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Alejandro Páez Varela

ANTES DE LA TEMPORADA DE LLUVIAS

Marzo17

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Me he encerrado en un cartucho de dinamita. En algún momento se me antojará un cigarro
–Estatus para Facebook

Qué mal que no es temporada de lluvias porque siento como si lo fuera. Esta tarde salí del trabajo a buscar algo de comer y me fui brincando charcos, cuidándome los zapatos, esquivando las esquinas de los edificios porque esas cascadas amarillas tan percudidas me dan mala espina. (Lo único que les aprecio son las piedritas que arrastran desde los techos porque las acomodan como nidos de pájaro sobre las banquetas). Antes, por la mañana saqué el paraguas pensando que lo necesitaría, que encontraría la ciudad un poco más oscura. Nada. Me salí esperanzado en el olor de las calles mojadas, en el gris que empaña el fondo de la cuadra. Y nada. La lluvia no llega cuando debe. O se nos raciona con gotero de oftalmólogo para no emborracharnos de cosas buenas.
Me gustan los días de lluvia. Es figura recurrente para mí. Entiendo a aquellos que crecieron en una ciudad lluviosa; se ponen tristes, melancólicos. A mí, sin embargo, me dan ganas de salir a bañarme, de intentar colarme entre los goterones que anuncian un chubasco. Nadie puede: ¿cómo burlarlos? Quedas empapado. Entiendo que se pongan tristes en esta ciudad que me ha dado asilo durante más de 15 años, pero si vinieran del desierto, como yo, sabrían por qué a veces creo que tengo poder sobre las nubes. Tantas nubes no se gobiernan solas, digo, y les ordeno que llueva. Me doy cuenta así que no tengo tal poder. No importa. Que llueva cuando quiera, pero que llueva. Yo estoy esperando.
¿Han visto una simona? En algunas regiones de los desiertos del norte llamamos simonas a las tormentas de arena. Viene de “simún”, ese viento malcriado e insolente que azota tierras árabes dejándolas estériles, desdichadas. Nuestras simonas son menos agresivas. Cuando era niño y veía a lo lejos las nubes de las simonas salía corriendo a casa por un trapo mojado; no podía respirar. Mi hermano me contó que mi madre me encerraba en un cuarto con trapos mojados. Asma, le llaman ahora; entonces no se tenía nombres para cosas raras. Asocio ese malestar, que ahora es nervioso, con las simonas. ¿Han visto una simona? Hermosas e imponentes. Como si un dios le diera una patada a la punta de un hoyo de hormigas negras, que son altos. Una pared de polvo persiguiendo a una ciudad; dense cuenta qué espectáculo. Y la ciudad sin poder moverse. Horas después, cuando la tolvanera ha pasado, hay que quitarse la tierra de las orejas y de los calzones aún si estuviste escondido. Con el tiempo ha crecido mi aprecio por las simonas. Huelen a casa, a cuando mamá paloteaba testales y una tortilla de harina chillaba en el comal por la presión del mantel. Huele a frijoles caldosos y al arroz del mediodía, que recalentado se convierte en pan de cielo.
(Mi editor me regaña porque escribo de más. El papel, por más ancho, tiene límites y no conoce, ni por un centímetro, el desenfreno. Pobre, glorioso papel.) (Apenas empezaba pero, bueno, termino:)
Qué mal que no es temporada de lluvias porque siento como si lo fuera. Hace semanas que dejé de contar los días, y me muevo despacio para no perturbarme el alma. Voy bien. No es como caminar bajo las gotas frías, aunque se siente más o menos ese alivio. Tomo las noticias del fin del mundo y limpio con ellas los vidrios para que cuando llegue el agua los encuentre cristalinos. Regreso festivo al cigarro sin pensar en mis pulmones y me encierro en casa para disfrutar los perros, la comida, la lectura.
Y mientras nos alcanza el día más terrible de todos, me ilusiono con que la lluvia nos sanará. Así paso las semanas sin darme cuenta. Así vivo estos días, antes de la llegada de un temporal.
La lluvia debe ser anestesia para los hombres como yo.

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EL PRINCIPIO Y EL FIN DE LAS COSAS

Marzo14

PUBLICADO EN DÍA SIETE

La tomé del antebrazo y caminamos chapoteando entre los riachuelos que se forman en la cuneta de las calles. Primero íbamos aprisa, luego despacio. “No escucho la lluvia”, le dije, y ella me dijo cómo sonaba. “Es tu voz ronca por las mañanas; es el desorden de tu respiración”.
Me sorprendí al escucharla. Volteé, y un nubarrón me escondió su rostro. “No te veo”, le dije. Le pedí que me explicara qué estaba detrás de esa cortina oscura y húmeda entre ambos. Me dijo que su rostro era el mismo de ayer. Me contó que caminábamos de la mano sumergidos en el sol de la tarde amarilla, y en un momento le hablé de sus dientes: “Una hilera de tanques de guerra, un ejército de arados blancos que buscan sembrar en mi piel”, dice que le dije. No lo recordé.
Sentí que me apretaba con fuerza de la cintura, ansiosa, como se amarra un jinete al cuello de un caballo si el caballo no está ensillado. “No recuerdo haberte hablado”, le dije, y seguimos caminando. Entonces sacó de entre sus ropas un diario que, dijo, escribimos los dos. Empezó a leerlo con la misma entonación de cuando lo escribimos. Me contó que yo era feliz, y que estas caminatas las hacíamos cada tarde; que esas cosas y muchas que no son para ser escritas las escribimos en este diario.
Nos paramos en seco. Seguí con mis manos sus brazos hasta llegar a su cabeza y la abracé. Me acosté en su cuello, me tapé los huesos con su cabellera y cerré los ojos. Le dije: “No veo”. Le exigí que me explicara el mundo, que me dijera cómo eran los árboles, la banqueta misma, los edificios, otros rostros que no fueran el de ella. Le dije que me liberara de la oscuridad, que me contara cómo fue el principio y en dónde estaría el final, si es que esto entre los dos tendría un final. Me dijo que intentaría recuperar tanto como pudiera, pero que no estaba segura por dónde comenzar.
“Empieza por los relámpagos”, le dije. En ese instante pensé que tampoco conocía los relámpagos.
Me envolví entre sus ropas, me escondí. Le tomé un dedo y me lo llevé a la boca y escuché atento cuando me contó la historia del mundo. Los apaches, los comanches, los mezcaleros, las praderas, las dunas junto a Samalayuca y esa cordillera de montañas del Valle de Juárez que esconde osos, lobos y leones de sierra. Los halcones, las águilas, un riachuelo que antes era tan ancho como una laguna que se mueve. Las carreteras sin fin, las norias en el camino, los papalotes para pozos de agua, una escalera sobre un murillo de adobe; olmos viejos y moros machos que dan más sombra pero no dan fruto; sauces llorones, víboras de cascabel, cera de panal y miel; sapos sólo cuando llueve. Le desabroché la camisa y me dejó ver, desde la montaña Franklin, que el valle de Nuevo México es el mismo que el de Chihuahua, hasta Palomas; que se funden, que tienen las mismas nubes, las mismas depresiones a las que sólo pega el sol de mediodía. Solté su cabello, finito, y cayeron cascadas blancas y largas sobre las cañadas.
Tomé sus caderas. Y luego me dejó ver el inicio de las cosas. “Y el final”, aclaró. “Aquí empieza y termina todo”.
Encendido mi corazón, el desierto se me hizo un río, y su ombligo un faro que me permitió verla en la oscuridad.
Nos detuvimos cuando su piel no era su piel, sino la mía.
“Estoy enamorado”, le dije.
“Lo sé”, me respondió. •

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MI PROBLEMA CON LOS ENMASCARADOS

Marzo10

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Amparado en el anonimato, hace unos días un joven me amenazó. Pedí en Facebook que me ayudaran a descubrirlo. Me ayudaron. Quedé a un paso de solicitar la intervención de la Policía Cibernética de la PFP, porque el chico me explicó en un correo (disculpen su ortografía) lo siguiente: “hermano lo siento / ni te conosco no kiero pedos / se me hiso facil comentar en tu blogg / no kiero meter en pedos a mis vecinos de kien me robo la red”.
No los aburro (leer alejandropaez.net). Voy al grano: tengo un serio problema con los nicks (nicknames, nombre descriptivo que reemplaza al oficial); con los avatares, su versión gráfica; y con cualquier símbolo que sustituya la identidad en Internet. Su uso comenzó apenas a mediados de los 80 del siglo pasado y está vinculado con el nacimiento de la red de redes. Acepto que en un principio, mientras anunciaban una nueva era, los nicks sirvieron para provocar diversidad de opinión y mayor tráfico a las páginas de discusión. Ayudaron a participar en los sitios en los que la identidad es lo de menos (chats sobre sexo, por ejemplo) y permitieron acortar y dar seguridad a los nombres de usuario o usernames de nuestras cuentas de correo electrónico, Facebook, blog, Twitter, etc.
Soy de la idea de que los enmascarados no deberían opinar en sitios donde la identidad tiene peso. Cuando alguien desarrolla una idea y la hace pública con su nombre y apellido; cuando ese alguien expresa una opinión sobre temas que interesan a una comunidad, me parece una falta de compromiso que el otro argumente encapuchado. Nos molesta cuando un anónimo lanza desde las gradas un hielo y lastima a un jugador de futbol o de béisbol; si en un concierto baña de orines a los músicos, o si le da una bofetada a un artista cuando sale de su camerino. ¿Por qué deberíamos ver como “natural” que un desconocido descalifique con dos líneas mal escritas a alguien que comunica una idea, o desarrolla su compromiso en forma de texto?
De entrada, habré perdido esta discusión cuanto mi texto se publique en Internet. Tantos anónimos como quieran me denostarán, si esa es su intención. Mi texto tiene vida, ¿por qué habría de quedar impávido mientras lo vulneran? ¿En qué momento perdí el derecho de réplica o en qué momento los articulistas, periodistas, escritores, intelectuales y cualquier persona que firmamos nuestra opinión quedamos fuera del derecho a retroalimentarnos con una discusión directa? Piénselo así: también plantea una arrogancia atroz que yo tenga una opinión y la publique, y que, como si fuera una verdad absoluta, no deba responder a las interrogantes que abra.
Sin asustarnos, este y otros temas deberán acentuarse en la discusión sobre el futuro de Internet y el periodismo escrito. Pocos sitios de información que conozco, desde el de New York Times hasta el que quieran, tiene abierta la opinión para quienes firman los textos. Entiendo cuando se trata de reportaje, crónica, noticia o fotogalería periodística: son géneros en los que el reportero “no importa” o su opinión “no se vale”. Para darle total reconocimiento a la noticia misma -convenimos durante el Siglo XX- estos trabajos se firman pero se escriben en tercera persona y quedan exentos de toda opinión de su autor. En los que la primera persona se compromete a sostener lo que dice/escribe, ¿por qué no habría de responderse a quienes tienen dudan, se oponen o matizan? Y si esos con dudas, que se oponen o matizan, tienen nombre y apellido y no se esconden tras una máscara, el ejercicio de discusión se hará más justo y democrático.
Lee Siegel (El mundo a través de una pantalla, 2008) plantea el colmo de la frustración. Cuando era articulista de cierto medio internacional se molestaba que los comentarios de anónimos lo atacaran con, dice, argumentos pobres y mentiras. Molesto, pidió a su editor que se le permitiera responderles; se lo negó. Entonces se inventó varios nicks para ir contestando a sus detractores; pagarles con la misma moneda. Lo descubrieron y lo corrieron. Le hicieron un favor: lo volvieron famoso. ¿Por qué esta cerrazón?
Sabemos que la llamada “vida digital” ha abierto caminos hacia la democratización de la opinión y, sobre todo, le ha dado voz a quienes no la tenían. Acercó mundos distantes y generó un ambiente nuevo con enormes posibilidades. También está la otra parte, innegable: la de los individuos solos, depresivos, inadaptados sociales; la de los secuestrados por los ríos de basura que sustituyen el análisis serio y la información precisa. Me refiero a esos, a los segundos. A los que, enmascarados, brincan de chat en chat y de sitio en sitio (yo mismo lo he hecho) todo el día buscando ser tomados en cuenta. Están en su derecho, pero otros tienen derechos que, muchas veces y por falta de regulación, ellos no toman en cuenta.
Sí creo en ponerle reglas a Internet. Enriquece a los que de por sí son obscenamente ricos (los niños Google, Bill Gates and Co., etc.), mientras por esa misma vía nos llega basura, y los más jóvenes se enajenan: a ellos enseñémosles desde ahora a ser responsables de sus opiniones. A dar la cara. Son muchas las virtudes que nos ofrece la red (a la cual, por cierto, yo vivo conectado día y noche). Y muchos los riesgos. Concentrémonos en los riesgos para empezar a ofrecer soluciones.
Si permitimos que encapuchados opinen, qué mal les hacemos. Si ya está el canal libre, transparente y democrático para generar un debate sano, que todos demos la cara. Un asesino encubierto de textos e ideas mañana será asesino de almas; personalidades similares me esperarán más adelante con un cuchillo a las afueras de mi casa. Quizás no sean el mismo, pero se parecen entre sí.
De verdad, tengo un serio problema con los nicks: amo demasiado mi libertad en Internet.

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TWITTER, FACEBOOK Y LOS PERIODISTAS

Marzo3

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Soy usuario de las redes sociales y un cautivo de la red. En una mañana cualquiera, para antes del mediodía habré contestado unos 20 correos, parte de ellos desde mi celular. Ni me atrevo a decir cuántos mensajes SMS ya mandé para entonces y cuántas veces chequé mi muro en Facebook o la cascada de Twitter. Por mi trabajo, porque recibo data privilegiada que pertenece a mi medio (así lo creo yo), procuro no tuitear información y sólo actualizo mi estatus con temas personales, reflexiones o asuntillos que quiero compartir con mis amigos y no pretendo que sean la gran nota, o que orienten a los despistados. Aunque, confieso, esto puede cambiar: así es Internet.
Gran parte de mi carrera he cosechando información relevante de sitios y blogs. Poco de las redes sociales; sólo si encuentro una liga que me saque de allí hacia una fuente confiable. A veces reviso a otros periodistas que no reciclan rumores, y sí, me encuentro ligas y datos para comprobar. Me ayuda cuando alguien ofrece, por ejemplo, las cinco mejores coberturas del terremoto en Chile. ¿Cuándo se vuelve nota algo en estas redes? Para mí, como periodista, cuando viene de una fuente probada, o cuando el asunto es tendencial: si cientos de tuiteros o feisbuqueros protestan contra Esteban Arce -ejemplifico- son de tomarse en cuenta. Representan una tendencia. Son una corriente de opinión. Aunque, les digo, esto puede cambiar: así es Internet.
En el último siglo, en los medios tradicionales o en los manuales nos educamos (nos educaron) a que sólo publiquemos lo verificado y/o verificable. No es que desprecie las redes sociales como fuente de información: es, como dice mi mamá, el “callo de la andadera” (la experiencia): no voy a publicar algo que resulte falso y reste la credibilidad a mi medio. Si usted me encuentra en Facebook y me cree lo que digo, allá usted: procuro decir bobadas, ser ácido o irónico. Incluso juego a los estados de ánimo; he inventado un avatar-buda: 8(-¡-)8. Pero si me lee en un impreso o me escucha en otro medio tradicional, busco honrar y proteger mi oficio: hablo de lo que sé, defiendo fuentes de información, no caigo en ligerezas. Los “¡extra, extra!” en Twitter los leo pero no me mueven. Y no deberían mover a un lector o usuario, opino. Son tips condicionados a su verificación. Aunque, sí, esto puede cambiar: así es Internet.
El periodista José Pérez-Espino decía hace unos días, jugando, que cuando sube algo serio a la red no le hacen caso. Pero cuando pegó su temor por las #jauríasdeperros en Chapultepec, todos, incluyéndome, le escribimos mil cosas. Hasta poemas a los perros dejaron. ¿Cuándo me tomo en serio la discusión en las redes sociales? Cuando los interlocutores son reconocibles. O verificables. Les insisto: es posible que yo esté mal; es cosa de mi oficio. No pretendo citar a los cuatro comunicólogos más importantes: me basta con mi juicio para evaluar la veracidad y calcular el riesgo. Si #carabobo dice que “calló un abión en el sócalo del df” (con faltas de ortografía) no creo. Aún si el tuitero se llamara #ryszardkapuscinski. Si muchos hablan del tema, algo está pasando: puede ser que no se trate de un avión; pero algo sucedió. Lo verifico. No hay nada de extraño en mí; así somos los periodistas y, sugiero, así deberíamos ser los usuarios de las redes sociales. Si un reportero de medio pelo se atreve a decir que “cayó un avión en el zócalo del DF” (sin faltas de ortografía) e incluso cita “fuentes federales del más alto nivel”, tampoco le creo. Me gustan los datos verificados y cuando se trata de “fuentes federales del más alto nivel” por lo regular no son verificables, y ni modo: esas libertades ofrece Internet.
Por una razón u otra (yo digo que u otra), como nunca en nuestra historia, un canal, Internet, ha puesto en riesgo a los medios tradicionales del orbe; pocas industrias han enfrentado un reto tan grande como su propia desaparición. Una corriente decía que era porque debíamos “abrirnos totalmente y sin candados al periodismo ciudadano”, y ponía como ejemplo los blogs y poner fotos de vecinos denunciando baches. Algunos lo hicieron. Yo no uso mi blog desde hace como ocho meses; es sólo mi archivo de textos. Y casi nadie lee los agregados de periodistas ciudadanos. Otros dicen que debemos “ser como las redes sociales”, y citan los cientos de miles de asociados a estos canales que, ¿quién sabe?, mañana pasarán de moda.
Internet ha sacudido a los periodistas, digo yo, por nuestro miedo a criticar Internet. Huimos de la discusión, nosotros que siempre fuimos críticos, porque nos asusta decir algo que vaya contra el progreso. Nos pasó con el automóvil en Estados Unidos: miles de muertos en los primeros años de su masificación, y no criticábamos su falta de seguridad. Los reporteros norteamericanos tuvieron miedo de ir contra el “american way of life”, contra aquella idea del progreso. Ahora apenas criticamos Internet y apenas participamos de esa discusión. Aún siendo parte del debate, tenemos miedo a ir contra el progreso y que nos tachen de viejillos con pelos en la espalda.

Creo en la información verificada y/o verificable. Y cuando quiero un punto de vista distante de las visiones que me rodean, husmeo en las redes sociales. Si en el camino un comentario o una liga me sirven, porque los que sigo en Twitter o en Facebook son gente fiable, qué bien. Si me llega una liga o doy con data importante de una fuente verificable, lo celebro como periodista. Y si me cuentan un chisme o un chiste, o encuentro un “¡extra, extra!”, también lo leo, me río, lo sigo y me entretengo. No lo asumo como verdad, necesariamente. Un sitio de la industria de la información verificada me sirve mucho más si busco data confiable, y esto es una realidad hasta hoy inalterable, con o sin Internet.
Aunque, sabemos, todo esto puede cambiar mañana: esa es la naturaleza de Internet.

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“EL VASCO” AGUIRRE Y LA FARSA

Febrero24

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

No me gusta el futbol por muchas razones. Quizás una menor es que crecí en una familia a la que no le interesaba. Eso influye. No lo veo, sin embargo, como la razón fundamental, o no está entre las decisivas: a don Aure, mi padre, le gustaron los toros y me llevó hasta que tuve edad para decirle basta (a los siete años). Cuando encuentro en los diarios las fotos de las corridas veo también las boinas, las botas llenas de vino y los puros y me pregunto cómo me vería allí. Ridículo. No me gustan los toros por la sangre, por la crueldad, por la brutalidad; aún así, por razones sentimentales asocio la fiesta con mi sangre, aunque esa fiesta no tenga nada de chic, o de genético: son orejas, son rabos desprendidos de otro ser vivo; es el lomo sangrando, el dolor, las babas de un animal herido que se queja ante una turba que hace como que celebra su bravía, cuando en realidad celebra su triunfo sobre el más débil.
No me gusta el futbol porque me parece una farsa. Es un gran negocio que esconde intereses rudos, brutales. (No digo que pecaminosos o satánicos: son muy carnales. Lo imagino como la empresa de los diamantes: un anillo de compromiso por lo regular trae sangre). Primero está la explotación de los miles y miles que no son profesionales. Alguien siempre me argumenta que “para muchos pobres, como los brasileños, no hay otra opción de triunfo”. Carajo: como si Brasil no tuviera Petrobras (y discúlpenme que no use un ejemplo mexicano porque Pemex, mientras usted y yo dormíamos, se hundió), su industria petrolera que creció de la nada. La pirámide del éxito en el futbol tiene un ángulo brutalmente agudo, estrecho: muy pocos llegan. Los demás ilusionados deben enfrentar su desilusión tarde que temprano.
No me gusta el futbol porque esas máquinas de músculo, los jugadores, mueven intereses completamente antagónicos a lo que representan como deportistas: la industria del alcohol y el alimento chatarra (refrescos incluidos), qué poco ético, en un país de obesos y alcohólicos. Jugar futbol podrá alejar a los jóvenes de los vicios; pero me queda claro que verlo no. Cada vez que hay juego salen turbas de borrachines de los bares en la colonia en la que vivo. Y no me quejo de los borrachines: por lo regular yo salgo junto con ellos a escandalizar. Señalo la farsa. Los borrachines no se ejercitan, no van sudando junto con los jugadores; sólo sudan al subir dos escalones, o el día en que les da un infarto.
Tengo muchas razones por las que no me gusta el futbol, pero sobre todo, no me gusta porque utiliza el nacionalismo para recabar fondos de las clases desposeídas (qué elegante soy: usa los colores nacionales para joder más a los jodidos). Esos que se envuelven en mi bandera, no me representan. Esos que usan el nombre de mi país, no me representan. Este país lleno de errores, botín de corruptos, injusto, inseguro, tiene muchos errores, sí; y una de las pocas glorias está en su nombre, en su historia, en su bandera: ¿por qué la toman esos, quién les dio permiso? Antes de seguir con el que seguramente calificarán como un arrebato más nacionalista que el de una familia corriendo al Ángel de la Independencia (con el padre, desempleado, lleno de Caguamas en la barriga); antes de que me caigan a palos, debo confesar que cuando veo la selección de Brasil (mantengo el ejemplo) sí me imagino Brasil y los brasileños. Esos pobres de las favelas -me engaño- ya no son pobres: ganan millones, salen por tele y sus apodos terminan en “iño”, que debe significar dinero, felicidad, satisfacción. Pero cuando veo a nuestra selección no me siento representado. ¿Estoy mal? ¿Me sentiría futbolero si la selección nacional fuera mejor? Ahora, ¿cómo nos ven en otros países a partir del equipo en la cancha? ¿A quién le consultaron cuando decidieron que debíamos vernos como se ve nuestra selección?
Debí empezar este artículo pidiéndole que no lo leyera si creía en el futbol (me habría evitado muchas mentadas de madre). Debí decir desde un principio que me faltaría espacio para explicarme. También debí alertar que lo escribí para Javier “El Vasco” Aguirre.
Lo que quiero decirle es que soy nadie para censurarlo, sugerirle de qué hablar cuando lo entrevisten en el extranjero. Me parece que estuvo muy mal si, como se dice, “lo regañaron desde muy arriba” por sus declaraciones: es un mexicano con todos los derechos para decir, como lo hizo, lo que piensa del país: que está jodido, inundado, en guerra, empobrecido, maltratado.
Lo que no creo es que él tenga calidad ética para señalarlo en este momento. Aguirre es parte de la farsa. Come de la farsa, viste de la farsa, fue invitado a la farsa, usa los colores nacionales como farsa. Él sabía, cuando llegó a la selección, que tenía el trabajo del animador oficial número uno: debe animar a “los muchachos”, animar a los jóvenes deportistas, animar a los borrachines de mi barrio, animar el sentimiento por la Nación. Ese es su trabajo, y gritar lo contrario desde el extranjero no le corresponde por razones éticas, aunque tenga el derecho.
Sólo me resta recomendarle a “El Vasco” Aguirre que si ya gritó que se va del país, termine de cerrar la pinza: renuncie a los millones en su contrato y váyase. Y entonces denuncie las condiciones de este país como lo hacemos muchos. De otra forma se verá como un gandaya más, como un exprimidor de mexicanos más. Se queda por la lana y ya; el país (¿y qué no la selección viene implícita?, señor) le maltrata.
No critique a México en su carácter de animador oficial porque traiciona a sus patrones, la gran mayoría culpables de envenenar cuerpo y alma de los mexicanos.
(Ya en las recomendaciones, oiga, ¿no será mucho pedir que cuando empaque sus millones se lleve también la farsa del futbol que tanto le gusta, que tanto defiende, que tanto y tanto le ha dado por muchos, muchos, muchos años? No se preocupe por los borrachines de mi barrio: cuando se trata de medianía -yo sólo observo- cualquier otra selección les es suficiente).

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LAS LECCIONES DE LUZ MARÍA

Febrero17

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

El jueves 11 de febrero, México se conmovió cuando Luz María Dávila García, madre que perdió a sus dos hijos en la matanza de estudiantes de Ciudad Juárez, confrontó al presidente Felipe Calderón. Nos sacudimos por muchas razones. Porque vimos el dolor cara a cara; porque lo dicho y difundido hasta ese momento sobre la guerra contra las drogas carecía de rostro y, a pesar de cuanto habíamos visto, nos era todavía muy lejana. Nos conmovió porque nos dimos cuenta de que no todos los juarenses son narcos, como pareciera que quieren hacer sentir; porque muchos, al verla, pensamos que no hemos hecho lo suficiente, que apenas movimos un dedo cuando nos llegaban noticias sobre el drama humano que se vive en esa ciudad. Nos partimos en dos porque agarramos al gobierno con las manos en la masa: pretendía que ni esas vidas segadas contaran; quería enviar con prisa esos cuerpos adolescentes a la fosa común del olvido, a donde se van “por narcos (o pandilleros)” todos los muertos. Quería tirarlos cómodamente a la fosa común de los ciudadanos del mal, los de segunda categoría, los que no merecen ni el recuerdo. Luz María Dávila García los enfrentó: hasta aquí, señores. Yo en lo personal me conmoví porque, además, no importa qué tan cerca se pueda estar de ese drama nacional: nunca entenderé lo que significa para una madre perder a sus dos hijos en un solo acto injusto, en un solo machetazo impune.
Esa madre dolida nos movió hondo porque en apenas unos minutos expuso lo que muchos pensamos. Luz María –quien perdió a Marcos y José Luis Piña Dávila, de 19 y 17 años de edad– delineó, sin proponérselo, una estrategia social para Ciudad Juárez. Y por supuesto nadie espere que el gobierno se dé por enterado. Vea:
“Discúlpeme, señor presidente. Yo no le puedo decir bienvenido porque para mí no lo es. Nadie de ustedes lo es, ¿sí? Aquí nadie lo es. Porque aquí son más de dos años que se están cometiendo asesinatos; se están cometiendo muchas cosas y nadie hace nada”.
Realidad: Como Luz María, muchos ciudadanos ya no creen en sus gobernantes. Dudan de la capacidad del Estado para garantizarles certeza, seguridad. Estrategia sugerida: Fortalecer las instituciones.
“Yo quiero que se haga justicia, no nada más para mis dos niños, sino para todos los demás niños. Yo no puedo darle la mano y decirle ‘bienvenido’, porque para mí no es bienvenido”.
Realidad: Los ciudadanos no quieren actos protocolarios y grandilocuentes: quieren respuestas. Y no mañana, o pasado mañana; las quieren ahora. No respuestas para unos cuantos; las quieren para todos. Estrategia: Fortalecer el aparato de justicia, y mandar un mensaje de sensibilidad, de cercanía con las víctimas de esta guerra.
“Yo quiero que esto se haga bien, que Juárez sea el Juárez de antes. Aquí Juárez está en luto. No es justo; mis muchachitos estaban en una fiesta. Ahora lo que quiero es que usted… usted se retracte de lo que dijeron, de lo que usted dijo: que eran pandilleros. Mentira.”
Realidad: Los ciudadanos saben que había un México mejor. No uno “donde los ciudadanos convivían con los narcos y eran felices”, sino donde los ciudadanos correctos no se metían con delincuentes que, además, la autoridad federal está obligada a combatir. Y no es que fuera un México ideal y mucho menos un Ciudad Juárez ejemplar; para nada. Sabemos que esa ciudad, y este país, están sobre sus rodillas desde hace años. Pero esta guerra armada le ha cargado la mano a los más jodidos: ¿dónde están los que lavan y se gastan los miles de millones de dólares del narco? ¿Por qué esos no están presos? Estrategia: Recobrar la confianza en las acciones del gobierno; conducirse sin demagogia frente a los dolidos; sólo con la verdad.
“Uno de mis hijos estaba en la UACH y el otro estaba en la prepa. No tenían… no tenían tiempo. No puede ser que digan que eran pandilleros. No tenían tiempo para andar en la calle, estudiaban y trabajaban”.
Realidad: Los hijos de doña Luz María, por su esfuerzo, estudiaban y trabajaban. Por fortuna no eran pandilleros. Y aun si lo fueran, la falta es del Estado. Sin oportunidades laborales, con unas cuantas escuelas superiores, los jóvenes juarenses (y de buena parte del país) se acogen en el crimen organizado porque de algo deben comer, en algún lugar deben encontrar esperanza de ser alguien, aun ese “alguien” terriblemente equivocado. Los sicarios en Ciudad Juárez ganan (datos del alcalde Reyes Ferríz) 1,500 pesos al mes; nada. Estrategia mínima: Atender a los jóvenes, generar empleos, abrir más universidades y escuelas de educación media.
“Apuesto a que si a usted [se dirige al presidente Calderón] le hubieran matado a un hijo, usted de debajo de las piedras buscaba al asesino; siendo que como yo no tengo los recursos, yo no los puedo buscar”.
Realidad: Más claro, ni el agua: los ciudadanos saben que en este país, la justicia es sólo para los poderosos. Aquellos que no tienen influencias no pueden aspirar a la justicia. Estrategia: Acciones permanentes contra la impunidad, a favor de la justicia sin distingos.
“No, no, siempre dicen lo mismo, señor presidente. El Ferríz [alcalde de Ciudad Juárez], el Baeza [gobernador de Chihuahua]… Aquí no se arregla nada, todo sigue peor. Es la verdad. En mi casa están tendidos ahorita, estamos en el novenario. Yo quiero justicia para mis hijos y para los demás estudiantes, porque eran de 14 años en adelante. Era una fiesta para un muchachito de 18 años”.
Realidad: Los ciudadanos están cansados, heridos, desilusionados. Y quieren justicia ahora. Estrategia: Empezar un proceso de sanación; una jornada intensa para recuperar el favor y la confianza de las comunidades que, del gobierno, sólo conocen, en estos últimos años, las armas.
“Póngase en mi lugar, a ver qué siento yo, que yo no tengo a mis hijos y eran los dos únicos hijos. Pero, ¿verdad señores que ustedes no dicen nada? ¡Ah!, pero qué bien le aplauden al presidente, qué bueno, pues sí. Quiero que se ponga en mi lugar ahorita, lo que yo estoy sintiendo”.
Realidad: Los ciudadanos sienten muy lejanas a las autoridades. Estrategia única y mínima: Que los políticos cumplan.
Felipe Calderón responde con una muletilla al dolor: “Por supuesto…”
“No diga por supuesto, presidente, haga algo por Juárez. Que Juárez se vea como antes era Juárez, no como el sangriento que está ahorita”.
Realidad: La violencia genera violencia. Los problemas de México no se resolverán aumentando el calibre de las balas. Estrategia: Cualquiera, menos la guerra.

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No hay tox

Febrero11
Piolo
piolo65@hotmail.com | 201.103.221.44

hermano lo siento
ni te conosco
no kiero pedos
se me hiso facil comentar en tu blogg
no kiero meter en pedos a mis vecinos de kien me robo la red

From Alguien en el DF, 2010/02/11 at 1:14 PM
2010/02/11 Aprobar | Rechazar | Spam | Borrar
piolo
piolo65@hotmail.com | 201.103.221.44

Ehh compa… soy piolo, el wey que te escribio, no fue amenaza, solo pasaba por varios blogs y escribia tonterias.
Se me hizo facil, me gusta andar en el ciberespacio, jejee, y no keria todo este desmadre que hay.
Tengo 17 años wey, y me robo la red de mis vecinos, no quiero meterlos en broncas.
una disuculpa amigo, ni si8 kiera se kien eres.
Con esto aprendo ke no tengo que molestar a la gente k tiene bloggs
Ojala k no lo agarres personal, y ya asi lo dejes.
Disculpame wey, fue una broma del mal gusto, y ni te conosco, ni nada, ni fue amenaza.
No kiero bronkas hermano

From Alguien en el DF, 2010/02/11 at 1:07 PM

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Alguien en el DF

Febrero11
Alguien avanza. Les comparto lo que encontró un amigo

Para conocer más datos de la ip del comentario que publicas:
http://www.alejandropaez.net/10-02-2010/amenaza/
Aquí va el desglose
http://www.ip-adress.com/whois/189.135.149.169
189.135.149.169
189.135.149.169 IP:
189.135.149.169
189.135.149.169 server location:
Mexico in Mexico
189.135.149.169 ISP:
Uninet S.A. de C.V.

189.135.149.169 Whois Information

% Joint Whois - whois.lacnic.net[Who Is Domain][trace][Reverse DNS Search]
% This server accepts single ASN, IPv4 or IPv6 queries

% LACNIC resource: whois.lacnic.net[Who Is Domain][trace][Reverse DNS Search]

% Copyright LACNIC lacnic.net[Who Is Domain][trace][Reverse DNS Search]
% The data below is provided for information purposes
% and to assist persons in obtaining information about or
% related to AS and IP numbers registrations
% By submitting a whois query, you agree to use this data
% only for lawful purposes.
% 2010-02-11 01:18:11 (BRST -02:00)

inetnum: 189.135.149/24
status: reallocated
owner: Gestión de direccionamiento UniNet
ownerid: MX-GDUN-LACNIC
responsible: Gestión de cambios y configuraciones
address: Periferico Sur, 3190,
address: 01900 - México DF - DF
country: MX
phone: +52 55 56244400 []
owner-c: DCA
tech-c: DCA
abuse-c: DCA
created: 20070915
changed: 20070915
inetnum-up: 189.128/11
inetnum-up: 189.128/10

nic-hdl: DCA
person: GESTION DE CAMBIOS
e-mail: [Who Is Domain][trace][Reverse DNS Search]
address: PERIFERICO SUR, 3190, ALVARO OBREG
address: 01900 - MEXICO DF - DF
country: MX
phone: +52 5 556244400 []
created: 20021210
changed: 20060704

% whois.lacnic.net[Who Is Domain][trace][Reverse DNS Search] accepts only direct match queries.
% Types of queries are: POCs, ownerid, CIDR blocks, IP
% and AS numbers.

Si deseas presentar una denuncia, tiene que ser ante el Ministerio Público, quien pedirá apoyo a la Policía Cibernética de la PFP.

Tendrás que dar estos datos (ip, fecha, hora, etc)… Y ellos solicitarán información a Uninet o RedUno para verificar a quién se le asignó esa IP .

La dirección NO es de la persona, es de quien ofrece el servicio.

Por otra parte, puedo bloquer esa ip, aunque puede ser dinámica y surtir efecto sólo por x tiempo..

Saludos.

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