Lea qué cosa. El fragmento que presento a continuación es parte de una carta enviada al sitio unafuente.com desde Temoaya, Estado de México, hace unos días. En aquél sitio, BÚSQUELA EN “COMENTARIOS”.
Es una larga carta que firman “MANUELA Y MI HERMANA LIC. AZUZENA PEDRAZA DAMIAN, MIRIAM ARACELY RANGEL TAPIA, GEMA PIÑA NAVA”. Les comparto un párrafo. Una chulada, en serio. Vea qué México es nuestro México.
“Nuestros Hermanos, de la religiosidad, por que mis padres han sido siempre muy fervientes, que nos liga una Consagración de m i hermano y amistades, y amigas como una madres de la Betania radicadas en Temascalcingo, me gustó su carisma religioso, solo que había elementos que hacia los míos, no fueran correspondientes, ya que ellas se consideraban muy elitistas, por haber sido fundadas por el mas significativo descendiente del pueblo y ricachon, que fue sobrino de el Obispo Leopoldo Ruiz Flores, que me fui enterando que fue primo de Don Antonio Chaparro y casado con doña Guadalupe Ruiz, que tuvieron tres hijos, el padre José, el padre fundador de las Betanias, el Padre Felipe Chaparro Ruiz (fue muy breve canónigo de la Santa Basílica de Guadalupe, México DF.), y el hermano Don Antonio Chaparro Ruiz, que fue presidente Municipal de Temascalcingo, tuvieron una hermana que murió célibe Doña Maria de la Paz Chaparro Ruiz, que murió alrededor de los años 1970 (que promovió por la platica que le escucho una de sus sirvientitas de donas su casa para una causa religiosa, que le encomendó ese trabajo a su apoderado Legal Fernando del Mazo). Todos involucrados después de la guerra cristera, para tener un instituto de capacitación, camuflado de escuela secundaria, que después de su traslado ordenado por el primer obispo de Toluca, Don Arturo Vélez Martínez haya por el año 1963, o sea que de los periodos de los inicios de la guerra cristera de los años 1920”…
Conste que es un textual. No le moví una coma. Es un carta de denuncia y un rosario –que no un botón– de muestra de un submundo religioso en un México profundo que no deja de sorprenderme. Es el submundo de la “hermana que murió célibe, Doña María de la Paz Chaparro Ruíz”, o de Carlos Abascal, nuestro secretario del interior.
Me encantó. No es que sea fan o anarco; en todo caso, un punk de closet. El tema es que Banksy colocó en el Disneylandia de California una ¿réplica? ¿escultura? de uno de los detenidos en Guantánamo. Bien. Cualquier cosa que se diga sobre Guantánamo es nada. Duró poco la instalación, antes de que lo descubrieran; aunque el testigo siempre queda. Recordé el happening con los discos de Paris Hilton (ver el video) y reí. Me cae bien Paris, no se me malinterprete: ese aire de estúpida sexy me roba el sueño, se los juro. En fin. Ya saben mi gusto por el peligro. (Quinta Ley Fundamental: “De entre las personas, la estúpida es el tipo más peligroso que existe; incluso sobre el malvado”).
Posteo esta carta que me envía mi hermano Aurelio. La comparto con enorme gusto. Crecimos en un barrio pachuco de Ciudad Juárez: los recuerdos felices de entonces allí están. Ahora, dice mi querido carnal, “asisto al peluquero una vez al mes, aunque no necesite un corte de cabello; me presento a la terapia que, sin saberlo, él me da”.
Acompaño el post con “El Oboe de Gabriel”, de Ennio Morricone, en vivo. Al final, para los que somos cursis y demodé, estará, también de Morricone, la inolvidable “Cinema Paradiso Theme” que dedico a mi carnalillo.
La carta llegó sin título. Le he puesto así: “CARTA PARA RECORDAR LOS BUENOS AÑOS”
||||| UN TEXTO DE AURELIO PÁEZ VARELA
De atardeceres y de soledades,
de andar y andar,
buscando verdades;
para encontrar siempre otra pregunta,
de ir y venir, y no llegar nunca
Carnal:
Ayer fui al barrio en donde, en nuestra niñez, nos paseábamos con el rostro al sol. Donde lo de la Carmela, ¿recuerdas?
Como tu lo sabes, los parajes de felices atardeceres y de juegos sin fin de nuestra infancia, son desolados ya en esta nuestra madures. Las lluvias que ni tempranas ni tardías sino excepcionalmente torrenciales, les han dado un verdor sinónimo de vida a todos los jardines y terrenos baldíos y abundan los quelites y chamizos tiernos. Las ranas han remplazado a los alacranes y moscas. Las grúñalas de mi abuela ya no tienen importancia ni influencia en mi vida y a la música de la guitarra de mi tío Gustavo no la busco más.
No se dónde, mi querido hermano, se me cubrieron los ojos del prisma que nos hacía ver todo mejor. No se cómo, pero mi interior se pudrió al igual que aquellos perros muertos que en medio del verano la gente tiraba en los terrenos baldíos que utilizábamos de campos de juego; allí donde buscaba yo piedrecillas de colores brillantes y alacranes rubios para después hacerles pelear con alguna cucaracha desafortunada. No entiendo cómo aquellos parajes me dieron la felicidad en un primer beso, y placer en un pleito callejero. Ya no encuentro en mí la inocencia que me capacitaba para llenarme de placer con las pequeñas cosas y eventos cotidianos. Continuar »
Ojalá todo fuera como en las películas. Ojalá tuvieras el don de la oblicuidad. Ojalá sacaras tus mejores faldas cuando me ves llegar, ahora sin una pierna, ahora tuerto y sin un brazo y cansado. Ojalá sudaras lentejuelas con sólo sentirme aparecer. (Ojalá abrieras este empaque de hormigas que esconde un corazón de barro). (Me voy a arrepentir de ti, y allí voy, marinero al cabo, dejándome seducir por el viento que me lleva a tu entrepierna. Yo, que tengo claro el meridiano –107–, voy a perder la brújula y qué bueno).
Ojalá llegue a puerto. Te lo digo desde ahora: babéame la frente, quédate dormida. Déjalo todo y pálpame los párpados con cariño. Me lo dijiste, y lo noté, y no se me olvida: ojalá. Ojalá fueras tu quien escucha esta música y ojalá, en serio, ojalá fueras tu quien sufre mis años.
Ojalá me invitaras a recorrer las vías contigo. Ojalá me ayudaras a ponerles dinamita para que nos atrapen; para gritar por televisión, en vivo, que no estoy para estos teatros; para abrazarte, besarte frente a micrófonos y bajo reflectores; para cargarte y abandonarte; para ir a la cárcel y levantar el puño en alto; para lanzar una consigna por una causa que, si no eres tu, entonces, ¿qué me queda?
Ojalá el amor opacara la felicidad, de la que estoy harto. Ojalá vivieras tres segundos en esta copla que no tiene sentido. Ojalá tomaras esta luciérnaga que guardo. Ojalá el amor ahogara perros y gatos.
Ojalá lo poco que poseo se subastara como baratija y me dieran dos pesos por la camiseta y uno por el cuerpo. Ojalá el auto que ruge a 10 kilómetros fuera el que estoy esperando: el de a toda velocidad, el de sin frenos. Ojalá este fuera mi último trago. Ojalá fuera amargo. Ojalá te sentaras un rato a mi lado, quien quiera que seas, a soplar hormigas con un popote, a rascar barrigas de perro con un palo, a tronar cuetes y cuetones en el techo del vecino. Ojalá nos dieran de palos. Ojalá me hicieran correr. Ojalá un tsunami y un tornado me llevara lejos de aquí atado a la pata de tu cama. Ojalá lloviera esta noche para sentirme realmente mojado. Ojalá me dieras dos minutos de tu tiempo para resumirte todos estos años sin ti, los que no pienso recuperar y pienso desperdiciar en la punta de un cigarro.
(Ojalá alguien me expulsara del letargo).
||||| DOS TEXTOS QUE ESCRIBÍ EN 2002, UN AÑO DESPUÉS DEL S-11: 9:03 Y EL FIN DE UNA ERA ||||| EN LA NUEVA EDICIÓN DE DÍA SIETE (318, SEP. 3) PUBLICO SOBRE EL FRACASO DE LA CAMPAÑA EN IRAK ||||| PRONTO POSTEARÉ TEXTOS SOBRE EL MUNDO ISLÁMICO (ESTUDIARLO ES MI HOBBY, ¿SABEN?) ESCRITOS EN ESTOS AÑOS. YA VOY, YA MERITO…
Se llama Messier 104, o M104, o Galaxia Sombrero. Es extraña incluso para un Universo extraño. Su núcleo redondo y fulgurante, contenido por un platillo de polvo y asteroides (que hace una espiral), permite soñar con un organismo único, vivo e inteligente. Me niego a admitir que lo que veo es una foto, pero lo es: el equipo del telescopio Hubble (The Hubble Heritage Team) la tomó entre mayo y junio de 2003 desde una cámara especial de investigación. Los destellos perfectos son producto de un filtro, claro.
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Si veo la imagen a detalle, la galaxia es anciana y sabia, y peligrosamente poderosa. De allí las canas y la actitud de firmeza. Imagino que si las fuerzas que la sostienen la hicieran girar, sería incontrolable: tomaría un rumbo violento e incierto y pronto se ganaría la fama de “mutiladora-de-galaxias”. Una sierra suelta en el espacio, imagino, vuelta loca, surcando la constelación de Virgo, degollando a Orión, persiguiendo los Canis Major y Minor y haciendo correr a Tauro.
También pienso que debajo de ese generoso sombrero de dos copas quisiera estar, todos los días después de mi vida, durmiendo.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo
–Alfonso Reyes
Mira este sol de la ciudad, mira cómo no se ve en el horizonte sino en el rebote de los edificios contiguos. Mira cómo pinta las ventanas de amarillo, cómo dibuja cejas en las nubes. Cómo alborota los pájaros, cómo inhibe.
Es el sol del Distrito Federal, ¿sabes? Es un sol que amanece.
Y pensar que un día lo despreciaba: me parecía que se daba a pedacitos, que escatimaba. En el norte, debes saber, no se comporta así. Allá puedes tocar, cuando anochece, su única uña aferrándose a la punta de los cerros. Y si estiras bien la mano –con cuidado para no quemarte–, puede sentir sus cometas de luz pasar a mil por hora. Pero aquí no. Aquí, si te va bien, puedes encontrarlo reflejado en la ventana del vecino. Y ya con la calle repleta de autos, ya entrada la mañana, hasta que se le antoja –y sólo entonces– se escapa de los edificios y deposita luz de verdad sobre tendederos y pisos.
Pasados los años, este sol de hoy me parece perfecto. Le tengo paciencia, lo entiendo; le sigo la corriente, lo mimo.
A veces, claro, me atrapa la melancolía y extraño el sol con el que crecí. Pero el de aquí se pone cálido y me apapacha. Y yo, que de eso pido mi limosna, me dejo.
¡Anda, mira este sol que amanece, que la torre de al lado le tomó una polaroid y lo exhibe, gordito, pachoncito! ¡Mira cómo agarra a todos por sorpresa, mira cómo nadie despierta!
Anda, que amanece, con flautas dulces y flores coquetas. Anda y tócalas por mí mientras yo, Drácula de tus amaneceres, salgo desnudo al sol para volverme polvo, para que me muera. Para que termine esta pesadilla –quererte– que ya duró un rato.
(No tengo celos del sol. Él puede asomarte a tu recámara; él puede verte la espalda cuando te bañas. Pero, ¡ay, corazón!, de todo lo demás sí: del boleto de estacionamiento que toca tus manos tengo celos, de la cuchara, de los zapatos que te pones y de las miradas. Tengo celos de los teclados de las computadoras y de las madrugadas que te acompañan en el sueño, y yo nunca estoy para espantarlas.)
Eres la marcha de mi respiración, la esdrújula de mis frases imperfectas, el peso de mi voz cuando te leo. Eres la curva de mi vida recta, el gris de la ciudad dormida, el salto al charco que acostumbran los cansados. Vamos a ninguna parte; la vida es carreta de chapulines. Y tu eres brújula sin polo norte, giro hacia la izquierda (o la derecha, que aquí da lo mismo); eres pez que nada en lo que me queda de cabello y lo haces ver como melena con baños de dorado.
Eres sánscrito y malescrito, arameo y nación libre, perro sin lengua y lengua sin títulos: eres yo en mi, y nada y tanto como te deseo: soy humo y tu el suspiro que deshace mi cuerpo de caracolas y de hilos. Eres cambio de rumbo si soy tu río, o suelo firme si soy un árbol.
(El destino no es la esperanza, sino el simple final de todas las cosas. El destino es lo que se agota; es, incluso, un camino más corto que el futuro. Jacques Derrida hablaba de la lluvia de significados que se desata a partir de una sola palabra. Imre Kertész refería que los hombres, como las palabras en Derrida, diseminan destinos –diseminar, raíz compartida con semen–: muchos destinos probables para un solo individuo. Los hombres y las palabras llevan, entonces, un mismo destino incierto, que a la vez son muchos: ni las palabras ni los hombres saben hacia dónde van una vez que han sido desempacados, una vez que han visto la luz amarilla del sol. Los hombres y las palabras, entonces, comparten la incertidumbre del que no sabe hacia dónde va.)
Eres más, más que el momento mismo del contacto, más que la fina película adherida al cuerpo el día después (que me niego a disolver en la regadera cuando no estás, y me la quito con la lengua). Eres el recelo de los parques por las nubes cerradas; el reflejo de las llantas en el instante previo a enturbiar el charco. Eres el fantasma en las palabras mal impresas de los libros en cuché; la liana que permite cruzar las rías; sal que se sabe sal si alguien la prueba.
Eres tanto o más, si no te tengo.
Y ya veré qué hago si un día me despiertas.
Y ya veré qué hago si algún día te encuentro.
(Dos caminos llegan a ti: uno de leche en polvo, por carreteras federales; otro íntimo y mejor, hecho con flores que voy descarrilando; letras atoradas en la cuneta de miel; sílabas que dividen los sentidos de los ca-rri-les, y guiones como anuncios, sueños como puentes, cielos como destino, y milagros que uno espera cuando se va borracho a 300 por hora).