que la tragedia debe ser contada, y que sólo el arte, las letras, la cultura podrán dejar testimonio de días tristísimos.
Mi visión terminó de reenfocarse después de que escribí un texto sobre Tijuana y alguien me llamó para escupirme en la cara que no conocía Tijuana. “No, pero conozco el drama de los migrantes, de los narcos y la marginación; soy de Ciudad Juárez”. Pensé que con qué derechos aquél que me llamó secuestraba Tijuana para su propia exploración. Tengo derecho, dije, a expresarme de esa ciudad o de Tuxtla Gutiérrez si se me antoja. ¿Quién puede asumirse como el portador de derechos que corresponden a muchos?
Hoy creo que son necesarias expresiones como la de Antonio de la Rosa, Artemio, Yoshua Okón, Enrique Jezik (quien derrama una carga de desechos del rastro en un barranco del desierto para una secuencia fotográfica), e incluso la pretensión malograda de Santiago Sierra. Y ni siquiera porque tienen, aunque no sea su interés, un compromiso con la historia; es porque el arte no nace etiquetado: al interpretar un bien común o materia común de manera estética e incluso sincrética (lo que me dicen que está allí y lo que yo veo que está allí) se abren llagas en el tiempo y en el espacio que difícilmente podrán cerrarse. Y creo que las llagas que de la actual tragedia nacional no deben cerrarse sino exponerse al sol con el ánimo del que exorciza.
La señora Jennifer López hizo una ridícula película sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez; ni la vea; es vomitiva. A ella y a esos ejercicios con fines de lucro me refiero cuando hablo del “arte” al servicio del morbo. En la otra esquina está el esfuerzo hecho por Mariana David y el equipo de artistas plásticos, que durante dos años dieron su tiempo para tratar de interpretar el drama fronterizo. Como “Neoberlín”, poesía visionaria de los 90 escrita por José Pérez Espino; o los poemas fronterizos de Miguel Ángel Chávez Días de León; o la música de Puente Negro; o el periodismo de altos vuelos que hacen desde allí, con enorme valentía, Sandra Rodríguez, Lucy Sosa o Marcela Turati.
Me parece que 40 mil o 100 mil muertos no son poca cosa. El error político de la actual administración, que metió al país a una guerra que jamás se ganaría, impactará la literatura, la plástica, todas las formas de expresión del arte. Para fortuna de este país, los mexicanos siempre generamos contracorrientes que terminan desplazando la mentira y la usurpación; y en ello pienso cuando veo, por ejemplo, los billetes con una imagen de Diego Rivera, comunista-come-niños apestado en su tiempo por el oficialismo; o cuando reparo en la vigencia de Rufino Tamayo, señalado durante décadas por la élite de artistas “comprometidos” (Rivera incluido) sólo porque el hombre lo que quería era pintar, no alimentar ni dirigir discursos.
Al final esa es la lección de Toño de la Rosa: pongo mi cuerpo al servicio del arte; y si cinco años después de cargar con tóxicos en el cuerpo no llego a conclusiones no es problema mío sino del tiempo. La obra está allí. La polaroid ha sido tomada: ya mañana hablará por sí misma.

***
Proyecto Juárez está en el Museo de Arte Carrillo Gil del DF. Con la curaduría de Mariana David, participan los artistas plásticos Artemio, Carlos Amorales, Gustavo Artigas, Paco Cao, Jota Castro, Iván Edeza, Antonio de la Rosa, Enrique Jezik, Ramón Mateos, Yoshua Okón, Santiago Sierra y Artur Zmijewski, así como el colectivo Democracia.

13
Oct

EN BUSCA DE UNA SEÑAL

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Un amigo me mostró un impreso que pegaron en los parabrisas de cientos de autos de una ciudad del sur de Tamaulipas. Decía algo así como: “Se informa que desde ahora nadie podrá salir de sus casas después de las 8 de la noche. Estamos en guerra contra ‘xxx’ y no podemos garantizar su seguridad…” La redacción daba pena; también estaba plagado de faltas de ortografía. No pregunté por los autores porque venía firmado; quise saber si los ciudadanos acataron y acatan ese tipo de órdenes. La respuesta fue que sí.
Este volante es uno más. Hay reportes desde hace unos pocos años de “comunicados” similares en varias ciudades del norte de México, y en colonias de áreas populosas como la zona metropolitana Monterrey, La Laguna, etc. Hay testimonios de impresos en lona que ocupan anuncios espectaculares en avenidas y carreteras, y uno de ellos, que vi en una foto de celular, me llamó la atención (ajusto la redacción porque estaba escrito con las patas): “Si usted ve camionetas marcadas con ‘xxx’ no tenga temor que somos los de ‘xxx’ y estamos para ayudarle. Limpiamos el territorio de los ‘xxx’”. Muchos hemos visto los mensajes en Youtube entre un grupo criminal y otro; o los que se postean en sitios web y blogs. Más me sorprendió saber que en ciertas ciudades entre Chiapas y Baja California, los criminales han impuesto una regla a bares exitosos y discotecas: deben mantener dos, tres mesas listas y vacías por si alguno de los “jefes” tiene el antojo de un trago. Y de “una vieja”, porque recordaba que existen reportes de que si quieren a alguna jovencita, la quieren y es de ellos.
Desde hace bastantes años los mexicanos nos hemos visto obligados a abandonar una vida normal. No es novedad que dejamos de ir a un cajero automático que no esté dentro de un centro comercial o en los centros laborales porque si nos atrevemos, seguramente alguien llegará armado y nos despojará de la quincena. Si su auto se le antoja a cualquiera, querrá arrebatárnoslo; por eso, muchos prefieren cacharros que no atraerán la codicia, aunque ya ni esos están a salvo. Renunciamos a ir al teatro a ciertas horas, o al cine, o a echarnos un trago en ciertos lugares porque no es seguro y lo que tenía afán de distensión se vuelve razón de pánico. Los padres sufren horrores cuando permiten a sus hijos salir de noche; la convivencia colectiva, esa que se daba en los barrios de las ciudades mexicanas (la gente se divertía en sus propias calles, con sus vecinos) es una leyenda urbana. Te roban en los estacionamientos públicos, en el autobús, en el Metro o en cualquier transporte colectivo. Eso, desde hace años.
La pérdida de libertades se ha ampliado, y las razones se han diversificado. La gente, sin importar su nivel de ingreso, se la piensa antes de irse de vacaciones. Desde hace tiempo desconfía dejar su casa sola; y ahora, además, para tomar carreteras o un autobús hacia algún destino turístico porque son constantes los reportes de secuestros, asesinatos o asaltos contra viajeros. Horroriza la idea de ser plagiado por cinco mil pesos o por cinco millones, porque sabemos que es real. Se renuncia a salir a un espectáculo público (ferias, palenques o desfiles) porque nadie garantiza que algún demente no explote una granada o dispare contra inocentes por razones hasta hoy incomprensibles. No pasa en todas partes, pero porque pasa, existe el miedo. Se la piensa uno para ir a un bar o a los lugares para bailar; no hay confianza de entrar a un banco aún de día; se va con temor a cafeterías, se acude a los restaurantes a sabiendas de que la tómbola del destino puede atraer a los asaltantes.
Y en algunos pueblos y ciudades de México, aún vivir bajo las amenazas anteriormente descritas sería vivir en la gloria. Muchos ciudadanos llevan sus días en medio de constantes balaceras que ya ni se hacen públicas. Hay toques de queda impuestos por los criminales y de la extorsión ni hablar (y de los asesinatos relacionados con extorsiones): han terminado con parte de economías locales y regionales aunque los funcionarios federales, exponiendo cifras macroeconómicas, intenten negarlo.
También están los casos de horror, claro. De esos que sólo crees porque tienen fuente.
El denominador común de los criminales en nuestros días parece ser el exhibicionismo. Exhibicionismo que sólo se explica en la impunidad. Y porque son impunes, recurren a la intimidación de los ciudadanos y ahora se atreven a más. Cada vez que las autoridades se inventan a un asesino, los verdaderos autores -que pueden ser los “servidores públicos mismos- se carcajean y van por el siguiente. Pocos creen, por ejemplo, en la última versión sobre el asesinato del reportero Armando Rodríguez Carreón, “El Choco”. Ni sus cercanos, ni los periodistas de Chihuahua, ni una parte de los investigadores. Imagino perfectamente a los malandros que lo mataron carcajearse e ir por más, porque nadie los detiene. Y eso que la muerte de Armando tuvo cobertura de medios; miles y miles de casos, sólo de los últimos casi cuatro años, están en el limbo. Los autores, libres, descaradamente irán por más.
No buscaba alcanzar conclusiones con este texto. Sólo plantear lo que nos preguntamos muchos: Esta escalada de violencia, ¿tendrá fin? Un amigo de Monterrey me dice que antes los regios veían hacia Ciudad Juárez con un “híjole, qué mala onda lo que pasa allá”. Ahora en el DF se dicen lo mismo de Monterrey. Y cada día se suma una ciudad a esta vorágine. Aunque somos muchos los que queremos la paz para este país, los otros andan armados, no son tan poquitos y ya les demostramos durante cuatro años que estamos imposibilitados para controlarlos. Andan como locos porque no los meten en cintura; porque la impunidad es su mejor aliado. Da la impresión de que las fuerzas del gobierno, rebasadas, sirven sólo como fuerzas de reacción: para apagar fuegos. Lo digo por lo que veo, oigo, leo y siento.
Los aliados sabían que la caída de Berlín marcaría el fin de la II Guerra Mundial. Esa era la señal. Nosotros no tenemos siquiera esa fortuna o, a ver, ¿alguien podría decirme en dónde está nuestro Berlín, nuestro Tokio, nuestra Roma? ¿Cuándo carajos podremos advertir que estamos llegando al fin de las hostilidades?

06
Oct

UN BÚFALO EMBISTIENDO AL SOL

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Sábado, temprano. Despierto y enciendo la tele sin mover más que un brazo. Nada en las noticias que valga la pena. Abro portales en Internet y confirmo que para mi fortuna el mundo se portó bien mientras yo me porté mal. En realidad no necesito saber qué pasó el día anterior conmigo porque lo traigo en el cuerpo; mover los ojos me cuesta, sudo las conversaciones. La única huella de la noche que me interesa la traigo en una servilleta: dos recomendaciones de libros.
Brinco de la cama y abro la llave de la regadera. Corro a escoger trapos. Jeans, camisa y tenis. Me baño. Me seco y me visto con prisa. Los perros corren a la puerta; ven fijamente las correas y mueven la cola. Corro a ellos y les digo: vámonos. Corren hacia mí y me dicen que están felices. Corremos a la calle y el sol no está para celebrar que el día anterior me bebí el tónico del fin de los tiempos.
Dos vueltas a la cuadra después, me detengo y trato de ordenarme. ¿A dónde voy con tanta prisa? A ningún lado. Hago tres llamadas, toco tierra. Vuelvo a casa y me desvisto para regresar a la cama. Apenas es mediodía. Las noticias de la tele gotean por la ranura del tiempo. Imposible retenerlas. Me aburren. Internet me desquicia.
Me hundo en la almohada y retomo, al azar, párrafos de un Norman Mailer que cada vez me parece más joven, renovado.
 
***
Qué afán tiene uno de pararse frente al otro y decirle cosas que no escuchará. Como un búfalo en la llanura embistiendo al sol. Un búfalo que da cabezazos al vacío. Eso siento con las noticias por Internet en tiempo real: demasiadas letras sin rumbo. Demasiada prisa. Cabezazos. Lo mismo creo de las redes sociales, de Facebook y de Twitter, a pesar de que soy adicto a ellas. ¿Qué nos dejarán cuando pasen los años? ¿Qué diremos los periodistas de esta experiencia? ¿Qué dirán los escritores? Sucedía (y sucede) con los noticiarios de televisión: mucha prisa para decir nada. Golpes de efecto. Ahora nos pasa lo mismo con Internet.
Aunque deliberadamente nos engañamos con la idea de que alguien escucha, en realidad somos millones de individuos, a un mismo tiempo, vaciando estados de ánimo que no importan a nadie. Millones que tienen tanto qué decir y que encontraron en la red un oído falso. Millones que depositan sus mensajes en la basura. Millones de autistas que creen que dialogan. Como en una relación amorosa podrida en la que ya no hay nada qué decir. Tan inútil como las señoritas guapetonas que dan el clima en los canales de información: piernas de concurso y cerebros de bancarrota.
Como despertarse en sábado, bañarse, cambiarse, correr a la calle y no tener absolutamente nada qué hacer sino dejar pasar el tiempo; ver el vacío gotear, minuto a minuto.
Porque somos, muchas veces en un día, búfalos embistiendo al sol. Y el sol que está tan lejos. Que ni lo siente. Que ni nos mira.
 
***
Nunca en la historia, seguramente, tantas manos tundieron tantos teclados al mismo tiempo. Nunca antes tantas personas tuvieron la oportunidad de ponerse en contacto directo para compartirse algo. Celulares, tabletas, computadoras de escritorio, portátiles. Millones y millones de dedos tratando de conectar con alguien, en un grito desesperado por la atención del otro.
Sin embargo, no somos sino gente solitaria sobreviviendo a un mundo egoísta que nos miente a diario, que hace como que escucha. Individuos perdidos, malgastando el tiempo y derramando esfuerzo en Twitter, en Facebook, en los chats, con ganas de que pase algo distinto a las rutinas.
Millones de noticias en tiempo real al alcance de la mano y poco qué decir. Millones de personas conectadas a un mismo tiempo sin poderse tocar. Millones de búfalos embistiendo al sol, sin alcanzarlo. Millones jugando a que han derrotado el aburrimiento, la tiricia, el cansancio, más solitarios que nunca, más engañados que nunca. Esos son los tiempos en que vivimos.
Me conmueve saber, como ejemplo, que dos novelistas del Siglo XIX dijeron más desde la penumbra de una vela que todos nosotros. Que Víctor Hugo o Dostoievsky dejaron más que la horda de perdidos que somos. Me conmueve saber que millones y millones de mensajes que pegamos por segundo en las redes sociales no son sino basura que no interesa al tiempo.
Pero por fortuna las viejas fórmulas aún funcionan. Creo que no hay nada mejor que un café, un libro, una tarde de cine, un periódico (aunque sea en iPad) en la mano. Un gesto amable, un sábado ocupado, un parque para los perros, una mano cálida, un amigo, un abrazo.
No hay nada -a Dios gracias- que supere una mirada cristalina, algo de comprensión. O un “te quiero” salido del alma.

29
Sep

LOS TRINIS

Un amigo escritor de Tijuana me contaba que cuando dijo en un foro que cada narco era un empresario-en-potencia que perdimos en algún momento, se le echaron encima como si fuera perro con sarna. Y le fue bien. Porque hoy se apalea al que se atreve a hablar de legalización de las drogas, y hasta las viudas de la guerra son parte del mal. Alguna vez escribí que deberíamos pensar en una amnistía para los jóvenes metidos en el tráfico de drogas, sobre todo para los sicarios; ofrecerles una vida nueva, un empleo, seguridad social y estudios; me llovieron las críticas. El Estado no acepta huérfanos y, ¿saben qué?, los que pensamos que la estrategia armada es un error somos, de facto, enemigos del orden establecido por policías, generadores de políticas públicas, ciertos periodistas pagados.
Se explica muy fácilmente en la filosofía de “el que no está conmigo está en mi contra”; el que no está con “el bien” está con “el mal” y merece ser castigado. Madeleine Albright lo explicaba así, hablando del gobierno de George W. Bush: La derecha no sabe flaquear; cree que su cruzada tiene inspiración de Dios. Y Dios no tiene un plan B. Dios sólo tiene un plan, el A, y de allí no se mueve porque Él no se equivoca. Y en este sexenio es impensable ser flexibles, humanos. Dios (su dios, no mi Dios) y esta administración no se equivocan: no hay un plan alternativo frente a una tragedia humanitaria que ya lleva por lo menos 30 mil muertos.
Quería dedicar este artículo a la desesperanza. Y hasta escribí unos primeros párrafos: “La revolución es de los jóvenes. / Yo renuncio. No seré Talibán, no me iré puerta por puerta a predicar el Evangelio. No buscaré reunir masas en un concierto ni me uniré a los ejércitos de pizzeros que queman adrenalina desenfrenadamente entre los autos de las ciudades sin temor al tiempo o a los semáforos. No seré musulmán, judío, católico radicales. Llevaré, en el mejor de los casos, la vida en paz que se me asigna: la del ciudadano aburrido y asustado”.
Pensaba en la desesperanza y en los Ninis, en los cientos de miles que en este país que no tienen empleo o trabajo. Pensaba en las pocas opciones que tienen los jóvenes, a los que les fallamos como sociedad y ahora nos reclaman a tiros. Pensaba en esos miles de prescindibles que se lanzan a una guerra idiota que confronta a fregados (soldados, federales) contra fregados (sicarios, narquillos). Pensaba en que tanta sangre sólo viene al caso porque en este país se cerraron las oportunidades para millones.
Los Ninis. Qué vamos a hacer con ellos. Opino que primero reconocerlos. Y si queremos que quede país, ir después a su rescate.
Quizás nunca nos pongamos de acuerdo sobre cuántos son los Ninis. Para empezar, porque no sabremos cómo localizarlos, contarlos, clasificarlos. Porque tengo 10 amigos que no estudian y hacen como que trabajan; porque otros son autodidactas -no es broma- y de empleo, uf, no les conozco uno estable. ¿Son Ninis? Conozco los que ni trabajan ni tienen empleo y tampoco quieren alguno de los dos sino la pachanga. Y hay miles y miles de mexicanas en este momento que se dedican a su hogar, a sacar adelante con uñas y dientes a los millones de mexicanos que serán estadística mañana. ¿Cuentan? Porque miles venden drogas, miles se dedican a la piratería, miles al comercio informal en los vagones de Metro o en las afueras de las paradas de autobús en cualquier ciudad. Miles y miles venden quesadillas sin queso en el DF, burritos de asaderos en Chihuahua, tortillones en Torreón, semitas en Puebla o puros (supuestamente cubanos, que huelen a perfume) en el puerto de Veracruz o en otras ciudades playeras; esos, ¿se cuentan como Ninis? Porque tuve una novia a la que todavía quiero que vivía de propinas y antes, de bailar los batacazos de un novio hippie con el que recorrió el mundo antes de conocerme; porque miles y miles de ciudadanos nacen en pueblos que apenas tienen nombre o en barrios sin pavimento y sin drenaje (que es, señores, como no tener madre) y aunque jalan de aquí y de allá unos pesos para vivir, ni estudian ni trabajan y no reportan a ninguna institución y son indígenas o miserables en extremo y entonces pregunto: esos desaparecidos, perdidos, los fuera de la estadística, ¿cuentan como Ninis?
Porque están los enfermos mentales, los yonquis, los sicarios, los presos, los parias, los aplastados con discapacidades, los pobres de los pobres que ni ellos ni sus padres tienen escuela o trabajo. ¿Esos también son Ninis?
Porque están sus hijos, y los hijos del México que viene. Sin futuro y sin destino, sin esperanza, ¿usted les rechazaría desde ahora el perdón? ¿Que les caiga toda la fuerza de un Estado que no pudo darles educación, salud, empleo?
O que se vuelvan Trinis, el mayor producto del sexenio. Son los que ni trabajan, ni estudian, ni viven. Son esos miles ya muertos que no tuvieron tiempo para pensar en el bien o en el mal (y por lo tanto no merecían otra oportunidad) porque, engañados por el crimen organizado, estaban atareados en sobrevivir. Y un día cualquiera cayeron de rodillas, sobre el pecho, en un charco de sangre propia. Como perros machucados en las avenidas.
Son los que no merecen amnistía, una segunda oportunidad o comprensión. (Para esos, todo el poder del Estado aunque los jefes de jefes sigan despachando desde la clandestinidad). Son los que quedarán como una estadística vaga, incómoda y maldita.

27
Sep

Entrevista de MÓNICA MARISTÁIN en PÁGINA/12 de Argentina. “Este trauma [la guerra contra el narco] trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella…”

POR MÓNICA MARISTÁIN, PARA PÁGINA 12

Alejandro Páez Varela, nacido en Ciudad Juárez en 1968, escribió Corazón de Kalashnikov (Planeta, 2009) entrelazando la vida de tres mujeres juarenses signadas por la violencia y echando mano de un lenguaje literario de alto vuelo, para narrar ficcionalmente lo que su oficio de periodista no le permitía contar. Para el autor no existe el concepto de “narcoliteratura”.
“Respeto a quienes lo usan o lo aceptan, pero no creo en él. Me parece que la literatura es una sola e indivisible. Por lo regular escribimos de lo que conocemos, de lo que sabemos. La literatura no viene de la nada. En mi caso, provengo de una ciudad que ha convivido ya un siglo con traficantes de heroína, candelilla, licor, cigarros. Viví entre narcos, fueron mis vecinos. Mi generación quedó destruida por contacto directo o como víctima colateral. Entonces, en cierto momento, cuando me di el tiempo y me senté a escribir ficción, no pude sino recurrir a las figuras que me eran comunes. Corazón de Kalashnikov recurre a narcos, sí, pero también a mujeres: Ciudad Juárez es una comunidad en la que las mujeres juegan un papel central. La fuerza laboral de esa frontera fue de 400 mil durante el boom maquilador, en la década de 1990. Los hombres fueron reducidos a papel secundario y eso generó un drama que no viene al caso contar aquí, pero que se expresó en maltrato y, en algunos casos, en homicidios. El narcotráfico tiene una presencia tan brutal en México que por supuesto ha marcado muchas formas del arte, entre ellas la literatura”, asegura.

Más allá de negar que exista una “narcoliteratura”, ¿cree que el tema del narco es insoslayable en la literatura mexicana?
–Si este sexenio terminará con cerca de 60 mil muertes, uno de nosotros tendrá que contarlo, seguramente. Cito a Julio Cortázar. Está el narco porque debe estar. Este trauma trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella.
Antes de publicarla, ¿sabía que su primera novela debía tocar el tema de la violencia, de su ciudad natal?
–Una amiga periodista descubrió estos textos. Me preguntó: “¿Qué escribes, Alejandro? ¿Tienes ficción?”. Fue entonces que descubrí que sí escribía ficción y que tenía una novela terminada. “Sí”, le respondí. Ella, mi madrina, me llevó ante mis editores y no para planear una novela sino para buscar la oportunidad de publicar algo que casi se escribió solo antes.
Es decir, además del peso autobiográfico, ¿sintió la necesidad moral de que su primera novela transitara el territorio de Ciudad Juárez?
–No. Esos ambientes, esos personajes, esas mujeres y esos hombres estaban dentro de mí. No pude evitarlos. Como periodista, como estoy informado de manera natural de lo que allí sucede, sí podría hablar de un compromiso. Pero no como escritor.
Sus personajes sobreviven en medio de la violencia y a usted le gusta decir que en realidad todas sus historias son historias de amor.
–Creo en el amor. En su fuerza destructora, que no tiene nada que ver con violencia. A todo amor le corresponde un desamor. Debemos recordar que en Ciudad Juárez, en donde van 7 mil ejecutados violentamente por el narco en sólo tres años y medio, la gente sigue enamorándose, guiando a sus hijos, llevándolos a la escuela. Sigue amando. Por eso digo que escribo de amor, aunque haya balas y sangre en mis textos. En mi caso, me parece que sin pensar en el género deberé escribir sobre Juárez porque no tengo remedio: soy juarense, mis padres son de Chihuahua, como mis abuelos y mis bisabuelos. Tengo pocos cántaros a los cuales recurrir, y éste no se ha secado todavía.
Según Roberto Bolaño, “el infierno es como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”. ¿Qué es para usted Ciudad Juárez?
–Hace poco, y cito a Charles Bowden, pensaba que Ciudad Juárez era el laboratorio de nuestro futuro como sociedad latinoamericana. Pero el futuro nos alcanzó pronto. Juárez es el presente. Cali está en llamas. Todo Venezuela está en llamas. Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León: México está en llamas porque el modelo económico que seleccionamos, y que hizo mierda a Ciudad Juárez, falló; y los jóvenes no tienen otra opción que lanzarse al mundo del narcotráfico. Les fallamos y ahora nos disparan. No los educamos, no les dimos salarios dignos, empleos, salud. Ahora tomaron su camino y fue el peor. Eso ha pasado durante generaciones en Ciudad Juárez. Ahora nos explota en la cara. Nos dice con toda brutalidad que somos una sociedad fallida, que no distribuimos las oportunidades y que ahora hemos enfermado todos, en conjunto. Si seguimos tratando de acabar a punta de balas y prohibiciones este fenómeno, estamos condenados al fracaso. Debemos pensar que los drogadictos son nuestro error; su enfermedad es nuestra culpa. Debemos pensar que el sicariato se alimenta de nuestra falta de fuerza para exigir un justo reparto de la riqueza. Debemos pensar que la violencia es el resultado de gobiernos corruptos y sociedades corrompidas que vivieron del crimen organizado. Ahora, el crimen está más organizado que la sociedad, y nos desangra.
Las mujeres de Juárez son las protagonistas de su novela. En la realidad, ¿son una lucha perdida?
–Mi madre tiene cinco albergues de huérfanos en Ciudad Juárez. A sus 74 años, ella sigue rescatando niños, sin ayuda del Estado, de picaderos, de familias de drogadictos, de las esquinas. Esas son las mujeres de Ciudad Juárez: son su fuerza. La lucha la perdimos todos, menos ellas. Ellas son las que mantienen el alma de esa comunidad. Y, hasta la fecha, son las de los empleos modestos y legales: las que van, entre balazos, a las maquiladoras; las que atienden los restaurantes, las tiendas, los comercios, a pesar de que los extorsionadores casi acabaron con todo negocio legal en Juárez. Ellas son la única lucha que hemos ganado como sociedad. Y son, claro, las más vulnerables. Una pinche sociedad de machos ha querido aplastarlas, pero por fortuna siguen de pie. El futuro, si lo pensamos con esperanza, se fincará en ellas.
-¿Qué opina de los innumerables libros que han salido sobre Juárez?
–Les deseo suerte. Espero que se vendan si tienen calidad, como el de Bolaño, y que queden en el olvido si son una mierda.

22
Sep

ESA FACTURA DE LA HISTORIA

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

-A mis colegas periodistas en zonas de riesgo

1. Cuando llegamos al domicilio que dijeron por la radio de la policía, un muchachillo de unos 14 años lloraba y se cubría el rostro con ambas manos. Se encontraba sentado a la orilla de la banqueta. Minutos después arribaron los agentes y le preguntaron y respondió, sin encubrir un solo dato. Dijo que su mamá les dejó dinero para comprar pan blanco y prefirieron un Gansito. Cuando volvieron de la tienda a casa, él y su hermano de 16 se lo pelearon. Él tomó un picahielo para asustarlo. Se lo clavó en el corazón. Observé el Gansito sobre un charco de sangre a un lado de la cama, y al otro jovencito tendido, con los ojos perdidos y la boca abierta, muerto. La madre no se enteró de inmediato: ¿Cómo avisarle, si estaba perdida en el mar de maquiladoras?
2. Miguel Perea, foto reportero que hizo periodistas a varios de nosotros, me alertó: “No entre, compadre. No lo va a soportar”. Entré. La historia es breve: el marido, sin empleo, había ahorcado a su mujer en un arranque de celos porque era ella quien proveía el sustento; no él. Escondió el cuerpo debajo de la cama. Ella estaba embarazada de muchos meses. Él llamó a la policía y esperó en la vecindad. En su presencia movieron el cadáver hinchado. Se reventó. Duré casi 10 años sin comer arroz.
3. Su delito: ser homosexual. P. O., un viejo reportero policiaco, corrupto como pocos, me tomó la mano y dijo: “Tóquele, güero. Qué chichis”. Los agentes y los periodistas se tomaron fotos manoseando al individuo (para entonces una chica), que además era la gran novedad: se había cambiado de sexo. La cacheteaban, la pateaban. Esas fotos duraron años pegadas en el laboratorio fotográfico del periódico. Después vi cómo los judiciales estatales o los policías municipales hicieron lo mismo con sexoservidoras. Y sepa Dios con cuántos más. Arrastraré esas imágenes el resto de mis días como un mea culpa.
4. La mujer que se amarra con sus hijos y se tira al Río Bravo porque no tiene para darles de comer. La horda de tecatos (heroinómanos) que viola a una anciana, enferma mental. Los que perdieron la vida porque quemaron raticida en las cucharas. Los miles de jóvenes sin empleo y sin escuela que se unieron gustosos a los Pachucos Termo, a los Pachucos 30, a los Harpys 13 y a otras pandillas que después se fundieron en un solo concepto: los cholos. (Mamá nos sacaba de las calles cuando se agarraban a cadenazos. Puf: a cadenazos).
Viví esto y otras cosas como reportero policiaco en Ciudad Juárez. Eran los años 80. Aún en medio del luto humano, aún en aquel subsuelo, la gente vivía con los ojos transparentes.
Lo que desprendo de ese Juárez es que desde entonces pedía un poco de cariño. Educación, cultura, salud, transporte, avenidas, verdaderos policías. Drenaje. Foquitos en las calles y vigilancia para que las chavas no fueran secuestradas, violadas y asesinadas camino a sus trabajos o a sus casas. Pedía banquetas, parques, árboles, campos de beisbol, bibliotecas. Juárez pedía algo de dignidad, algo que le hiciera sentir que no estaba solo y que era parte de una Federación.
Pero no. La “ayuda” fueron vehículos artillados, armas. Balazos y sangre. Guerra al narco. Qué tontería. Qué irresponsabilidad. Esas miles y miles de almas muertas perseguirán para siempre a los que cometieron el error. Ah, políticos. Qué pueblo más miserable somos. Y no tendremos perdón si no le reclamamos a quienes nos llevaron a la cultura del odio en lugar de responder con lo que el país pedía: empleo, dignidad. Poco de cariño. No balazos. Los narcos estaban allí, hombre, a la vista de todos. Eran comandantes judiciales, eran policías, eran ciudadanos (o lo son). Les anunciaron que iban por ellos y no se fueron: desde la clandestinidad, les ganaron por lo menos una guerra: la de resistencia. Y miles de inocentes pagan y seguirán pagando, porque esto no terminará con este sexenio. Este no es como el desfile del Bicentenario o los cuetes que tronaron el 15 de septiembre; no es una obra de relumbrón.
Ah, políticos insensibles. Ah, policías y periodistas corruptos. Sedientos de plata, plomo y notoriedad. A ver, ¿en dónde están los estudios que sugerían -uso como ejemplo mi ciudad, pero se aplica al país entero- que Juárez requería una invasión de fuerzas federales? No existen. Si existieran, ya los habrían mostrado. Sin embargo sobran los análisis que alertaron desde hace décadas que la frontera se descomponía socialmente. Décadas en manos del PAN, por cierto; la ciudad es gobernada por PAN-PRI desde 1983. Los estudios que advertían que Juárez (como muchas regiones del país) requería atención social sirvieron un carajo. Allí están, en universidades y organizaciones nacionales y extranjeras. Los escribieron especialistas y periodistas (por espacio les doy un ejemplo: “El laboratorio del futuro”, de Charles Bawden).
Pero no. Ante la enfermedad social que representan el consumo y la venta de drogas, balas y muerte. Castigo. Qué tontería. Cuánta irresponsabilidad. El olor de esa sangre habrá llegado al techo del mundo. Y esa sangre, que tiene culpables, exigirá justicia.
Tony Payán, investigador de Georgetown, calcula que el barrio en el que pasé gran parte de mi vida joven (Las Margaritas) está al 40 por ciento; la guerra lo ha vaciado. Hasta los boleros pagan cuotas a los extorsionadores. Desapareció la vida social. El periodismo se ejerce a salto de mata y los funcionarios honestos hacen lo que pueden desde cuatro paredes. Lástima que se haya arriesgado el prestigio del Ejército mexicano sin una estrategia. Lo he escrito antes y lo repito otra vez: creo en su carácter popular, creo en la Institución. En quien no creo es en los políticos.
Hoy, a casi cuatro años de lanzada la guerra y con algo así como 9 mil muertos, mi ciudad está en manos de la delincuencia. A veces me gana la tristeza, reconozco. No puedo dejar de denunciar la tragedia (prefiero arrancarme los ojos). No puedo. Por lo menos esa factura a mí no me la cobrará la historia: que se la cobre a las hienas.

21
Sep

Me salgo de Facebook un rato. Perdón a mis amigos. Veámonos acá