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08
Dic

LIBROS, PERIÓDICOS, IPAD Y CELULAR

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Tengo por costumbre oler los libros en cuanto los saco del celofán. Noté hace tiempo, con sorpresa, que algunos amigos hacen lo mismo; no sé de dónde les venga; mi costumbre viene de mi padre, impresor durante un tramo importante de su vida.
Me gusta el olor de la tinta; reconozco cuando una impresión es joven o lleva sus años y eso sí lo aprendí en la escuela, en el taller de la secundaria. Disfruto tocar el papel; lo tomo con ambos dedos y calculo mentalmente el peso (gramaje) sin proponérmelo; puedo descubrir si pasó por una Offset o si, caso ya muy raro ahora, viene de una prensa directa. Al ver las páginas puedo advertir si se trata de un trabajo realizado hace unas semanas o años atrás: las letras tienden a expandirse con el tiempo sobre las superficies (y más si son helvéticas, porque las times se mantienen discretas) y a veces advierto cuánta humedad había en el ambiente el día en que fueron pasmadas; esto último me viene del taller en el que pasé tres años y es asunto de impresores; en mi familia hubo y hay a pasto.
Aunque la historia del libro (un conjunto de 49 páginas o más, según la Unesco) se remonta al origen del hombre, me sorprende que el formato que conocemos hoy utiliza más o menos la tecnología de hace unos 500 años. Salvo algunas actualizaciones realizadas en la segunda mitad del siglo XX, seguimos los mismos procesos y mantenemos las mismas disecciones: Sobrecubiertas para los libros muy nice o de arte, la pasta, el lomo, las guardas que unen hojas y tapas, el lomo (que pueden ser muy elaborados: aquí impresor y encuadernador se pueden lucir), el cuerpo de la obra, etcétera; son herencia de tiempos del nacimiento de la imprenta.
En los últimos días estuve en dos ferias del libro: la de Oaxaca y la de Guadalajara. Me llené de un enorme gusto porque en ambas, guardando proporciones, pude ver ríos de familias hojeando libros, manoseándolos. Sólo los libreros podrían decir qué tanto vendieron, pero la presencia de tantas personas me alegró: algo me dice que si hubiera un esfuerzo real del Estado por acercar la cultura, más gente se acercaría a los libros. The New York Times cuenta en su edición del lunes pasado acerca de una feria en San Francisco, California, llamada Litquake, a la que asisten cada año miles de personas y principalmente los habitantes de las cuadras que forman el Distrito Mission. Y justo dice eso: que si los libros y sus autores llegan a la gente, esa gente los aprecia. El resto del año, cuando no hay feria en el Distrito Mission, los habitantes se acercan a las librerías de esas mismas calles porque les queda el gusto. Eso es educación. Y educar es una tarea que le corresponde principalmente al Estado.
Una broma extendida es que los periódicos sobreviven hasta las primeras horas de la mañana. Que ya para el mediodía sólo sirven para envolver pescado. Broma mañosa, mitad verdad y mitad mentira. Me gustan los diarios; sobreviven al tiempo aunque a veces pensemos que no, y sigo pensando que el mejor oficio del mundo es el de reportero. Reconozco que es un para jóvenes y tiene fecha de caducidad; la pirámide del éxito se estrecha pronto y los viejos poco o nada podemos hacer. Sin embargo, creo en el acto de abrir el periódico. Detrás de cada ejemplar hay un esfuerzo especializado de 24 horas de análisis que conduce a decisiones por página. Por eso románticamente apuesto que los diarios, no sé si en papel pero los diarios-diarios, tendrán vida eterna.
Cuando abro el celofán y desdoblo un periódico me descubro con un deseo casi carnal que sólo experimento frente a una mujer. Los olores, los colores, las texturas por descubrir. Mmmh. Me acerco a los impresos con los gestos de un dandy, con ganas de enamorarlos. Me gusta pensar, como Humberto Eco, en que no desaparecerán, que estarán aquí un tercer milenio; que como el fuego y la rueda, una vez inventados no pueden desaparecer. Tendré la razón si pienso que cuando muera, todo lo que está en este mundo morirá también. Entonces los impresos estarán hasta el fin de mis tiempos, nuestros tiempos. Me aferraré con una mano a mi pequeña biblioteca hasta el último día para sentirlos, para pensar que no han perdido un solo lector. Me aferraré a ellos con la derecha aunque en la izquierda apriete, con gesto de adicto, mi iPad y mi celular.

01
Dic

ESTA NOCHE ME IRÉ A LA CAMA EN PAZ

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Con orgullo, para Sandra Rodríguez y Lucy Sosa

El peor guión de todas mis pesadillas es ese en el que se me asigna el papel del inmóvil. Viene un gallo rojo directo a picarme los ojos y no me puedo mover. Estoy en un cuarto encerrado con el mismísimo chamuco y no puedo salir corriendo. Mi oponente es Manny Pacquiao y no sólo me agarra menos preparado que a Antonio Margarito, sino también atado de manos. Caigo al abismo y no me puedo detener. Como en el teatro de Beckett, como prisionero de Kafka.
Una pesadilla similar vivimos los mexicanos con nuestros gobernantes. Nos dan en toda la torre con plena impunidad y no podemos hacer algo. Sólo esperar a que la pesadilla termine y despertarnos; atenernos a que terminen sus periodos. Con honestidad acepto que como ciudadano no veo otra alternativa que la resignación.
No me interesa soñar más, pero sí me gustaría, por ejemplo, no tener que aguantarme un presidente los seis años que dura su gobierno. O un mandatario estatal, un jefe de la policía, un procurador de la República o uno local. Me gustaría que los ciudadanos pudiéramos elegirlos a todos -incluyendo procuradores, secretarios y jefes de policía- y luego que tuviéramos la oportunidad de decirles: Ora, tú, inútil, ya deja de estarnos desgraciando. Y votar su salida inmediata. Fuera. Si esa opción existiera, la de la revocación de mandato, los gobernados estaríamos más atentos a cómo se conducen funcionarios y políticos. Les daríamos un seguimiento más puntual y periódico, ¿no cree?, a sabiendas de que es posible darles unas cachetadas y mandarlos avergonzados a sus casas o a la prisión. O reconocer su esfuerzo si lo hacen bien. De otra manera, lo que hacemos en cuanto son electos es atender nuestras vidas en silencio, separarnos del desempeño público porque no sirve un carajo voltearlos a ver; para qué; puro desencanto; puros corajes que no llevan a ningún lado.
“A ver cómo nos va con este”, dice uno con abandono, agachando la cabeza, y se encierra en el cotidiano dejando el país en manos del otro. Y el otro, usted lo sabe por experiencia, se sirve con la cuchara grande, se vuelve una pesadilla. “A ver cómo nos va con este”, dice uno. Y como no hay manera de hacer absolutamente nada hasta que ya se largaron (y a veces ni así), pues a tragarse ese pan jodido de diario.
Los gobernantes de este país se han atribuido más poder que el que de facto le pertenece a nuestros familiares. Hay que chutárselos, soportarlos más que a tus padres, hermanos, tíos, esposas y esposos, hijos, etcétera. Si alguno en nuestro círculo más personal se pone rudo o traiciona, usted tiene la opción de separarse de él o de reconvenirlo. Pero los ciudadanos de México estamos obligados a presenciar cómo los políticos hunden el país, la economía, las aspiraciones, el futuro; cómo nos ofenden y nos traicionan; cómo nos sacan las tripas. Y no tenemos posibilidad de hacer algo. Como en la peor pesadilla; como un sueño en el que no puedes moverte y te ataca un Frankenstein con el pico del gallo rojo, la furia del chamuco y los puños sin guantes de Manny Pacquiao.
Si usted llegó hasta aquí, déjeme quedarle mal: ni siquiera tengo reflexión. No voy a terminar este artículo diciendo: “Y ojalá en las próximas elecciones los mexicanos pudiéramos decidir que…” O: “Pidamos a nuestros legisladores que…” Ja. No creo un carajo. He dejado de confiar y no estoy para darle ánimos a nadie.
Esta noche me iré a la cama en paz; besaré a mi chica y me quedaré dormido. Si aparecen el gallo, el chamuco o Pacquiao, me tiraré al piso en la pesadilla y dejaré de dar la batalla. Por hoy, el sueño de un mejor país me parece lejano. Las cicatrices no me han hecho más rudo, más fuerte. Por hoy, preferiría ni siquiera soñar.
(Ejem, sí tenía una reflexión final, que son dos preguntas. Perdonen. Van: Cuando nos quejamos de lo inútiles que son los políticos, los gobernantes, los policías, ¿nos quejamos de nosotros mismos? ¿Tiene sentido quejarse de esos otros que somos usted y yo?)

***
Dos temas. Uno: Qué papelón más vergonzoso el del embajador de México en España, Jorge Zermeño. Salirse de la ceremonia de premiación de las periodistas Sandra Rodríguez y Lucy Sosa porque no le pareció que criticaran la guerra inútil y a Felipe Calderón. Híjole. Qué idea más penosa tiene ese hombre de una democracia. Me parece una grosería pero, ¿sabe qué?, una grosería congruente: reconfirma a un gobierno intolerante, ciego, sordo, mudo y al final, collón: si no están conmigo, están en mi contra. Qué mal. Tache. Y segundo tema: Qué, ¿nos vemos en la FIL de Guadalajara? Este jueves a las 7 de la tarde, Lydia Cacho, Ricardo Raphael y Rafael Pérez Gay presentan No incluye baterías (Cal y Arena, 2010), de un servidor. ¡Gracias a todos! Larga vida a los hombres de buena voluntad (casi como si estuviéramos en Navidad; verso sin esfuerzo). Mis mejores deseos hoy y siempre.

24
Nov

LA BOFETADA DE “EL VASCO” AGUIRRE

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Ya he dicho que aborrezco el futbol porque engaña a la gente; porque usa los colores de las banderas nacionales y el nacionalismo para enriquecer a empresas privadas. Y porque es una religión idiota que siguen millones de mexicanos a pesar de que sabe a fraude y se ve como fraude: a un creyente siempre le quedará la duda si le llegó o no un supuesto milagrito por sus rezos a la virgen o a los santos; pero el Tricolor, al que también le reza, no le hace nunca el milagro y mantiene la devoción. Me da pena y coraje el futbol. De plano no soporto tanto engaño. Antes que creer en ese juego idiota preferiría gastar mis ahorros en el zapato reductor de peso, la pomada que cura almorranas y caída de cejas, etcétera. Preferiría abrirle la cartera a la televisión inmunda que creer en la mentada “liguilla” o en el Mundial o eso.
No todo en el futbol es despreciable. Es un deporte, caray; una fórmula, un potaje para un mundo de gordos y drogadictos. Debo reconocer además que tengo enormes simpatías por personajes como Maradona, Ronaldinho o Chicharito Hernández. En estos tres casos (y otros) me conmueve no su futbol (que, entiendo, fue y es de alto nivel) sino sus vidas: respeto, admiro y aplaudo el empeño y la pasión, y me atrae también el afán de aquellos que se tiran por el tobogán porque así lo desean, cuando lo desean, como es el caso de los primeros dos y más claramente, el de Maradona.
Dentro de lo despreciable tengo a mi favorito: Javier “El Vasco” Aguirre. Qué tipo más caradura; qué va: ¡un coñazo, joder! Yo ni fu ni fa con el hombre. Pero allá por febrero pasado, recordará, cuando ya era director técnico de la Selección Nacional, dio una entrevista a la española Cadena SER en la que declaró que México está jodido y que abandonaría el país en cuanto terminara el Mundial; que cuando no se jodía por inundaciones, era por la inseguridad. ¿Y qué?, preguntará usted que sabe que sí, que México está jodido. Lo extraordinario es que Aguirre era en ese momento el rostro de la esperanza (ja) de los mexicanos; era pagado por los mexicanos y hasta el presidente mexicano Felipe Calderón había intervenido, se dice, para que él se llevara sus millones de dólares por dirigir al Tri.
“[El narco] ha permeado a la sociedad, es indudable. Recuerdo hace 20 ó 25 años cuando, yo todavía jugaba futbol, el narco ya estaba activo pero ajustaban sus cuentas entre ellos. Hoy sí no puedes andar en la calle tranquilamente porque de repente hay líos y te pilla en medio. Yo desde luego soy gente conocida, respetada, pero uno nunca sabe”, dijo. “Yo desde luego tomo mis precauciones: mis hijos mayores viven en Madrid y yo me fui con mi mujer y con el pequeño. Esperaremos hasta el Mundial y luego me vendré para Europa para ver qué hay”, expresó en esa entrevista en la que ya se sentía ciudadano español y habla como español; usa palabras como “vos”, “joder”, “chaval”, “hombre”, “macho”, “pillar”, etc. Entiendo que vivió por aquellas tierras de 2002 a 2009, cuando le rogaron que viniera a dar lecciones de buen futbol. Y ya conocen mejor que yo la tragedia: Dirían mis amigos que saben de esto y me castigan por ser anti futbolero: “México jugó como nunca y perdió como siempre”.
Poco después de ese episodio lo regañaron duramente desde Los Pinos (se dice); cerró la boca y apareció en una serie de promocionales ridículos que decían que México era muy fregón si pensábamos que era fregón, o algo así. Baratijas patrioteras, positivistas, en cara de un Aguirre que por dentro sólo pensaba, seguramente: “Ojalá y se acabe ya este pinche anuncio, el Mundial y todos mis compromisos en este país jodido para mandarlos a todos a la tiznada”. Y tras el Mundial, tal cual, Aguirre dijo adiós a México. Se largó a España dejando detrás a millones de almas deprimidas por la derrota de la Selección Nacional pero con 25.49 millones de pesos en la bolsa que obtuvo por vender ilusiones a desesperanzados durante los 13 meses de contrato. Bien por su familia, pero él qué inmoral: para ganarse sus millones aguantó el regaño, engañó en lo de confiar en México y la hizo de bufón en aquellos anuncios chafísimas. Por unos dólares.
¿Y por qué me revuelvo el estómago escribiendo de estas cosas? Porque fue inevitable. En unos días se cumplen cuatro años de la actual administración federal y, ¿sabe qué?, recordé la bofetada de “El Vasco” Aguirre a los mexicanos. Porque cada día está más cerca la partida de esa camarilla que metió al país en una tragedia. Y mañana, como sucede siempre, esos mismos estarán lejos del país disfrutando de su vida, y -también como casi siempre- con sus millones en la bolsa.
Lo peor no es eso: es que otros políticos vendrán, nos venderán esperanzas y milagritos y los compraremos. Y luego se irán, dejando el país en la deshonra y la desesperación, aunque garantizando, como “El Vasco” Aguirre, un futuro de paz, progreso y tranquilidad sólo para sus hijos, en el extranjero.

Tss, amigos: Veámonos este jueves 2 de diciembre a las 7 de la tarde en la FIL de Guadalajara. Presento No incluye baterías, nuevo libro con Cal y Arena. Todos invitados…

17
Nov

TANTOS MUERTOS PODRÍAN NO SER NOTA

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

-Para Blanquita Martínez, a dos años de la muerte de su esposo, el periodista Armando Rodríguez
Algunos amigos y yo tenemos un deporte: revisar cierta prensa de la frontera sur de Estados Unidos. A veces comentamos su cobertura; no periódicamente, pero sí cada vez que tenemos oportunidad. ¿Por qué tanto interés? En pocas palabras, porque nos sorprende cómo han dejado pasar una guerra. Ahora publican más que hace un año y hace dos; como lo hacen la prensa china o la rusa, y particularmente la española o la europea. Pero algunos medios en el sur estadounidense han dejado pasar una guerra: la sangrienta guerra de México. Es cierto que la trágica muerte de miles y miles de mexicanos puede ser traumática para su audiencia, pero, oiga, es una guerra. ¿Será noticia una guerra? Porque esa prensa, que no es la menos, acumula cuatro años de omisiones.
Quizás los mexicanos somos unos corruptos, unos bárbaros, unos salvajes y con este país se aplica esa máxima de que un muerto estadounidense vale (en términos noticiosos) por mil iraquíes, cinco mil afganos, 10 mil africanos y 20 mil mexicanos.
Con ese criterio, para cuando lleguemos a los 100 mil muertos será como un choque con cinco fatalidades en un freeway de San Isidro, San Diego, El Paso, Eagle Pass, McAllen, Brownsville, Del Río o Van Horn.
Por supuesto que esta prensa a la hago referencia sí cubre ciertos eventos de los cuales es imposible sustraerse, como las matanzas colectivas de jóvenes o la caída de capos que están en las listas de la DEA o del Departamento de Estado. Pero las coberturas fuertes vienen de la prensa lejana de la frontera, y de algunas revistas de probado profesionalismo, como The New Yorker y otras. Aunque tampoco es espectacular.
Mis amigos y yo nos hacemos algunas preguntas que posiblemente esa prensa sureña podría ayudar a esclarecer. Y quizás allí sí encuentren nota. Por ejemplo: ¿es noticia o no que decenas de toneladas de cocaína, mariguana, opiáceos o químicos ilegales desaparezcan una vez que cruzan los puentes internacionales y se internan al sur de Estados Unidos? ¿Puede considerarse un tema noticioso que esas cantidades de drogas no tengan dueño en cuanto llegan del otro lado de la línea fronteriza? ¿Es noticia que sus múltiples policías no encuentren estas bodegas -que deben ser cientos y con capacidades para toneladas- en las que se guardan cargamentos que después viajan en convoyes tampoco vistos y se fragmentan para alimentar el mercado a granel más importante del mundo? ¿Es noticia eso? ¿Se habrán preguntado por qué casi cualquiera de los países que están debajo del Río Bravo tienen identificados los cárteles y los varones de la droga y allá, en Estados Unidos, no parecieran tener idea quiénes se encargan de lavar entre 20 mil y 90 mil millones de dólares anuales en ganancias del narcotráfico? ¿Qué esa prensa que no cubre la guerra en México, o toda, no tiene curiosidad por saber por qué cada agencia estadounidense maneja una cifra distinta al año sobre volúmenes de tráfico, de blanqueo de dinero, etcétera?
Como la prensa estadounidense nos ha dado ejemplos de coberturas espectaculares; como la tenemos en un pedestal y la cubrimos de gloria en la cátedra y en las bibliotecas, esa cobertura mediocre genera dudas. ¿No publican ni investigan porque temen que el narco brinque a sus barrios? ¿Temen enfurecer a sus lectores, a los traficantes, a las policías? ¿Temen maltratar a los anunciantes, ahuyentar a sus amigos? ¿Por qué sí cubren con páginas y páginas lo que pasa en Kabul o en Kandahar pero no lo que sucede en Matamoros, Ciudad Mier, Ciudad Juárez, Tijuana…?
Quizás lo que necesitan es otro subcomandante Marcos sexy, otro Vicente Fox chistosito, o un gato atorado en un arbolito que rescatarán los bomberos o Supermán. Y entonces México será, otra vez, tema de su cobertura.
De tantas lecciones que tuvimos de la prensa norteamericana en el pasado, quizás no hemos aprendido en dónde está el mensaje que tratan de darnos esos medios del sur de Estados Unidos. Quizás no hemos entendido que tantos muertos del lado mexicano podrían no ser nota.

10
Nov

TAMBORREL

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Lo contaré como lo recuerdo, y perdonen si mi memoria es flaca.
A la casa de Tamborrel 804 se entraba por un corredor flanqueado de pinos, y remataba en una escalinata de unos cinco peldaños que a su vez daban a un descanso y luego a un invernadero que mis abuelos maternos convirtieron en una sala, o algo así. De todo el terreno, sólo ese corredor daba a la calle. Era una apéndice que conectaba un predio fantasmagórico (prendido con las uñas del Cerro de Santa Rosa de Chihuahua, Chihuahua) con la vida real. Las piedras bola en medio de los patios irregulares eran del tamaño de un hombre. O así lo recuerdo: tenía unos ocho años la última vez que estuve allí.
Cuando los viejos compraron esa propiedad, a los perros se les ponían nombres como Dólar, Wilson o Forey. Pobres animales. Debería contarle de esos tiempos a Niño y a Simone, par de perros fresas. Las croquetas no existían (las habrían devorado las familias) y las bestias se alimentaban del buffet insano sobre la banqueta.
Los nombres: Dólar, Wilson, Forey. La moneda gringa, un presidente ídem y un militar intervencionista francés. De ese tamaño era el resentimiento.
La abuela Rosario nació en 1916 y el abuelo Carlos en 1911. Mamá me dice que una de sus tías nació en 1918, “el año del hambre”. Aunque en esas décadas, me aclara, la gente siempre tuvo hambre. Para los años 30, ya con familia y casado, el joven Carlos se mudó a Ciudad Juárez para buscar sustento en los restaurantes de El Paso, Texas. Le pagaban 20 centavos oro. Veinte centavos de dólar al día; pinches explotadores. Pero no iba por esa miseria; iba por la comida, por lo que sobraba en los platos de los comensales. Eso dice mamá. La frontera moría de hambre, igual la capital; y peor estaba al interior del estado, en las regiones serranas. El desierto puede ser cruel, frío, inmisericorde; siempre mejor que un hombre frente a otro que es más débil.
La abuela contaba que las familias normalmente hacían una comida al día, con una tortilla por persona. Escondían el maíz bajo la tierra. “La gente se paraba muda junto a las puertas de cierta casas en las que olía a tortillas recién hechas”, recordaba Rosario, cuenta mi madre. No pedía; pero si alguien compartía algo, quería ser de los primeros. No había ni para un café. Ni una gota de grasa animal.
–¡Abran esa puerta, que entre el bien de Dios! –gritaba mi abuela todas las mañanas para dar la bienvenida al nuevo día.
–…Envuelto en una frazada… –refunfuñaba, también a diario, el abuelo. Era mejor idea un Dios que llegara con algo.
Las catedrales eran un lujo estúpido. “Los curas se escondían en las hambrunas y daban campanazos dominicales en las bonanzas”, dicen que se decía.
Los abuelos dejaron Ciudad Juárez en algún momento de los años 50; después compraron esa casa de Tamborrel llena de espíritus. Los perros le ladraban al vacío, a las paredes. Fue una casa de campo para ricos con mansión en el centro de Chihuahua. Aún muy venida a menos cuando se mudaron, mis abuelos batallaron horrores para pagarla. El viejito era obrero en Aceros de Chihuahua. Fue líder sindical. Sabía leer y escribir y eso lo hizo administrador de la botica de mineros en Santa Bárbara y después de la cooperativa. Era un rojillo. Tuvo tres jubilaciones centaveras. Tanto que trabajó, caray. Murió sin dinero y de silicosis por los años que duró en las minas y por desgracia no fue en Tamborrel 804. Esa es otra historia. Mi abuela dio clases de primaria; también sabía leer y escribir. Eso, y sacar adelante un ejército de niños con hambre crónica, la tumbaron no tan vieja en un sillón reclinable. Allí boqueó, la pobre, como un pajarito.
Años más duros. Mamá era una adolescente y el barbero cobraba 50 centavos. “¡Chavalos qué pelar!”, gritaba. Mi vieja dice que un puñado de galletas de animalitos era una bendición y una tortilla con azúcar, la gloria.
Qué pueblo más sufrido, el mexicano. Para millones de familias la hambruna continúa. Un siglo después, miles más abandonan pueblos y ciudades por falta de oportunidad y por la violencia. Y hoy, para muchos chihuahuenses, Texas es una tabla de salvación. Ese Texas explotador y racista, hágame el favor. Pinches gobiernos de México; pinches políticos.
Regreso a Tamborrel para despedirme. Ya ni hablé de las tres recámaras en desnivel, la tía que se volvía loca con la luna llena, los entierros, los muertos de Francisco Villa, la viuda negra que tejió un cono en una esquina del gallinero, los pavos, las manzanas, una canaleta de piedras y cemento para regar los árboles, los duraznos y los membrillos, una pileta para patos y gansos, los tomates en el verano y las hierbas de olor en la pequeña huerta.
Lo contaré como lo recuerdo: El corazón de Tamborrel era una viejita blanca y canosa que colaba café sobre la mesa, servía frijoles inigualables en platos de peltre y tortillas de harina con manteca que sabían al mejor de los filetes. Tamborrel era un viejo chaparrito y moreno, de manos rasposas y gesto recio que se sentaba a la sombra de una higuera y nos mostraba las bondades del trabajo en las hormigas negras, y las ventajas de un sol que no distingue entre pobres y ricos. Sol generoso, desinteresado, apapachador; sol amoroso de Chihuahua.

07
Nov

PORQUE NO PUEDO PENSAR POR CUENTA PROPIA

PUBLICADO EN DÍA SIETE

—Para SS. Breve homenaje a Juan Gelman

Ya que navegas por mi sangre y conoces mis debilidades, y no te atreves a despertarme a mitad del día o cuando camino por los pasillos de tus sueños; ya que cabes en el hueco de mi mano y me escondes en el hueco de la tuya para que no me escape, para que no me recueste en las sombras; ya que eres mi paz, mi paciencia y mi furia, explícame: ¿Qué diablos hago? ¿Por qué te necesito? ¿Quién eres, muda, ciega, sola? ¿Quién te dio permiso para recorrerme, razón de mi pasión?
Ya que cruzas el pantano conmigo y los dos nos manchamos hasta la barbilla y festejamos porque el lodo sabe a rosas para los que aman; ya que me obligas a olvidar mi nombre y a pronunciar el tuyo despacito para que se vuelva el mío; ya que te has convertido en el aliento de las tardes, en párrafos completos de Juan Gelman que leo o respiro o plagio porque no puedo pensar por cuenta propia; ya que eres la fractura de las madrugadas, la respiración en cada frase y la distancia entre mis ojos y los cristales, dime: qué digo, en dónde te escondo para que nadie te encuentre, cómo es que ahora te palpito.
Porque quiero llenarte solamente de mí y abarcarte (aún sin abrir los brazos). Y consumirte, acabarte, llevarte adentro y ser tú por fuera; comerme tus huesitos y lamer tu piel con la devoción del gato que dormita en la ventana una tarde de sol sin prisa. Porque quiero ser el mago que te parte en cinco y te une en presencia de todos, las hojas de otoño que te cubren, la tierra que levantas cuando corres y el cochinito de piloncillo que sopeas en la leche.
Porque quiero mezclarme en tus cabellos y entrar más adentro que lo adentro, y ser parte de ti.
Ya que navegas por mi vida y conoces mis puntos flacos y mis comas tristes, y me duermes con tu aroma buena parte del día y aplastas los recuerdos para sobrevivir solamente tú, dime, ¿quién eres? ¿Qué hago? ¿Por qué te deslizas en mi saliva, por qué me siento perdido si no te veo, por qué secuestras mis ganas de darme por vencido? Dime, ¿cómo es que ahora te necesito?
Y eres única patria, refugio, espada contra mi bestia interior. Y eres el fin de la memoria, el susurro que contiene la marcha de los recuerdos. Y eres, también, aliada contra el olvido.

03
Nov

TODAS LAS MUDANZAS DEL MUNDO

PUBLICADO EN EL UNIVERAL

De mamá aprendí las cosas buenas que me llevaré a la tumba. Y de papá, las cosas buenas que me llevarán a la tumba: el trabajo sin horarios, el mal dormir, el buen comer, los cigarros o los tragos. Una y otro hicieron lo suyo, y con ese equilibrio en mente mis hermanos y yo tamborileamos la marcha que conduce nuestras vidas.
No recuerdo si mi padre ahorraba; aunque eso no me matará (ni mata a nadie), lo cuento porque dibuja una parte de mi viejito que sirve para entender el punto al que pretendo llegar; mi madre, sin embargo, nos enseñó a guardarnos unos pesos y construir sueños.
Recuerdo a papá tirar la ceniza del cigarro al aire; y a mamá mostrarnos en él lo que no debíamos hacer. Mi padre estuvo siempre con un pie fuera de casa, y ella fue quien defendió la solidez del nido. Son ejemplos. No los critico ni los juzgo; tengo dos perros por hijos, ¿qué puedo saber? Supongo que eso es una familia porque no conocí otra.
Curiosamente, los dos varones sacamos de mi madre la fascinación por las mudanzas, aunque fuera mi padre el que nos obligó a cambiar una y otra vez de residencia. Al hombre lo movilizaron el trabajo y algunas pasiones, aunque en términos románticos sea mejor decir que anduvo de un lado a otro persiguiendo olores de tintas y rotativas. Por seguirlo, ella llevó una vida empacando, contratando mudanzas y casas, buscando escuelas y patios amplios para un gallinero y jaulas de conejos, porque a mi hermanito mayor, por herencia de la casa del abuelo materno, le dio por ser granjero.
Si recuerdo bien, he habitado 16 casas o departamentos distintos en mis 42 años de existencia; una cada 2.6 años. Casi todas fueron rentadas. Cuando fui adolescente, mi madre sorprendió a mi padre con que había ahorros para dar el enganche de una casa. Llevarían, no sé, unos 25 años juntos. Creo que fue hasta entonces que la familia tuvo una propiedad. Justo cuando los hijos nos íbamos. (Los mayores la disfrutaron un año en promedio; nada). Luego mi ex mujer y yo compramos un departamento que ella posee o poseía y después yo me hice de otro; el resto, unas 13 moradas en mi vida, fueron de renta. Pero uno ama el lugar en el que vive como si fuera propio, aunque el rentero esté para recordarte que las raíces están condenadas.
Desde octubre de 2003 hasta la fecha, y un día cuento por qué lo recuerdo de manera tan puntual, he vivido en seis departamentos distintos. Húmedos, con alfombra, secos, con duela y sin ella. Largos, anchos, angostos, de uno y de cinco cuartos. En primero, segundo y terceros pisos; con sol y sin él. De 100 años y recién construidos. Con sol y oscuros. En cada departamento dejé algo y saqué recuerdos que se irán borrando con el tiempo si no los escribo ahora, porque no soy un joven (ni extraño haberlo sido: qué güeva) y porque cada día tiene su propio afán, ¿cómo retener tanto?
Simone sufre con las mudanzas. Se pone triste, se desordena y hay que enseñarla otra vez en dónde no debe ir al baño. Niño, sin embargo, no tiene problemas: si estoy yo, él se acomoda; su hogar soy yo. Los tres hemos hecho un pequeño club con rutinas que nos hacen una familia; salimos por las mañanas a caminar aunque yo beba tequilas un día anterior, y procuro salir de noche con ellos. Eso, las rutinas, es lo que permite concluir que somos una familia. Eso y el amor.
Nunca he servido para vivir solo. Tampoco tengo ganas de aprenderlo, si es que “se aprende” a vivir solo. Prefiero llenar de fiestas mis departamentos, volverlos comunas; y aunque en los últimos pocos años los perros me permiten disfrutar mucho más mi casa, estoy acostumbrado a decisiones colegiadas, a cocinar para más de uno, a caminar sin la necesidad de cuidarme de los autos, a reposar en la buena voluntad de alguien más. Pero eso tiene costos: el desamor es una letrina aunque la literatura permita cubrirla de honor, pétalos, rubor o Chanel No. 5.
Pues aquí me bajo, por ahora. No llegué al punto al que pretendía llegar; prometo contarles más luego.
Creo que en los siguientes años permaneceré en el departamento en el que vivo. Pero algo hicimos mal Simone, Niño y yo. Algo hice mal (para qué me hago guaje), porque cuando se acerca diciembre me digo que por fin tendré tiempo de “ir a casa”. Mi casa, sigo pensando, está en el norte, en Juárez, aun cuando he vivido 18 extraordinarios años en esta hermosa y hospitalaria ciudad: el Distrito Federal. “Ya mero voy a casa”, digo por estas fechas. Pero la casa en la que crecí es sólo una idea, un asidero, un puñado de hojas secas. Un cuaderno repleto de recuerdos que no importarán a nadie si se pierden. Sólo a mí.

27
Oct

LA ARROBA ESTÁ EN OTRA PARTE

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Tenía 22 años cuando apareció la Web. Fue en 1990, como es del conocimiento público. De Internet se hablaba intensamente en los medios desde una década antes; pero no fue sino hasta que vimos por primera vez un navegador para el protocolo WWW que entendimos para qué servía. Poco antes, por esos mismos días, el correo electrónico nos provocó enorme curiosidad pero no nos conmovió; usábamos mayoritariamente el Eudora para enviar y recibir lentos mensajes, boberías en tres líneas. No imaginábamos que nuestras vidas cambiarían tanto. Estábamos embobados en la contemplación de los celulares, que entonces, en mi tierra, eran exclusividad de narcos, policías y políticos. Y yo, en el plano personal, había caído en la hipnosis de un amor bueno.
Hace tan poco tiempo de eso. Y hace tanto: 20 años. Me sorprende que la gente no pensara entonces en los dispositivos como ahora. Los celulares eran inaccesibles; las computadoras eran para tareas en el trabajo y lo más cercano a mi actual adicción al iPhone era una agenda electrónica que un día se me cayó al mingitorio de una cantina y no me importó. No volví a comprar otra. Diez años después me hice de una Palm -por culpa de Jorge Zepeda- que prometía. No me volví fan. Sin embargo, en esa década hubo una transformación importante: la Web me atrapó. Y conmigo, a millones. En lo personal mi vida naufragaba; estaba por quedarme solo.
Tengo 42 años; aunque Hotmail es para los jóvenes como ponerse un arete o bajar una rola en línea, para mí es una adolescente con ganas de mostrar las piernas; empezó en 1996, hace apenas 14 años. La arroba (@), sin embargo, es mi contemporánea. La inventó un señor gordito de nombre Ray Tomlinson que fue merecedor del Príncipe de Asturias, premio que compartió con un flaquito, Martin Cooper, el padre de la telefonía móvil. Ninguno de los dos me sorprende porque yo conocí a James Tiberius Kirk, el Capitán Kirk, dueño de los destinos de las naves Enterprise NCC-1701 y Enterprise NCC1701-A, y de todos sus tripulantes. Cuando esos dos hijos de MIT pensaban en revolucionar el mundo de las comunicaciones, los adictos a Star Trek ya sabíamos que era posible mandar mensajes, hablar y hasta transportarse sin necesidad de cables. Y cuando salieron los primeros celulares, la mayoría en mi generación había establecido contacto con extraterrestres o terrestres -10 años antes, o hasta más- por medio de una simple cajita de cerillos que adheríamos con chicle a la muñeca, y más: teníamos cascos de papel aluminio, que además de cocinarte el cuero cabelludo eran capaces de leer mentes, romper la velocidad del sonido o modificar el tono de tu voz. Ese casco, y una toalla ajustada con un broche de la ropa al cuello a manera de capa, eran más que Hotmail, que la arroba o el celular juntos. Pero eso era cuando niño. Entonces el amor no era esta ingobernable pesadilla.
Mi generación será la primera en pasar su vida adulta adherida a la red. Menudo logro. Me río por dentro y con simpatía cuando algunos de mis colegas, jóvenes reporteros, se lanzan con entusiasmo a investigar los mismos temas que yo hace 20 años: corrupción de funcionarios, tráfico de personas, venta indiscriminada de drogas, lenocinio, policías vendidos, asesinatos, pobreza extrema, desigualdad. Y me río para no arrastrarme como perro porque no hemos avanzado un carajo como país. Los ríos de información que prometió la nueva era no son tal, y que me perdone Internet. Son los mismos charcos pestilentes, los lodazales de siempre. Los mismos de hace 20 años.
Y me río de mí, además, porque soy un cabezón irreductible. Sigo pensando que el amor vale la pena y que un día me salvará. Iluso, ilusos. El amor, y el progreso en estos países tropicales, son sólo una trampa. Una ilusión. “La prórroga perpetua”, escribiría Jaime Sabines, muerto en 1999, 30 años después de que las universidades de UCLA y Stanford lograran la primera red interconectada, el Internet con pañales y biberón.