Y bueno, ya me voy. Dejo el cuarto de hotel en el que vivo. Esta noche empaco y me dará tristeza despedirme del paquete de revistas –que seguro no cabrá en la maleta– y del control de la televisión. También me dará un poco de nostalgia ver alejarse este cielo aparatoso de las planicies del norte. Voy al sur.
Me tomé solo esta foto en El Moderno, restaurante de Piedras Negras. Puse la cámara sobre una mesa. Llegaron mis nachos (aquí, en 1940, nacieron los nachos) y ya no pude experimentar más con la digital.
Enrique, Rita y Goris lo saben: ser vendedor de casa en casa es triste, más que ser oficinista.
Tocas una puerta y cuando menos piensas ya estás arrastrando la reja, de salida. Procuras no ver para atrás, aunque adelante tengas sólo incertidumbres: es darle la espalda al pasado inmediato –bueno o malo– cuando sabes que el futuro es lo mismo, siempre lo mismo. Da tristeza. Me aburro de mi. Ya me voy. Me regreso. Aquí, amigos, ya terminé.
El sol es rojo porque viene el invierno. El aire pega frío, bien, rico.
Pero llegan los días en los que no tengo piedad de mi: me castigo.
Ya me voy.
Aquí sigo.
Según yo, iba por el nuevo libro-bomba de Bob Woodward, State of Denial, en el que el famoso periodista habla sobre la derrota de Estados Unidos en Irak. Llegué al centro de Eagle Pass, Texas, y pregunté por una librería. Alguien me dio una dirección. En tres, cuatro cuadras, encontré cinco, seis armerías. No miento: cada una con cinco o seis personas que estarían pidiendo escopetas o balas.
Dos días antes me acompañaron Abdel Robles, Alfredo Garza y Goris y no creí cuando los dos primeros me dijeron que no perdiera el tiempo porque no iba a encontrar una librería. “¿Cómo no voy a encontrar una librería en Eagle Pass?”, pensé.
Insistí y me llevaron a la dirección. Afuera decía: “Library”. Es decir, “Bibioteca”. Pensé que me habrían dado la dirección equivocada.
Entré. Estaba un joven gordito al que le pregunté en dónde podía comprar libros. Me contestó, con desilusión:
“Había un librería, pero nadie compraba, so, la cerraron”.
“¿Cómo no voy a encontrar una librería en Eagle Pass?”, dije en voz alta.
“No”.
Alguien más me dijo que fuera a Wal Mart, en donde venden comida y ropa barata y dulces y farmacia. Y fui.
Y allí, en Wal Mart, frente a mi, junto a la ropa de niños y el departamento de juguetes de plástico, vi el único anaquel de libros de todo Eagle Pass, ciudad de Texas, el estado de George W. Bush.
Por supuesto que no encontré el libro. Le tomé una foto con el celular.
No comments…
Llegué cansado a Villahermosa, Tabasco. Caminé por la rivera del Río Grijalva que iba cargado hasta el tope, y me alivió saber que era por las lluvias y no por todo lo que esa tarde sudé. Recorrí las avenidas y pasé frente a las muchas lagunas. Y sudé (otra vez).
Supe que en grandes regiones del estado, a pesar de que las lluvias no han sido tan duras, la gente anda con el agua hasta la rodilla y vive entre el lodo. Sucede cada año, me contaron. Mientras, las calles de Villahermosa estaban llenas de propaganda de los candidatos de PRD y PRI que como sabemos se disputan este domingo 15 de octubre la gubernatura. Fui al centro y era una cosa espantosa: ni Coca Cola ni Pepsi tienen tanta publicidad. Qué bárbaros. Qué desperdicio. Y el domingo, paff, toda esa basura ideológica que cuesta tanto a este país de pobres se convierte, oficialmente ahora, en basura física.
Tengo una sola palabra: inmoral. Inmoral que la gente esté incomunicada por el agua, que viva entre la mierda, que pase hambres, que siga en manos de unos pocos caciques y que coma de lo que cae de sus mesas. Inmoral ese gasto en campañas políticas y que este lunes 19, como sabemos que sucederá, las elecciones sirvan para poco y que empiece el desfile de descalificaciones, de un partido o de otro (el PRI llora en Chiapas, el PRD llorará en Tabasco), y lo peor es que hay justificación por la cantidad de marranadas que se cometen. Es decir: es ya inmoral que los procesos electorales en México sigan desarrollándose con tanto dispendio, y que ni siquiera tengamos la certeza de que son limpios.
Qué enojo. Cuánta frustración. Mientras iba por el centro de Villahermosa, los olores a mierda y a comida podrida, a vendedores ambulantes y a hedor de charcas me hicieron sentir miserable. No podía sino lamentarme por la penosa condición de los mexicanos, que seguimos siendo rehenes de unos cuantos politicuchos en manos de quienes está un bienestar que, sabemos, no ha llegado y no llegará en un buen tiempo. En otras condiciones, en una ciudad de la costa profunda, mi amigo Goris un día salió espantado (es un norteño del norte profundo) pensando que un piquete de mosco que traía en un brazo se lo iba a convertir en el brazo de Hellboy. Reí cuando lo pensé camino al aeropuerto, mientras observaba por la ventana del taxi colectivo toda esa publicidad inmoral bajo la cual los mexicanos soñamos (y pagamos en efectivo el sueño) con que esos políticos inútiles nos rescatarán, un día, de ellos mismos.
Porque conforme pasan los años creo con mayor firmeza que la única plaga de verdad, más peligrosa que el tsé tsé o el anófeles; la que nos llena la cabeza de gusanos y nos hace los brazos de Hellboy; la que nos chupa sangre y nos mantiene en el subdesarollo, soy ellos, ustedes, los politicos.
Llegué cansado a Tabasco y sigo cansado.
¡Cómo agota este hermoso país! Lo juro.
Hace años escribí, ahora recuerdo, un breve texto que llamé “DE AVIONES Y COSAS PEORES” y dediqué a Juan Rosales. En éste contaba anécdotas de lo que me había sucedido en algunos viajes y hablaba sobre mis temores a volar, y cómo disfrutaba las tormentas: es el único momento, decía, en el que todos en un avión somos iguales, miedosos o no. Cuando un avión está en riesgo inmediatamente, me convierto uno más, mientras que si no hay sobresaltos, pues el único que se viene cagando entre la concurrencia (una vez que se arman los toboganes, como dice la señorita) soy yo.
Con los años, aquella breve narración no ha perdido vigencia, sino todo lo contrario: se ha confirmado y se ha enriquecido hasta decir basta. No hay manera de escribirlo todo ahora porque he volado mucho y a destinos muy variados en estos años. Ya lo haré, cuando tenga tiempo. Me dará mucho gusto compartirlo porque seguramente se verán identificados.
Recordé aquél texto porque, hermoso mi gran Dios, esta semana fue de antología: qué especímenes, señores, cuántos detalles finos que hacen maravillosa la vida.
En este instante, ahora mismo mientras escribo, tengo a mi lado a un extraño individuo de traje impecable que simplemente me prohibió dormir: da codazos –es un tic o es gay y me quiere ligar– mientras zangolotea la pulserita de oro en la muñeca. Raro. En cuanto cierro los ojos brinca en su asiento. Opté por abrir la computadora. Le lanzo indirectas mientras escribo.
(Noticias, noticias: ya está viendo hacia mi texto, ya lo está viendo, ahora mismo, mientras escribo. Léelo, cabrón. Quisiera que lo leyera porque es viernes en la noche y quiero llegar a casa. Date cuenta que me divierto con sus tics muy probablemente inventados, con su egoísmo –cabrón jodido que no me dejas dormir– o con su absurda manera de ligar).
Ah, releo y me entero que no lo había dicho: señores, a este méndigo me lo he topado en otros vuelos, pero es hasta hoy que lo tengo tan cerca.
(Está leyendo otra vez. Escribo para que vea que es sobre él. Se volteó a la ventana. Ahora está leyendo. No tienes una idea qué placer, cabrón. Ah, ah, jodido, qué placeeer).
La señorita que habla al final de todos los viajes nos ha dicho que el avión “empezará su descenso”. Deberé apagar la computadora.
La clase política mexicana merece perfectamente a su clase empresarial. Y viceversa. Están hechos el uno para el otro. Aclaro: no es que yo sea comunista, pejista o comeniños. Es sólo que los empresarios mexicanos, los que se representan en Cámaras y se organizan en bandas, los top-top, me parecen taaan poco solidarios, taaan dobles e inmorales. ¡Y ahora resulta que ellos son la moral del país! Tienen la tele (que es de ellos) llena de consejitos: que llames “por su nombre” a los corruptos, que si tienes el valor o te vale… Empecemos por la misma tele, diría yo, grosera y perversa, que trata de idiotas a los mexicanos desde que tienen un año y durante toda su vida, con programas basura que llaman “educación”. Y con esa basura se vuelven cada día más ricos. Para ponerle nombre a mi rabieta, pongo a Carlos Slim como el gran ejemplo. Vea: no es el mega empresario continental, y ni siquiera tiene peso, país por país, en América Latina. Pero es el segundo o primer hombre más rico del mundo (según Forbes, según el año) sólo por sus negocios en México, desde donde ha hecho todo su capital. Es decir: con los mexicanos se ha vuelto más rico que los jeques árabes. ¿No les parece inmoral, en este país con tantos jodidos?
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He escrito esta parrafada porque en días pasados llamé a Cableaccess, la empresa que me da el servicio de Internet, para pedir asesoría técnica. Después de marcar cinco veces mi número de contrato, pasar el filtro de cuatro grabadoras de tonos, por fin tuve acceso a una señorita que me dijo sin más que debía dinero y que mientras no pagara, no me darían el servicio.
“¿Debo?”, pregunté. “¿A quién le debo?”
“A Telmex”, dijo ella.
“¿A Telmex? ¿Marqué a Telmex (desde un teléfono de Telmex, por cierto)?”
“No, a Cableaccess”.
Mi deuda con Telmex: 56.06 pesos. Lo que sucede es que Elenita, quien administra mis chelines, vio que se vencía el periodo y no había llegado el recibo y pagó un promedio. Faltaron unos centavitos y ni Telmex mismo reclamó.
Yo llamé a la empresa que me da el servicio de Internet, con una línea de Telmex, mientras zapeaba en su servicio de televisión por cable. ¡Iluso de mi! ¿Cómo pude atreverme a pedir un servicio si debo 50 pesos a una de las empresas de Slim? Antes no me prohibieron de por vida desayunar en un Sanborns, comprar pan en un Globo, pararme en un Inverlar, o entrar a un Sears, o conectarme con mi familia vía AT&T, o… vivir, porque para vivir hay que pagarle a Carlos Slim.
Estamos jodidos. ¿Quién no se haría archimillonario así? Slim no tiene vergüenza, la verdad. Ni el gobierno, ni los políticos. Dios, qué país. México le queda chico a estos rapaces, por supuesto. Un puñado de ellos al frente del mundo se lo adueñaría en 10 días, pero afortunadamente allá afuera hay otros tiburones que quieren su tajada de nuestra carne fresca, y mientras se la disputan, vamos sobreviviendo.
De alguna manera, Slim es igualito a Kamel Nacif. De Slim no tenemos grabaciones, esa es una de las diferencias. Pero uno y otro son producto de un sistema diseñado para exprimir, alejado del interés publico.
Y, pues pagué a Telmex en ese mismo instante y me liberaron el servicio de asesoría de Cableaccess para que terminara lo que estaba haciendo y me fuera a la cama, lindo y cándido, a bailar a mi madre por el servicio de mis sueños. Todo, desde su Cablevisión.
“Tienes el valor, o te vale”. Por favor. Bola de sinvergüenzas.
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Ya, ya, ya pues. Un poco de humor al final, que ando más ácido que un tamarindo.
Va un cortito del maravilloso Santos, de Jis y Trino.
Pues me estoy preparando para los meses que vienen. Los peores del año. Y cada año, los peores desde los años anteriores. Octubre, noviembre, diciembre, enero…
Me desagrada diciembre, como a muchos, pero más enero. Diciembre tiene lo suyo. Lo comparo con un insomnio crudo en el que enciendes la tele por quinta ocasión y te encuentras al doctor Simi. Lo detestas, seguro. Pero su torpeza, y la torpeza al cuadrado del hombre del peluquín que lo entrevista cada semana, te hace expulsar la miseria lejos de las fronteras de la cobija. Te genera alivio. Con este argumento sobrevivo a diciembre: eres un estúpido, pero siempre, y en todas partes, hay alguien más estúpido que tu. Enero es otra cosa. De entrada, el anuncio formal de que viene mi cumpleaños. Ahora ya no lo festejo. Hace dos, tres años atrás, sí. Ya no. Ni expongo razones. Enero me cansa: un largo año más por empezar. Laaargo año para esperar a ver si resisto. Laaargo año esperando morboso el final para derrotar a mis propios apostadores internos, adictos a este juego de destruirse en silencio.
***
Desde niño me acostumbré a no hacer ruido en las despedidas. O a no despedirme siquiera. Por el trabajo de don Aure, mi padre, hice la primaria en seis escuelas diferentes. Las mudanzas llegaron sin previo aviso para un mocoso que no tomaba decisiones; así que un día estás y el otro ya no. Las últimas veces que dejé un barrio ni dramas hice. Observé a los amigos por la ventana de la camioneta; abanicaban la mano, asombrados de alguien que se cambia de ciudad sin avisar siquiera. Les torcí la boca. Y antes, antes de subirme al auto, ayudé a empapelar sartenes y a llenar fundas de almohadas con calcetines, ignorando que afuera de mi casa, en la banqueta, mis amigos seguían atentos la mudanza (todos los niños lo hacen) y se preguntaban en qué momento les avisaría. Nop. Nel pastel. Me voy, ¿eh?, nos vemos.
Ese gusto me he dado muchas veces. Para darles una idea: soy del tipo de amante que no regresa jamás, ni siquiera porque ha olvidado el cargador del celular en la casa prestada.
Después, bueno, tomo Melox y asumo mis agruras. Recuerdo los rostros queridos y abandonados y río de mí, doctor Simi de la tele (que el otro viaja en BMW), estúpido adicto al dolor y a los insomnios, a los recuerdos que lastiman y a los remordimientos, del que seguramente pocos se acuerdan. Y yo sí, aquí estoy, recordando…
(Sigue lloviendo. Me voy al cuarto a ver la tele, a reírme de mí).
Esta tarde subí dos textos que escribí más o menos en la misma época. Abajo los encontrará, si quiere. Algunas razones para no morirse joven fue publicado por Guillermo Fadanelli en Moho; el segundo, Recortes de Afganistán, por Rogelio Villarreal, en Replicante.
Ahora que me he dado a la tarea de buscar, sin obsesiones, algunos de los textos que he escrito en estos años (ay, que no llevo archivo), me ha sucedido lo que pensé que sólo pasaba con los libros viejos: me da alergia. Abro un documento de Word y me salen ronchas en la piel y se me dificulta la respiración. Serán (son) los recuerdos, polvo que son horas irrecuperables, ácaros sobrantes de la memoria. Por estos dos textos recordé a Fadanelli y a Rogelio en otra época, cuando un grupo de amigos nos veiamos una, dos veces por semana. A Guillermo lo sigo viendo, aunque no tan seguido; a Roger lo dejé de ver.
No pasa nada. Nada. No quiero decir nada. Sólo sumo y resto: Guillermo se irá para Alemania, Ari Volovich anda en Israel, Rogelio está en Guadalajara, Mauricio Montiel se salió de La Condesa, Javier Garciagaliano viene poco por los rumbos, Mauricio Carrera anda en lo suyo. La lista sigue y es larga. Y sólo hablo del Club de Tobi. El caso es que ahora nos vemos poco todos juntos, o por separado. El hígado estará contento. Yo no.
Es que uno (“uno el de mi mamá”, diría Fernanda Solórzano, ahora también lejos) siempre se está yendo hacia alguna parte. O los amigos. Es sólo eso. Así se fueron los tiempos de Ciudad Juárez o los de la Colonia Nápoles en el DF.
Y los que faltan: ya llegarán, también –y de manera inevitable–, los muertos.
PD: Agregué además Hay muertos que no hacen ruido. Es de, uy, años más atrás. Pero por lo de las listas y los recuerdos, creo que justificaba.
PD2: Salió Educar a los Topos, de Guillermo Fadanelli (Anagrama, 2006). —>
Lo empiezo ahora. Nos reímos mucho Willy y un servidor, porque mi amigo se guardó uno de los pocos ejemplares que le llegaron para regalármelo en persona. Nos quedamos de ver varias veces y no coincidimos. Así, mi libro vio cómo un perro le mordía un ojo a una golfa –dijo Willy–, y se libró de quedar en manos de un mesero que, también dijo, se parecía a mí. Pinche Willy.
Reescribo la dedicatoria: Para mi hermano Páez, esta absurda correría final. Espero que no se repita, ni esta novela, ni esta noche, ni esta década, es decir: por el error de haber nacido. G. Fadanelli [o algo así, a manera de rúbrica].
Robé la idea de Cabrera Infante: me apasionan las listas. 1. La lista 2. del 3. súper,
por ejemplo.
O, 1. la lista 2. de razones 3. para 4. no morirse 5. joven.
También está 1. la lista 2. de menús 4. robados 5. en restaurantes.
Hago listas de personas, de recibos por pagar, de planes de trabajo, de rutas al aeropuerto o de restaurantes baratos, caros y medio caros. En primaria aprendí varias listas de asistencia; unas seis, seguro; algunas las recuerdo. Pero me gradué de panzazo –con 7.2– y no es raro que olvide lo que dije diez minutos antes. Es claro, pues, que soy estúpido y obsesivo: ¿por qué me aprendo solamente lo que no sirve (sabiduría chatarra, diría Cri)?
Este texto, por citar, es producto de una lista. Estaba marcado como pendiente en un apunte que hice en cierta borrachera con Fadanelli. “1. Texto Moho*”. (Cuando lo leí, a la mañana siguiente, recordé con bochorno que yo mismo me invité a escribir). (Se llama abuso: aproveché la parranda del editor, Guillermo, y lo convencí para que me dejara publicar algo).
Y, bueno, tengo lista personal. La íntima. Mi propio top-ten de asuntos complicados y pendejadas pendientes. Están en calidad de ser resueltos, pero unos tienen dos o diez años. Hasta más. Un tema pueden subir al número uno de manera vertiginosa, o de plano jamás haberlo escalado. Nada más porque sí, un recibo de teléfono vencido es asunto más importante –según esta lógica ilógica– que darle un poco de coherencia a los días de mi vida. Caprichos del que cocina: ir por especias al súper es siempre candidata a escalar en el primer lugar de mi lista de prioridades.
Últimamente (ay, será la edad) escaló a los primeros lugares de mi lista un asunto recurrente: morir o seguir viviendo. No hablo de suicidio, para nada. Es algo más egoísta: es decidir entre si mantienes la vida que llevas –“y asumes las consecuencias”, como diría cualquier mamá–, o te haces un check-up, te metes cuanto antes a la yoga y vives largo. Continuar »