Agosto24
Tengo una red de hilos que heredé en mayo. La uso para cazar hadas a campo abierto. La tomo con la derecha y la lanzo al aire, mientras abanico la palma izquierda (a manera de carnada) como quien se despide, aunque, me han dicho, las hadas entienden esta señal no como un adiós, sino al contrario: imaginan que alguien las llama desde la cola de un tren que acelera y no hay manera de pararlo. Las hadas huyen de los que se quedan en los andenes, que son los que realmente dicen adiós.
Cuando muevo la palma de la mano (y digo en voz baja “vengan, vengan”) las hadas llegan a mí, y yo con ternura les extiendo la red que heredé en un mes de mayo, y ellas se dejan atrapar. Sienten la red como una manta tibia, amor delgado para cubrir el sueño mientras viajan. Saben dejar atrás a los que se despiden en los andenes porque no van a ningún lado, y es el mundo el que se les aleja, cada vez más rápido, tren de las 12:30 que toma vuelo y no hay manera de pararlo.
Me gusta una hada en particular. En sus minúsculos pies no muestra un solo callo. Se nota que no pisa el suelo ni para dormir. Esta hada me liberará –pienso– de los riesgos de las serpientes y los alacranes que cruzan peligrosamente a ras de suelo. Estas hadas son las que me permiten –me repito– seguir en este tren que afortunadamente se mueve, aun pierdo la voluntad y me detengo.
Creo, confío en que, cuando esta hada en particular caiga amistosamente en mi red, emprenderá el vuelo (mientras yo me aferro gustoso a los hilos de mi red que heredé en mayo), y me llevará con ella a perseguir otros muchos trenes para quedar a salvo de los andenes que componen la vida, y en los que sacuden las manos aquellos que están quietos, amargamente, y dicen adiós.
He visto la foto en sepia de un trigal amarillo y su sol que lo hace brillar. Cada vez que levanto la mano y la muevo como abanico (a manera de carnada), pienso que estoy en el centro de ese campo de espigas. Aparecen hadas-mariposas; me revolotean. Atrapo una y la acaricio agradecido por tanto calor, y con la red le hago una camita en un vagón desocupado, y le invento una canción de cuna (la susurro al instante) que casi siempre dice así: “…los que dicen adiós son los que quedan en los andeneees”.
(Cierro los ojos al terminar de cantar. Me arrulla el pesado traqueteo de las ruedas de metal. Trato de sonreír. No despierto a la hada. No le digo que los trenes, por más firmes que se vean, no son seguros, y que yo mismo he sobrevivido un descarrilamiento para contarlo. Mejor trenes, me consuelo, que andenes. Mejor cazar hadas que quedarse parado).
Agosto24
Algún día contaré –aunque sospecho que a nadie le importa– por qué no creo en la reencarnación. Básteme decir, por ahora, que en el mejor de los casos la idea me parece sospechosa. Aunque francamente la veo peligrosa. Imagínese, yo, y los otros que como yo hemos maltratado tanto el cuerpo: ¡qué tabla de salvación!; ¡qué invitación a seguir pecando! Con esta vida me basta para tales efectos; no necesito una más.
Prefiero pensar en la oportunidad que llegará cuando cierre los ojos y todos se hayan ido; en ese silencio, en esa dulce soledad. Termínese esta vida y cuanto pretenda ser acumulado, que la estridencia del mundo no merece ser reencarnada. ¿Qué hay de nosotros que amerite trascender esta carne? La memoria, si acaso. Pero los recuerdos de un hombre adquirirán importancia si se reencarna en serrucho o en cigarro, en escarabajo o en cucaracha. Y ninguna de las teorías sobre la reencarnación que conozco se compromete a garantizar el tránsito de la memoria hacia otras vidas. Entonces cuál es el chiste de reencarnar, digo.
Nada tiene de despreciable la idea de que, cuando uno muere, los demás desaparecen. Repito: qué oportunidad. Pabilo que se seca, gota que se quema, cuando me vaya irán resbalándose a la nada mi ex mujer, mi mujer y las facturas de ambas. El horror encontrará un resquicio en la ventana para evaporarse. El verde de los árboles se me saldrá de los pulmones, ese día, y estaré contento, al dejar de respirar, porque me habré deshecho de cargas pesadas, alergias y asmas. La vida de un hombre no es luz, sino intentos de luz; no es calor, sino intentos de calor. Y porque nadie puede competir con el sol, somos intentos que jamás llegan a ser, siquiera, retoños malogrados. ¿Para qué reencarnar? Decía, ¿qué hay de esta vida que merezca ser llevado a otro lado? Con este mundo oscuro me doy por bien servido. Estaré contento de decirle adiós, y que desaparezca cuanto esté a mi lado.
No crean que desacredito en lo absoluto las corrientes que fomentan el sueño de la reencarnación. No me desvelan las membresías a los clubes de yogas y mantras y meditaciones y masajes con presión exquisita en las zonas nerviosas que importan. Sin embargo, considero que no representa reto alguno creer en la reencarnación y portarse de manera ejemplar. Si se es –o se piensa de sí mismo– monje, asceta o lo que sea, la idea del nuevo mañana es casi natural. El reto mayor está, considero, en creer en la reencarnación y aún así comerse esta vida a bocanadas.
Algún día contaré por qué no creo en la reencarnación. Seguro será después, porque ahora mismo estoy más entretenido en maltratar este cuerpo cuanto lo requiera, hoy, que mañana (el mañana que trascienda a este cuerpo) es probable que no llegue.
Agosto24
Hay, en la guerra de trincheras, un espacio entre dos frentes llamado “tierra de nadie”. Francotiradores de ambos bandos esperan al primero que se asome para volarle la cabeza. De un lado y de otro se labran túneles y canales que marcan fronteras y pronto se vuelven chiqueros que cultivan enfermedad y hambre. Entre barro y frío, los combatientes viven a medias. Libran una lucha de resistencia de la que nadie, por supuesto, ha resultado vencedor o vencido.
Mujeres y hombres viven a diario esa guerra de trincheras. Muchos son los lisiados –mayoría los del corazón– que no tienen otra opción que pasar los meses donde los enfermos se pudren y los sanos enferman sólo por la espera de que pase algo. Y no pasa nada. Y no abandonan su puesto.
Esa tierra es tierra de renunciación. Mis amigos de un lado y de otro son muertos que llenan zanjas, y no hay quién se atreva a darles santa sepultura porque levantar la cabeza es exponerse a los mortales tiros de precisión de esos otros lisiados –también–, mutilados que ya no saben para quién pelean pero están dispuestos a matar por causas que no conocen bien.
Qué voluntad de arrancarse la piel, mientras se espera: darse tiros de lejos o de frente, soltar los perros con piojos y fiebre, o el gas mostaza o el napalm, antes que ceder. El amor desata guerras, y del amor vienen los lisiados que ya no están para tratados de paz ni para enamorarse porque saben que lo siguiente es inevitablemente otra guerra. Qué hartazgo. Mejor agachan la cabeza. Mejor no mueven un dedo. Mejor conviven entre muertos o aceptan la muerte con resignación. Mejor se pudren en las trincheras, atrofiados, antes de intentar el avance hacia el territorio de los otros, igualmente tullidos y maltratados, enfermos enlodados y sedientos de afecto, que en un segundo piden paz y en el siguiente se preguntan: ¿para qué?
Mejor ya no vemos al futuro (y aquí me sumo); mejor no levantamos el fusil; mejor no buscamos acuerdos de paz y nos tragamos la triste sopa de diario. Nos aguantamos la tripa, el fango, la enfermedad y los gusanos. Nos escatimamos el sexo. Con ayuda de los codos nos arrastramos por las calles, sin tocarnos, sin darnos aliento, sin atrevernos a hacer contacto visual con la de enfrente (en mi caso) porque seguro es lisiada como yo, y está presta a firmar un tratado de paz para iniciar, un instante después, otra guerra. Mejor nos sumimos en los túneles del metro, en las rutas de los camiones, en los avatares de los autos, en el ruido de los bares, en nuestros departamentos y en nuestras casas que son trincheras donde nos pudrimos (otra vez) sin ganas de levantar la mano cuando alguien se atreve, se envalentona y pide voluntarios para avanzar, para conquistar, para cruzar la tierra de nadie y llegar del otro lado con un ridículo pañuelo blanco que se volverá, casi en cuanto cambie de mano, bayoneta de fusil, cañón de carabina, virus de lepra o del sarampión. Mejor nos tomamos diez vodkas. Mejor nos recluimos a pensar en cómo estalló esta guerra sin sentido entre esos que se desean y no encuentran la manera de entregar los huesos al reposo. Mejor nos resignamos y decimos adiós, una vez más, ante cualquier oportunidad de paz.
Hay, en esta guerra, un espacio en medio de dos frentes que se llama “tierra de nadie”. Estará allí hasta que caiga el último combatiente. Permanecerá, porque no hay quien esté dispuesto a dejar las trincheras, a ser el primero en levantar la cabeza y declararse vencedor, o vencido.
Agosto24
Quisiera no tener piso. Que cada parte de mi se fuera por el abismo al que estamos llamados, carne y sangre, sábila y saliva, tímpano dañado, cárcamo y cardamomo. No tener piso y pasar por encima de todo y no tener piso. No tener talento para explicar que soy hombre al vacío que cae y cae y cae por las ranuras de la coladera que soy yo mismo al cuadrado. Hombre al vacío: hagan cancha que voy cayendo, arriba de ti o de varias, preferentemente. No tener piso.
Miro al sol para que cauterice mis ojos; para que me deje ciego. Salto al volcán para que truenen las entrañas del planeta, y miro la frente de quien amo para verificar que no tiene ceniza o tatuajes de religiones perversas.
Pacto con el vientre de las madres y les ofrezco comprensión. Que cada tamarindo tenga su hueso, que cada corazón apele a su doliente, que cada doctor recete sus cánceres: si estoy cansado de tener piso, que cada quién garantice que no morirá como tarantela o madrigal, como marginal, célula o planta de invierno.
No tener piso; que un abismo me explicara con ternura y pocamadre temas que me interesan seriamente, como el sueño y/o el solito. Que el abismo fuera comprensivo y me inclinara de éste lado, del de los vivos, vinos, amigos, sacos, pizzas, tías, malas, tasas y café: te llamo mañana, te busco en un rato, la manera en que resuelves el cansancio, la tarea que te lleva a amar un mes o dos o un rato, el gato, pato, que se rompa una costilla el que no esté bien parado, el amigo, el solidario, el que no es eso y todo lo contrario: el animador, el aguador, la madre del acomodador de cines viejos que ya no existen y yo los vi alguna vez y el abismo que habla del sueño y el solito.
No temer piso. Irme de largo hacia abajo: adiós articulaciones, pañuelos desechables, encendedores, temores y (sobretodo) amores. Rémora que soy: viajo en el vientre-madre del último recuerdo feliz.
¿Me llamas para colgarte?
¿Me das de tu saliva?
¿Cómo es que no me necesitas?
Noviembre12
1 Tuve de niño un pollito amarillo. Lo compré al salir de la escuela y desde que lo vi arrinconado —en esa caja de cartón con agujeros en los costados— sentí que traería problemas. Lo escondí en el patio; le serví maíz quebrado. No lo comió, ni aunque se lo puse en el pico: dolorosamente lo sacaba con la lengua y me miraba, triste, con un ojo cerrado y el otro lloroso.
Me impresionó que hubiera determinado morir. Eso pensé: había decidido suicidarse poco a poco, renunciando a cuanto prolongara su agónica vida, cuya pena no supe cuál era.
No duró más de 12 horas. Murió, y me volvió más reflexivo sobre el paradigma de morir y querer morir. (El pollito acongojado debería estar sepultado en un lugar público; pero ni hablar: su cuerpo jamás fue encontrado. Terminó como pelota de beisbol. Los hermanos mayores no perdonan ni saben de sensibilidades, y el mío encontró al pollito desconsolado y lo pateó a la calle, donde los Cardenales del barrio vecino enfrentaban a nuestros Orioles. Un tiro recto para la goma; batazo largo por el jardín centraaal y… ¡allá vaaa, el pollito lastimero, antes de perderse entre los queliteees!)
2 Me opongo a la idea de que alguien pueda “suicidarse poco a poco”. Se puede morir poco a poco, me digo, pero no suicidarse. El suicidio, afirmo a veces, es de una sola pieza: sí se puede decir mediomuerto, pero no mediosuicidado.
Pienso en algunas ocasiones que si uno anda suicidándose a cada ratito, entonces agarra aire otra vez y regresa el gusto por la vida.
Pero luego me viene la idea del pollito alicaído, y cualquier argumento en contra del suicidio-a-cuentagotas se desmorona. Me digo: sí existen los que se suicidan a pedazos. Hay que pensar nomás en el pollito autoinmolado.
La última vez que vi a Charly me dio la impresión de eso: de que se estaba suicidando a pedazos. Era con tanto alcohol y con tantas ganas que pensé que duraría 12 horas. Después supe que había cantado horas en el Zócalo del DF y luego en Argentina, y me dije que debe de haber una medida para morirse a pedazos: la de los azotados, como el pollito evangelista —que cumplió su apostolado de inmediato—, o la de los no tanto, como Charly, que ya tiene disco nuevo y me arrodillo para escucharlo.
3 Charly se suicida a cuentagotas. Sí. El pollito ¿enamorado? así lo hizo.
Pero hay todavía algo que no cuadra. ¿Y si Charly disfruta tirarse desde el octavo piso de los hoteles a las albercas? ¿Si se gusta por suspender a los cinco minutos un concierto cuando media humanidad le lanza vítores? ¿Si se siente bien al combinar su virtuosismo, el piano y un litro de whisky? ¿También cuenta como suicidio?
El pollito reciclado (se volvió pelota de beis) y Charly no se conocieron. Eso es un hecho. Pero cuando me entra la culpa los imagino juntos y me pregunto: ¿sería Charly capaz de salvar al pollito suicida de su determinación?
Creo que no. Que el pollito idolatrado habría conservado su marcha.
Pero quizá la hubiera disfrutado un poco más.
12 NOVIEMBRE 2000