Notas sueltas

08/30/06 12:30 AM por Alejandro Páez Varela

El amor satisfecho conduce más a menudo a la desdicha que a la felicidad.
–Arthur Schopenhauer

hombre-mujer cabeza.gifPrimavera. Desde la ventana veo el parque y entiendo que se viene la fiesta. La risa de las jóvenes es divertimento en clavecín, y un viejo-tuba, redondo y lento, sigue discreto la letra mientras espera su turno con paciencia. Los adolescentes, flautines aspirantes a flauta barroca, dan gritos desafinados y retan a las trompetas. Los arbustos, cuerdas sin arpa, responden a los dedos del viento con graciosos tintineos que dan ganas de creerse la escena.
Papá clarinete ha sacado a pasear a su pequeño violín. El triángulo comparte chispas de chocolate con las percusiones, de por sí con problemas de peso.
Salgo de casa decidido a abandonar el encierro y los árboles, que compran boletos para toda la temporada, saludan con sacudidas el bullicio que precede a la obertura (y yo, que busco acomodo en la orquesta, en señal de respeto les sonrío con una reverencia). La enredadera me ve, orgullosa, y me presume con muecas: “Un año más –dice–, un año más y llego al palco.” El puesto de flores es jaula de veterinaria y las margaritas, los girasoles y las lilas, como gatos abandonados, me llaman con la pata y dicen, gimiendo: “Llévanos contigo, llévanos a casa.”
Es primavera y este corazón se queja por la pauta de violonchelo. Por un instante lamento ser el triste en esta fiesta. Pero luego me reprendo: “Entiende, eso eres: el chelo.” Convencido otra vez de mí, retuerzo los tornillos de Frankenstein que llevo en el cuello, afino mis tripas y saco la panza hasta que me cuelga entre las piernas.
La batuta da tres golpes suaves. Sin hacer ruido, apenado, tomo mi lugar –abajo, izquierda– en el parque-escenario.
Y al primer movimiento de arco me siento feliz de poder ocultar, entre tanto instrumento, la melodía invernal de los que, como yo, nacieron violonchelo.

[…]

Porque estoy muerto, veo el fin del mundo como poca cosa y las películas me dan ganas de llorar, sin haber entendido siquiera la trama. Porque estoy muerto y desde hace tiempo apesto, trato con cariño los residuos de plomo y nicotina en los pulmones, únicas partículas de mí –sin ser mías por completo– que no dan asco. Me dejaste sin hijos y ahora pongo pañales a cada gusano que me sale de los ojos; de ellos brotarán mis nietos, que no son flores de panteón sino motos Vespa en Italia, cardamomo en polvo para el té, títulos profesionales que se venden en el mercado negro del Distrito Federal, cuerdas de plata para violas nuevas, vinagre de miel, compota de manzana, foie gras y residuos de orina, secos, en tubos de ensayo sobre anaqueles de un hospital-prisión moscovita donde se archivan horrores de cierta guerra fría.
Porque estoy muerto, vivo. Porque estoy muerto, siento. Porque no vendrás, te espero. Porque ya no estás, te canto.

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Si la furia

08/28/06 6:51 PM por Alejandro Páez Varela

Se aprende más en una noche en vela que en un año acostado
–E.M. Cioran

Si me detengo a la puerta de un bar; si en la entrada de un restaurante; si al pie de una larga mesa de comensales; si veo por el hombro la ciudad, se que ella estará (cuando está), seguramente, porque justo en donde se ha sentado ha caído un pedazo de noche, suave, como lluvia de notas bajas para chelo o como pellizcos delicados al violín. (Aún de día. Un pedazo de noche).
Si bebemos, hasta agotarnos (la estupidez del mundo merece todo el alcohol); si aborrecemos, pegamos violentamente con la cabeza al suelo hasta que se parten las montañas. Si el amor, mucho, sin horario.
La tristeza es su idioma materno, que aprendió cuando yo no estaba. No lo habla en público: lo ronca, y yo estoy para contarlo. La imagino como un cometa, con esa cola miserable que la persigue, cola larga de desencuentros. He intentado por todos los medios espantar ese alo de tristeza. Chú, chú, le digo, como hace el sepulturero a los pájaros y a los perros que se pelean la carne de los muertos en los cementerios. Chú, chú. Pero ella habla la triste y no se deja, y, además, sin la tristeza, ¿para qué esos ojos?
Si veo a través de su piel, el rostro, los brazos, el pecho prerrafaelitas; si escarbo carne adentro, corren ríos de furia que se confunden con sangre. Si la furia. Si la furia de cosas que no entiendo. Si asuntos que no deberían incumbirme; si viejas heridas y viejas rencillas que yo no puedo sanar y que no me pertenecen y (díganme si me equivoco al preguntar) ¿para qué saber de ellas?
La vida tiene muchos trucos, crucigramas que llenamos a diario. En ella no hay tal. Todo llega como jaque mate, como rompecabezas que se sale de la caja completamente armado.
Si me duermo en el baño de un bar, si me desnudo y me paro en la ventana; si me bajo corriendo las escaleras (un domingo, sin prisa); si pongo los tenis a secar al borde de la azotea (cuarto piso) y los recojo a las seis, siete de la mañana (después de la parranda), y malabareo mi indecencia, se que no estoy solo. Ella está sentada por allí, la habré de encontrar, porque los hoyos negros no pueden ocultar su atracción, y esta es una ley inquebrantable de la física y la astrología y ciencias paralelas-qué-se-yo.
Si me detengo a pensar; si analizo las cosas que importan habré de volver los ojos ciegos a ella (sin conocerla demasiado), párpados como cobija de lana; labio picudo de pajarito que pide agua, por favor agua, denme agua, agua o lo que sea, lo que sea, lo que sea, que la infelicidad provoca, por lo regular, mucha sed.
Si me detengo a la puerta de un bar, si entro al tubo que lleva directo a mi vida, no la busco: ella llega.

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A manera de editorial…

08/28/06 2:55 PM por Alejandro Páez Varela

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Plata cae vertical a mediodía

08/28/06 12:50 PM por Alejandro Páez Varela

Me molestan las películas de Robert Rodríguez sobre México, con Antonio Banderas y flamenco de fondo musical. Y porque no puedo hacer nada, no muevo un dedo. Ya no quiero ser parte de un equipo ni ganarme un premio ni donar mis corneas ni aportar un peso a las ballenas o a los manatíes o al cielo que hemos llenado de agujeros. No firmo tu carta ni aunque sea honesta. Me dejo acariciar por dictadores demócratas porque son mejores, y le muevo la colita también a las maestras y a los perros y a los pobres y a los ricos y a los sueños.
No quiero misericordia, quiero un bisoñé. Que hagan telenovelas con capítulos de 24 horas, que me dejen conducir un convertible como su fuera un rebaño de borregos. Quiero gatos a los que no los despeine ni el viento. Quiero que los sets de los noticieros estén sostenidos por prohombres, y más balazos en las series, y reconciliarme con este mundo porque en el fondo no busco nada sino rebelarme en una pared, bien empalado, bien enmezclado (maistro), y que el temblor que viene no me mueva un centímetro y deje los trabajos de reconstrucción a los que vienen.
(Y quiero, también, dejar de hacerme viejo). (O hacerme viejo de tajo para, ahora sí, dejar de aspirar a algo).

* * * *
Tengo un cuaderno de viajes en el que anoto lo tanto que ya no viajo. Compré un chelo para no atar las cuerdas a una viga. No abro fotos ni desempaco correos ni leo algunas de las maletas que me llevé, porque no puedo verme a los ojos sin dejar de verme: títere y titiritero soy, desde ahora, para no enredarme con mis propios dedos cuando escribo.
No creo en las casualidades para no atenerme a una; no busco la esperanza porque seguro alguien la ha comprado. Quiero estar aislado. Procuro llevar la vista al piso si te encuentro o creo que te veo (siempre), y sólo me subo a un elevador si busco un baño porque los de abajo están ocupados.
Soy feliz: resucito para verme enfermo. Reflexiono ahora que me sobra la alegría, porque, si no, ¿cuándo? Digo que soy feliz porque estudio mapas, escribo de tapioca, saludo a mis vecinos y releo los Evangelios a las masas, etcétera. Y si antes no tenía tiempo, ahora menos: tomo mi carro, disiento sólo con la compañía celular si no me tiene ocupado, organizo mi agenda y me duermo temprano pensando en el mundo alegre que seguro amanecerá mañana, o días después de mañana.
Veo por la ventana y me repito: soy feliz: plata cae vertical a mediodía; el techo es oro en los atardeceres.

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Lugar común

08/28/06 12:50 PM por Alejandro Páez Varela

Entre más viejo me hago, más me convencen los lugares comunes. La soledad, por más buena compañera que sea, pide amigos; los lugares comunes te identifican con tantos que te creas la ilusión de estar acompañado. Por eso, por la soledad que llega con los años, recito impunemente esta oración –que es un lugar común, claro–: qué complicadas son las relaciones humanas. La digo, y de antemano tengo la certeza de que Usted estará conmigo.
Estoy contento con los amigos que tengo hoy. Pero no quiero más. Coincido con una amiga cuando explica que, a esta edad, resulta cansado conquistar nuevas amistades. Y si veo hacia atrás, para ser honestos, es fácil saber que, de todas maneras, no he sido bueno para relacionarme. Poco amiguero. Caprichoso.
Se me han ido borrando los rostros de mis amigos de primaria. Es una pena. Fueron tan pocos. Recuerdo a un cholo marrullero, a un flaco bueno para los deportes, y a Pinillo (sepa Dios cómo se llamará), mi buen Pinillo, al que un día los de sexto estrellaron de nariz en la pileta de un álamo, y jamás regresó. Sangraba cuando lo vi por última vez. Me impresionó que no llorara. Amigo Pinillo. Unos siete, ocho años entonces; 35, 36 si vive. Su mamá cultivaba búlgaros de yogurt en un tarro grande de vidrio. Le hacía té con frutas que ella misma secaba. No tardé en ir a buscarlo. Los nuevos inquilinos no supieron dar razón. Con Pinillo, y desde entonces, se fueron los de aquella época, austera en amistades. No me permití demasiadas. Mi maestra –además vecina– tenía muchos pretendientes como para intentarlo.
En la secundaria aprendí lo más básico de la flauta para evitar compañía. ¿Quién iba a tomar el mismo camino a casa con un individuo que a la menor provocación sacaba su dulce barroca y tocaba una sola canción, una y otra vez? Empecé en el primer año; para el tercero, ya no era necesario sacar el instrumento de la mochila. Me huían. Encantado. “Del otro lado de la banqueta van las hermanas Camarena, gracias al cielo”. “Los Caballero ya no me dirigen la palabra ni en el receso, y la vida es buena conmigo”.
Durante gran parte de mi niñez y juventud, tuve amigos (los de barrio) de los que cualquiera huiría. Por eso nos mantuvimos unidos tantos años, a pesar de las migraciones. Eran unos lisiados sociales, de familias complicadas y religiones alarmantes. Yo los quería (y los quiero). Tenía 14 años cuanto nos pusimos la primera borrachera. Dos huérfanos poco inteligentes pero bondadosos hasta la suculencia, que no escaparon ni del timo de su padre (un vividor que los había abandonado hasta que tuvieron edad para emplearse en la maquila). Otros dos huérfanos: uno bueno, generoso y cansado; el otro, tan rudimentario como extravagante. Un karateca sin oficio. El imán perfecto de los amores podridos (y sufridos). Y un misterioso cara-bonita que se perdía un año y luego regresaba, hasta que nos enteramos de su (ni tan) secreto: era (es) gay, y todavía hoy sus padres y hermanos lo niegan. Tipos difíciles, mis amigos. Quién los querría. Sólo el que está convencido de que las relaciones humanas son complicadas.
En orden de importancia, debí comenzar por esta orilla de la hebra: los amores. De la patada. Las mujeres llegan con dos diablitos que se instalan sobre los hombros, izquierda y derecha, de todo aquél que las quiera. Uno te dice que la abandones; el otro, que la retengas.
Recurro con gusto al lugar común –que, explicaba, me da la sensación de compañía–: qué complicadas son las relaciones humanas. Me veo más viejo y menos acompañado, no quepa la duda.
Mi abuelo Carlos vivió los años anteriores a su muerte sentado junto a una higuera. Un día de los muchos que pasé con él le pregunté por qué nunca salía con sus amigos. “Son difíciles las relaciones humanas”, ironizó. “Cuando comienzas a entender a los que tienes cerca, es porque ya se han ido”.

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Fui yo

08/24/06 12:43 PM por Alejandro Páez Varela

MI TATUAJE.jpgPude ser el elástico de un calzón barato que a nadie convenció –a pesar de la oferta– y terminó en la bodega; la pistola asesina que inculpó al vagabundo que dormía en el basurero; una de las medallas de un piloto comercial que dejó a su familia por la azafata, o la jarrita de agua supuestamente purificada que tengo para toda la noche en este hotel de cortinas hechas en China.
Pude ser una de las gatas que se fueron de noche contigo; la mirilla por la que veo gordo a mi vecino (y delgados y curveados a sus muchos amantes); el zapato que perdí en un parque de Durango por borracho y busca pleitos; la enciclopedia que leí en orden alfabético y me sigue esperando en el librero de mi madre, o el pedazo de madera podrida que encalló en una playa fría de los mares del norte años después del naufragio.
Pude ser una de las treinta y tantas colillas que seguramente amanecerán en el cenicero (como sucede en estos días); un celular golpeado que no tuvo funda como otros; la corbata de un comentarista de fútbol castrado que imposta la voz, o las botas de un soldado que salió con la esperanza de volver y fue sepultado en el lodo, en el campo de batalla, junto a una cartera que escondía recuerdos estúpidos y que eran, lejos donde estaba, el hilo que lo mantenía atado a la tierra y despierto.
Pude ser cualquiera de las luces encendidas de esta ciudad huésped-celda; un vaso que se quiebra en el bar de solteros que me espera a unas cuadras; la maleta destartalada que sirvió para muchos viajes y que pienso sustituir por otra de mejor marca; un cachorro de veterinaria que jamás amamantó y no llora por su madre sino por la incertidumbre, o este candil de plástico que seguramente querrán cobrarme cuando me vaya (porque lo uso para buscar colores en la ropa de mañana, ahora que tus ojos sanos ya no están).
Pude ser la etiqueta que arrancas de tu nueva blusa o alguna de tus cremas o la ropa que ya no te llevaste; el collar de perlas de la señora que levanta la suciedad de su perro en el parque; la gabardina negra de un judío en domingo, o el conserje de uno de los tantos edificios del barrio que me enseñaste a observar –como muchas otras cosas– pero que no tocamos, seguro que no tocamos, te juro que no tocamos porque me habría dado cuenta que nacieron fríos y desde entonces se están cayendo.
Pude ser cualquier cosa, pero no: fui (soy) yo, el mismo que conoces, el que no cambió: paracaídas que no abre, bomba de tiempo bajo la axila.

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La esperanza

08/24/06 12:42 PM por Alejandro Páez Varela

Hay mil cosas que podré escribir sobre estos días; sobre el parque y la soledad; sobre los torniquetes que me aplico en las venas que dan a la memoria; sobre el cuarteto de cuerdas que suena desde que me levanto hasta que pego la cabeza en la almohada; sobre el abusivo reloj de tres mil manecillas que escucho madrugadas completas hasta que el sonido me bloquea la garganta. Hay mil cosas que podré escribir, pero gran parte de ellas habré de omitirlas.
Me gusta haber tomado la decisión de violar las leyes de gravedad: un día, cuando menos lo espere –prometo–, abandonaré el piso de este cuarto en el que vivo y me elevaré, centímetro por hora, hasta pegarme en el techo. Entonces veré todo lo que está abajo: las botellas quebradas sobre las que camino, los alacranes que me pican nada más por no dejar, los cinco o seis cabellos –calculo– que todavía quedan de ella y que no encuentro en esta alfombra-pajar. Un día, me repito, tomaré la escoba desde allá, arriba, y barreré tantos recuerdos que se han quedado, hebras de trapeador atoradas en cada pata de los pocos muebles que poseo.
Hay mil cosas que podré decir, pero las callaré. ¿A quién le importa, pienso, un hombre burdo como yo que vive días como tú, lánguidos, cerebro en la freidora, corazón pegado en la ventana; con la esperanza puesta en los mares del norte, con el dolor atrapado en un frasco de azúcar refinada (que hago a un lado con la cuchara cada vez que preparo café)? ¿A quién? ¿A quién le interesa saber de un capitán que mira el avión siniestrado y no se atreve a abrir la caja negra? ¿A quién? ¿A quién podrá interesarle el suelo de este lugar en el que paso días platicando con arañas, negociando con serpientes, maldiciendo a los mosquitos?
Mil cosas podré escribir sobre estos días, pero no hay más quién las lea de primera mano.
Mejor me las guardo.

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Del silencio

08/24/06 12:42 PM por Alejandro Páez Varela

“Las mujeres no cometen las tonterías como nosotros, por ligereza o por desidia, sino cuando son muy desgraciadas”
–Joseph Roth, Hotel Savoy

1.
De qué valen las ganas y las risas y la tristeza; las flores que se secan boca abajo para los jarrones; los sueños de hijos e hijos de los hijos; la rabia del insomnio y este librero que estoy rellenando, otra vez, con novelitas de mis amigos y tratados secundarios. De qué vale la roña de los perros y el pequeño café que me ha dado asilo; las notas altas de las canciones de amor; las overturas y los programas de televisión que pasan después de las 12 de la noche. De qué valen las botas y la moda y los planetas por descubrir; las plumas fuente y las nubes que oscurecen mi casa antes de que la tarde llegue a su fin. De qué valen la democracia, los honores a la bandera y las flautas mágicas; la ropa sucia que mal se lava en los bares, y este cielo partido en tres para tres deidades a la vez. De qué valen el sinuoso vuelo de los colibríes sin la miel que no dejo en la ventana; el auto y el salón de fiestas y todos los santos que se acumulen de este día y hasta el fin de semana. De qué vale ganar; de qué, conquistar a una mujer. Digo: de qué vale este papel picado de fiesta si se va despintando por los intermitentes chubascos de recuerdos que azotan el tejado de mi patio interior.

2.
Si dejo esta vida que llevo, habitaré la barriga de un perro. Todos, sin excepción, callejeros o domésticos, han de tener adentro una camita y una vela encendida donde un hombre puede vivir, comer y leer en silencio, sin más perturbaciones que la eventual digestión. La barriga de un perro, según me he enterado, es mejor que un retiro con fondos, y muchísimo más segura que tratar de dirigir un reino patético –el mío– que se ha vuelto ruidoso porque exige, en mis propias plazas, un cambio de gobierno.

3.
Me parece que el sonido ordenado de las fábricas es lo más cercano al silencio. Las palabras arbitrarias en un café y la música de los bares hartan porque son ruido, por lo menos para un hombre como yo, que prefiere un sostenido por diez horas o la repetición de una misma nota, siempre en los mismos tiempos, siempre en la misma escala, siempre con el mismo instrumento, siempre a la misma hora.
Me parece, ahora más que antes, que el silencio es la consecución de sonidos a los decibeles que sean. Me parece entonces que gritar una frase mil veces seguidas (como “te odio, te odio, te odio…”) es, también, como guardar silencio.
El ruido es representación de lo que no hablamos seguido: la cascada de gatos muertos cayendo por la ventana alta de un edificio vacío: eso sí es ruido; la tarde de sábado que gotea miel con moscas: eso sí es ruido. El ruido se reconoce como ansiedad, cosquilleo en las plantas de los pies, tenedor para levantar un muro que dé la espalda al pasado, o tenedor para tomar la sopa caldosa de 1:30 a 2:00 de la tarde.
(De noche busco las claves que existen –desde el origen de las cosas– para provocar el silencio total del mundo, y hasta hoy no las he encontrado. En el proceso, sin embargo, he aprendido que es el silencio lo único que permite a los muertos seguir recordando).

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