Lo que tuve soy

12/10/07 12:52 AM por Alejandro Páez Varela

Tuve dos gatos, Gala y Camila, y tuve también mi juventud. Tuve un volkswagen negro y un sueño: en él voy en un camión, de cinco o seis años, y me asomo por la ventana y veo que lo que se va quedando en realidad se acumula, se compacta a tres pasos de la última llanta: las nubes, las cercas que mantienen el ganado a raya, dos señoras que me vieron pegado a la ventana, las montañas, los sahuaros, los chamizos, los recuerdos, las ideas: todo atrás, comprimido, y no se va. Tuve ganas de hacer mejor las cosas y un departamento enano. Tuve fuerzas para continuar, y piel renovable como la de una cebolla. Tuve en YouTube a Lonelygirl15 leyendo un comunicado de prensa. Tuve un amor y tres pesos que resistieron dos devaluaciones y la inflación.
Tengo cinco cajetillas de cigarros frente a mí (tres abiertas y a medias) y la amenaza de un cáncer pulmonar. Tengo un encendedor y tres ceniceros que vacío de madrugada. Tengo una buena reserva de Tylenol y una cajita de Altoids de hierbabuena que compré en Madrid y que por alguna razón no he abierto. Tengo una Palm que me sigue a donde voy y me aburre con su pleito con la Mac. Tengo un blog y el último número de Foreign Affaires que ya leí y ahora estoy subrayando (no hago las dos cosas al mismo tiempo). Tengo ganas de tomar el primer avión disponible y una cerveza en el refrigerador. Tengo los mismos e-mails que leí hace una hora. Tengo una botella de agua y un mosquito que ha aprendido a picarme en los codos. Tengo un protector de pantalla con Osama bin Laden riendo. Tengo dos perros que se alimentan del sentimiento de culpa, como yo.
Lo que tuve soy; vivo de lo que no se va. Por lo que tengo comprendo lo que seré: auto-bomba que se queda sin gasolina, agente funerario que termina en una fosa común, gusano que perfora el capullo para sacar las patas y recorrer el árbol.
(Leo la prensa y me doy cuenta qué tan vulnerable soy: el gobierno se blinda los ojos y los empresarios, contra los vaivenes que provocan los jodidos. Las iglesias se blindan contra sus competidores, y Dios se blinda contra ellas. Las ciudades se blindan con rejas y la televisión, contra la realidad. Los políticos se blindan contra sus obligaciones y la tristeza con alcohol, confeti y serpentinas. Los transeúntes se blindan contra sí mismos y los partidos políticos contra la decencia. Y yo intento blindarme el corazón, pero es el corazón el que debe blindarse contra mí.) •

22 DE OCTUBRE DE 2006

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Notaciones para una suite del desamor

09/20/07 1:21 AM por Alejandro Páez Varela

PUBLICADO EN EL LIBRO “CAMAS SEPARADAS” (CAL Y ARENA, 2006)

“El amor es sufrido, es benigno. El amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”
–Primera de Corintios 13, 4-7

“El amor satisfecho conduce más a menudo a la desdicha que a la felicidad”
–Arthur Shopenhauer

p.jpgrimavera. Desde la ventana veo el parque y entiendo que se viene la fiesta. La risa de las jóvenes es divertimento en clavecín, y un viejo–tuba, redondo y lento, sigue discreto la letra mientras espera su turno con paciencia. Los adolescentes, flautines aspirantes a flauta barroca, dan gritos desafinados y retan a las trompetas. Los arbustos, cuerdas sin arpa, responden a los dedos del viento con graciosos tintineos que dan ganas de creerse la escena.
Papá clarinete ha sacado a pasear a su pequeño violín. El triángulo comparte chispas de chocolate con las percusiones, de por sí con problemas de peso.
Salgo de casa decidido a abandonar el encierro, y los árboles, que compran boletos para toda la temporada, saludan con sacudidas el bullicio que precede a la obertura (y yo, que busco acomodo en la orquesta, en señal de respeto les sonrío con una reverencia). La enredadera me ve, orgullosa, y me presume con muecas: “un año más –dice, un año más y llego al palco”. El puesto de flores es jaula de veterinaria, y las margaritas, los girasoles y las lilas, como gatos abandonados, me llaman con la pata y dicen, gimiendo: “llévanos contigo, llévanos a casa”.
Es primavera, y este corazón se queja por la pauta de violonchelo. Por un instante lamento ser el triste en esta fiesta. Pero luego me reprendo: “Entiende, eso eres: el chelo”. Convencido otra vez de mí, retuerzo los tornillos de Frankenstein que llevo en el cuello, afino mis tripas y saco la panza hasta que me cuelga entre las piernas.
La batuta da tres golpes suaves. Sin hacer ruido, apenado, tomo mi lugar –abajo, izquierda– en el parque-escenario.
Y al primer movimiento de arco me siento feliz de poder ocultar, entre tanto instrumento, la melodía invernal de los que, como yo, nacieron violonchelo.

Algo sobre el preludio

d.jpgebimos entender, desde el principio, que los fuegos pirotécnicos, las escalas y los arpegios son inherentes de los preludios. Que hay música en los desencuentros. Que los desfases y las aparentes descoordinaciones son fugas necesarias que repelen y atraen y repelen y finalmente funden esas cuatro manos en una sola melodía.
No lamento haberte conocido. Me da pena porque no fuimos sabios con el tiempo. Porque no pudimos esperar a que llegara nuestro andante o nuestro allegro; porque nos malgastamos en los contrapuntos. Me da pena porque nos graduamos en la escuela de los que archivan los rencores. No debimos hacerlo. Fuimos ocupando las cinco paralelas del corazón con notaciones amargas, hasta que abandonamos la orquesta: al tararear un segundo movimiento, sin saber que habíamos vencido, nos apresuramos a sentirnos cansados y los cansados dicen adiós.
No me quejo, pero no me dicen nada –aunque finja– las arboledas; no me cantan los silbatos del afilador; no me espantan los ladrones del barrio ni las noticias de los últimos días sobre el deshielo de los polos. No me mueven ni el viento ni las ganas de salir corriendo. El mundo puede irse a la derecha, si quiere, y no me sorprende porque las aventuras y el progreso, la música de sintetizador y los gobiernos perfectos, las letras suavecitas y los ateos o cristianos o musulmanes o judíos me tienen sin cuidado. Imagina: lo más entretenido, en estos días, es regresar a la estufa esa hoya en la que preparo un caldo con tus recuerdos.
Hasta hace poco, cada tarde salía a las calles y me sembraba en el piso. Sacaba un puñado de clavos y remachaba mis pies en la banqueta. Si al segundo día me esperaban cien personas, a la semana eran hordas que aplaudían y gritaban y lanzaban monedas o hacían piruetas. La tarde en que no me presenté se comentaron pocas cosas. Y aunque me conocían y sabían bien en dónde vivía, no me obsequiaban siquiera una mirada si me encontraban, por casualidad, en el mercado, la tintorería o la tienda. Así aprendí que la tristeza no se expone al sol, no se vuelve espectáculo porque llegan las moscas. Aprendí que los muertos no provocan siquiera la compasión de los sepultureros. Desde entonces la paso en este encierro, pensando en lo que no hicimos, en cómo dejamos que nos ganara el cansancio.
No fuimos sabios con el tiempo. Nos ganó un preludio, y como novatos, decepcionados, nos retiramos del concierto.
No lamento haberte conocido. En todo caso, lo juro, lamento haberme quedado con tantos recuerdos.

Gotas en el techo

q.jpgué te voy a contar si lo sabes todo; si fuiste todo. Pero lo escribo –mientras me saco los clavos del cuerpo– porque tengo la esperanza de que un día te despojes de mí, y te atrevas a leer estas cartas que, terminadas, son confeti que lanzo por la ventana. Paso mucho tiempo viendo por la ventana, ¿sabes? Antes era para fugarme, para no quererte tanto, para esquivarte la mirada; ahora es para confirmar que definitivamente no vuelves, y que dos inviernos deberían ser suficientes para entender que debo regresar, sin ti, a la cama.
Quisiera decirte que te abrigues bien, que te vaya bien en el trabajo, que voy por ti para tomar chocolate con pan en el cafetín de los chinos, en el centro de la ciudad, en esas calles que conquistamos caminando. Quisiera preguntarte si eres feliz, pero no lo hice cuando estábamos juntos, y ahora me parece ridículo dirigirme a las paredes sudadas de este cuarto. Maldito cuarto. Lo recorro diez o veinte veces en la madrugada, y caigo en cuenta que era mejor cuando estabas y algunos espacios me estaban vetados. Tu recámara, por ejemplo. O el pasillo que daba al baño, y ese mismo baño.
Lo peor del desamor es la duda: uno quisiera saber si todo lo que pasó fue realidad, o si lo inventamos para sentirnos queridos, o si los dos cerramos los ojos y soñamos que teníamos todo. La duda. Gota de agua que cae del techo a las cuatro de la mañana; menta amarga en la boca del estómago; perro negro que me sigue a los conciertos, al súper y al trabajo; que me espera en la banqueta o me acerca la silla para que no me caiga de borracho.
Lo peor de la duda es saber que hay poco tiempo para encontrar respuestas, antes de voltear la página y dar esto por terminado. Duermes poco porque intentas sacarle jugo a cada segundo; crees que la vida se te va, y entonces –es mi caso– te clavas los pies al suelo, escribes cartas. Y la pasas mal. La guapa que atiende la mesa te cierra un ojo a diario y tu la ves borrosa, con ganas de que no trajera la carta y se acordara, por amor de Dios, de tu orden (siempre la misma): consomé con arroz y tostadas sin queso y sin crema. “La sopa del día bla bla bla”, dice, girando el pie derecho sobre la puntitas del zapato. Le contestas, sin entender una papa lo que está pasando, sin atender un segundo la sonrisa en los labios: consomé y tostadas, carajo. (Ella debería saber que la tristeza no sabe de comidas corridas o de especiales del día; que no se lleva con los ruidos de las cucharas y las ollas. La tristeza exige alimentos a la carta).
Ahora mismo quisiera ver llover. Cuando era un chamaco me gustaba observar cómo resbalaban las gotas del tejado, hasta estrellarse en el suelo, trayéndose consigo piedritas en varios tonos de gris que contrastaban con lo blanco de la arena. Qué te voy a contar, si tu bien lo sabes. También las seguía con el dedo mientras cruzaban arriba-abajo el vidrio, y me excitaba pensar que, al terminar el chubasco, mi ciudad-desierto sería un jardín de flores y arboledas. Qué mentira. Hoy las gotas me persiguen prácticamente todos los meses del año. No tengo que esperar a que llueva porque llueve adentro del cuarto, o este cuarto suda porque cocino para más de uno, o es mi respiración, o el encierro. No me quejo del encierro. Se antoja irse de aquí, por supuesto. Afuera hay pocos lugares en donde quiero estar, y uno de ellos es detrás de ti. Dentro de ti. Arriba de ti o debajo de ti. Por eso no salgo. Por eso vivo del trabajo al encierro a los bares a los que hago que me siga el perro negro de la duda, que a estas alturas es buen aliado y se toma mis parrandas como su paseo.
La duda. Quisiera saber, por ejemplo, si los dos tuvimos la culpa o si solamente fui yo. Si había una tonada que pudimos haber seguido, y si tu, que sabías de su existencia, no me la diste porque me fingía sordo. La duda. Cuando me vaya, me quedarán muchas dudas sobre esta vida; nunca la de saber lo que fuiste para mí, corazón sangrante y helado.
Merece morir aquél que se acomode el corazón del lado equivocado para esquivar los dardos de la duda. Merece morir, también, aquél que pretenda vivir de un corazón prestado.

Violas nuevas

p.jpgorque estoy muerto, veo el fin del mundo como poca cosa y las películas me dan ganas de llorar, sin haber entendido siquiera la trama. Porque estoy muerto, y desde hace tiempo apesto, trato con cariño los residuos de plomo y nicotina en los pulmones, únicas partículas de mí (sin ser mías por completo) que no dan asco. Me dejaste sin hijos y ahora pongo pañales a cada gusano que me sale de los ojos; de ellos brotarán mis nietos, que no son flores de panteón sino motos Vespa en Italia, cardamomo en polvo para el té, títulos profesionales que se venden en el mercado negro del Distrito Federal, cuerdas de plata para violas nuevas, vinagre de miel, compota de manzana, foie-gras y residuos de orina, secos, en tubos de ensayo sobre anaqueles de un hospital-prisión moscovita donde se archivan horrores de cierta guerra fría.
Porque estoy muerto, vivo. Porque estoy muerto, siento. Porque no vendrás, te espero. Porque ya no estás, te canto.

Ruido de trombones

t.jpgomé la carretera con el corazón envuelto en un periódico. Vi el reloj: las dos de la mañana. Pasé las casetas y luego la desviación a Querétaro; olí la humedad y supe que la laguna estaba cerca. Vi la luna, enorme y abollada, bonachona y cacariza, acostada a nivel piso. Es Cuitzeo, me dije; el cielo se toma un descanso.
Estiré la mano al asiento del copiloto para tomar mi encargo. Chapoteaba sangre. Abrí el bulto y lo puse frente a mí: era un corazón rojo, brillante, cruzado por clavos de lado a lado.
Abrí la ventana y escuché los juncos. Tomé fuerte el corazón con la derecha: no me atreví a lanzarlo. Pensé en acelerar, en desviarme de la carretera. En dos segundos desistí. Reasumí el control y aplaqué las ganas.
Fue entonces que volteé los ojos al corazón con clavos, luego a la carretera, y me espantó una paloma perdida que volaba, polilla suicida, hacia las luces del auto. La vi golpear el parabrisas y sentí una lluvia ligera de polvo de vidrio. Frené a la mitad del asfalto. Abrí la puerta y me eché a correr.
Era una bola de plumas y carne. La encontré junto al carril de alta velocidad; la levanté del suelo y me la llevé al pecho. Respiré; aferrado a la almohada sangrante me hinqué a mitad de la carretera, y pensé –después de tener la mente en blanco–: “Voy a darme la oportunidad”. Vi el reloj otra vez y cerré los ojos. Había llovido, y la laguna, desbordada, hacía ruido. Pensé muy poco en el impacto.
Medio minuto, un minuto hincado. Me puse de pie. Solté los restos de la paloma y regresé al auto. Tomé el volante, me toqué el cuerpo: todo bien con las piernas, el estómago y los brazos. El corazón, de regreso al pecho, estaba temblando.
Merece morir, pensé, aquél que pretenda vivir sin corazón; merece morir el que lo traiga en un periódico doblado.
Olía a sangre fresca; de hecho, la llevaba en las manos. Seguí camino a Morelia, tranquilo y con sueño. Añoré la cama: eran las cinco pasaditas cuando vi la luna de Cuitzeo por el espejo del auto.
Los camiones de carga llenaron al carril de alta velocidad con su ruido de trombones.
Ese día dormí hasta tarde.

Tema principal

l.jpgos argentinos hablan, en voz baja, sobre formas migratorias y sobre el caso de dos expulsados, “que a pesar de que tenían buen trabajo fueron obligados a tomar su avión de regreso a Buenos Aires”. Hay un psicólogo entre nosotros, hombre amable y de fiar, que fue abandonado por su mujer hace ya casi veinte años y todavía la usa como ejemplo para ayudar a los deprimidos (entre crucigrama y crucigrama) en consultas de café por las que no cobra un centavo. Otra vez esa gordita, solterona de 40 años, que parece que se aburre en el banco de la barra pero no se queja porque aprovecha bien la tarde: se lame la espuma del capuchino con la lengua azul, y saborea a los jóvenes, la mayoría gay –ella no tiene por qué saberlo–, que presumen piernas musculosas, de libro vaquero, enaceitadas. Tres mujeres se dan cita para discutir sobre maridos y matrimonios y amarran sus perros en las sillas de las mesitas del exterior. Los adolescentes se esconden en el fondo para rozarse las puntas de los dedos y alguien los mira con ojos de malo –y lo entiendo–, no porque desapruebe que se toquen, cada quién, sino porque quiere impedir, antes de que sea demasiado tarde, una escena de melcocha de amor. Las niñas cruzan la calle gritándose nombres de novios, como hace una semana una pareja seleccionaba, en este mismo lugar, el nombre del nonato. El cielo contrasta su gris iluminado con el verde de los árboles. Un viejo arrastra los pies. El vendedor de pan muestra la canasta en la bicicleta. Los perros, que no viven un solo día sin hambre, abren y cierran el hocico lleno de saliva, jadeantes.
Miro todo esto desde mi punto de vigía. En cuanto salgo del trabajo me instalo aquí, en este torreón improvisado. Lo mismo hago sábados y domingos, de preferencia por la tarde, porque, no me creerás, ahora duermo, ahora permanezco más tiempo en la cama. De qué vale levantarse temprano, pienso. Para qué ponerme tenis y salir a correr, como me aconsejan, si nunca lo he hecho. Mejor pido café, fumo, me acuerdo de ti y veo gente.
No hay día que no piense en ti. De hecho, mi única esperanza, al salir con luz de sol, es encontrarte por allí, en donde sea, comprándote un vaso con fruta o un yogurt o un licuado. O haciendo cola en los cines. A eso, a buscarte entre la gente y a comprar palomitas y pendejadas en la dulcería, voy a los cines. Jamás entro. Reviso la cola de reojo para ver si apareces. Hago como que veo los carteles –que me valen una chingada– y alguna vez he preguntado las funciones para tal o cual película, y hago cara de interés profundo cuando inquiero: ¿y quién es el director?, como si realmente me interesara algo. No entro a las salas, como tampoco me atrevo a abandonar los linderos de este barrio-prisión en el que vivo. Me he trazado un perímetro y no cruzo hacia los lugares de la ciudad en los que estarás y te encontraré, con toda certeza. Te conozco bien; me conoces perfecto; sabemos en dónde estamos a cierta hora, y yo, a pesar de eso, pienso que un día, como las aves desorientadas, como los leones marinos o las focas o las ballenas que pierden la brújula por lo del calentamiento global y esas cosas, llegarás a los lugares que ahora frecuento, los más lejanos a ti, a pedir un café o un boleto de cine o una botella de vodka o pan de centeno. No me atreveré a saludarte. Te seguiré un par de cuadras. Comprarás vino y queso feta y entonces sabré que el mundo te sirve sin mi, definitivamente. No quiero enterarme. No quiero saber que rehaces tu vida porque será muy difícil regresar a casa a tirar a la basura los últimos rastros de tu existencia (más allá del dolor), que mantengo ocultos en rincones estratégicos: una bolsa, varios libros, un champú, algunos discos, tu olor (bendito olor que no se va ni con los diez mil cigarros que me fumo a diario) y la música, tu música, nuestro tema principal, que jamás notamos y que habrá de perderse. El desamor tiene fecha de caducidad, tu lo sabes, igual que la memoria.
Amor, mi dulce amor. Una mujer con pañoleta arrastra una caja de cartón; una niña que ayer me ofrecía chicles ahora carga la guitarra; esos dos reparten droga en los cientos de departamentos de solteros; llegaron los que destapan las coladeras; los mequetrefes brincan sobre los charcos; un hombre bien vestido y su esposa emperifollada miran los aparadores; los judíos que vienen de la sinagoga; esos otros traen tiznada la frente. Mientras, yo espero que entre tanta gente decente aparezca uno que de pronto me dispare a quemarropa; aquí, en donde estoy en las tardes; aquí, en mi torreón desarmado y sin defensas, del que no me levanto a menos de que aparezcan los mogoles, los persas, los visigodos o los aztecas dispuestos a que corra la sangre (de preferencia la mía), o a menos de que aparezca la señorita con la cuenta y advierta, ya molesta, que apagaron la cafetera porque simplemente está “en reparación”.
El desamor tiene fecha de caducidad. Desaparecerán también, espero, los argentinos, la niña, los judíos y los católicos, la señora de las joyas, los perros amarrados, la solterona del capuchino y los destapacoladeras.
Francamente quisiera que la vida tuviera un poco de prisa. Que se destaparan las ojivas nucleares del planeta y que miles de cohetes, vueltos locos, desquitaran su sueldo y destruyeran. Que no quede nada de pie. Que una piedra sobre otra se interprete como un acto público de indecencia y promiscuidad.

Reexposición con clavos

a.jpgrriero soy, de clavos. En mis corrales hay propios y ajenos. Si salgo a caminar, los descubro en los surcos de los rostro y los pastoreo como si fueran míos. Si recorro las banquetas, sé que estarán acurrucados en el canto de la acera. Si estoy acompañado, puedo ubicar los agudos y los que, de tan graves, prefieren esconderse bajo la mesa y emborracharse con lo que nos sobra. No es difícil verme por allí, con mi rebaño de clavos, de día o de noche, llamando a los descarriados por su nombre. (Como un apostolado. Se pierden amigos, obvio; las invitaciones a las fiestas escasean. Hay que comprenderlo: el pastor de clavos es pastor de miserias. Y a nadie le gustan los arrieros de la miseria).
Los buenos arrieros –como yo– con capaces de juntar suficientes clavos en una sola madrugada como para apuntalar los durmientes de un ferrocarril del Distrito Federal a Ciudad Juárez y de regreso, o para clavar un pie (el derecho, en la banqueta) de cada habitante en una ciudad mediana, como San Luis Potosí. No conozco un arriero similar a otro. Los hay de todo tipo: con familia, hijos, fortuna; los que pagan alquiler en el hotel de paso de Insurgentes; los gerentes de banco, los vecinos intachables, los relojeros, los burócratas federales; los del camión, los del metro, los de la tienda, los del mercado. Abundan los que sí duermen sus horas, y los sonámbulos que frecuentan los bares porque allí –han aprendido– los clavos son moneda de cambio. Pero son más los arrieros insomnes.
Los pastores de clavos (arrieros de penas, como también se les llama) tienen miles de fórmulas para apacentarlos. Conozco a los que los llevan al cine, único lugar que los acepta oficialmente durante el día. Otros los esconden en el trabajo o se bañan con ellos. Los rancheros engordan sus clavos; los chefs les enseñan cocina. Mi abuelo sacaba sus clavos a tomar sol; los depositaba con dulzura sobre el piso del patio y se sentaba a verlos bajo la higuera. (Comí de esa higuera. Le arrancaba hojas para verla llorar).
Antes, te decía, utilizaba los clavos para remacharme los pies en la banqueta. Supe después que los enfermos de parkinson, si quieren caminar, necesitan un estímulo táctil para que los pies despierten. Y sólo así se mueven. Recurren a bastones para irse dando golpecitos, o procuran que el pie en movimiento, al bajar, roce la pata de un mueble y les garantice el siguiente paso. Por eso dejé de clavarme a las banquetas. Qué pena, el parkinson del corazón.
Ahora acumulo clavos en el departamento. Noche tras noche. Voy cerrando las habitaciones en cuanto están llenas. Si ya son muchos y me ahogan, corro y tomo el martillo y me los gasto en el pentagrama que me rallaste en el corazón, con las uñas, el día en que te marchaste. Cada nota de esta melodía, imaginarás, la vivo con dolor.
Cuando me acabo los clavos y mi casa vuelve a quedar vacía, salgo a buscar más. Los hay en el traje del señor de bigotito que paga para que las muchachas le bailen; están en los rostros de los casados y de los solteros, en el de la señora que pasea el perro; los patean los futbolistas en la televisión y los gritan los que venden camotes con miel en las calles. Clavos da de mamar una madre a sus hijos, creo. Clavos lleva la joven bajo la blusa.
Arriero de penas soy. Pastoreo clavos.

Notas sueltas

l.jpgas palomas hicieron del techo vecino un portaaviones. Todas las mañanas las veo aterrizar y despegar, peligrosamente, y me espanto porque andarán cargadas de bombas. Hace fresco, y me siento Tora Bora humeando.
Me escondo en una taza de café. He dejado el cigarro para evitar los radares de aves y de cánceres.

***
Voy a correr a las aves del corazón, a los caracoles del corazón, a los clavos del corazón. Y luego los voy a atrapar. Porque no quiero a nadie por su voluntad: busco prisioneros.
He sentido un balazo en la nuca más de una vez, y se siente poco. Hay soluciones que no serán, jamás, suficientes.

***
Alguien tiene recetas para todos los males, dicen. Alguien que no soy yo, seguramente.
(Para mirar al sol sin que te duela, comentan los muertos, es necesario sacarse los ojos primero).

Coda con cencerro

a.jpgnda, ven, te muestro: he colgado en la ventana un pequeño cencerro que se mueve con el viento, y al roce del badajo suena seco y delicado como si fueran tus nudillos palpitándome en la puerta. Invento teorías sobre cómo te convenciste (tú que no tienes estos gestos) para llegar tan lejos (un tercer piso) a pedirme que por favor te abra.
Por las mañanas camino el barrio e imagino que alguien se aparece entre los autos y me roza el hombro, y dice: “hey”, con tu tono. Que luego me acompaña al café. Que lee conmigo la prensa. Que se despide porque se nos ha hecho tarde, y dice que regresará de noche. Por eso duermo ligero, atento al sonido de la puerta, que es, lo sé, la música que el cencerro me dedica –y bendito también el viento–: hermosas sonatinas cortas, mentiras deliberadas, notitas de esperanza que plagio impunemente para hacer, en estas largas madrugadas, una breve suite del desamor.

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Cariñitos para Tsuki

04/22/07 12:30 AM por Alejandro Páez Varela

1
Viajó en una lata de fideos hasta acá, y tuve que disuadirla para que desembarcara. “Soy un haijin en tu piel, y una luna con mango es un gran abanico”, le dije, y eso y dos copas de vino la pusieron blandita como una nata de algas flotadoras. “Tu rostro son las mismas diez palabras de ayer”, la acaricié. “Con tres palabras rojas escribo tu boca; tres son tramos de luna para que armen tu tez; dos más son frutas y por lo tanto, tus ojos, y dos de diez las uso a placer: letra por letra rehago tus cejas, delineo tu cabello, la frente, la nariz, y si me sobran, estiro tus ojos para que sean rasgados”.
“Soy el que te levanta después de un viaje largo”, le susurré, y en un parpadeo lloraba y tuve que comer de sus lágrimas para evitar que se le arrugara la piel.

2
Un día a la semana se vuelve espuma de mar, y yo me recuesto a la orilla para que me cubra con su cuerpo. Los días de descanso abrimos moluscos y escuchamos chismes de familia, y nos gustan las ostras porque podemos depositarles una perla que mastican sin hacer demasiado ruido. Así nació la arena, me explica: es perla molida que escupen los animales del mar, sin excepción.
Como el sol lastima mi piel, como lo mío son los mares secos o los desiertos, ella pega de gritos para que vengan las tormentas, pero a mí no me gusta porque de inmediato se mete en su lata de fideos y allá va, otra vez, a las olas, a la montaña rusa de los tiburones. Y soy yo el que tiene que ir por ella.

3
Una concha vacía me contó que las centellas son los pinceles locos de ella rayando el cielo, “y no es un pancho: la piel de las nubes se reseca y debe hidratarla con tinta que levanta del mar”.
Yo me río de mi concha amable –que sabe bien que no soy de aquí– porque mi niña está más bien perdida, y lanza rayos y centellas como luces de bengala para que yo la encuentre.

4
Esta mujer convierte cada beso en un hijo. Por eso les pone nombre: Tirreno, Alborán, Barents, Negro, Andamán, Caspio, Célebes, Kara, Ojotsk y Laptev.
Cuando se aburre de ellos los lanza a la fosa de las Sandwich del Sur para que un anciano de nombre Zavadovski los adopte y los críe hasta que son maduros.
Otras veces la he visto dibujar con un lápiz pequeño y puntiagudo círculos y rombos y ojos de buey que lanza en mareas para luego recostarse en ellas, si está cansada.

5
Nos despedimos para siempre una mañana, y yo me quedé con el puño cerrado, lleno de letras. Tomó su lata de fideos y se perdió en una tormenta. Mojé mis pies en su vida y me puse a andar, y de mis huellas salieron lagos y atunes que un día le dirán, si ella pierde el norte, cómo regresar a casa.

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UNO. Tragedia en Texas

01/3/07 12:30 PM por Alejandro Páez Varela

orozco.jpg
Gabriel Orozco, Black Kites, 1997

Perseguida por restos de pólvora en combustión, la bala .45 abandonó el cañón, y justo antes de entrar en el ojo izquierdo se detuvo para que Jessica pudiera ver, como dicen que ven los condenados a muerte, su vida en un segundo.
No, otra vez: la bala entró por el ojo izquierdo y salió por la nuca, seguida por un chorro de sangre y materia blanda, y las esquirlas del quemarropa se estrellaron en la frente, la nariz y las mejillas. Ella no tuvo tiempo de ver pasar toda su vida en un instante, como dicen que se deja ver, porque justo ese día lloraba conmovida mientras seguía por televisión, en vivo, la dramática desaparición, búsqueda, muerte y hallazgo de tres niños en un pueblo de Texas poco conocido hasta antes de la tragedia.
comparte-este-texto.jpg“¡Qué terrible!”, gimió Jessica cuando el hombre de las noticias dio a conocer que la familia misma había encontrado, en la cajuela de un auto estacionado en su nariz, los tres cadáveres arañados de los niños de cinco, seis y ocho años. “Qué terrible”, sollozaba, y en eso tocaron el timbre. Con los ojos húmedos fue a abrir; quitó confiada el seguro de la puerta y no alcanzó a ver el rostro del supuesto repartidor, oculto tras el ramo de rosas rojas. “Floreee”, dijo el emisario, y se interrumpió para jalar el gatillo. Ella escuchó un “¡clanc!” seco, y sintió un leve calor amable en el rostro y un desvanecimiento que la llevó de golpe al piso. “¡Clanc”, escuchó, pero su mente estaba en otro lado, en el drama televisivo. No vio su vida en un instante, como dicen que la ven los que están muriendo: estaba lo suficientemente compungida como para atender su propia muerte.
La bala penetró la pupila y salió con dirección al baño del departamento de dos recámaras, y luego de rebotar en el piso de azulejos amarillos entró –con precisión de pelota de golf– al hoyo de topo de lo que fue un desagüe, ahora en desuso y sin cañería, que daba directamente al baño de un piso más abajo. El pedazo deforme de plomo se atoró en la tina del vecino. La televisión siguió encendida. Jessica quedó boca arriba, con un ojo negro y el otro abierto; uno escurriendo sangre y el otro lágrimas, porque cuando llegaron a matarla lloraba por tragedia de un pueblo texano que perdió, en una sola tarde, por un descuido de los padres, a tres de sus hijos.
“¡Ultimas noticias!”, gritaba el reportero de televisión. “Tres niños que habían sido reportados como perdidos fueron encontrados hace unos instantes por sus propios padres, en su misma casa, luego de una intensa movilización que incluyó a policías y vecinos del barrio. Jugando, los tres niños se metieron en la cajuela de un auto abandonado en el garaje, y murieron de asfixia. En su desesperación, se arañaron unos a otros. En esta repetición, captada por los canales locales, vemos el momento exacto en el que uno de los padres de los niños abre la cajuela del auto en busca de una lámpara, y encuentra a los pequeños. Dolor profundo en este pueblo de Texas, que desesperado se había lanzado a buscar a los tres inocentes pero que jamás reparó que fallecían justo a su lado, bajo sus ojos”.
Sin rastros de la bala, los investigadores policíacos de Ciudad Juárez no tuvieron más remedio que confirmar la tesis de que Jessica había sido ejecutada lejos de su casa, y que los asesinos habían montado “un espectáculo para evitar ser reconocidos. Desparramaron sangre, hueso y masa encefálica en el departamento para despistarnos. Encendieron la televisión para disimular sus propios ruidos”, se dijo en la conferencia de prensa.
Así murió Jessica, un verano de tragedia en Texas. El hedor de su cuerpo descompuesto y el ruido permanente de la televisión llamaron la atención de los vecinos del mismo piso, que informaron de sus sospechas a la policía. La enterraron en Nuevo Casas Grandes con toda discreción, cinco días después de que los canales texanos se habían enlazado para difundir, en vivo, el sepelio de tres niños que murieron accidentalmente en la cajuela de un auto. Los padres, mexicoamericanos, se abrazaban con dolor. “¡No nos abandones, Dios mío!”, gritaba el mismo que, buscando una lámpara y por mera casualidad, había encontrado los tres cuerpos que una hora antes jalaban desesperados el poco oxígeno que quedaba en la cajuela del Ford LTD abandonado en un garaje.

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El creador de sueños

12/27/06 1:58 PM por Alejandro Páez Varela

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Miguel Calderón, Bad Route, 1998

Todo es un sueño, mi amor, todo es un sueño. Tu estás aquí, ahora; mis manglares no alojan cocodrilos; soy yo y sueno a Bach, y no nos hicimos viejos por separado porque quisimos sobrevivir a las ganas de aborrecernos.
Todo es un sueño, mi amor, todo es un sueño: sigues con veintipocos, ando en los veintialgos, nos comemos la ciudad, aguanto la lactosa, este perro no asusta a nuestros gatos, qué bien te ves de negro, qué lindos tus aretes cuando son largos, el sexo es bueno también, me gustan las navidades, los 10,000 maniacos están de moda, nos molesta hablar de hijos, hay cabello para que sea largo, vuelvo temprano, gastamos más de la cuenta y las chequeras no son importantes, te quiero pero no estoy para expresarlo, cantamos borrachos a Dylan por la ventana, nos levantamos temprano, me acuesto tarde y me río del cansancio, los colmillos de la gente no se han asomado, llevo en los calzones el mapa del mundo y mañana empezamos a andarlo.
Todo es un sueño, mi amor. Somos los mismos de hace años o los años no nos han pasado.
(Todo es un sueño, y estoy consciente de que es un poco largo).

***
Este cuarto tiene todo lo que no necesito: tiene un burro y una plancha, un recado de la recamarera que sugiere propina, un calentón en pleno verano, un menú para la cena –pero no abren la cocina cuanto tengo hambre: a mediados de las cuatro–. Este cuarto tiene todo lo que no quiero: me tiene a mi (y con eso debería ser demasiado); tiene café, cigarros, insomnio, desgano, la tele encendida para sentirme acompañado, diez canales porno cancelados, la agenda con teléfonos prohibidos, cortinas para evitar que me observen, chanclas para ir a la alberca, un enfriador automático, un refrigerador con chocolates y jugos enlatados y pequeñas dosis de alcoholes varios: rones, güisquis, brandys, vodkas.
Este cuarto tiene todo lo que hace daño: estoy yo, por ejemplo, y eso debería ser demasiado.

***
Al creador de sueños le digo: si me duermo y ella es, otra vez, el tema principal, por favor, por favor, por favor, quiero tener cinco o cien años; ser piedra, ser manco, ser sordo e insensible y todo lo que fui cuando estaba aquí.

***
Nada es un sueño, mi amor. La vida se ha encargado de darme los pellizcos necesarios.

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Doña Ana y la ortodoxia

12/11/06 4:38 PM por Alejandro Páez Varela

Este texto tiene ya dedicatoria. Si se me permite, la extiendo a mi Wanda Landowska, a quien es posible ver y escuchar en este filme casero de 1927. Anexo, más abajo, dos fotos increíbles de ella misma.

(Ay, Wanda: ser tu amante me habría facilitado las cosas. Para estas fechas ambos estaríamos bien muertos).

El cine no me cambió la vida. Nos conocimos después de la infancia, algo inimaginable para las varias generaciones que me preceden. Tengo espacios blancos en la memoria, pero se mantienen intactos el cómo y el dónde nos tomamos de la mano por primera vez, en lo oscurito, y nos hicimos los primeros gestos amables, y nos acariciamos –el cine y yo–, y entendimos que seríamos amantes especiales, de esos que se dan muy de vez en cuando.
Sufro el cine. (Aquí marco una primera diferencia con casi la mayoría del auditorio, al que admiro como a una “mayoría feliz”). Cada descalabro de mi vida está acompañado de enormes ayunos de películas. Y luego regreso a sus brazos furioso, eufórico, como el deseo que se guardan dos amantes a los que imagino en su luna de miel tomando cada quien, por error, un vuelo equivocado hacia destinos distantes. Será que asistir a las salas siempre fue, en un principio, una transgresión excitante y dolorosa. Era abandonar la escuela, o desobedecer la instrucción de mi madre. No era feliz, en el cine; no lo soy del todo ahora. Si no, ¿por qué he llorado más en las salas que por cualquier mujer, por más difícil que fuera la ruptura?
landowska02.jpgSaludo cuando me someto a la disciplina de pararme en la cola. Compro palomitas, un hot dog, un gusano de chile y como, durante la película como, y en parte me gusta hacerlo porque sé que por allí estará, en un rincón, ese individuo ortodoxo que no mueve los párpados ni con los balazos. Desoigo las quejas. Suena la bolsa de las palomitas un chasquido y me río porque muchos creen, mientras me piden silencio, que el cine está hecho para estar inmóviles. Río entonces y me pregunto: ¿qué diría doña Ana si viera estas salas llenas de estatuas, que por respeto al derecho ajeno dejaron de comentarse las películas a susurros porque alguien más se molesta y está en su derecho y es políticamente correcto no hacer un solo ruido?
Doña Ana Páez (1894-1993) tocaba el piano en el cine mudo, en los años de oro de Parral, Chihuahua. Atestiguó cuando Nacho Páez resistió a los villistas con un rifle viejo (y huyó a la rendición escondido en una cueva a la que su familia le llevaba comida), y llegó el cine sonoro y luego el de colores y ella se casó con un saxofonista rechazado porque era eso: saxofonista, músico fuera de los cánones clásicos. En esos años, el sax no era parte de una sinfónica que se preciara de ortodoxa, y no era bien visto que una niña virtuosa, aunque tuviera 40, se casara con un fuereño de instrumento extravagante. Mucho menos porque en la foto del orgullo familiar (que sobrevivió a una Revolución) estaba ella, la hermosa Anita, de 15 años, tocando zarzuela para un general, Porfirio, ya avejentado en 1909.
landowska03.jpgLa ortodoxia. Un individuo gruñe porque mastico palomitas. Doña Ana es enterrada lejos de la cripta familiar porque a sus 40 años se enamoró de un saxofonista. La ortodoxia. Un adolescente de 12, 14 años (yo) que recién conoce el cine y ya se sabe la historia de una mujer de lentes de fondo de botella que en las mañanas cantaba y tocaba sonatas o el Tancredo de Rossini, y en las tardes usaba pautas de la Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni para simular los caballos del cine mudo (mientras, creo ahora, se burlaba por el desencanto de Jean-Baptiste Lully por los plebeyos que lo tarareaban en voz alta y tragaban durante sus conciertos, en presencia de su amado Luis XIV, a quien lo que realmente le importaba era bailar, deslizarse frente a la corte con sus trapos afeminados al ritmo del ballet y sí, con música de Lully en el fondo).
No, el cine no cambió mi vida. En todo caso me hizo sensible a ver la vida como un cortometraje, que en mi caso quiero acompañar con palomitas crujientes y lejos de esa ortodoxia que tanto daño hizo a doña Ana y que terminará por devolver las películas al chasquido y los susurros, a las salas y las recámaras escandalosas de cada casa, en cada ciudad.

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Leer en voz alta

12/6/06 4:07 PM por Alejandro Páez Varela

¿A quién le importa esto? Ni a mi. Pero va. Les juro: vale más gastar el tiempo en saber los pormenores del asesinato de Valentín Elizalde, que esto. Leer en voz baja es parte de un texto largo que publiqué en la antología “Camas Separadas” de CAL Y ARENA. El video es de The Ramones cantando What a wonderful world de Louis Armstrong. Empieza algo mamila pero no encontré otra versión. Zas. Va. Nos vemos luego que ando en la depre. Saludos.

Me quedo dormido con la luz prendida y la tele a medio volumen y, claro, no descanso igual. Leo de noche para dejar de darle vueltas al mismo tema, y cuando llegan electrochoques del pasado no despego la vista del libro y leo en voz alta y así me prohíbo pensar. O recordar. Qué verbo, éste último: lo amarro con cadenas, lo meto en un baúl y lo lanzo al fondo del mar. Nadie lo intente. Recordar es el hilo irremediable que une tu casa del trabajo, y tu oficina de la otra. Sucede cuando el semáforo está en rojo; mientras abres un programa de computadora y cierras el otro. Recordar habita el instante entre que le das vuelta a una página de periódico y empiezas la siguiente; entre que pides la cuenta del desayuno del domingo y la pagas y buscas películas –que no verás– en la cartelera y terminas por invitarte, a ti mismo, a cenar, en casa, con vino, y luego a prender la BBC y a leer, leer a veces en voz alta para no volver a lo único que puedes hacer bien en estos días: recordar.
Los discos y las películas. Dos temas. No tienen idea. A veces compro la música que a ella le gustaría, y a veces la que sé que no le gustaría. (La voluntad de dos que se separan es, como comprar discos, un gran capricho). Al cine no he regresado. Intenté y no pude. Para colmo, en aquellos primeros días tuve un sueño: estaba en una sala a oscuras y ella me llamó desde abajo, desde la salida. Cuando me paré para seguirla, me di cuenta que estaba sentado junto a un perro y me gruñía. Volví al asiento y la bestia se calmó. Ella no regresó. Ya no me levanté. No voy al cine, por supuesto que no. ¿Quién podría sin ella? ¿Quién, después de ese sueño? A lo más que llego, si alguien me acompaña, es a comprar un hotdog. Y salgo destapado. Ojalá nunca permitan perros en las dulcerías. Faltaba más.
Paseo por la cocina. Tengo consomé y sopa casera y hasta unos chiles rellenos en el congelador, pero prefiero unos burritos de microondas. Asquerosos. Debo dejar de hacer el súper a las 12 de la noche por este y otros detalles, como encontrarme a otros de pantuflas como yo, o esos briagos (también como yo) que pasan la vida contando peso por peso frente al chavo con acné de la caja, que se toma este ejercicio diario con calma.
Dicen que en la calle ha bajado la temperatura. Me alegro haber construido este bunker dentro de mí: hasta acá no llega el ruido (o el frío) del mundo exterior, aunque a veces creo que debería salir un rato de día, ya saben, por el aire puro, por el sol, por la gente que camina en el parque, por los deliciosos chicharrones de harina y por los libros que no he comprado porque le gustarían a ella, o no (o ya no estoy seguro).
Está claro que el amor sólido viene con las partidas. Que si querer requiere esfuerzo, desamar es tarea de gente ruda. Yo no soy rudo. Por eso duermo con luz y tele prendidas; por eso leo en voz alta y sueño con perros.

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Dichos, vecinos y mujeres

11/5/06 3:21 PM por Alejandro Páez Varela

He creído siempre que con los dichos sucede como con las pequeñas herencias familiares: se aceptan tal cual, sin chistar, sin moverles una coma, sin pintarles dibujitos. Si es el cucú de tus abuelos, va de la caja que te envió tu mamá a la pared, sin barnices y sin relojero, así las manecillas tengan medio siglo sin moverse: 12:05 para la eternidad. Consideré sacrílego que la gente los descompusiera o los “ajustara” (los dichos) (y los relojes heredados). Y no es que sea yo don dichitos (mucho menos don herencias); de hecho, no se crean que los tengo en mi menú de muletillas de diario, y vaya que tengo muchas. Pero si alguien en la mesa de junto dice que “más vale prevenir que para luego es tarde”, me cambio de lugar gruñendo. No se de dónde la aversión.
Por muchas razones, he llevado una vida de trashumante; primero con toda la familia; luego con la mujer que amé tantos años; después solo. No creerían qué tanto me fortalece mudarme seguido: soy de los tipos que se aguantan bien por un tiempo, pero luego de un rato son insoportables. Por eso, por el bien común, no tener amigos en los vecindarios parece lo más sabio. Si es absolutamente necesario, le hablo a uno o a dos amores o vecinos; pero hasta allí. Y cuando me voy, no me despido. Raro si lo hago. “A los amigos uno los escoge, a la familia no”, reza el popular. Debería sufrir una enmienda: “a los amigos uno los escoge, a la familia y a los vecinos, no”. Conste que la autocrítica no me va, pero soy pésimo vecino. Consejo: húyanme. Escucho música todo el día y toda la noche; reniego constantemente por la basura, los pasos en el departamento de arriba, los camiones que pasan a las 5 de la mañana.
Las herencias familiares y los dichos deben aceptarse tal cual, lo creo, me lo repito, pero también siento que hay casos de excepción. A los vecinos tampoco los escoge uno y, por lo menos en mi caso, he pasado más tiempo con ellos que con mi familia, o con mis amigos, o con las mujeres que, ahora me entero, están condenadas, en mi caso, a pasarme de largo sin dejar sino recuerdos que hacen de la piedra de mi vida una laja, plana, chata…

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