Haz click aqu

Alejandro Páez Varela

DILEMAS PARA EL FIN DE AÑO

Diciembre30

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Quiero a mis amigos de muchas maneras. De todos sabores y colores, los quiero. Por viejos y por sabios, por viejos y por estúpidos; porque de tan jóvenes (imagino) nunca llegarán a mi edad; por inmaduros, por insostenibles y debiluchos, por rasposos e irresponsables; por asertivos y por vulnerables; por inhumanos y por cariñosos.
Me doy cuenta de que vamos hacia la madurez de diferentes maneras. Unos que se atreven a pintarse el cabello y otros que están a dos minutos de dejar a la mujer con la que han vivido toda la vida. Mírenme, mírenme (los amonesto sin abrir la boca): ¿Quieren verse solos? Pero ellos ven en mí a un hombre maduro que sale con muchachas y vive solo. Quisiera que vieran la otra parte (cuando no hay quién te alcance una toalla o te responda con un cariño) que nunca les voy a compartir, aun cuando quiera mostrarles a dónde irán si se dejan abandonar o si abandonan.
Difícil abandonar la prisa. Vamos corriendo a las canas y, en el caso de las mujeres, al aumento del maquillaje. Y vamos corriendo porque nosotros no manejamos este tren: lleva chofer y va solo. Si por alguna razón te sientas en la cabina y le gritas que se vaya despacio, sabrás que está sordo y mudo. El chofer del tiempo no se deja impresionar, es implacable. No está frente al dilema de dejarse crecer las patillas (aun cuando tenga, las patillas, dos problemas: que no están de moda, y que no compensan las entradas o la caída de cabello en la coronilla).
Un día brinqué de la cama y me enteré que hay un dolor en algo que no conocía que se llama “espalda”. Nunca pensé en mi propia espalda: sólo atendí otras. Otra vez revisé mis cuentas al dentista y encontré gastos exorbitantes… y necesarios: quien recuerde un dolor de muelas sabe de qué hablo.
Llegar solo a mi edad tiene muchas complicaciones. El que tuvo hijos debe atenderlos sin llevarse el premio de estar con ellos permanentemente, y vivir acompañado. El que no tiene hijos, como yo, imagina de muchas maneras su final. Esa es su obsesión. Unos y otros aspiramos a ser rabos verdes; en la oscuridad lamentamos nuestra soledad, y pasamos el tiempo pensando en quién deposita sus confianzas todas las noches la mujer que más quisiste.
Las redes sociales ayudan y no ayudan. Lo resumo en esto: estoy agradecido infinitamente porque una mujer a la que he amado no me aceptó en el Facebook; así no me entero ni se entera. Sabia ella; yo preferiría clavarme puñales cada madrugada.
Sé por qué escribo estas cosas: las fechas. Un amigo me rescató en Navidad y la pasé acompañado, en su casa, con su encantadora pareja y otros amigos que aprecio. Ahora viene el Año Nuevo. Faltan dos días y no imagino siquiera en dónde estaré. No es que quiera estar acompañado: es que la fecha presiona. Por mí, qué mejor que estar encerrado viendo otra vez alguna de las películas de la Guerra de las Galaxias (que, según mi encuesta personal, es puramente masculina). Pero nadie lo acepta y tú tampoco te compras la idea. Dije que apagaría el celular y comería cereal en Navidad mientras me chutaba la primera temporada de la Guerra de los Clones. No pasó.
Otra vez me acuso de impertinente, y me hago la víctima: no quiero quitarles tiempo con mis dilemas de hombre solo. Escribo a partir de una realidad de muchos. La sociedad moderna nos ha hecho más egoístas, sabios, roñosos, precavidos o miserables (dicen las estadísticas): más mujeres y hombres deciden vivir solos año con año, y cada vez son más las parejas que deciden no tener hijos. Yo creo que se debe a que no creemos en el futuro. Cada quien tiene sus propias teorías.
Sé que no debería quejarme. He vivido como he querido. Me siento en paz cuando me veo al espejo (quizás porque de tanto verme no veo a nadie) y me siento bien con ser parte de la estadística.
Como les digo, son las fechas. Eso, y que a veces dudo que las cosas buenas duren para siempre: estoy demasiado a gusto solo: seguramente ya me esperan al doblar la esquina el flechazo, la pasión, el amor, la duda, el desamor y –con la separación– otra vez la estadística.

publicado en POSTS | 6 comentarios »

ÉLMER MENDOZA ESCRIBE SOBRE LA NOVELA “CORAZÓN DE KALÁSHNIKOV”: “[...] Lo que hace es someter su historia a un territorio literario donde la fuerza radica en el lenguaje, en la manera en que crea sus personajes y en la forma dúctil de desarrollar su discurso [...]“

Diciembre24

POR ÉLMER MENDOZA. PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
La primera novela de Alejandro Páez Varela, Corazón de Kaláshnikov, publicada por Planeta en 2009, se proyecta como una literatura de la experiencia; lo que significa que crea un mundo posible que se siente cercano y verdadero. Desde luego, no es porque el autor sea alguno de los personajes que se mueven en la ficción, sino porque su larga carrera periodística lo ha llevado a ver e imaginar los asuntos más escabrosos.
El ser humano da para todo. Los seres oscuros que se deslizan en Corazón de Kaláshnikov son un muestrario de la fatalidad más abyecta. Es un triángulo femenino y es ciudad Juárez. Con habilidad que se agradece el autor disminuye la carga semántica que el nombre de Juárez impone en asuntos de violencia. No es que lo ponga fácil eludiendo evidencias; lo que hace es someter su historia a un territorio literario donde la fuerza radica en el lenguaje, en la manera en que crea sus personajes y en la forma dúctil de desarrollar su discurso.
Tampoco se trata de una literatura ensimismada que se regodee en su propuesta; por el contrario, es dura y provocadora, y se suma a la reactivada literatura mexicana donde el placer estético es un cuestionamiento a la perversión y a la deshumanización de nuestro tiempo.
Páez teje, de manera sencilla, una historia donde los puntos de quiebre están relacionados para reforzar la idea de que el mundo es pequeño y que cuando de violencia se trata, es aún más. Un universo poblado por sicarios, prostitutas, marigüaneros, obreras, religiosos, narcos, padrotes, policías federales y mujeres: Jessica, Violeta y Juanita, donde la primera y la última mueren trágicamente y la otra se encarga del marido que es un capo poderoso y termina lejos, sin embargo, atada a un sentimiento que se manifiesta en postales.
Cada frontera es un mundo, y la de Juárez es una vibración intensa donde la ciudad mexicana no se explica sin El Paso, la norteamericana. Algo más profundo y dependiente que el intercambio comercial de bienes y sustancias de todo tipo, tiene lugar en esta simbiosis: una personalidad con dos rostros, dos pasados y dos visiones del mundo. El autor va desgarrando personajes como un acto de expiación de una vida sin retorno: “Para cuaresma, si ando por acá”, dice Flor a Jessica, “te hago chacales. Hago muy buenos chacales. Con asadero y laurel. Y tecomate de habas…” No hay uno que no extrañe el pasado. A la carga de la añoranza hay que agregar la tremenda del desamor que es abandono, que sufre la mayoría de los personajes. ¿Es esto una marca de nuestro tiempo? Porque así lo indica una vivaz línea narrativa perfectamente elaborada. Cuando Amado intenta volver después de quince años de ausencia, Jessica tiene una semana de asesinada, y el futuro no existe.
Alejandro Páez Varela, nacido en Ciudad Juárez, México en 1968, tiene un estilo sobrio. Sus capítulos cortos sostienen un ritmo apresurado en que los personajes van cayendo. Es una novela de desgracias que no dispensa su parte poética: “Los tiempos mejores están frente a uno y uno no lo sabe”, “Pequeña, esta noche vienen a matarme”, escribe Mario Giancana, el Sheik, a quien pusieron su “sangre como abrigo”. Algo atrayente son los nombres y apodos de los personajes: Serrucho, La Negra y Teresa (Para masculinos) Foca, Tony Ferrer, Zurdo, Chiquito. Igual se escucha el sonido del legendario acordeonista Flaco Jiménez y aparece el bar Kentucky, auténticos emblemas de la cultura popular juarense.
Cada capítulo tiene su sitio preciso y muchos de ellos son perturbadores. Jessica, que muere de un balazo en el primer párrafo, abre la puerta a la tormenta de arena, que tendrá su explicación muchas páginas después. Luego vendrán Juan, Amado, el Sheik, Violeta, Juanita, que conforme transcurre la novela se irán aproximando hasta quedar fusionados. Lo mismo se mezclan sueños, recuerdos y la vida en la muerte; Juanita comparte maíz molido en agua con su abuela Laura, muerta tiempo atrás.
El uso de la palabra siempre será maravilloso. Páez trasmite ese placer primigenio, humano, cómplice, del escritor que se aventura y que se debate en la incertidumbre; pero no pierde el hilo ni la fuerza ni la intención, se nota que su pasión por la escritura, como a Alfredo Bryce Echenique, le “viene del habla, de la conversación.” Y que al igual que él, escribe con “precipitada nostalgia”. Una ciudad como Juárez no es para olvidar.
Corazón de Kaláshnikov es una novela que no se detiene demasiado en el espacio, no en el sentido totalizante. Se centra en los personajes que con cada página ganan en perfil. Su virtud principal es el de la telaraña que logra que uno termine atrapado y sorprendido en esta vorágine de pérdidas tan bien contadas.

publicado en POSTS | Comenta »

LA NAVIDAD NO ES TAN IMPORTANTE

Diciembre23

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

“Yo también te entrego, con llanto, los versos de Shakespeare ante la muerte de Hamlet: ‘Un noble corazón acaba de romperse. Que vuelos de ángeles arrullen con su canto tu reposo’. Hasta siempre, querido Héctor”
–Elliot A. Klassen

No sé por qué le damos tanta importancia a la Navidad. No es por la fecha, confío; no somos tan simples. Esto trasciende a una festividad religiosa. Quizás sea porque nos damos vacaciones en familia; porque la gente, con tiempo libre, comparte euforia y calor en calles y comercios y, en ese barullo aparentemente cálido, muestra un espíritu distinto al de todos los días: uno más amistoso, uno más tolerante y amable. Quizá sea porque crees que los otros no te tratarán como siempre. Usted no es un simple consumidor, sino un entusiasta de la Nochebuena; usted no es un cliente que se atasca el aguinaldo en regalos, sino un individuo sensible que piensa en los otros.
Quizás porque, ya en la canasta de los días consagrados, nos imaginamos de las manos y cantamos que nadie es pobre, que nadie es rico, que nadie es miserable y que nadie es menos.
Si pudiera programar mi muerte, sería para estas fechas (por favor, no me sumen a la lista de clichés porque voy a otra cosa). Me gustaría ser un trofeo en momentos de alta sensibilidad para echarles a perder las navidades desde hoy y hasta que se me recuerde. Me gustaría que me tendieran una camita junto a los regalos, a un lado de la pierna de cerdo o junto al pavo. Así le evito a cualquiera tener que sacar de las entrañas un suspiro, un buen pensamiento: son días para quererse, para amar al otro. Amen al que se muere. Es buen momento.
Héctor Varela murió en noviembre. No me habría atrevido a pedirle, si tal cosa fuera posible, que arrastrara sus males hasta acá, hasta finales de diciembre, para poderlo llorar con más enjundia. Como muriera, cuando muriera, quedó bien. Entiendo, porque nunca supe que estuvo enfermo, que era imposible que durara un día más de los que duró. Hasta noviembre se pudo sostener. Y ya está. Sospecho que fue sabio en el final; que bajó el ritmo cardiaco para no llegar al tumulto de los amantes de las fechas. Se fue como un pájaro: un día discreto (que no está marcado en el calendario) bajó las alas, se arrastró en el árbol y se puso a merced de los gatos. Tan tan.
No sé por qué no le dije que lo quería tanto. Que le debo tanto. Pensé que tendría tiempo. Jugué con su enojo. No lo busqué. No le pedí que me perdonara, si es que lo ofendí. Debí aclararlo todo. No le dije que adoraba sus ojos transparentes, llenos de luz. No le prometí -aunque cumpliré- que aquello que me confió morirá conmigo. No le dije que amaba guardarle secretos. Qué tonto fui. Pinche Héctor. Me perdí lo mejor: despedirlo.
Por eso nadie pretenda administrar los tiempos de la vida, mucho menos los de la propia. No gobernamos, no tenemos control de un carajo. Nadie pretenda saber los planes del otro, y mucho menos el destino. Nadie diga con quién piensa estar al final, porque seguramente se va a equivocar.
Mejor entréguese de inmediato a la gente que tiene a un lado, cuando la tiene, sin importar el calendario. Abrácela, compártale. Si tiene culpas, dígaselo. Si tiene penas, expréselas. La vida le hará un corte de caja abrupto, algún día, como a mí. Le recordará su vulnerabilidad. Le arrancará del adiós.
Quise mucho a ese tipo y no se lo dije lo suficiente. Debí buscarlo. La Navidad me parece intrascendente. Lo que vale la pena es el otro.
(Qué complicado vivir, Héctor. Ahora entiendo que el mejor reportero no es el último en abandonar la escena; tampoco el que se va más tarde. El mejor reportero es el que aprende rápido que una vida tiene sentido cuando le sirve al otro).

publicado en POSTS | 3 comentarios »

EL DESENCANTO. 2000-2010: LA DÉCADA DEL FIN DEL SUEÑO

Diciembre22

PUBLICADO EN LIFE & STYLE

Dice la voz popular que todos los presidentes mexicanos aprenden a gobernar, y alcanzan la cresta de su mandato, justo a la mitad de su sexenio. Que las decisiones de Estado tomadas en los tres primeros años de aprendizaje, empatadas con un manejo más habilidoso (apretón de tuercas aquí y allá, engranes enaceitados, palmadas e inyecciones de ánimo), permiten una mejor comprensión de su estrategia y el gabinete, los empresarios y las fuerzas políticas y sociales trabajan de la mano. El país se descubre con el motor encendido y en una marcha coordinada hacia el progreso.
La tradición indica que el cuarto año es el primero de un buen gobierno, pero el último del presidente en turno. En el quinto, el jefe del Ejecutivo comete el error de imponer una agenda nacional que le sirva a su partido (y no a su propia estrategia). Su principal urgencia es garantizarse un rol en la transición; se vuelca a consolidar su papel de gran elector y a lanzar a su “delfín”. Para algunos politólogos ésta dedicación es el gran malentendido en la carrera política del máximo jerarca: en el quinto año siente que el tiempo se le fue, y busca desesperadamente la trascendencia. Entonces se acarrea, nos dice la historia contemporánea, su desgracia.
Para el sexto y último año, siguiendo con la creencia pública, el hombre que habita en Los Pinos ya no manda. Primero se imponen las dinámicas del dinero del Instituto Federal Electoral (IFE); los partidos absorben la energía de la nación. Después de la elección, en julio o agosto de ese sexto año, el que gobierna es el candidato presidencial que resultó ganador.
La voz popular también dice que a la mitad del sexenio (en donde nos encontramos ahora mismo) los presidentes tienen novia, y los rumores sobre los excesos de sus cercanos, muchos de ellos familia, circulan a lo largo y ancho del país.
Pero nadie crea que la voz del pueblo es la voz de Dios. Nadie apueste a que no se equivoca, porque perderá: la turba comete errores terribles, como el linchamiento. Se mete en las vidas públicas y es injusta mil veces si es necesario. Se equivoca, y es capaz de festejarlo durante décadas en el calendario. La famosa “vox populi” es una voz que, cuando se pone a especular, cuando juega a decidir (Vicente Fox Quesada es un buen ejemplo de esto), comete errores costosísimos.
Soy de los que sostienen que los presagios de la voz del pueblo no aplican en el caso de Felipe Calderón Hinojosa. O no aplican del todo, porque en el cuarto año él no empezará el mejor momento de su administración; ese difícilmente lo veremos ya.
No veremos un México pujante y enrutado en el crecimiento, aunque sea sólo por 12 meses. Los puntos en los que Calderón concentró su estrategia fueron básicamente dos: hacer crecer a su partido, y ganar la guerra a lo narcotraficantes. Las cuentas no le cuadrarán, y en ninguna de esas dos grandes tareas veremos buenas cuentas porque descuidó el resto de las variables, que son los que le daban garantías para cumplir con sus dos grandes prioridades… que además tenían un solo objetivo: validarlo frente a los ciudadanos.
A estas alturas lo sabe muy bien la propia administración federal, el gobierno-de-las-encuestas-internas: La expectativa generada por las promesas del Partido Acción Nacional (que en 2010 cumple 10 años en Los Pinos) y por sus propios ofrecimientos de campaña (que los votantes creyeron e impusieron sobre un candidato, Andrés Manuel López Obrador, a quien tenían por “favorito”) operarán en su contra. A causa de un mal manejo interno de una crisis externa, la economía caerá en 2009 por lo menos 7 por ciento, más que casi ninguna economía del mundo. La disponibilidad de dinero para su gobierno estará anclada a un gasto corriente elevadísimo que acabará con los márgenes de maniobra de su Presupuesto de Egresos. La factura petrolera, que en el pasado salvó a cada mandatario, será una graciosa cobija de medio metro cuadrado. La Ley de Ingresos de 2010 será una de las peores de la historia contemporánea –dicho por empresarios y partidos políticos– y no habrá, por supuesto, una Reforma Fiscal que ofrezca nuevas vías de financiamiento público.
No se ganará la guerra contra el crimen organizado, claro. El 2010 nos sorprenderá con cifras escandalosas incluso para países africanos o del Oriente Medio: la guerra interna acumulará más de 15 mil muertos de un bando y de otro, y los índices de criminalidad evidenciarán una errónea dedicación del Ejecutivo por las armas, y un descuido terrible de los derechos humanos. Crímenes como el secuestro y la extorsión se habrán masificado, y las bandas de delincuentes atentarán de manera inédita contra los únicos que denuncian su encumbramiento y que son, a la vez, una herramienta de las democracias: los periodistas.
El presidente Calderón estará atado por los poderes fácticos, esos que su partido no sólo no quiso destruir o acortar, sino que falló al encumbrarlos: las televisoras, los gobernadores de oposición, los poderosísimos sindicatos estatales (el de maestros, el del Seguro Social o el de Pemex), el Congreso de la Unión y, sobre todo, las fuerzas retrógradas reagrupadas en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) lo maniatarán, y no para el bien público: buscarán su fracaso porque, como nunca, en eso se basará su triunfo, que no necesariamente es el triunfo de los mexicanos.
Si le va bien al presidente, dice esta voz popular, le va bien al pueblo de México. Otra vez miente. Los presidentes siempre se retiran de Los Pinos con las manos llenas y un futuro familiar garantizado. Muy probablemente (¿por qué no?) será el caso. Sin embargo, como van las cosas, en el plano publico Calderón Hinojosa no podrá garantizarse un tránsito silencioso a la vida privada: la derrota de su partido –según las encuestas y la expectativa de los analistas– pesará sobre la construcción de un “legado”.
Lo peor es que con la derrota de Calderón se irán 10 años en los que la sociedad civil apostó erróneamente por un cambio de gobierno, que entendía como un renacimiento. Su fracaso será el triunfo del desencanto. Entre 2000 y 2010, los mexicanos agruparemos un periodo que bien podremos llamar: “La década del fin de un sueño”… de libertad, equidad y justicia social. Nunca llegaron.
NOSOTROS, MEXICANOS
Lo he preguntado varias veces en este año que termina: ¿Cómo le hacemos los mexicanos para que las calamidades nos salgan tan bien? Quién sabe. Pocos países como el nuestro convirtió la crisis global en una contingencia económica para libros de texto. Y lo demás que usted ya conoce: Que tuvimos petróleo; que ya se nos acabó y ni siquiera está claro en qué no lo gastamos o quién se lo quedó. Que metimos algo así como 171 mil millones de pesos al agro de 1994 a la fecha, y que justo allí, en el campo, arrinconamos a gran parte de nuestros 40 a 50 millones de pobres. Que tantos ríos y tantos lagos; tanta lluvia y tantas bendiciones se han ido a la tiznada: el centro de México se quedó sin agua. Que con esos litorales, con ese mar tan extenso, ni siquiera desarrollamos una industria de pesca. ¿Cómo le hizo México para que en 2009 su economía sea una de las tres ¡del mundo! con el peor desempeño? ¿Cómo llegamos a este momento, en el que las finanzas del gobierno federal tienen un boquete de 300 mil millones de pesos, 31.94% de las reservas internacionales que hemos acumulado con tanto esfuerzo?
También me he preguntado en dónde perdimos el rumbo, en qué momento dejamos de aspirar a la grandeza.
En realidad, todas estas preguntas se separan mucho del análisis de la última década. En todo caso, estos 10 años son producto de desviaciones y perversiones clásicas de nosotros mismos, mexicanos. A mi parecer, los políticos son causa del fracaso del proyecto nacional. Algo muy malo hicimos los mexicanos en otra vida para merecer funcionarios tan inútiles, tan corruptos, tan descarados: nuestro más grande impuesto.
Periodistas, intelectuales y politólogos, así como una parte de la izquierda ilustrada, suele comparar al antecesor de Felipe Calderón, Vicente Fox, con un retrasado mental. Quizás tengamos razón, pero es una manera muy frívola y poco justa de tratar a este personaje público. Darle trato de simple enfermo mental, además, lo exime de sus responsabilidades frente al país que confió en él. Ciertamente Vicente Fox fue manipulado por los intereses que lo rodeaban; pero él mismo se prestó para cometer errores fundamentales que condujeron a la década del desencanto y el estancamiento.
Con los poderes fácticos ni el PRI se acostaba, como lo hizo Fox. A los poderes fácticos, el viejo régimen los trataba como leones en la jaula: con una silla en la izquierda y un látigo en la derecha. Fox se fue a la cama con ellos pensando en que eran las señoritas del servicio en su hacienda o de cualquier hacienda. Y ya sabemos el resultado. Si en el pasado los empresarios eran “soldados del PRI”, ahora son generales del Estado y dan órdenes. Con la demolición de las instituciones, ellos asumieron parte de ese rol. Tristemente así es.
A sabiendas de esta desviación, los políticos viejos, los priistas, se han levantado con fuerza. Debe quedar claro que su reincorporación traerá, sin lugar a dudas, más corrupción de la que conocemos. Pero debemos sufrirlos como una especie de pago por nuestra ingenuidad. Por creer que Vicente Fox y Felipe Calderón podía gobernar sin dejarse corromper. Y ya ven. Si me disculpan diré que lo hicieron más mal que como lo habría imaginado el más pesimista.
Calderón no debe ser exculpado porque fue peor aún que Fox. Pero sin duda el actual estado de la cuestión, la actual descomposición, viene desde el 2000. Y diré algo que no le gusta casi a nadie: viene del “voto útil”. Votamos para sacar al PRI y sin proyecto en la mano. Deberíamos saber, entender, aprender que los mexicanos no sabemos ser pragmáticos; somos un poquitito más complicados que eso.
Antes de que el lector (y mi editor) se tiren al vacío, hay que preguntarse qué sigue. Por lo pronto, el regreso del viejo PRI, el más perverso, representado en Enrique Peña Nieto, en Carlos Salinas de Gortari y en Diego Fernández de Ceballos (no hay error en el último nombre). Y luego, la sociedad civil deberá emprender una lucha no por ganar el poder, como lo hizo en el 2000, sino por reformas de fondo: la de Estado, la de regulación de los actores económicos, la de finanzas públicas o la de justicia, que el panismo no supo conducir.
Esta lucha civil deberá darse a pesar del PRI y de los errores del PAN; con una izquierda sólo concentrada, en esta década, en la capital del país, y con los actores sociales de los 90 ya muy agotados. Esta lucha no será fácil porque habremos de reinventar sus formas, y confiar en que su conducción esté en manos menos viciadas que no son esas que empujaron los cambios de finales de los 90. Dudo que sean el Twitter o Facebook o YouTube las plataformas que impulsen nuestras causas. Pero las nuevas tecnologías jugarán un papel preponderante, como sucedió en la elección que llevó a Barack Obama al poder en Estados Unidos. Eso, pero sobre todo un regreso al ánimo y a la voluntad de lucha, será lo que alimente a los próximos mexicanos.
Lograr el cambio en el 2000 fue una proeza de una mayoría de los ciudadanos que se puso las pilas y se comprometió. Es importante recordar que no fue el PAN el que llevó a Fox al poder, sino una sociedad civil harta de tantos años de abusos y de poder hegemónico de un solo partido. Esta hazaña debe inspirar los cambios que vienen y permitir la recuperación del ánimo. Si ya se pudo en el pasado, una década después será más fácil porque sabemos que es posible.
En el corto plazo todos estamos muertos, diría John Maynard Keynes. Por eso debemos empezar ahora.

publicado en POSTS | 2 comentarios »

“LA GUERRA POR JUÁREZ”, EN PRIMERO NOTICIAS, CON CARLOS LORET DE MOLA

Diciembre16

publicado en POSTS | 2 comentarios »

NIÑOS PIONEROS EN ZONA DE GUERRA

Diciembre16

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Eran los años 70 y nos enseñaban otras letras. Canciones de guerra para niños pioneros estacionados en la frontera norte de la patria: “¡No permitamos a ningún invasor! ¡Listos combatir! [...]” “Mi vida te daré por defender la libertad [...]” “Porque uso de lado el sombrero vaquero y fajo pistola y chamarra de cuero, y porque acostumbro cigarro de hoja y anudo en el cuello mi mascada roja, me creen otra cosa [...]”. Esas eran nuestras canciones de primaria. Los días de festival me ponían un pañuelo rojo en el cuello. Dos veces llevé sombrero. Éramos reservas de una nueva División del Norte. Querían que tuviéramos claro de qué lado estábamos. Que no nos rindiéramos, llegada la hora. Ciudad Juárez sería la puerta de entrada, y su derrota: no pasarán.
Calles polveadas. Sol jodido y 38 grados como bloques de cemento, como onzas de mercurio hirviendo sobre los antebrazos, el cuello. En la esquina, Pachucos Termo, Harpy’s 13. No había cholos aún. Todos conocían a un enganchado en la heroína en el barrio Niños Héroes, en La Chaveña, en La Termoeléctrica. Los muchachos de camisa blanca, pantalones bombachos subidos hasta la boca del estómago, tirantes y zapatos Thom McCann se drogaban en la esquina. Nosotros íbamos a la escuela y cantábamos de balas y orgullo nacional porque el peligro, nos dijeron, vendría del norte. Cantábamos a la guerra con el mismo piano destartalado que los niños del sur, del centro; con la misma maestra de canto, con el mismo juramento, con la misma Bandera Nacional que de martes a domingo dormía en una vitrina que estaba en la dirección y que me recordaba (y creo que olía a) un Cristo tristísimo y violentado que reposaba en una caja de cristal la única vez que entré a una iglesia católica en mi infancia.
Diferente letra. “Yo fui uno de aquellos dorados de Villa, de los que no damos valor a la vida, de los que a la guerra llevamos valor, de los que morimos amando y cantando: yo soy de este bando […]”. Tenía seis años y ganas de pelear. Del patio de mi casa se veía Texas. La Montaña Franklin, pelona y azul; en las laderas, un ejército en entrenamiento constante se escondía en el Fuerte Bliss.
Pensé que viviría para verlos llegar, en tanques, prepotentes como los agentes de migración en el Puente Libre, en el Lerdo. Los imaginaba haciendo guardia bajo nuestro arbotante, junto a la cancha de básquet, armados con fusiles de asalto y uniformes color arena como los que usaban para venir a Ciudad Juárez a drogarse, a acostarse con las muchachas de la avenida Mariscal, a aullar en las calles, borrachos; a agarrarle las nalgas a las juarenses, carne gratis de una ciudad-colonia. Los imaginaba a un lado de la puerta de mi recámara, si no los conteníamos. O vigilando nuestros platos, racionándonos el agua o las tortillas de harina.
Yo salvé a mis padres de las garras de los güeros. Fue en un sueño. “¡Pinches gringooos!”, grité. Les daba de bayonetazos. Cómo los odiaba. Mis padres lloraron a su hijo-héroe, en el sueño. Niño héroe: qué buen fin para un niño pionero.
La familia terminó llevándose sus chivas para el otro lado, años después. Huimos de la violencia en Ciudad Juárez, de su economía destruida. Adiós, Chihuahua, dijeron. Adiós a los muertos. Deberán esperar en Parral, en Santa Bárbara, en la capital y en Juárez. Ahora nos decimos “habitantes de un país de en medio” para maquillar la vergüenza. Que Juárez y El Paso son y fueron siempre una misma cosa. Épale, pues: Aquello y esto son dos cosas distintas, pelao: Chihuahua es cosa grande y seria. Nomás que ya no se puede vivir allí.
Los soldados que invadieron Juárez no son gringos, sino mexicanos. El peligro para nuestros barrios fermentaba allí, en su núcleo, y no más al norte. La mentada invasión norteamericana se firmó en público: Un Tratado de Libre Comercio de primer mundo, y de tercer mundo, un trato de esclavitud para los trabajadores mexicanos. Nunca brincaron para este lado, para Juárez. Yo, en su lugar, no lo haría. Pero nosotros sí los invadimos a ellos, a los gringos. Y los federales a nosotros.
“…De los que morimos amando y cantando: yo soy de este bando”, gritaba el niño pionero, con pañuelo rojo y mirando la bandera ondear entre el agua de las lágrimas de emocionado. (He sido un chillón como usted, madre).
Eran los años 70. Canciones de guerra para niños pioneros. Qué equivocados estábamos.
La vida, me digo ahora, son toneladas de malentendidos.

publicado en POSTS | Comenta »

UN EMO CRÓNICO EN EL PAÍS DE LOS EMOS

Diciembre9

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Los apachurrados crónicos, los anarquistas, los emos y los existencialistas hemos dejado de ser rarezas de tiendas exquisitas. Este México deprimido y descantado nos ha convertido en baratijas: ya en cualquier esquina te topas un desfile de cabisbajos; todos los temas conducen a los pucheros, a los nudos en la garganta. A las quejas. Y no es que me junte con puro corazón de pollo. Es simplemente que la moral nacional no anda con sus mejores trapos.
Para colmo, me he enterado de cierta cábala ranchera que habla de una revolución para 2010. Se citan con mucha lógica las fechas: en 1810, la Independencia; en 1910, la Revolución. Y en esa dinámica, en 2010 nos tocará volver a las armas. Por supuesto que no desestimo el agotamiento, el hartazgo y la desesperanza. El país no marcha nada bien, el mundo agrega angustia y las revoluciones nacen en callejones sin salida, como diría un famoso dramaturgo del siglo XX. Pero, oiga, si la más respetable rabieta de una sociedad cansada se alienta en onomásticos o cumpleaños, estamos jodidos. Yo que soy un romántico, animaría a los jóvenes a que griten y protesten por el porvenir maltrecho. Es más, les pediría que por lo menos parpadeen porque está en su naturaleza hacerlo. Pero si fuera un chamaco, me debatiría entre dos sopas: o estaría muy asustado por lo que veo (futuro más negro), o sería uno más entre esos miles de jóvenes que se asolean felices en las playas del caldo anestésico de tachas, raves, ácidos, redes sociales, mensajes de celular, anfetaminas y audífonos. (Miles y miles. Y no los critico ni los denuncio; en esta vida ya no fui un moralino. Lo dicen las estadísticas: miles y miles se bañan a diario en las olas químicas. El problema es que cada vez son más y con más ganas.)
Me encantaría meterme la mano a la bolsa y sacarme dos, tres manuales revolucionarios y decir: “¡Vámonos, camaradas! ¡Que la memoria sea nuestro enemigo!”, y luego disparar las primeras balas (más temprano que tarde y sin reposo, Silvio Rodríguez dixit) a lo que se mueva (aunque lo primero que se mueva sea mi propia mano) y acabar con los traidores. Esos tienen la culpa. Para nuestra fortuna siempre hay varios. Nunca nosotros, claro. Estar dormidos no se considera traición.
Vivir anestesiados es una decisión personal, y no lo digo con sarcasmo. El asunto es que no ayuda en tiempos de desolación.
A esos que piensan que la fecha justifica un levantamiento, les digo: qué flojera. Me parece igual a la nueva fiebre por los récords Guinness. No le ganamos a nadie en nivel educativo, en tecnología, ciencia, desarrollo humano o combate a la pobreza; en afianzamiento democrático, crecimiento, repartición de la riqueza o uso racional de recursos. Pero tenemos el arbolito de Navidad más grande del mundo; organizamos el baile a la Michael Jackson más concurrido y prolongado del mundo; hacemos la pista de hielo más grande del mundo, o la pizza o el pan de muerto más largos del mundo. Igual a levantarnos en armas por una fecha o por una cábala. Los “logros” idiotas que se hacen para el Guinness exponen ante los ojos internacionales que tenemos al hombre más rico del planeta y a 40 millones de pobres; que tenemos al narco más influyente del mundo y 15 mil muertos por la guerra equivocada; que tenemos una democracia cara y políticos como tumores llenos de pus. Sólo por decir.
Napoleón decía que en las revoluciones se conoce sólo a dos tipos de personas: las que las hacen, y las que se benefician de ellas. El Artemio Cruz de Carlos Fuentes nos deja lecciones sobre este respecto, y de tantas me he guardado una: que al final de una revuelta social, los vivarachos harán su club de privilegiados para pisar a los demás. El siglo XX, vasto en levantamientos, nos dejó apuntes que no debemos olvidar. Uno es que las revoluciones suenan lindas. Otro, que los jodidos (y los terceros en el conflicto) ponen las cuotas de sangre. Y uno más: que las revueltas acaban fortaleciendo al Estado, fuente original de los males.
Así que, amigos, para su revolución de 2010 no cuenten conmigo. Para la de un año después, sí. O ya veremos. No crean que estoy tan contento con este país en el que hasta los apachurrados crónicos nos vemos como bailarinas de can-can.

publicado en POSTS | 3 comentarios »

LA GUERRA POR JUÁREZ, con Carmen Aristegui, CNN, 2

Diciembre6

publicado en POSTS | 1 comentario »
« AnterioresSiguientes »
    • rociio: HOLA ALEJANDRO SOLO PARA FELICITARTE Y DECIRTE QUE ME GUSTO MUCHISIMO EL HASTA ATRAS DEL ULTIMO DIA SIETE,EL...
    • Diana Arriaga: Usted me parece un gran escritor, se lo digo con toda la sinceridad en la que puedo creer… Lo...
    • avril: Mi protesta dominical por el trabajo de este día queda en silencio cuando llegan tus letras… y de...
    • Araceli Esparza Aguilar: Tenía tiempo buscando una publicación tuya en Día Siete… francamente me alegro que...
    • MONNI E.: YO AFIRMO, POR QUE ESTOY CONVENCIDA QUE TENEMOS LIBERTAD DE EXPRESIÓN POR CUALQUIER MEDIO, Y TAMBIÉN SE...