PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Se supone que tengo una estatura aceptable para el promedio de los mexicanos: mido un metro con 71 centímetros. En últimas fechas, sin embargo, me he sentido chaparrito. Voy al cine, a un bar o a cualquier lugar público y me comparo con los otros y sí, me descubro que soy de los más pequeños. Se me ha metido a la cabeza una idea: si es cierto que los mexicanos ahora somos más altos en promedio que hace 10, 50 o 100 años, y yo tengo 42, pues entonces estoy empezando a convivir con gente más joven que es más alta que yo. Pero además, noto ahora, la mayoría de mis amigos son más altos. Y para alimentar mi nueva paranoia, me he visto junto a mi chica en un espejo y, ¿saben qué?, mide unos milímetros menos o más que yo. O está de mi tamaño. ¿Es que me estoy encogiendo? No creo; no, según mis exámenes médicos. Pero sí, algo pasa a mi alrededor.
No es que hoy me sienta un jockey -seres pequeñísimos que corren caballos y usan botas hasta la entrepierna- en un equipo de basquetbol. Sí fue así en los primeros años de mi vida. Pasé la educación primaria y la secundaria como el de mero enfrente de la fila; de los que no toman distancia, extienden el brazo derecho ridículamente al vacío y si se mueven un centímetro o hacen cualquier broma son atrapados de inmediato. Fui un ñoño para los deportes, y además estaba mi estatura; entonces terminaba en la banca, narrando los partidos. O haciendo como que los narraba porque no escuché juegos por radio y tampoco los miré por tele. Ya muy mayor me estiré y pude ver a la mayoría a los ojos. ¿Ya para qué?, pensaba; los grandulones se habían quedado con las chicas que me interesaban porque la estatura, además, ofrece seguridad; y yo, chiquillo, tímido, nada ejercitado y con gusto por el aislamiento, no encanté a nadie hasta ya muy grande, grande, y con esfuerzo.
Uno puede tratar de cambiar muchas cosas de su aspecto físico, y a veces lograrlo, pero nunca podrás hacer algo con la estatura. Se le parece a la felicidad; así veo la búsqueda de la felicidad: podrás darte gustos, encontrar espacios en los que te sientes cómodo; amar a tu familia, a tus amigos, a una mujer, a tus perros. Eso no es la felicidad. Quién sabe qué sea la felicidad; no es todo lo anterior. Están los placebos; ideas, actitudes, acciones que se le parecen: una buena compañía, una gran borrachera; ser leal con los tuyos, honesto; alejarte de la corrupción, de la falsedad, del odio y la mentira; hacer las cosas que te gustan con amor y a fondo. Y nada de eso es felicidad; o lo es, si uno quiere hacerse idiota a sí mismo. Te pones feliz por un momento pero no es que seas feliz. Es como ponerse zapatos altos: arriba de esas extensiones de madera, plástico y cuero siempre estarán una mujer o un hombre pequeñitos. Detrás de la amistad, el amor, el esfuerzo, el trabajo, el alcohol, la dedicación y todo lo que nos da felicidad por un instante, descansa el dolor. Y no es que me queje: la felicidad me parece vulgar; no es un destino para mí. Los placebos me complementan lo suficiente.
Algo muy parecido es la soledad. Uno puede estar rodeado todo el tiempo pero por una razón inescrutable algunos nos sentimos, por acompañados, solos. Y no escribo esto para hablar sobre la “soledad acompañada, bla, bla”; ni me siento identificado en eso de “Poned atención: un corazón solitario no es un corazón”, de Antonio Machado. La compañía me gusta, pero también la soledad. Es más: compañía y soledad son perfectamente compatibles. Me encuentro más completo en la soledad que en la compañía, y eso es algo que se aprende con la edad y después de mucha vida. La compañía no me parece vulgar como la felicidad: todo lo contrario. Pero un buen destino para un individuo es la soledad.
Tengo la teoría de que no me estoy encogiendo. Quizás antes no reparaba en los demás, como lo hago ahora. Quizás me gustan tanto las piernas largas de mi chica que me parecen enormes, y no tiene nada qué ver con su estatura. Quizás estoy encontrando con ella que esa gran aria de Vincenzo Bellini, Casta Diva, es la mezcla perfecta entre un canto triste y uno alegre. Quizás descifro otra de las grandes lecciones de esta vida: que un vaso amargo no se endulza con una gota de miel, pero sabe mejor y es más pasadero siempre y cuando la miel no acabe con el buen gusto por lo amargo. O quizás aún soy aquél niño bajo de estatura, que prefiere el encierro a un mundo de adultos gandayas.
Pst, amigos: No incluye baterías (Cal y Arena 2010), libro que construimos juntos, ya está en librerías.
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