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Alejandro Páez Varela

FE DE ERRATAS

Abril18

PUBLICADO EN DÍA SIETE

Todo le hace aire a una vela encendida: un secreto que se entrega sin ser pedido le hace aire; los días felices, entre más ajenos, le hacen aire; una mirada indiscreta, una explicación sin sentido, una palabra mal escrita, un reptil, un limón, la distancia: todo le hace aire a esta vela encendida.
Los amantes están para aniquilarse. Van de la mano para decirle al mundo que se despiden. Se ven a los ojos para descubrirse ojivas nucleares y repiten versos de amor, el uno al otro, para que tenga sentido el acto de la separación. Los amantes visten de luz mientras se puede, y después apagan su circo sin hacer ruido (para evitar la vergüenza), cuando los caballos y los perros amaestrados y los elefantes y la trapecista y los tigres y el payaso duermen.
Todo le hace aire a una vela encendida: aquellos gatos, el recuerdo de un tapiz, un retoño de hiedra, una mesa de tres patas; los momentos idiotas que nadie mete en currículos y mucho menos en biografías; el olfato del que ya no te mira, la pericia del que ya no te toca. Todo le hace aire mientras dure la cera, en tanto tenga vida el pabilo.
Nadie habla de pájaros encerrado en un cuarto. Nadie llora cuando va por el parque. ¿Quién celebra la casualidad de encontrarse? Los amantes. ¿Por qué entonces se esconden las llaves? El amor receta enfermedades; los amantes son el primer estornudo.
Todo le hace aire a una vela encendida. Esta sopa y el picadientes; el cigarro que sacudo furioso y la ceniza que se le separa con rabia; aquella película que vimos juntos y las que están en cartelera; el cerro de dramas y las palabras que escupimos; el rostro de la niña que me observa; la gente hermosa de los autos y los feos que están afuera; los minutos con los perros; el sol que cae con tequilas y cerveza. Todo le hace aire, y más usted cuando respira.
La metástasis se vuelve una costumbre.
Ayer vivía una fe de erratas. Hoy la escribo.

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LA VIDA CON Y SIN HIJOS

Abril14

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

¿Te imaginas cómo sería nuestra vida con hijos?, me preguntó un amigo en el quinto tequila, uno de esos años en los que todas las ex novias se casan y se embarazan y los amigos se deciden y se vuelven padres. Le contesté que no quería ni imaginarlo. Estaríamos aquí, me dijo. Por un segundo me sentí muy punk y le iba a decir: sí, sí, aquí estaríamos. Y luego ubiqué el rostro de los borrachines con cara de padres y preferí ser conservador en la respuesta. No, le dije; seguramente no estaríamos aquí.
La plática me brincó a los tres, cuatro días. Y creo que a los que viven solos y sin hijos (o acompañados como yo: tengo dos perros: Simone y Niño) de vez en cuando les asalta (nos asalta) el tema. La pregunta es tan idiota -con todo respeto- como decir: ¿Qué hubiera pasado si no nacemos? O: ¿Qué sería de mí si fuera ruso, barrendero, camello, Kalimán o anca de rana? Además está la convicción generacional de que este mundo no inspira hijos. No quisiera que a los míos, por citar, los gobernara el PRI (como a sus abuelos y a sus bisabuelos); tampoco que los gobernara el PAN (como a mí). Y ya ni le sigo, que de costa a costa hay información para deprimirnos.
Se puede calcular qué sería de uno si siguiera con cierta mujer, si tus padres estuvieran muertos o no, o si no te comes esa rebanada de pastel de chocolate. Es más previsible. Pero no puedes vaticinar con base a un supuesto tan vago. Lo que funciona, en todo caso, es ver la vida de los otros para imaginarse con hijos.
Algunos amigos viven lo de ser padre sin dificultad, estén o no separados. Otros sufren. A los menos, les vale. Los que conservan a su mujer procuran alejarse de los solteros. Los imagino como los bárbaros que incendiaron la Biblioteca de Alejandría ante Aristarco de Samotracia o del último de los bibliotecarios: son gente por lo regular sin pasado que puede brincar de capítulo en capítulo en sus vidas, incluso sobre los cuerpos de sus amigos. No opino más. Entiendo el huracán que puedo desatar.
Muchos de los que son divorciados arrastran con pesadez su histérico estatus social: una vez a la semana asisten a la casa de la locura, donde se les ama y se les odia; no cruzan el dintel, y antes de la puerta se echan al lomo juguetes y libros y apenas si se despiden de sus ex mujeres, que la mayoría sigue dando portazos. Deben encontrar novias que acepten a sus hijos o que por lo menos comprendan sus obligaciones, y algunas veces prefieren estar sin compromisos sociales (o sexuales) para llevar su carga (sí, lo ven como una carga) con mayor ligereza.
Y están los desobligados. Son los más felices de la feria, según veo, porque nacieron del vientre de una olla de teflón y seguramente morirán dentro de ella. Se separan de la que fue su familia con la misma facilidad con la que defecan los caballos en los desfiles. Reencarnarán en el bien o en el mal y no habrá diferencia.
En fin. Hay de todo. Sólo planteo generalidades sin ganas de emitir juicios morales (aunque nunca me sale) o de retratar personas. Vuelvo a la pregunta: ¿Cómo sería mi vida con hijos? La única respuesta que encuentro es que la mía sería otra vida. Ni mejor, ni peor: otra. Una que no puedo imaginar. (Otra vida. Pero, ¿saben qué?, ya con la que llevo me basta). Tampoco tengo ganas de ser prestidigitador. El futuro me interesa como presente perfecto, y el presente me sirve sólo para saber que he llegado tarde a mi cita.
(Y ya, por hoy. Me voy a sacar a los perros. Es de madrugada, pero pobres: han estado parte de la noche aquí, tirados, sin respingar. Querrán ir al baño. Se merecen salir. Mañana en la mañana los sacaré otra vez a la banqueta y luego me verán con ojos de reproche cuando me vaya al trabajo y se queden solos. Con este amor me basta. No puedo imaginar ni tantito más).
(¿Qué sería de mí si siguiera con tal o cual mujer? La pregunta no aplica a la gente como yo, me respondo, porque pocos que conozca son lo suficientemente frondosos como para tener raíz; y nadie es montaña para quedarse en un solo lugar. Aún así, a pesar de las despedidas, estamos condenados a reencontrarnos un día cualquiera con las mujeres que perdemos: en un autobús, al doblar la esquina, escondidas tras una taza de té, rodando piedras cuenta abajo y cuesta arriba. Porque aquel que se resigna a perder al otro desconoce los entuertos de esta vida).

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EN BUSCA DE LA DIETA IDEAL

Abril7

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Recuerdo cuando las dietas venían con olor a remordimiento, después de una cena con pato, después de ocho tortillas de harina o de cinco panes dulces y dos chocolates de leche. O después de probarse un pantalón abandonado seis meses. Eso era hace tiempo; cambió con la edad, y ha cambiado en estos años.
Privarse de algo no es tan complicado mientras se le mantenga lejos; también si es por poco tiempo. Pero entrar al súper en estos días es soltar al perro de Pávlov en una carnicería: hay cuanta cochinada es posible imaginar: papitas, pastelillos, chocolates, sopas instantáneas. Todo rico. Usted pida. Si por alguna razón no alcanza a subir al carrito su dosis de grasas y harinas, estarán disponibles junto a la cajera (por lo regular de buenas carnes), quien le hará sentir con estómago y peso perfectos para cinco refrescos y una bolsa jumbo de Cheetos.
Ahora las dietas no se alimentan del remordimiento. Vivimos una gordura colectiva de vergonzosa estadística, y la industria se ha encargado de que sus productos aparenten ser saludables. Las dietas vienen de la necesidad. Hay que vigilar el sobrepeso de manera obsesiva porque ya existen los triglicéridos, el colesterol malo, el hígado graso, los problemas intestinales, los respiratorios, los alérgicos, la inflamación de ciertos tejidos. Está lo que llaman “calidad de vida”. Está la moda, que trata a los rollizos como leprosos. Y en mi caso, está la edad: a los 42 años cualquier comilona castiga: infla cachetes y panza; se ceba con las lonjas.
Las dietas de alimentos resultan insuficientes por sí solas para dar sosiego a las otras vidas de las personas como yo, que somos muchos. Se necesitan más de una dieta para controlar tus debilidades y las que el mundo te acerca. Una semana cualquiera, por decir, puedo llevar al mismo tiempo tres, cuatro o cinco dietas. Está la obligada (siempre en entredicho) que sirve para domar el mundo de las grasas, la fatiga, los infartos o la diabetes. Está otra para limitar el alcohol porque quisieras que el hígado resistiera con dignidad las batallas que todavía planeas. Está la dieta de cigarro, que más que dieta es una campaña permanente (como la de la gordura) (fumo otra vez, después de un año de abstinencia). Está la que sirve para mantener a raya la depresión de cada día. Está la de tés contra el bruxismo, enfermedad agobiante que desgasta los dientes, infecta las encías y te hace ver, gracias al rechinido constante, como un sicópata a dos segundos de explotar.
Y luego están las muchas dietas que te pide el alma. Llevo una dieta de culebras y autoestima para controlar mi tendencia a la abismal vida nocturna. Una de infusiones contra un grano que me sale entre ceja y ceja. Una de mentiras para la barriga, que no es la misma que la de la gordura. Una de saliva bien tragada con sorbos de tequila para el acto de recordar, vicio recurrente y dañino que ataca en la cama, en el auto, junto a los amigos o en solitario; que revive con la primera luz del día o muy de madrugada. Una dieta de risas contra los excesos de realidad; una de moscas y alacranes para el rosa de la televisión; una de furia, recomendable para contener amores con pretensiones de rebotar; y una de centellas que evitan los tumores cerebrales a los dolidos del alma. Además llevo una dieta a base de celebraciones cuando me alcanza la tiricia, y tomo estatequieto si las celebraciones se salen de control.
Pero la mejor dieta para los males más terribles, creo yo, es la que no queremos seguir. (Y no es “simplemente cerrar la boca”, como decía un amigo: 40 millones de mexicanos gordos-desnutridos lo confirman). Es la dieta que tiene que ver con el otro. Es el ayuno preventivo del otro. Es la dieta que me permite escapar de usted, y a usted le marca la ruta para huir de mí.
“El que no quiera sentir la espina, que se aleje de la sardina”, dicen por allí. Nunca mejor dicho.

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DESVIAR UN TREN, CARGAR UN TECHO CON UNA SOLA MANO

Marzo31

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Tengo 19 años. He bebido tantas cervezas como para sentirme Pancho Pantera. Voy en mi carro no muy de prisa pero lo suficientemente rápido como para no responder si alguien se me atraviesa. (No pasó; fíu; me siento afortunado) (Y vaya que fui un joven irresponsable). La avenida se llama Ferrocarril; es una columna vertebral que parte la ciudad en dos y al contrario de la cordillera de huesos, células madre y quién sabe qué más que nos mantiene en pie, ésta no permite al poniente dialogar con el oriente. Veo que no tan lejos viene el tren. La luz me pega: voy en sentido opuesto. Pita. No va muy rápido porque cruza en zona poblada. En un minuto ya voy pegado a las vías y se acerca. Mi subconsciente, inconsciente, me dice que se hará a un lado, aunque sea 30 centímetros, para dejarme pasar. En un segundo lo tengo encima. Muevo el volante con violencia: la mole de fierro ha decidido no quitarse y yo sudo mientras me la miento.
Tengo 39 años. He bebido tanto tequila como cuatro curvos, ocho ganchos, 10 rectos, un directo, dos swings y una cantidad similar de crochets de Mohammed Alí. Estoy en la lona, raro, sin soñar. Niño, mi perro, tiene apenas ocho meses conmigo; ha aprendido por necesidad a ser mi ángel de la guarda, y también otras mañas, como esperar a que me quede dormido para acostarse a mi lado. Amanece y empieza a ladrar, fuerte. Cada vez más fuerte. Me despierto y me ve a los ojos. Dice: “¡Alejandro, Alejandro, algo no está bien!”. Brinco de las cobijas y allá voy, vacilante, hacia el balcón de la recámara. Imagino que por el techo se mete un ladrón. No veo nada. Algo cruje, como pasos en la azotea. En eso, con el rabo del ojo observo un haz de luz que entra por mi cuarto: el techo se ha venido abajo y cae sobre mi cama, un buró, un espejo de pie y un banco. Lo hunde todo, incluso el suelo de madera, y va con ganas al siguiente nivel. Abajo, los muebles tiemblan con razón: es el último día de su vida. En el balcón, blancos del susto, Niño y yo no sentimos el paso del tiempo. Un sismo, el fin del mundo, la llegada del Señor, digo. (Niño me fija la vista desde entonces cuando lo acosa la incertidumbre). Tenemos polvo hasta en el último rincón. Queremos abrazarnos.
Ahora pienso en cuántas veces he esquivado la muerte, o cuántas se ha desviado de mis rumbos, y las multiplico por las que no me enteré y por las que me enteran. Sumo las que he estado a punto de toparme con mi propia vida en un solo acto, y nada es basto para decir suficiente: un hombre no es nada sino el producto de sus hazañas, voluntarias e involuntarias; un hombre es poca cosa: es resumen también de las ocasiones en las que el otro, aunque sea un ferrocarril, se hace a un lado.
Esta noche escribo en casa sin sobresaltos. Que sea en una noche como esta -me digo-: que el tren no se haga a un lado y que los perros (sumo a Simone) ronquen porque han bebido conmigo, y se desplome el techo. Que sea como una última gran aventura de los tres. De golpe y en paz. Y que estemos juntos: no pienso dejar a mis perros con padres adoptivos: soy capaz de desviar un tren, o cargar el techo con una mano, sólo para esperarlos.

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LA JUSTA REBELDÍA DE LOS PUEBLOS

Marzo24

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

La foto me asusta. En el primer plano, una jovencita de algunos 14, 15 años arrastra a una vieja que se lamenta, manotea y llora. En otras fotos de esta secuencia de eventos se pueden ubicar a varios gorilas como muros, que hacen una valla inquebrantable. El rostro de todos los gorilas es una piedra. La actitud de la joven (que es la misma en todas las fotos, aunque es más dura en esa que le dio la vuelta al mundo) es la de alguien que ha comprado la idea de que esa anciana, como las otras que le acompañan en esa marcha solitaria de blanco, representa el mal y es una amenaza. No pude evitar recordar a los jóvenes que empuñaron las armas en la dictadura de Pol Pot. Esta foto no es Camboya, por supuesto; es de una Cuba que me entristece.
El caso cubano ha sido una resistencia contra mí mismo. Cada vez que el régimen de los hermanos Fidel y Raúl Castro da un marrazo estúpido como éste, saco una navaja y me corto un pedazo más de corazón. El problema es que ya no me queda de dónde cortar; el problema es que, aunque lo tuviera, esos otros, los isleños, no deberían verse obligados a que muchos con el corazón completo o ya muy cercenado sigan alimentando la pesadilla en la que se convirtió el sueño justo que un día representó Cuba. El problema es que mi pedazo de corazón que sigue agarrado a la utopía, alimenta, aunque no lo quiera, a otros gorilas latinoamericanos como Hugo Chávez.
Hace mucho, mucho tiempo que Cuba me revuelve el estómago. El tema es tan fuerte que a veces hace pensar que tu creencia en las opciones de izquierda ya no tiene sentido. No debería ser: nuestra conciencia sobre la justicia social, contra la pobreza ofensiva y la falta de oportunidades debería correr sin atarse al caso cubano. Cuba tiene años que dejó de ser referencia del humanismo, del orgullo y la equidad. Cuba es ahora el ancla de principios que deberían abrazar los jóvenes. Cuba se volvió un estorbo para las ideas progresistas.
Traigo en mi iPhone, y es mi único favorito, un video de Youtube con una parte del discurso de 1979 de Fidel Castro en las Naciones Unidas. Lo escucho cada vez que me emborracho y me quiero agarrar a la ilusión. Lo saco para no perderme en este mar lleno de tiburones. (Ay, la retórica que se vuelve contra su autor; lástima). Dice: “Basta ya de la ilusión de que los problemas del mundo se puedan resolver con armas nucleares. Las bombas pueden matar a los hambrientos, a los enfermos, a los ignorantes. Pero no pueden matar el hambre, las enfermedades, la ignorancia. No pueden tampoco matar la justa rebeldía de los pueblos”. Lo escribo de memoria.
Meto la cabeza bajo las sábanas. Me rebano un último pedazo del corazón que tenía para esta causa. Lo guardaba para no apagar la vela, para no soplarle al sueño. Lo tenía para un día que, me temía, iba a llegar. El día es hoy.
Cómo duele Cuba. Qué difícil es la derrota de la ilusión pero, ¿saben qué?, les soy muy honesto: son de huesos duros. Me había tardado, y lo lamento por mí, pero más por los cubanos. Me aferraba a una última rebanada de corazón.

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ANTES DE LA TEMPORADA DE LLUVIAS

Marzo17

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Me he encerrado en un cartucho de dinamita. En algún momento se me antojará un cigarro
–Estatus para Facebook

Qué mal que no es temporada de lluvias porque siento como si lo fuera. Esta tarde salí del trabajo a buscar algo de comer y me fui brincando charcos, cuidándome los zapatos, esquivando las esquinas de los edificios porque esas cascadas amarillas tan percudidas me dan mala espina. (Lo único que les aprecio son las piedritas que arrastran desde los techos porque las acomodan como nidos de pájaro sobre las banquetas). Antes, por la mañana saqué el paraguas pensando que lo necesitaría, que encontraría la ciudad un poco más oscura. Nada. Me salí esperanzado en el olor de las calles mojadas, en el gris que empaña el fondo de la cuadra. Y nada. La lluvia no llega cuando debe. O se nos raciona con gotero de oftalmólogo para no emborracharnos de cosas buenas.
Me gustan los días de lluvia. Es figura recurrente para mí. Entiendo a aquellos que crecieron en una ciudad lluviosa; se ponen tristes, melancólicos. A mí, sin embargo, me dan ganas de salir a bañarme, de intentar colarme entre los goterones que anuncian un chubasco. Nadie puede: ¿cómo burlarlos? Quedas empapado. Entiendo que se pongan tristes en esta ciudad que me ha dado asilo durante más de 15 años, pero si vinieran del desierto, como yo, sabrían por qué a veces creo que tengo poder sobre las nubes. Tantas nubes no se gobiernan solas, digo, y les ordeno que llueva. Me doy cuenta así que no tengo tal poder. No importa. Que llueva cuando quiera, pero que llueva. Yo estoy esperando.
¿Han visto una simona? En algunas regiones de los desiertos del norte llamamos simonas a las tormentas de arena. Viene de “simún”, ese viento malcriado e insolente que azota tierras árabes dejándolas estériles, desdichadas. Nuestras simonas son menos agresivas. Cuando era niño y veía a lo lejos las nubes de las simonas salía corriendo a casa por un trapo mojado; no podía respirar. Mi hermano me contó que mi madre me encerraba en un cuarto con trapos mojados. Asma, le llaman ahora; entonces no se tenía nombres para cosas raras. Asocio ese malestar, que ahora es nervioso, con las simonas. ¿Han visto una simona? Hermosas e imponentes. Como si un dios le diera una patada a la punta de un hoyo de hormigas negras, que son altos. Una pared de polvo persiguiendo a una ciudad; dense cuenta qué espectáculo. Y la ciudad sin poder moverse. Horas después, cuando la tolvanera ha pasado, hay que quitarse la tierra de las orejas y de los calzones aún si estuviste escondido. Con el tiempo ha crecido mi aprecio por las simonas. Huelen a casa, a cuando mamá paloteaba testales y una tortilla de harina chillaba en el comal por la presión del mantel. Huele a frijoles caldosos y al arroz del mediodía, que recalentado se convierte en pan de cielo.
(Mi editor me regaña porque escribo de más. El papel, por más ancho, tiene límites y no conoce, ni por un centímetro, el desenfreno. Pobre, glorioso papel.) (Apenas empezaba pero, bueno, termino:)
Qué mal que no es temporada de lluvias porque siento como si lo fuera. Hace semanas que dejé de contar los días, y me muevo despacio para no perturbarme el alma. Voy bien. No es como caminar bajo las gotas frías, aunque se siente más o menos ese alivio. Tomo las noticias del fin del mundo y limpio con ellas los vidrios para que cuando llegue el agua los encuentre cristalinos. Regreso festivo al cigarro sin pensar en mis pulmones y me encierro en casa para disfrutar los perros, la comida, la lectura.
Y mientras nos alcanza el día más terrible de todos, me ilusiono con que la lluvia nos sanará. Así paso las semanas sin darme cuenta. Así vivo estos días, antes de la llegada de un temporal.
La lluvia debe ser anestesia para los hombres como yo.

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EL PRINCIPIO Y EL FIN DE LAS COSAS

Marzo14

PUBLICADO EN DÍA SIETE

La tomé del antebrazo y caminamos chapoteando entre los riachuelos que se forman en la cuneta de las calles. Primero íbamos aprisa, luego despacio. “No escucho la lluvia”, le dije, y ella me dijo cómo sonaba. “Es tu voz ronca por las mañanas; es el desorden de tu respiración”.
Me sorprendí al escucharla. Volteé, y un nubarrón me escondió su rostro. “No te veo”, le dije. Le pedí que me explicara qué estaba detrás de esa cortina oscura y húmeda entre ambos. Me dijo que su rostro era el mismo de ayer. Me contó que caminábamos de la mano sumergidos en el sol de la tarde amarilla, y en un momento le hablé de sus dientes: “Una hilera de tanques de guerra, un ejército de arados blancos que buscan sembrar en mi piel”, dice que le dije. No lo recordé.
Sentí que me apretaba con fuerza de la cintura, ansiosa, como se amarra un jinete al cuello de un caballo si el caballo no está ensillado. “No recuerdo haberte hablado”, le dije, y seguimos caminando. Entonces sacó de entre sus ropas un diario que, dijo, escribimos los dos. Empezó a leerlo con la misma entonación de cuando lo escribimos. Me contó que yo era feliz, y que estas caminatas las hacíamos cada tarde; que esas cosas y muchas que no son para ser escritas las escribimos en este diario.
Nos paramos en seco. Seguí con mis manos sus brazos hasta llegar a su cabeza y la abracé. Me acosté en su cuello, me tapé los huesos con su cabellera y cerré los ojos. Le dije: “No veo”. Le exigí que me explicara el mundo, que me dijera cómo eran los árboles, la banqueta misma, los edificios, otros rostros que no fueran el de ella. Le dije que me liberara de la oscuridad, que me contara cómo fue el principio y en dónde estaría el final, si es que esto entre los dos tendría un final. Me dijo que intentaría recuperar tanto como pudiera, pero que no estaba segura por dónde comenzar.
“Empieza por los relámpagos”, le dije. En ese instante pensé que tampoco conocía los relámpagos.
Me envolví entre sus ropas, me escondí. Le tomé un dedo y me lo llevé a la boca y escuché atento cuando me contó la historia del mundo. Los apaches, los comanches, los mezcaleros, las praderas, las dunas junto a Samalayuca y esa cordillera de montañas del Valle de Juárez que esconde osos, lobos y leones de sierra. Los halcones, las águilas, un riachuelo que antes era tan ancho como una laguna que se mueve. Las carreteras sin fin, las norias en el camino, los papalotes para pozos de agua, una escalera sobre un murillo de adobe; olmos viejos y moros machos que dan más sombra pero no dan fruto; sauces llorones, víboras de cascabel, cera de panal y miel; sapos sólo cuando llueve. Le desabroché la camisa y me dejó ver, desde la montaña Franklin, que el valle de Nuevo México es el mismo que el de Chihuahua, hasta Palomas; que se funden, que tienen las mismas nubes, las mismas depresiones a las que sólo pega el sol de mediodía. Solté su cabello, finito, y cayeron cascadas blancas y largas sobre las cañadas.
Tomé sus caderas. Y luego me dejó ver el inicio de las cosas. “Y el final”, aclaró. “Aquí empieza y termina todo”.
Encendido mi corazón, el desierto se me hizo un río, y su ombligo un faro que me permitió verla en la oscuridad.
Nos detuvimos cuando su piel no era su piel, sino la mía.
“Estoy enamorado”, le dije.
“Lo sé”, me respondió. •

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MI PROBLEMA CON LOS ENMASCARADOS

Marzo10

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Amparado en el anonimato, hace unos días un joven me amenazó. Pedí en Facebook que me ayudaran a descubrirlo. Me ayudaron. Quedé a un paso de solicitar la intervención de la Policía Cibernética de la PFP, porque el chico me explicó en un correo (disculpen su ortografía) lo siguiente: “hermano lo siento / ni te conosco no kiero pedos / se me hiso facil comentar en tu blogg / no kiero meter en pedos a mis vecinos de kien me robo la red”.
No los aburro (leer alejandropaez.net). Voy al grano: tengo un serio problema con los nicks (nicknames, nombre descriptivo que reemplaza al oficial); con los avatares, su versión gráfica; y con cualquier símbolo que sustituya la identidad en Internet. Su uso comenzó apenas a mediados de los 80 del siglo pasado y está vinculado con el nacimiento de la red de redes. Acepto que en un principio, mientras anunciaban una nueva era, los nicks sirvieron para provocar diversidad de opinión y mayor tráfico a las páginas de discusión. Ayudaron a participar en los sitios en los que la identidad es lo de menos (chats sobre sexo, por ejemplo) y permitieron acortar y dar seguridad a los nombres de usuario o usernames de nuestras cuentas de correo electrónico, Facebook, blog, Twitter, etc.
Soy de la idea de que los enmascarados no deberían opinar en sitios donde la identidad tiene peso. Cuando alguien desarrolla una idea y la hace pública con su nombre y apellido; cuando ese alguien expresa una opinión sobre temas que interesan a una comunidad, me parece una falta de compromiso que el otro argumente encapuchado. Nos molesta cuando un anónimo lanza desde las gradas un hielo y lastima a un jugador de futbol o de béisbol; si en un concierto baña de orines a los músicos, o si le da una bofetada a un artista cuando sale de su camerino. ¿Por qué deberíamos ver como “natural” que un desconocido descalifique con dos líneas mal escritas a alguien que comunica una idea, o desarrolla su compromiso en forma de texto?
De entrada, habré perdido esta discusión cuanto mi texto se publique en Internet. Tantos anónimos como quieran me denostarán, si esa es su intención. Mi texto tiene vida, ¿por qué habría de quedar impávido mientras lo vulneran? ¿En qué momento perdí el derecho de réplica o en qué momento los articulistas, periodistas, escritores, intelectuales y cualquier persona que firmamos nuestra opinión quedamos fuera del derecho a retroalimentarnos con una discusión directa? Piénselo así: también plantea una arrogancia atroz que yo tenga una opinión y la publique, y que, como si fuera una verdad absoluta, no deba responder a las interrogantes que abra.
Sin asustarnos, este y otros temas deberán acentuarse en la discusión sobre el futuro de Internet y el periodismo escrito. Pocos sitios de información que conozco, desde el de New York Times hasta el que quieran, tiene abierta la opinión para quienes firman los textos. Entiendo cuando se trata de reportaje, crónica, noticia o fotogalería periodística: son géneros en los que el reportero “no importa” o su opinión “no se vale”. Para darle total reconocimiento a la noticia misma -convenimos durante el Siglo XX- estos trabajos se firman pero se escriben en tercera persona y quedan exentos de toda opinión de su autor. En los que la primera persona se compromete a sostener lo que dice/escribe, ¿por qué no habría de responderse a quienes tienen dudan, se oponen o matizan? Y si esos con dudas, que se oponen o matizan, tienen nombre y apellido y no se esconden tras una máscara, el ejercicio de discusión se hará más justo y democrático.
Lee Siegel (El mundo a través de una pantalla, 2008) plantea el colmo de la frustración. Cuando era articulista de cierto medio internacional se molestaba que los comentarios de anónimos lo atacaran con, dice, argumentos pobres y mentiras. Molesto, pidió a su editor que se le permitiera responderles; se lo negó. Entonces se inventó varios nicks para ir contestando a sus detractores; pagarles con la misma moneda. Lo descubrieron y lo corrieron. Le hicieron un favor: lo volvieron famoso. ¿Por qué esta cerrazón?
Sabemos que la llamada “vida digital” ha abierto caminos hacia la democratización de la opinión y, sobre todo, le ha dado voz a quienes no la tenían. Acercó mundos distantes y generó un ambiente nuevo con enormes posibilidades. También está la otra parte, innegable: la de los individuos solos, depresivos, inadaptados sociales; la de los secuestrados por los ríos de basura que sustituyen el análisis serio y la información precisa. Me refiero a esos, a los segundos. A los que, enmascarados, brincan de chat en chat y de sitio en sitio (yo mismo lo he hecho) todo el día buscando ser tomados en cuenta. Están en su derecho, pero otros tienen derechos que, muchas veces y por falta de regulación, ellos no toman en cuenta.
Sí creo en ponerle reglas a Internet. Enriquece a los que de por sí son obscenamente ricos (los niños Google, Bill Gates and Co., etc.), mientras por esa misma vía nos llega basura, y los más jóvenes se enajenan: a ellos enseñémosles desde ahora a ser responsables de sus opiniones. A dar la cara. Son muchas las virtudes que nos ofrece la red (a la cual, por cierto, yo vivo conectado día y noche). Y muchos los riesgos. Concentrémonos en los riesgos para empezar a ofrecer soluciones.
Si permitimos que encapuchados opinen, qué mal les hacemos. Si ya está el canal libre, transparente y democrático para generar un debate sano, que todos demos la cara. Un asesino encubierto de textos e ideas mañana será asesino de almas; personalidades similares me esperarán más adelante con un cuchillo a las afueras de mi casa. Quizás no sean el mismo, pero se parecen entre sí.
De verdad, tengo un serio problema con los nicks: amo demasiado mi libertad en Internet.

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