Archive for the ‘POSTS’ Category

03
Mar

Pronto en librerías “MUDANZAS” (Cal&Arena, 2011). Sufrí con este texto. Sufrí. Me dolió escribirlo. Autores: Francisco Hinojosa, Norma Lazo, JM Servín, Adriana González Mateos, Mauricio Molina, Gabriela Vallejo, Mauricio Montiel, Sandra Lorenzano, Amaris Gomís, Roberto Pliego y un servidor…

Departamentos vacíos, ventanas sin cortinas, paredes blancas. Ir y venir de cargadores que se llevan la vida a otra parte. La mudanza es la memoria nómada, un trajín del demonio. Once autores cuentan en estas páginas sus mudanzas interiores, mentales, perversas, violentas, trágicas. Escribir es llenar cuartos vacíos. El lector encontrará en esta casa poblada y despoblada una y otra vez once espacios de tramas diversas, donde todo puede ocurrir, once estancias por donde deambulan los fantasmas del recuerdo. Un estibador pregunta mientras mueve cajas de un lado a otro: ¿dónde ponemos estos cuentos? Aquí, en este libro de prosas en movimiento. El acomodo de esta casa desde luego le corresponde al lector.

22
Feb

Me encantó.

06
Feb

CON FECHA DE CADUCIDAD

PUBLICADO EN DÍA SIETE

No supe bien cómo sucedió. Podría ser que abandoné mi vida los últimos años. O que siempre la tuve abandonada… hasta hace unos días, cuando abrí la alacena y me enteré de una salsa de soya que caducó en septiembre de 2010 y de un paquete de lasaña que es inservible desde 2006. Pasta de harina de antes de 2006 en mi alacena. ¿A quién le caduca la salsa de soya? Asombroso. Por Dios que soy un hombre que cocina mucho, mucho. Lo saben mis amigos, las personas más cercanas a mí. ¿Cómo sobrevivieron, entonces, tres tetrabriks (sí, es el nombre correcto) de jugo de arándano en un rincón de mis cocinas por lo menos cinco años, si en ese mismo periodo viví en cinco departamentos distintos? ¿Cargué con esa gusanera casa por casa sin reparar en ello? ¿Dónde me metí tanto tiempo? ¿En un agujero? Tengo testigos: encontré chile seco, chimichurri y chocolate Abuelita caducos, y aún más: ¡especias caducas! Si las especias tardaban años en cruzar mares desde India o China antes de llegar al consumidor occidental, ¿cómo pudieron echarse a perder ante mis ojos?
Después de limpiar la alacena, en algún momento di un brinco para atrás; sentí un soplo frío en el corazón. Busqué a mis perros, a Simone y a Niño, que estaban recostados a medio metro. Me agaché. Les revisé los dientes, el pelambre, las uñas. Porque caí en cuenta, amigos, que mis chiquitos ya no son unos cachorros, como yo les llamo. La hermosa chirisca (sí, así le decimos en Chihuahua a las de cabello crespo) tiene cuatro años; y mi dulcísimo ojos-de-botón tiene seis. ¡Cuatro y seis años! ¿Cuál noticia me falta? ¿La de que mañana mismo nos vamos los tres a un asilo? Los acaricié con tristeza y quise descubrir en sus ojos la respuesta a una pregunta que les hice mientras me observaban extrañados: ¿Han sido felices? ¿Fuiste feliz, Simone, estos años? ¿Fuiste feliz, Niño? Porque en lo que maduran dos aguacates y se me agría un litro de leche se nos habrán ido otros seis o diez años. ¿Son felices? ¿Fueron felices? No supe cómo sucedió, pero tengo 42 y pronto tendré 43. Cua-ren-tai-tres. Mi vida es una especia caduca, un chimichurri vencido, un chocolate Abuelita seco, duro y blanquecino.
Calculo: un año de perro corresponde a siete de un humano, en promedio. Niño tiene 42 años humanos. Cua-ren-tai-dos. Y la cachorra anda en los 32 años de una mujercita. ¡Niño y yo somos de la misma edad! Pues la vida me ha dado mis lecciones en pocas horas. Sabía que los años son un respiro; ahora entiendo mejor eso que dicen los viejos (los más viejos): que uno debe prestar atención a lo que nos rodea porque el tiempo es una burbuja de jabón.
No me desagrada la ruta que he seguido. Soy muy parecido a mis perros. Niño, a sus 42, se sigue divirtiendo con una desgarrada pulga de peluche que jalonea si yo la volteo a ver; la chiquilla no desperdicia la ocasión para decirme que me quiere con dos lengüetadas imprevistas en la mano. Cuando salen a la calle los anima un rayo de sol, como a mí, y lo mejor de su día es ir a la cama, como yo. Sobre las cobijas nos decimos con una mirada que nos queremos. Nos hacemos bolita. Escuchamos cualquier tontería en la tele para que nos arrulle y vamos cayendo en la bendición del sueño profundo.
Hasta que una mañana de estas, uno de los tres no despierte. Y luego el otro. Y así.
Bueno, es viernes y me voy al súper. Esta vez no compraré muchas cosas: una bolsa de croquetas, algo de pan, pavo, tomate, lechugas y agua. Ni siquiera se me antoja comprar mi Herradura blanco; no sea que mañana abra la alacena y me encuentre con que ha caducado, y ni siquiera tiene fecha de caducidad.

03
Feb

Manuel Martínez Jiménez me deja mudo

Vean lo que escribió a propósito de la columna que escribí durante dos años en EL UNIVERSAL. Mejor honenaje que mi propia despedida. Carajo, ni cómo agradecer tanto. Como sea, gracias mil, Manuel Martínez Jiménez. Qué talento.

….
En décimas espinelas
ando buscando respuesta
quiero ver si me contesta
Alejandro Páez Varela.
…No he leído su novela
pero lo sigo en los medios
y justo perdí el remedio
a mi ansiedad semanal:
Ya no da El Universal,
su antídoto contra el tedio.

Se me acabó la ilusión,
eran los miércoles días
aun sin incluir baterías,
de dar gusto a la emoción.
Ha escrito de un corazón
de “A Ka Cuarenta y Siete”,
en “Todos por Juárez” mete
duro golpe a la conciencia,
gozaba de su ‘presencia’
cual niño de su juguete.

Aclaro no hablar del Niño
que sonríe cual flautín
y que con Simone al fin
hasta les tomé cariño.
Pero como fue Mouriño
-efímero y poderoso-
también igual fue mi gozo
del disfrute de sus letras:
extraen vida como obstetras
y son profundas cual pozos.

Acuso ya graves daños
y no niego que estoy triste,
Búfalo que al Sol Embiste
me imagino, ¿no es extraño?.
Y miro Gotear los Años,
o de plano más sencillo:
Cerdito de Piloncillo
he sido y sin que le espante:
Pacquiao me da sin guante,
y creo que Aguirre es un pillo.

Su despedida me daña
cual bofetada de El Vasco
como el desierto al chubasco
sus escritos ya se extrañan.
Los Hombres no son Montañas
ni construyeron un teatro
en el Ochocientos Cuatro
de la calle Tamborrel
pero sigo siendo fiel
a su prosa que idolatro.

¿Otro eclipse?, ¡que se vaya!
Y deje de estar jodiendo…
Como a él me está doliendo
ver Juárez bajo metralla.
Mas cuando la lluvia estalla
canta y festeja el desierto…
El ánimo luce muerto
y el alma parece harapo:
pero como en charco un sapo
saltaremos pronto… ¡Cierto!

06
Ene

PLUMAS DE AVE EN LAS CORRIENTES DEL DESTINO. MI DESPEDIDA DE EL UNIVERSAL

PUBLICADA EN EL UNIVERSAL

Me dediqué a buscar esta frase: “Los hombres no son montañas”. Indagué en Google, en sitios específicos y en varios libros. Nada. Como si se la hubiera tragado la tierra. Juraba que era de Confucio; de su maestro, Lao Zi, o de su alumno Zhu Xi, de quienes leí cuando era un adolescente de un librito amarillo cuya pasta decía simplemente así: “Confusionismo”. Amplié el espectro a cualquiera de los maestros de la filosofía china, de los confucionistas hasta los mohistas. Nel, no, nada de la frase. ¿Me la inventé? No creo. No doy para tanto. Quizás me faltó tiempo y precisión de búsqueda. Cuando la leí, me sorprendió a tal extremo que la recuerdo bien y recuerdo también que no me llegó de la nada. ¿De dónde la saqué, pues? Qué importa. Se queda como tarea ubicarla. Si alguien sabe de ella, como con el unicornio azul mentado, les ruego información: apaez@diasiete.com y paezvarela@gmail.com, o en el blog: alejandropaez.net.
“Los hombres no son montañas” se refiere a una cosa: a que los hombres siempre se vuelven (nos volvemos) a encontrar. Que a diferencia de las montañas, somos frágiles y la vida nos mueve caprichosamente de un lado a otro pero siempre permite el reencuentro. Somos plumas de ave depositadas en las corrientes de aire del destino. Ah, el destino (y ahora sí, cito a Confucio): “El cielo gobierna los acontecimientos del mundo sin ser visto; esta acción oculta del cielo es lo que se llama el destino”. Y allí tiene usted que esa acción oculta del cielo, el destino, nos lleva a encuentros y desencuentros… y reencuentros. Nuestra fragilidad, nuestra movilidad y el capricho del destino permiten que los individuos, a diferencia de las estáticas montañas, nos volvamos a encontrar.
Esta es mi última columna en EL UNIVERSAL. Agradezco al Licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz y al Licenciado Juan Francisco Ealy Jr. por la enorme oportunidad de ser parte de su empresa. Su trato fue siempre noble y generoso conmigo hasta el último día. Gracias. Me guardo el recuerdo con agradecimiento. También agradezco a Roberto Rock por el espacio que me concedió estas semanas. Y a Jorge Zepeda Patterson, amigo entrañable, quien me invitó al proyecto periodístico de altos vuelos que es El Gran Diario de México. Pero principalmente agradezco a mis lectores por su atención. Son ustedes los que hicieron que 2008, 2009 y 2010, años en los que escribí en estas páginas y en diferentes espacios, sean inolvidables. Tan inolvidables como un hijo: mucho de lo que dije aquí ha quedado en un libro, No Incluye Baterías (Cal y Arena 2010), de reciente publicación.
Otros deberes me reclaman. Corrientes del aire del destino mueven otra vez la pluma de ave. Los hombres no son montañas: nos veremos (o nos leeremos) otra vez. Gracias por todo. Gracias. Adiós.

29
Dic

CÓMO GOTEAN LOS AÑOS

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Creo que la frase de Victor Hugo va así: Los cuarenta son la edad madura de la juventud; y los cincuenta, la juventud de la edad madura. En otras palabras, que a los 40 todavía nos creemos jóvenes, y que en los 50 estás instalado en la decrepitud aunque lo niegues. Nadie se compre estas palabras como si fueran ley; algunos nos hacemos viejos antes y otros nos negamos a dejar de ser jóvenes aunque tengamos el bastón detrás de la puerta, esperando.
¿Qué nos hace sentir más viejos: los cumpleaños o los años nuevos? No estoy seguro. Mi caso es especial: desde finales de diciembre empiezo una depresión que se reconfirma en marzo, cuando cumplo años. Y luego empieza la primavera y recupero el aliento y en el verano ya traigo el ánimo encendido. Pero llega el otoño y me recuerda que viene diciembre y así, mi ciclo de la vida es una serpiente que se come la cola.
¿O será que sentirse viejo no está relacionado con las celebraciones? Les cuento: El último eclipse no lo observé. Lo dejé ir. ¿Y saben por qué?, porque pensaba: “Sí, sí, otro eclipse; que se vaya y que deje de estar jodiendo. Que lo vean los que no han visto un eclipse”. Muchos subieron fotos al Facebook y al Twitter; lo tomaron como festejo. Me sentí un tipo más amarguetas de lo que soy. Pero, qué les digo, uno pierde la ilusión; se emociona con dificultad. Interpreté que hacerse viejo es abandonar rutinas que alimentan el ánimo, independientemente de la edad; que uno no es un viejo hasta que se siente eso, un viejo: porque si veo el eclipse, habría celebrado en la red y me sentiría parte del mundo. Y no, no quise hacerlo. Me recluí, me metí debajo de las cobijas. Dejé pasar esa breve oportunidad de sentirme joven con los demás.
Lo único cierto es que los años avanzan siempre con un ritmo infatigable de fuga. Un tic-tac inasible y permanente; un metrónomo, un corazón, los respiros de un reloj que no gasta la cuerda: tic-tac, tic-tac. En un tic dejé la casa de mamá, en un tac se alejan los amigos. El amor se hizo pedazos en un tic y en un tac regresó como promesa. En un tic olvidé el nombre de mis compañeros de sexto grado y en un tac me salen canas en la sien. En un tic me quedaré sin cabello y en un tac escribiré mi propia necrológica. En un tic morimos unos, y en un tac nacen otros que piensan -como un día nosotros- que la gota que sale del grifo no es constante; hasta que su vaso se llena, y se revienta.
Una cosa más: Se aprende con dificultad, pero se aprende que es mejor educar al oído para que esté atento a cada paso del tiempo. Así morimos poquito con cada respiro, y el final resulta más llevadero.
El final es el final, y nada más. Es sólo un destino al que se llega de distintas maneras; un palíndromo, una palabra que se lee igual por delante o por detrás. Pero, ah, cómo pesa.

23
Dic

PARA LOS QUE NO PUEDEN CELEBRAR NAVIDAD

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Esta Navidad me quedaré en el DF por varias razones. Una de ellas es que me reorganizo; me gustan las últimas semanas del fin de año para sacar pendientes; pocos correos, pocas llamadas, calles vacías, algo de silencio. Durante un largo periodo renté mi vida amueblada y ahora me dispongo a habitarla; requiere composturas mayores; pues en eso me entretengo, por ejemplo. Por otro lado, la verdad es que no me siento con ánimos para pasar por mi ciudad, por Juárez, como he acostumbrado en estos años para estas fechas. La última vez que puse un pie regresé con una enorme depresión; fue hace unos meses. No es fácil soportar el trauma de ver tu hogar en ruinas. Aunque una parte de mis amigos y mi familia está en el exilio, otra sigue allí. Es muy doloroso verlos navegar en ese mar de desolación. Así pues, no insisto más: me quedo en el DF. Tengo una oferta generosa para la Nochebuena. No celebro; escapo de los festejos (religiosos, cívicos o militares); pero me parece que será una buena opción. La casa que me asila tiene perros, así que me separaré de Simone y Niño sólo por ese día.
Lo siento por los que no tienen opciones, como yo. Los que deben encerrarse en sus casas porque el Estado no puede darles siquiera una noche de paz para reunirse, celebrar, recordar, tomarse unas cheves. En varias ciudades del norte de México no se recordó el Bicentenario, como usted sabe; las autoridades suspendieron desfiles, el Grito, etc. Tampoco se celebrará la Nochebuena aunque lo permitan las autoridades: ¿quién quiere una masacre en su sala, en su comedor? No puedo sino apenarme por tantas familias. Espero que pronto termine esta pesadilla.
Cuando las calles estén limpias de armas y sangre deberemos hacer varias revisiones. Es un deber frente a la historia, y principalmente frente a los muertos inocentes. Debe revisarse el cómo se tomó la decisión de ir a la guerra; quiénes, por qué. De eso hay mucho y se ata, desgraciadamente, a la agenda política: a quien llegue a Los Pinos en 2012. En otro nivel, incluso en la academia, deberemos revisar el modelo de desarrollo que se vendió para el norte del país y arrojó a los jóvenes a los brazos del narcotráfico y provocó fenómenos tristísimos, como los feminicidios. En 1983, Francisco Barrio Terrazas llegó a la alcaldía de Ciudad Juárez y desde 1992 gobernó Chihuahua. En 1986, Ernesto Ruffo Appel fue electo alcalde de Ensenada y después se convirtió en el primer gobernador de oposición. Desde entonces, una mezcla PAN-PRI de empresarios-políticos fue gobernando el norte, aplicando fórmulas que pondrían esa región a la vanguardia. Barrio y Ruffo, personajes simbólicos de ese cambio, no volvieron a ganar elecciones en sus entidades y el primero, para vergüenza pública, está en un exilio dorado en Canadá (es embajador) porque se sintió inseguro en su tierra natal. Bonita cosa. El tema es que se cumplirán 30 años de estos gobiernos y, ¿cuál es el resultado? Usted lo conoce.
En fin. Ya me puse denso y no es por las fechas, sino porque el país está así de jodido.
Usted que puede, disfrute. Y cuando celebre, cierre los ojos un instante y dedíquele un pensamiento a los que no celebrarán. Dedíquelo a miles de chihuahuenses, por ejemplo. Dedique un pensamiento a infinidad de regios, michoacanos, tamaulipecos, sinaloenses, etc. Dedique, si puede, un suspiro a esos que están en medio de esta guerra idiota por la que alguien debe pagar. Porque alguien debe pagar. Y si no, la Navidad misma no tiene sentido.

15
Dic

UNA GOTA DE MIEL EN UN VASO AMARGO

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Se supone que tengo una estatura aceptable para el promedio de los mexicanos: mido un metro con 71 centímetros. En últimas fechas, sin embargo, me he sentido chaparrito. Voy al cine, a un bar o a cualquier lugar público y me comparo con los otros y sí, me descubro que soy de los más pequeños. Se me ha metido a la cabeza una idea: si es cierto que los mexicanos ahora somos más altos en promedio que hace 10, 50 o 100 años, y yo tengo 42, pues entonces estoy empezando a convivir con gente más joven que es más alta que yo. Pero además, noto ahora, la mayoría de mis amigos son más altos. Y para alimentar mi nueva paranoia, me he visto junto a mi chica en un espejo y, ¿saben qué?, mide unos milímetros menos o más que yo. O está de mi tamaño. ¿Es que me estoy encogiendo? No creo; no, según mis exámenes médicos. Pero sí, algo pasa a mi alrededor.
No es que hoy me sienta un jockey -seres pequeñísimos que corren caballos y usan botas hasta la entrepierna- en un equipo de basquetbol. Sí fue así en los primeros años de mi vida. Pasé la educación primaria y la secundaria como el de mero enfrente de la fila; de los que no toman distancia, extienden el brazo derecho ridículamente al vacío y si se mueven un centímetro o hacen cualquier broma son atrapados de inmediato. Fui un ñoño para los deportes, y además estaba mi estatura; entonces terminaba en la banca, narrando los partidos. O haciendo como que los narraba porque no escuché juegos por radio y tampoco los miré por tele. Ya muy mayor me estiré y pude ver a la mayoría a los ojos. ¿Ya para qué?, pensaba; los grandulones se habían quedado con las chicas que me interesaban porque la estatura, además, ofrece seguridad; y yo, chiquillo, tímido, nada ejercitado y con gusto por el aislamiento, no encanté a nadie hasta ya muy grande, grande, y con esfuerzo.
Uno puede tratar de cambiar muchas cosas de su aspecto físico, y a veces lograrlo, pero nunca podrás hacer algo con la estatura. Se le parece a la felicidad; así veo la búsqueda de la felicidad: podrás darte gustos, encontrar espacios en los que te sientes cómodo; amar a tu familia, a tus amigos, a una mujer, a tus perros. Eso no es la felicidad. Quién sabe qué sea la felicidad; no es todo lo anterior. Están los placebos; ideas, actitudes, acciones que se le parecen: una buena compañía, una gran borrachera; ser leal con los tuyos, honesto; alejarte de la corrupción, de la falsedad, del odio y la mentira; hacer las cosas que te gustan con amor y a fondo. Y nada de eso es felicidad; o lo es, si uno quiere hacerse idiota a sí mismo. Te pones feliz por un momento pero no es que seas feliz. Es como ponerse zapatos altos: arriba de esas extensiones de madera, plástico y cuero siempre estarán una mujer o un hombre pequeñitos. Detrás de la amistad, el amor, el esfuerzo, el trabajo, el alcohol, la dedicación y todo lo que nos da felicidad por un instante, descansa el dolor. Y no es que me queje: la felicidad me parece vulgar; no es un destino para mí. Los placebos me complementan lo suficiente.
Algo muy parecido es la soledad. Uno puede estar rodeado todo el tiempo pero por una razón inescrutable algunos nos sentimos, por acompañados, solos. Y no escribo esto para hablar sobre la “soledad acompañada, bla, bla”; ni me siento identificado en eso de “Poned atención: un corazón solitario no es un corazón”, de Antonio Machado. La compañía me gusta, pero también la soledad. Es más: compañía y soledad son perfectamente compatibles. Me encuentro más completo en la soledad que en la compañía, y eso es algo que se aprende con la edad y después de mucha vida. La compañía no me parece vulgar como la felicidad: todo lo contrario. Pero un buen destino para un individuo es la soledad.
Tengo la teoría de que no me estoy encogiendo. Quizás antes no reparaba en los demás, como lo hago ahora. Quizás me gustan tanto las piernas largas de mi chica que me parecen enormes, y no tiene nada qué ver con su estatura. Quizás estoy encontrando con ella que esa gran aria de Vincenzo Bellini, Casta Diva, es la mezcla perfecta entre un canto triste y uno alegre. Quizás descifro otra de las grandes lecciones de esta vida: que un vaso amargo no se endulza con una gota de miel, pero sabe mejor y es más pasadero siempre y cuando la miel no acabe con el buen gusto por lo amargo. O quizás aún soy aquél niño bajo de estatura, que prefiere el encierro a un mundo de adultos gandayas.

Pst, amigos: No incluye baterías (Cal y Arena 2010), libro que construimos juntos, ya está en librerías.