LIMOSNAS A LOS HAMBRIENTOS
05/11/08 12:21 AM por Alejandro Páez VarelaLos precios altos y la escasez de alimentos han sometido al mundo a una terrible hambruna, y a un negro horizonte. Y Usted y yo somos en parte culpables de esta tragedia humana. PUBLICADO EN DÍA SIETE

Un sábado, hace no tantos días, saqué el auto y lo conduje al centro comercial que está a dos cuadras de donde vivo. La idea era entrar al cine allí; buscar después un lugar lejos del barrio para comer; ir a librerías lejanas y entrar a algún café desconocido a leer. Mi ánimo de explorador estaba (está) relacionado con la vida aburrida de los que trabajamos en los “puntos de engorde” -como los bautizó Douglas Coupland hace 18 años en Generación X-, frente a computadoras, post-its y sacapuntas eléctricos. Soy de los muy pocos que caminan de casa a la oficina, así que difícilmente muevo el carro una vez al mes. Ese sábado decidí hacerlo “por salud mental”. Y lo hice.
Salí del cine apachurrado. (Una película larga y mala es una empresa imperdonable para un hombre como yo, que prefiere las cantinas, los bares o los cafés.) Me fui a casa, de regreso, en el auto. Tuve que recorrer muchas cuadras para llegar, a pesar de la cercanía, porque había lloviznado y parece que nos volvemos, con tantita agua, más brutos. Se atascaron los semáforos. Se patinaron unos y se la mentaron casi todos, entre arrancones y enfrenones. No fui a comer lejos, no busqué otro café y otra librería. Volví a mis paredes, a mi punto de engorde bis: mi casa.
Ya sobre el sillón, la experiencia de esa tarde se me vino encima. Frente a los últimos acontecimientos, me sentí culpable. El centro comercial está a unas cuadras, y porque la vida moderna nos agrega angustias resolví ir en auto a donde sea. Gasté gasolina para supuestamente oxigenarme el alma. Le pasará a algunos de ustedes.
Desgraciadamente, por gente como yo la industria del petróleo provoca miles de muertos al año y permite gobernar a estúpidos e inmorales como George W. Bush, Hugo Chávez o las dinastías de los países árabes. Por gente como yo, el clima es vómito del diablo, que hiere con inundaciones y sequías al planeta. Por gente como yo, un país (o varios) (como Irak) es invadido. Por gente como yo están acabando con miles de hectáreas de bosques o de cultivos tradicionales para sembrar granos que generen combustibles. Por gente como yo, el mundo vive en estos momentos la peor escasez de alimentos en décadas, y está por enfrentar una hambruna nunca antes vista.
La escasez mundial de alimentos está acompañada por un aumento generalizado en los precios de los insumos básicos, que a su vez ha desatado la especulación. Los países desarrollados están demandando cada vez más alimentos, mientras que las tasas de crecimiento poblacional a nivel internacional se han elevado. A eso se deben sumar las inundaciones y sequías del cambio climático y que la industria de los “biocombustibles” se está comiendo enormes porciones de los granos que mantenían los graneros del mundo en equilibrio.
Gillian Tett, especialista del Financial Times (Inglaterra), cita a un analista de Goldman Sachs que calcula que esta crisis “estallará” dentro de un lapso de 12 a 18 meses. (Entrecomillo estallará porque me parece que un solo muerto -en estas crisis casi siempre son niños, mujeres o ancianos- debería ser suficiente para considerar que una crisis ya estalló). El Programa Mundial para la Alimentación (PMA) de la ONU calcula que en las siguientes semanas, 73 millones de pobres que reciben ayuda directa no tendrán con qué llenar su plato diario, porque el encarecimiento de los alimentos no lo permitirá: en sólo tres semanas de abril, los básicos aumentaron 20 por ciento; muchos de los granos han acumulado aumentos de hasta 200 por ciento en un año.
Entenderán mi autoreproche de esa tarde de sábado. ¿Quién soy yo -quiénes somos todos- para agregar sufrimiento a este mundo de por sí acongojado? ¿Quién me creo -quiénes nos creemos- para ser tan egoísta? Soy un consumista inmoral y ya, porque todo lo que hace un hombre en su vida vale puritita sombrilla, diría Peter F. Drucker, si lo que hizo no beneficia la vida de otras personas…
Hambre y limosnas
Tarde y con sueño -como siempre-, Naciones Unidas ha reaccionado. (Ni modo, hay que conformarse; la ONU no es lo mejor: es lo que tenemos). Las 27 organizaciones enmarcadas en esta institución han sido alertadas por informes que no sólo hablan de hambruna sino de levantamientos sociales. Y eso sí le para los pelos a los políticos: nadie quiere jodidos alzados; mejor jodidos cautivos que “votan”, compran, “legitiman”. No me pongo necio: lo que la ONU pueda hacer, está bien. Gracias, gracias a la ONU por lo que haga.
Sin embargo, difícilmente Nacio-nes Unidas podrá sacar acuerdos o lograr movilizaciones para revertir un daño que ya está hecho. Ahora sólo podrá aspirar a levantar colectas, limosnas. Limosnas para los hambrientos. El hambre global es un problema tan avanzado en este mayo de 2008 que de las fórmulas que se tuvieron para enfrentarlo hace unos meses, dependemos de las efectivistas y no de las efectivas. Para evitar la muerte de millones de personas debemos darles limosnas, es decir, donaciones directas, reconoció hace días el relator saliente de la ONU para la alimentación, Jean Ziegler. Limosnas, o tendremos una gran crisis humanitaria. Olvídense de acciones globales para poner a trabajar el campo en el hemisferio sur, o para detener a la industria de los biocombustibles. Eso era antes, o ya será después (ajá, seguro). Los jodidos de siempre están hoy más jodidos que antes: se mueren mientras movemos nuestros autos a la esquina.
Jeffrey Sachs, Paul Krugman y otros economistas con vena humanista insisten desde hace días por televisión, en entrevistas y en sus artículos en que asistimos a una catástrofe que afectará a una generación entera. Los hambrientos no estudian, se enferman, pierden de por vida capacidades que sólo se garantizan con una alimentación completa a edad temprana. El hambre provoca daños irreversibles en millones de niños, según los analistas. Las instituciones internacionales afirman tienen nombre y ubicación para estos primeros afectados: son los palestinos de la Franja de Gaza, los ciudadanos de Darfur, Sudán (ambos en zonas de guerra), y los maltratados de toda la vida en el Caribe, los haitianos. La siguiente lista de países ya está armada, también: se reportan movilizaciones y daños entre los más pobres -por el aumento de precio y por la escasez de alimentos- en Bangladesh, Sudáfrica, Nigeria, Senegal, Camerún, Burkina Faso, Marruecos, Mauritania, Costa de Marfil, Egipto y Yemen. Algunos analistas agregan a México en esta última categoría.
Y no se ve que los países desarrollados tengan prisa. Aún cuando la tortuga de las Naciones Unidas ya dio dos o tres pasos, no se ha hablado de un compromiso con la hambruna. Bush anunció que dedicará 200 millones de dólares a la asistencia alimentaria… mientras se gasta 2 mil millones de dólares diarios en su guerra contra Irak. Qué bonito. Muy bonito.
La idea de progreso
Vietnam, Egipto, Tailandia e India, entre los mayores exportadores de arroz en el mundo, anunciaron que restringirán su venta para garantizar el abasto doméstico. Desde enero de 2008 hasta la fecha, el arroz aumentó 43 por ciento, obvio. Y mientras el precio del petróleo encarece más la generación y transportación de alimentos, países como Brasil y Estados Unidos están produciendo cada vez más biocombustibles y aceites del maíz, agudizando la crisis. En octubre de 2007 nadie quiso hacer caso a las reflexiones de Fidel Castro; apenas publicaron sus declaraciones cuando denunció que se estaba arrebatando el alimento de los más pobres para llenar los tanques de los autos del Primer Mundo. Entonces todavía se podía hacer algo.
La hambruna es un problema de seguridad internacional, y hasta ahora parece prestársele importancia. Imagínese a las masas de hambrientos inconformes. Se calcula que los países desarrollados requieren sustituir con biocombustibles un 20 por ciento de la necesidad de productos petroleros. Si se lanzan en pos de este objetivo, se deberán dedicar millones de toneladas de maíz, soya y trigo, lo que dejará a millones de personas sin alimentos. Un litro de bioetanol chupa cuatro mil litros de agua. Entonces la crisis será alimentaria y de agua.
Pero en eso no pensaba cuando saqué el auto para ir al centro comercial. En eso no pensarán, seguro, millones de ciudadanos del Primer Mundo a los que les vale lo que otros padezcan, siempre y cuando funcionen sus aires acondicionados y sus hummers. El Banco Mundial calcula que unos 100 millones de personas en el mundo acabarán en la extrema pobreza (con menos de un dólar al día) por el aumento de los alimentos. China está empezando a pagar el precio por su crecimiento económico: sus reservas de granos se agotan, junto con las de decenas de naciones pobres del mundo.
La idea de progreso se ha desvirtuado. Creemos que el progreso está en más edificios y carreteras espectaculares; internet, televisión y celulares a pasto. O en viajes a Marte o en bombas inteligentes. No es así. Hace agua cualquier avance en democracia y libertad, hace agua el progreso del hombre si mantenemos esta dependencia inmoral a los combustibles y al consumismo desbordado. De qué sirve su iPhone o que los genios de la genética clonen una cabra o una chiva, si en este momento hay gente que muere de hambre. De qué sirven.
La próxima vez que nos pensemos “modernos” y progresistas dediquemos un minuto al réquiem del humanismo, que es un réquiem por nosotros mismos. Cada vez que pisamos el acelerador, pensemos en que millones de personas -como nuestros hijos, nuestras madres o nuestros abuelos- duermen, si es que duermen, con el estómago vacío. Y así morirán. A ver a qué nos sabe sentirnos tan sabrositos, con el aire acondicionado a todo volumen y las ventanas del auto abiertas. A ver a qué nos saben nuestras vidas, tan cómodas frente a computadoras, post-its y sacapuntas eléctricos.
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