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Alejandro Páez Varela

LA NAVIDAD NO ES TAN IMPORTANTE

Diciembre23

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

“Yo también te entrego, con llanto, los versos de Shakespeare ante la muerte de Hamlet: ‘Un noble corazón acaba de romperse. Que vuelos de ángeles arrullen con su canto tu reposo’. Hasta siempre, querido Héctor”
–Elliot A. Klassen

No sé por qué le damos tanta importancia a la Navidad. No es por la fecha, confío; no somos tan simples. Esto trasciende a una festividad religiosa. Quizás sea porque nos damos vacaciones en familia; porque la gente, con tiempo libre, comparte euforia y calor en calles y comercios y, en ese barullo aparentemente cálido, muestra un espíritu distinto al de todos los días: uno más amistoso, uno más tolerante y amable. Quizá sea porque crees que los otros no te tratarán como siempre. Usted no es un simple consumidor, sino un entusiasta de la Nochebuena; usted no es un cliente que se atasca el aguinaldo en regalos, sino un individuo sensible que piensa en los otros.
Quizás porque, ya en la canasta de los días consagrados, nos imaginamos de las manos y cantamos que nadie es pobre, que nadie es rico, que nadie es miserable y que nadie es menos.
Si pudiera programar mi muerte, sería para estas fechas (por favor, no me sumen a la lista de clichés porque voy a otra cosa). Me gustaría ser un trofeo en momentos de alta sensibilidad para echarles a perder las navidades desde hoy y hasta que se me recuerde. Me gustaría que me tendieran una camita junto a los regalos, a un lado de la pierna de cerdo o junto al pavo. Así le evito a cualquiera tener que sacar de las entrañas un suspiro, un buen pensamiento: son días para quererse, para amar al otro. Amen al que se muere. Es buen momento.
Héctor Varela murió en noviembre. No me habría atrevido a pedirle, si tal cosa fuera posible, que arrastrara sus males hasta acá, hasta finales de diciembre, para poderlo llorar con más enjundia. Como muriera, cuando muriera, quedó bien. Entiendo, porque nunca supe que estuvo enfermo, que era imposible que durara un día más de los que duró. Hasta noviembre se pudo sostener. Y ya está. Sospecho que fue sabio en el final; que bajó el ritmo cardiaco para no llegar al tumulto de los amantes de las fechas. Se fue como un pájaro: un día discreto (que no está marcado en el calendario) bajó las alas, se arrastró en el árbol y se puso a merced de los gatos. Tan tan.
No sé por qué no le dije que lo quería tanto. Que le debo tanto. Pensé que tendría tiempo. Jugué con su enojo. No lo busqué. No le pedí que me perdonara, si es que lo ofendí. Debí aclararlo todo. No le dije que adoraba sus ojos transparentes, llenos de luz. No le prometí -aunque cumpliré- que aquello que me confió morirá conmigo. No le dije que amaba guardarle secretos. Qué tonto fui. Pinche Héctor. Me perdí lo mejor: despedirlo.
Por eso nadie pretenda administrar los tiempos de la vida, mucho menos los de la propia. No gobernamos, no tenemos control de un carajo. Nadie pretenda saber los planes del otro, y mucho menos el destino. Nadie diga con quién piensa estar al final, porque seguramente se va a equivocar.
Mejor entréguese de inmediato a la gente que tiene a un lado, cuando la tiene, sin importar el calendario. Abrácela, compártale. Si tiene culpas, dígaselo. Si tiene penas, expréselas. La vida le hará un corte de caja abrupto, algún día, como a mí. Le recordará su vulnerabilidad. Le arrancará del adiós.
Quise mucho a ese tipo y no se lo dije lo suficiente. Debí buscarlo. La Navidad me parece intrascendente. Lo que vale la pena es el otro.
(Qué complicado vivir, Héctor. Ahora entiendo que el mejor reportero no es el último en abandonar la escena; tampoco el que se va más tarde. El mejor reportero es el que aprende rápido que una vida tiene sentido cuando le sirve al otro).

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EL DESENCANTO. 2000-2010: LA DÉCADA DEL FIN DEL SUEÑO

Diciembre22

PUBLICADO EN LIFE & STYLE

Dice la voz popular que todos los presidentes mexicanos aprenden a gobernar, y alcanzan la cresta de su mandato, justo a la mitad de su sexenio. Que las decisiones de Estado tomadas en los tres primeros años de aprendizaje, empatadas con un manejo más habilidoso (apretón de tuercas aquí y allá, engranes enaceitados, palmadas e inyecciones de ánimo), permiten una mejor comprensión de su estrategia y el gabinete, los empresarios y las fuerzas políticas y sociales trabajan de la mano. El país se descubre con el motor encendido y en una marcha coordinada hacia el progreso.
La tradición indica que el cuarto año es el primero de un buen gobierno, pero el último del presidente en turno. En el quinto, el jefe del Ejecutivo comete el error de imponer una agenda nacional que le sirva a su partido (y no a su propia estrategia). Su principal urgencia es garantizarse un rol en la transición; se vuelca a consolidar su papel de gran elector y a lanzar a su “delfín”. Para algunos politólogos ésta dedicación es el gran malentendido en la carrera política del máximo jerarca: en el quinto año siente que el tiempo se le fue, y busca desesperadamente la trascendencia. Entonces se acarrea, nos dice la historia contemporánea, su desgracia.
Para el sexto y último año, siguiendo con la creencia pública, el hombre que habita en Los Pinos ya no manda. Primero se imponen las dinámicas del dinero del Instituto Federal Electoral (IFE); los partidos absorben la energía de la nación. Después de la elección, en julio o agosto de ese sexto año, el que gobierna es el candidato presidencial que resultó ganador.
La voz popular también dice que a la mitad del sexenio (en donde nos encontramos ahora mismo) los presidentes tienen novia, y los rumores sobre los excesos de sus cercanos, muchos de ellos familia, circulan a lo largo y ancho del país.
Pero nadie crea que la voz del pueblo es la voz de Dios. Nadie apueste a que no se equivoca, porque perderá: la turba comete errores terribles, como el linchamiento. Se mete en las vidas públicas y es injusta mil veces si es necesario. Se equivoca, y es capaz de festejarlo durante décadas en el calendario. La famosa “vox populi” es una voz que, cuando se pone a especular, cuando juega a decidir (Vicente Fox Quesada es un buen ejemplo de esto), comete errores costosísimos.
Soy de los que sostienen que los presagios de la voz del pueblo no aplican en el caso de Felipe Calderón Hinojosa. O no aplican del todo, porque en el cuarto año él no empezará el mejor momento de su administración; ese difícilmente lo veremos ya.
No veremos un México pujante y enrutado en el crecimiento, aunque sea sólo por 12 meses. Los puntos en los que Calderón concentró su estrategia fueron básicamente dos: hacer crecer a su partido, y ganar la guerra a lo narcotraficantes. Las cuentas no le cuadrarán, y en ninguna de esas dos grandes tareas veremos buenas cuentas porque descuidó el resto de las variables, que son los que le daban garantías para cumplir con sus dos grandes prioridades… que además tenían un solo objetivo: validarlo frente a los ciudadanos.
A estas alturas lo sabe muy bien la propia administración federal, el gobierno-de-las-encuestas-internas: La expectativa generada por las promesas del Partido Acción Nacional (que en 2010 cumple 10 años en Los Pinos) y por sus propios ofrecimientos de campaña (que los votantes creyeron e impusieron sobre un candidato, Andrés Manuel López Obrador, a quien tenían por “favorito”) operarán en su contra. A causa de un mal manejo interno de una crisis externa, la economía caerá en 2009 por lo menos 7 por ciento, más que casi ninguna economía del mundo. La disponibilidad de dinero para su gobierno estará anclada a un gasto corriente elevadísimo que acabará con los márgenes de maniobra de su Presupuesto de Egresos. La factura petrolera, que en el pasado salvó a cada mandatario, será una graciosa cobija de medio metro cuadrado. La Ley de Ingresos de 2010 será una de las peores de la historia contemporánea –dicho por empresarios y partidos políticos– y no habrá, por supuesto, una Reforma Fiscal que ofrezca nuevas vías de financiamiento público.
No se ganará la guerra contra el crimen organizado, claro. El 2010 nos sorprenderá con cifras escandalosas incluso para países africanos o del Oriente Medio: la guerra interna acumulará más de 15 mil muertos de un bando y de otro, y los índices de criminalidad evidenciarán una errónea dedicación del Ejecutivo por las armas, y un descuido terrible de los derechos humanos. Crímenes como el secuestro y la extorsión se habrán masificado, y las bandas de delincuentes atentarán de manera inédita contra los únicos que denuncian su encumbramiento y que son, a la vez, una herramienta de las democracias: los periodistas.
El presidente Calderón estará atado por los poderes fácticos, esos que su partido no sólo no quiso destruir o acortar, sino que falló al encumbrarlos: las televisoras, los gobernadores de oposición, los poderosísimos sindicatos estatales (el de maestros, el del Seguro Social o el de Pemex), el Congreso de la Unión y, sobre todo, las fuerzas retrógradas reagrupadas en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) lo maniatarán, y no para el bien público: buscarán su fracaso porque, como nunca, en eso se basará su triunfo, que no necesariamente es el triunfo de los mexicanos.
Si le va bien al presidente, dice esta voz popular, le va bien al pueblo de México. Otra vez miente. Los presidentes siempre se retiran de Los Pinos con las manos llenas y un futuro familiar garantizado. Muy probablemente (¿por qué no?) será el caso. Sin embargo, como van las cosas, en el plano publico Calderón Hinojosa no podrá garantizarse un tránsito silencioso a la vida privada: la derrota de su partido –según las encuestas y la expectativa de los analistas– pesará sobre la construcción de un “legado”.
Lo peor es que con la derrota de Calderón se irán 10 años en los que la sociedad civil apostó erróneamente por un cambio de gobierno, que entendía como un renacimiento. Su fracaso será el triunfo del desencanto. Entre 2000 y 2010, los mexicanos agruparemos un periodo que bien podremos llamar: “La década del fin de un sueño”… de libertad, equidad y justicia social. Nunca llegaron.
NOSOTROS, MEXICANOS
Lo he preguntado varias veces en este año que termina: ¿Cómo le hacemos los mexicanos para que las calamidades nos salgan tan bien? Quién sabe. Pocos países como el nuestro convirtió la crisis global en una contingencia económica para libros de texto. Y lo demás que usted ya conoce: Que tuvimos petróleo; que ya se nos acabó y ni siquiera está claro en qué no lo gastamos o quién se lo quedó. Que metimos algo así como 171 mil millones de pesos al agro de 1994 a la fecha, y que justo allí, en el campo, arrinconamos a gran parte de nuestros 40 a 50 millones de pobres. Que tantos ríos y tantos lagos; tanta lluvia y tantas bendiciones se han ido a la tiznada: el centro de México se quedó sin agua. Que con esos litorales, con ese mar tan extenso, ni siquiera desarrollamos una industria de pesca. ¿Cómo le hizo México para que en 2009 su economía sea una de las tres ¡del mundo! con el peor desempeño? ¿Cómo llegamos a este momento, en el que las finanzas del gobierno federal tienen un boquete de 300 mil millones de pesos, 31.94% de las reservas internacionales que hemos acumulado con tanto esfuerzo?
También me he preguntado en dónde perdimos el rumbo, en qué momento dejamos de aspirar a la grandeza.
En realidad, todas estas preguntas se separan mucho del análisis de la última década. En todo caso, estos 10 años son producto de desviaciones y perversiones clásicas de nosotros mismos, mexicanos. A mi parecer, los políticos son causa del fracaso del proyecto nacional. Algo muy malo hicimos los mexicanos en otra vida para merecer funcionarios tan inútiles, tan corruptos, tan descarados: nuestro más grande impuesto.
Periodistas, intelectuales y politólogos, así como una parte de la izquierda ilustrada, suele comparar al antecesor de Felipe Calderón, Vicente Fox, con un retrasado mental. Quizás tengamos razón, pero es una manera muy frívola y poco justa de tratar a este personaje público. Darle trato de simple enfermo mental, además, lo exime de sus responsabilidades frente al país que confió en él. Ciertamente Vicente Fox fue manipulado por los intereses que lo rodeaban; pero él mismo se prestó para cometer errores fundamentales que condujeron a la década del desencanto y el estancamiento.
Con los poderes fácticos ni el PRI se acostaba, como lo hizo Fox. A los poderes fácticos, el viejo régimen los trataba como leones en la jaula: con una silla en la izquierda y un látigo en la derecha. Fox se fue a la cama con ellos pensando en que eran las señoritas del servicio en su hacienda o de cualquier hacienda. Y ya sabemos el resultado. Si en el pasado los empresarios eran “soldados del PRI”, ahora son generales del Estado y dan órdenes. Con la demolición de las instituciones, ellos asumieron parte de ese rol. Tristemente así es.
A sabiendas de esta desviación, los políticos viejos, los priistas, se han levantado con fuerza. Debe quedar claro que su reincorporación traerá, sin lugar a dudas, más corrupción de la que conocemos. Pero debemos sufrirlos como una especie de pago por nuestra ingenuidad. Por creer que Vicente Fox y Felipe Calderón podía gobernar sin dejarse corromper. Y ya ven. Si me disculpan diré que lo hicieron más mal que como lo habría imaginado el más pesimista.
Calderón no debe ser exculpado porque fue peor aún que Fox. Pero sin duda el actual estado de la cuestión, la actual descomposición, viene desde el 2000. Y diré algo que no le gusta casi a nadie: viene del “voto útil”. Votamos para sacar al PRI y sin proyecto en la mano. Deberíamos saber, entender, aprender que los mexicanos no sabemos ser pragmáticos; somos un poquitito más complicados que eso.
Antes de que el lector (y mi editor) se tiren al vacío, hay que preguntarse qué sigue. Por lo pronto, el regreso del viejo PRI, el más perverso, representado en Enrique Peña Nieto, en Carlos Salinas de Gortari y en Diego Fernández de Ceballos (no hay error en el último nombre). Y luego, la sociedad civil deberá emprender una lucha no por ganar el poder, como lo hizo en el 2000, sino por reformas de fondo: la de Estado, la de regulación de los actores económicos, la de finanzas públicas o la de justicia, que el panismo no supo conducir.
Esta lucha civil deberá darse a pesar del PRI y de los errores del PAN; con una izquierda sólo concentrada, en esta década, en la capital del país, y con los actores sociales de los 90 ya muy agotados. Esta lucha no será fácil porque habremos de reinventar sus formas, y confiar en que su conducción esté en manos menos viciadas que no son esas que empujaron los cambios de finales de los 90. Dudo que sean el Twitter o Facebook o YouTube las plataformas que impulsen nuestras causas. Pero las nuevas tecnologías jugarán un papel preponderante, como sucedió en la elección que llevó a Barack Obama al poder en Estados Unidos. Eso, pero sobre todo un regreso al ánimo y a la voluntad de lucha, será lo que alimente a los próximos mexicanos.
Lograr el cambio en el 2000 fue una proeza de una mayoría de los ciudadanos que se puso las pilas y se comprometió. Es importante recordar que no fue el PAN el que llevó a Fox al poder, sino una sociedad civil harta de tantos años de abusos y de poder hegemónico de un solo partido. Esta hazaña debe inspirar los cambios que vienen y permitir la recuperación del ánimo. Si ya se pudo en el pasado, una década después será más fácil porque sabemos que es posible.
En el corto plazo todos estamos muertos, diría John Maynard Keynes. Por eso debemos empezar ahora.

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“LA GUERRA POR JUÁREZ”, EN PRIMERO NOTICIAS, CON CARLOS LORET DE MOLA

Diciembre16

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NIÑOS PIONEROS EN ZONA DE GUERRA

Diciembre16

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Eran los años 70 y nos enseñaban otras letras. Canciones de guerra para niños pioneros estacionados en la frontera norte de la patria: “¡No permitamos a ningún invasor! ¡Listos combatir! [...]” “Mi vida te daré por defender la libertad [...]” “Porque uso de lado el sombrero vaquero y fajo pistola y chamarra de cuero, y porque acostumbro cigarro de hoja y anudo en el cuello mi mascada roja, me creen otra cosa [...]”. Esas eran nuestras canciones de primaria. Los días de festival me ponían un pañuelo rojo en el cuello. Dos veces llevé sombrero. Éramos reservas de una nueva División del Norte. Querían que tuviéramos claro de qué lado estábamos. Que no nos rindiéramos, llegada la hora. Ciudad Juárez sería la puerta de entrada, y su derrota: no pasarán.
Calles polveadas. Sol jodido y 38 grados como bloques de cemento, como onzas de mercurio hirviendo sobre los antebrazos, el cuello. En la esquina, Pachucos Termo, Harpy’s 13. No había cholos aún. Todos conocían a un enganchado en la heroína en el barrio Niños Héroes, en La Chaveña, en La Termoeléctrica. Los muchachos de camisa blanca, pantalones bombachos subidos hasta la boca del estómago, tirantes y zapatos Thom McCann se drogaban en la esquina. Nosotros íbamos a la escuela y cantábamos de balas y orgullo nacional porque el peligro, nos dijeron, vendría del norte. Cantábamos a la guerra con el mismo piano destartalado que los niños del sur, del centro; con la misma maestra de canto, con el mismo juramento, con la misma Bandera Nacional que de martes a domingo dormía en una vitrina que estaba en la dirección y que me recordaba (y creo que olía a) un Cristo tristísimo y violentado que reposaba en una caja de cristal la única vez que entré a una iglesia católica en mi infancia.
Diferente letra. “Yo fui uno de aquellos dorados de Villa, de los que no damos valor a la vida, de los que a la guerra llevamos valor, de los que morimos amando y cantando: yo soy de este bando […]”. Tenía seis años y ganas de pelear. Del patio de mi casa se veía Texas. La Montaña Franklin, pelona y azul; en las laderas, un ejército en entrenamiento constante se escondía en el Fuerte Bliss.
Pensé que viviría para verlos llegar, en tanques, prepotentes como los agentes de migración en el Puente Libre, en el Lerdo. Los imaginaba haciendo guardia bajo nuestro arbotante, junto a la cancha de básquet, armados con fusiles de asalto y uniformes color arena como los que usaban para venir a Ciudad Juárez a drogarse, a acostarse con las muchachas de la avenida Mariscal, a aullar en las calles, borrachos; a agarrarle las nalgas a las juarenses, carne gratis de una ciudad-colonia. Los imaginaba a un lado de la puerta de mi recámara, si no los conteníamos. O vigilando nuestros platos, racionándonos el agua o las tortillas de harina.
Yo salvé a mis padres de las garras de los güeros. Fue en un sueño. “¡Pinches gringooos!”, grité. Les daba de bayonetazos. Cómo los odiaba. Mis padres lloraron a su hijo-héroe, en el sueño. Niño héroe: qué buen fin para un niño pionero.
La familia terminó llevándose sus chivas para el otro lado, años después. Huimos de la violencia en Ciudad Juárez, de su economía destruida. Adiós, Chihuahua, dijeron. Adiós a los muertos. Deberán esperar en Parral, en Santa Bárbara, en la capital y en Juárez. Ahora nos decimos “habitantes de un país de en medio” para maquillar la vergüenza. Que Juárez y El Paso son y fueron siempre una misma cosa. Épale, pues: Aquello y esto son dos cosas distintas, pelao: Chihuahua es cosa grande y seria. Nomás que ya no se puede vivir allí.
Los soldados que invadieron Juárez no son gringos, sino mexicanos. El peligro para nuestros barrios fermentaba allí, en su núcleo, y no más al norte. La mentada invasión norteamericana se firmó en público: Un Tratado de Libre Comercio de primer mundo, y de tercer mundo, un trato de esclavitud para los trabajadores mexicanos. Nunca brincaron para este lado, para Juárez. Yo, en su lugar, no lo haría. Pero nosotros sí los invadimos a ellos, a los gringos. Y los federales a nosotros.
“…De los que morimos amando y cantando: yo soy de este bando”, gritaba el niño pionero, con pañuelo rojo y mirando la bandera ondear entre el agua de las lágrimas de emocionado. (He sido un chillón como usted, madre).
Eran los años 70. Canciones de guerra para niños pioneros. Qué equivocados estábamos.
La vida, me digo ahora, son toneladas de malentendidos.

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UN EMO CRÓNICO EN EL PAÍS DE LOS EMOS

Diciembre9

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Los apachurrados crónicos, los anarquistas, los emos y los existencialistas hemos dejado de ser rarezas de tiendas exquisitas. Este México deprimido y descantado nos ha convertido en baratijas: ya en cualquier esquina te topas un desfile de cabisbajos; todos los temas conducen a los pucheros, a los nudos en la garganta. A las quejas. Y no es que me junte con puro corazón de pollo. Es simplemente que la moral nacional no anda con sus mejores trapos.
Para colmo, me he enterado de cierta cábala ranchera que habla de una revolución para 2010. Se citan con mucha lógica las fechas: en 1810, la Independencia; en 1910, la Revolución. Y en esa dinámica, en 2010 nos tocará volver a las armas. Por supuesto que no desestimo el agotamiento, el hartazgo y la desesperanza. El país no marcha nada bien, el mundo agrega angustia y las revoluciones nacen en callejones sin salida, como diría un famoso dramaturgo del siglo XX. Pero, oiga, si la más respetable rabieta de una sociedad cansada se alienta en onomásticos o cumpleaños, estamos jodidos. Yo que soy un romántico, animaría a los jóvenes a que griten y protesten por el porvenir maltrecho. Es más, les pediría que por lo menos parpadeen porque está en su naturaleza hacerlo. Pero si fuera un chamaco, me debatiría entre dos sopas: o estaría muy asustado por lo que veo (futuro más negro), o sería uno más entre esos miles de jóvenes que se asolean felices en las playas del caldo anestésico de tachas, raves, ácidos, redes sociales, mensajes de celular, anfetaminas y audífonos. (Miles y miles. Y no los critico ni los denuncio; en esta vida ya no fui un moralino. Lo dicen las estadísticas: miles y miles se bañan a diario en las olas químicas. El problema es que cada vez son más y con más ganas.)
Me encantaría meterme la mano a la bolsa y sacarme dos, tres manuales revolucionarios y decir: “¡Vámonos, camaradas! ¡Que la memoria sea nuestro enemigo!”, y luego disparar las primeras balas (más temprano que tarde y sin reposo, Silvio Rodríguez dixit) a lo que se mueva (aunque lo primero que se mueva sea mi propia mano) y acabar con los traidores. Esos tienen la culpa. Para nuestra fortuna siempre hay varios. Nunca nosotros, claro. Estar dormidos no se considera traición.
Vivir anestesiados es una decisión personal, y no lo digo con sarcasmo. El asunto es que no ayuda en tiempos de desolación.
A esos que piensan que la fecha justifica un levantamiento, les digo: qué flojera. Me parece igual a la nueva fiebre por los récords Guinness. No le ganamos a nadie en nivel educativo, en tecnología, ciencia, desarrollo humano o combate a la pobreza; en afianzamiento democrático, crecimiento, repartición de la riqueza o uso racional de recursos. Pero tenemos el arbolito de Navidad más grande del mundo; organizamos el baile a la Michael Jackson más concurrido y prolongado del mundo; hacemos la pista de hielo más grande del mundo, o la pizza o el pan de muerto más largos del mundo. Igual a levantarnos en armas por una fecha o por una cábala. Los “logros” idiotas que se hacen para el Guinness exponen ante los ojos internacionales que tenemos al hombre más rico del planeta y a 40 millones de pobres; que tenemos al narco más influyente del mundo y 15 mil muertos por la guerra equivocada; que tenemos una democracia cara y políticos como tumores llenos de pus. Sólo por decir.
Napoleón decía que en las revoluciones se conoce sólo a dos tipos de personas: las que las hacen, y las que se benefician de ellas. El Artemio Cruz de Carlos Fuentes nos deja lecciones sobre este respecto, y de tantas me he guardado una: que al final de una revuelta social, los vivarachos harán su club de privilegiados para pisar a los demás. El siglo XX, vasto en levantamientos, nos dejó apuntes que no debemos olvidar. Uno es que las revoluciones suenan lindas. Otro, que los jodidos (y los terceros en el conflicto) ponen las cuotas de sangre. Y uno más: que las revueltas acaban fortaleciendo al Estado, fuente original de los males.
Así que, amigos, para su revolución de 2010 no cuenten conmigo. Para la de un año después, sí. O ya veremos. No crean que estoy tan contento con este país en el que hasta los apachurrados crónicos nos vemos como bailarinas de can-can.

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LA GUERRA POR JUÁREZ, con Carmen Aristegui, CNN, 2

Diciembre6

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LA GUERRA POR JUÁREZ, con Carmen Aristegui, CNN, 1

Diciembre6

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SIMONE, NIÑO Y LA FÁBRICA DE HUESOS

Diciembre2

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Soy un hombre de hábitos. Sólo de esa manera podría funcionar una vida tan desordenada como la mía. Hábitos me levantan por la mañana cinco minutos antes de que suene el despertador; hábitos me llevan por la noche a la cama, o me conducen a la misma cantina, de preferencia a la misma mesa, a la misma silla, al mismo trago. Hábitos me llevan a los caldos de gallina y me hacen engordar con un ritmo de medio kilo al año. Mis hábitos me echan en cara quién soy y en quién me he convertido, y por ellos resucito cada vez que me doy por muerto.
Si me pidieran compararme con algo, sería una fábrica vieja. Una que funcione con motores de vapor. Sería un telar; una despepitadora de algodón o un torno. Fierro y vapor. Engranes, más fierros, leños, agua y carbón. Ritmo metódico de que las cosas se mueven y van. Y presión, mucha presión, de tantos caballos de fuerza que asustan al administrador de mi hipódromo. (Pobres caballos, pensaba de niño: quitarles la fuerza para jalar bandas o mover poleas. No sabía un carajo).
En la mañana, cuando despierto, me meto al baño sin siquiera despegar los ojos; abro la llave del agua y pongo la palma de la mano en espera de un chorro tibio. Salgo, tomo una bolsa de plástico y los perros me están esperando en la puerta. Esa escapada matinal a la calle permite a Simone y a Niño descansar de los banquetes que nos servimos de madrugada. A mí me deja medir el sol, la temperatura, el tono del cielo. Me deja saber si renací o si sigo deprimido. Por mis hábitos conozco que me gusta cuando me descubro deprimido, otra vez. Significa que el mundo no se arregló mientras dormía. Me hago la ilusión de un mundo que me necesita. Me da importancia. Esa pequeña caminata mañanera es como elevar el dedo ensalivado al aire, como lo hacían los apaches o los mohicanos. Casi siempre me trae noticias de nubarrones. Ese primer cariñito llevará la impronta del día.
Después de despertar, la fábrica vieja de hueso y piel se pone en marcha y mueve cosas. Las mismas cosas de ayer y de antier, las mueve. Soy Sísifo sin prisa: jalo y acomodo la silla; abro ejemplares de papel y los diez sitios web que reviso a diario; los recorro con un té y una pócima que me inventé: un poco de leche, avena cruda y papaya, con un molido perfecto que convierte el amasijo en una nata espesa que se niega a salir del vaso. Ése es el carbón de mis motores, digo. Me lo apuro. Con ese carbón y el vapor que anima mis músculos voy descubriendo el día, que no es diferente a otro y aún así está lleno de sorpresas. Los pobres de ayer ahora son más pobres; los políticos de ayer ahora son más ladrones e inmorales; los gobernantes de ayer se ceban más en su poder temporal y salpican, soberbios, con la baba que (no lo saben) los hace caer. Las iglesias de ayer predican hoy a un dios que no deja de darme miedo. Igual que ayer. Lo mismo, aunque más intenso.
Las rutinas del mundo me permiten conservar mis hábitos. Así regreso a casa, con esas noticias. Así me acerco a los perros de noche y los acaricio. Así abro el último libro y enciendo la televisión. Así me pongo a roncar. Y así espero que el día siguiente me salve de mí mismo, y de mis hábitos.
Hombres de hábitos. Los hábitos nos hacen funcionar. Este dormir roncando y nuestros huesos, fierros de fábrica vieja; este vapor que se esfuma en cuando mueve nuestros músculos; este traquetear los engranes de la vida se los debemos a los hábitos. Los hábitos mantienen nuestro mundo: un mundo que nos impone sus malos hábitos.

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