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ALGO DE HUMOR: 11 OPCIONES PARA EL CALOR

11. Hielos para FCH sólo de lunes a miércoles. De jueves a domingo, que Sedesol lo distribuya a los que menos tienen.
10. Derrumbar el Senado, San Lázaro y Los Pinos, e instalar tres máquinas gigantes de Hielo Iglú.
9. Bajar 7% la temperatura global. Científicos afirman que se logra con sustituir el gel de Peña Nieto por limón.
8. Que nos haga aire en las pelotas la desgraciada de Laura Bozo. De todas maneras a eso se dedica a diario.
7. Cerrar a Bimbo hornos de El Globo; prohibir a Slim café ojete de Sanborns y congelar tarifas a Telmex.
6. Prohibirle las calentadas a García Luna y aprobarle los tehuacanazos pero con Zubrowka helado.
5. Que congelen las cuentas de Elba Esther Gordillo; hasta dos grados bajaría la temperatura global.
4. Evitar estados calientes, es decir: Aguascalientes, BC, BCS, Campeche, Coahuila, Chiapas …Hasta Zacatecas
3. Irse de mojado pero a Islandia, sin pasar por Migración de México y sin hacer checkin en Aeroméxico.
2. Congelarse todo el verano y descongelarse en otoño. Así evitas incluso el cochinero electoral de Edomex.
1. Vivir todo el verano en una tina de cerveza sin michelar. Limón y sal en las partes pudendas no es buena idea.

SUCEDIÓ UN 10 DE MAYO

PUBLICADO EN DÍA SIETE

Dos días después de la Marcha Nacional encabezada por el poeta Javier Sicilia, el pasado martes 10 de mayo –hace décadas para la memoria de las redes sociales–, el hashtag o tema más importante en Twitter era @ChingaTuMadreCalderon. Un día antes, el lunes por la tarde, el gobierno federal había respondido otra vez con rudeza a los miles y miles que protestaron el domingo anterior: Felipe Calderón prometió “escuchar a los organizadores de la marcha” pero su vocero para temas difíciles, Alejandro Poiré, dijo en pocas palabras que la demanda de Sicilia y sus seguidores no sería atendida; que el secretario de Seguridad Pública federal, el (por alguna razón) poderosísimo Genaro García Luna, no sería removido porque era “parte central del debilitamiento de las estructuras del crimen organizado”, y porque “ha logrado la detención de muchos criminales”. En un país con 40 mil muertos en menos de cinco años a causa de la estrategia contra las drogas, con la mayoría de líderes de los cárteles libres y con un aumento en el consumo de estupefacientes, la respuesta fue considerada por algunos sectores como soberbia, actitud recurrente del sexenio.
Ese martes, sin embargo, los tuiteros mexicanos no se habían unido a la demanda que llevó a miles a marchar. No protestaron por la respuesta de Los Pinos: se unieron, ese Día de las Madres, en una gran puntada: mentársela al presidente. Por la mañana del 10 de mayo, varios entusiastas, entre ellos @harmodio, trataron de convencer a la turba de que usara la etiqueta #FueraGarciaLuna. Él la usó insistentemente; logró poco, a pesar de que tiene algunos seguidores. “Si ustedes fueran egipcios, García Luna ya habría renunciado”, escribió en algún momento. Y después: “Sabemos o intuimos que tras García Luna vendrá alguien igual o peor: en eso, políticos y narcos se parecen”.
Supongamos que el hashtag #FueraGarciaLuna hubiera pegado, y que Twitter se vuelve una sola voz que obliga a la prensa a reseñarlo; imaginemos que Los Pinos responde a la presión de los tuiteros y hace lo que no ha hecho en casi cinco años de guerra fracasada: remover al responsable de la seguridad del país. En efecto, como razonaba @harmodio, Calderón habría puesto con cierta lógica a otro funcionario igual o más cuestionable para que enfrentara a los criminales, y para que apuntalara su estrategia basada en las armas y no en la asistencia social. Una vez caído García Luna, los tuiteros no habrían logrado –ni en sueños – estructurar un segundo paso para su “revolución”: entre el despido y el nuevo nombramiento, no se habría articulado en las redes sociales una idea congruente para obligar al gobierno federal a un cambio de estrategia. Y así, si estuviéramos en mano de los tuiteros, la remoción del cuestionado funcionario habría sido inútil. Y las movilizaciones, en balde.
REVUELTAS O REVOLUCIONES
Algo tendremos que aprender: las “revoluciones” desde las redes sociales, principalmente desde Twitter, son simples revueltas o levantamientos. Es la turba dejándose arrastrar por una o dos ideas comprensibles que no arman una nación o un sistema de pensamiento. Pero las turbas, por más justa que sea una causa, actúan desesperadas, inflamadas por la adrenalina. Las turbas linchan; casi nunca piensan, cometen atrocidades y se equivocan, como nos dice la historia. El cyberactivismo podrá ayudar a derrumbar a ciertos tiranos como a Hosni Mubarak en Egipto (quien, con 30 años en el poder, ya olía pestilente) o como a Zine el Abidine Ben Ali en Túnez. Las redes sociales pueden ayudar a masificar una causa básica, pero nunca garantizarán el siguiente paso. Por eso no pueden protagonizar revoluciones, sino levantamientos. Las ideas del progreso no vienen por allí: estamos frente a un nuevo activismo que cómo hace barullo; y nada más. Napoleón Bonaparte no era usuario de Twitter pero parecía hablar de estos tiempos cuando decía que “en las revoluciones hay dos clases de personas: las que las hacen y las que se aprovechan de ellas”. Algo similar escribió Carlos Fuentes. Alguien que me diga que Egipto o Túnez son mejores países ahora; simplemente se instaló otro grupo político en las altas esferas de ambos países.
La razón del fracaso posterior al berrinche colectivo es de fondo y forma: esos que son capaces de modificar lo que piensan por tuits de 140 caracteres son individuos que brincarán como chinches del #ChingueSuMadreCalderón a una discusión sobre el último video de Lady Gaga. Que brinquen no está mal, pero sí que les parezca tan grave el fracaso calderonista como que la Gaga use imágenes y atuendos católicos 30 años después de Madonna. Por más que queramos pensarlos como una nueva y virtuosa estructura biológica, un organismo de microorganismos que operan para una causa con destino, en realidad los tuiteros van a donde los lleve una tendencia. Así es su comportamiento global. Por eso se calcula que el 1 por ciento de los tuiteros son generadores de ideas y el resto simplemente retuiteros.
Un hecho que nos sorprendió a todos fue el financiamiento de la campaña de Barack Obama. Como sabemos, fue la primera en captar online un alto porcentaje (67 por ciento) del dinero que requirió para ganar la presidencia de Estados Unidos. La Black Berry y sus constantes mensajes se hicieron famosos. Historia conocida. La revolución desde las redes sociales encabezada por Obama en contra de George W. Bush y del candidato John McCain tuvo consecuencias, y esa misma revolución las asumió: la derecha perdió la elección, y el centro moderado (el “Yes, we can”) formó un gobierno. Fue más allá de la simple revuelta; se transformó en una revolución en el poder aunque, sí, después decepcionara. Como casi todas las revoluciones. No me meto más en ese tema.
Allí radica la gran diferencia entre las dos etiquetas del 10 de mayo en México: la exitosísima #ChingaTuMadreCalderon no conllevaba compromiso alguno. El fracaso del #FueraGarciaLuna radica básicamente en que requería más que la simple mentada de madre. Para empezar, contestaba al discurso presidencial, al “no y no y no vamos a remover al secretario de Seguridad Pública”; pero, ¿cuántos tuiteros leyeron un día antes esa respuesta de Los Pinos? Y luego, la etiqueta demandaba un rol de activista: tuitear y tuitear y tuitear #FueraGarciaLuna hasta que el gobierno federal lo despidiera. Después, si era exitosa la demanda, la misma etiqueta requería un razonamiento mínimo: antes de que instalen a otro igual o peor, se necesita que se revise la estrategia federal contra las drogas. Y para continuar, el hashtag necesitaba asumir sus propias consecuencias: demandar una política social en lugar de una lucha armada; exigir la reasignación de fondos para programas a favor de la generación de empleos, de la educación y de la cultura. Puf, qué cansancio. La etiqueta #FueraGarciaLuna requería mucho. Mejor una puntada. Mejor el muy peladito #ChingaTuMadreCalderon que no pasa de ser lo que fue: cosquillas. El reflejo de un rechazo de cierta parte de la población, sí, pero que no es evidente sólo por Twitter, que no depende de esa red para ser real.
El 10 de mayo, el gran aludido, el presidente, se encontraba en Estados Unidos. Ni siquiera se quedó a dar seguimiento a las demandas de miles y miles de ciudadanos que ven a México en una “emergencia nacional”. Traía su móvil, seguramente. Pero habrá hecho lo que hacemos la mayoría cuando el interlocutor no tiene altura ni miras: se le ignora. Ni siquiera se le considera trol, ni siquiera se le bloquea; se le ignora. Más si es un anónimo, un sin rostro, un avatar bobo y simplista, un peladito sin ideas.

UN PEQUEÑO TUMOR

PUBLICADO EN DÍA SIETE

Este día observé pedazos de mí en una charola metálica; eran sangre, piel, grasa, carne. El médico se lavó las manos; la enfermera se escapó y dejó el batido deplorable a un lado del cubo de la basura, y lo observé. Dije: aquí también estoy yo. Dije: debería darle sepultura a estos despojos porque no puedo garantizar una sepultura digna para lo que resta. Y ya lejos del consultorio pensé en cómo volveré, cuando vuelva a casa. Hace 20 años que me fui y me quedan menos muelas, menos risa, menos piel, menos cabello, menos llanto, menos tumores, menos ganas. Me queda menos fuerza, también. Queda menos de mí.
Cuando vuelva a casa procuraré quitarme los zapatos para no enlodar el piso; me tiraré en la sala con la ropa limpia porque los sillones se ensucian con facilidad; abandonaré la fea costumbre de tomar la leche del pico o dejar la jarra del agua fría afuera del refrigerador. Saludaré si hay invitados. No me encerraré en los audífonos ni pondré discos a todo volumen para que se escuchen mientas me baño (y que no se escuche lo que hago cuando hago como que me baño).
Cuando vuelva a casa regaré la higuera, el nogal que sembramos papá y yo y las parras que se llenan de uvas en el verano (y que tapizan mi otoño de mosto). Contestaré el teléfono aunque no esté esperando una llamada, bajaré los pies de la silla, seré tolerante con mi tía enferma e iré al supermercado con mamá aunque no sea el de la esquina sino el del centro, donde los precios son más bajos y con los mismos billetes se compra más; somos muchos hermanos; debemos contener el gasto.
Cuando vuelva a casa procuraré no soñar con ser periodista, o escritor, o músico, o Fantomas, o Kalimán, o camarada Lenin (entiende –me convenceré–, no sirve de nada): veré la cara de mi suerte y le diré que haga de mí lo que quiera pero que no me deje vivir tanto por ese tanto que no quiero ver. Tenderé la cama, ahogaré los fantasmas del clóset, esconderé bien mis revistas con chicas que enseñan los senos, subiré el asiento del baño para no orinarlo y si por casualidad anda mi abuelo por allí, le diré te quiero, te quiero, te quiero, antes de que empiece a borrárseme de la memoria.
Cuando vuelva a casa buscaré una guía para entender el futbol y otra para saber por qué no puedo quitarme los lentes como Supermán y tomar de la cintura a esa niña que me mira al pasar y que hace que sienta calientes la cara y la nuca. No arrastraré los pies en la alfombra, no me esconderé tras las cortinas del cuarto y procuraré tener amigos. Invitaré a mis vecinos a no morirse o desaparecer. Sacaré la basura antes del miércoles por la mañana. Le diré desde mi recámara al país que no se desmorone antes que cumpla los 100.
Cuando vuelva a casa sembraré las flores de mi funeral y usaré un machete para liberarnos de las yerbas: yerbas que crecen en un matrimonio viejo, yerbas que destruyen el jardín y el futuro de un adolescente, yerbas que convierten cualquier corazón en sangre, piel, grasa y carne de desecho.
Cuando vuelva a casa me quitaré los ojos para no ver la oscuridad. Andaré a tientas para enterarme a tiempo que la vida es el vacío.
Cuando vuelva a casa seré menos yo, quizás, no sé. A la mejor ya no estén mis viejos. A la mejor he perdido uno o más hermanos, como he perdido un tumor esta tarde que fui al médico y me sacaron podredumbre que era parte de mí.
Al paso que voy, para cuando vuelva a casa seré un pequeño tumor en vías de ser extirpado. Volveré como un hijo pródigo dado al traste, quizás, no sé.

DARDOS: PRESIDENTE SORDO

“El Presidente me oyó pero no me escuchó. Parece que no entendió, que está mal informado. No estamos contra el gobierno, es mala lectura”
–Javier Sicilia, 5 de mayo de 2011
“El Gobierno mexicano debe escuchar el clamor social”
–Amnistía Internacional, 4 de mayo de 2011

La guerra contra las drogas de Felipe Calderón ha desgastado a los mexicanos de manera excepcional. Por la guerra en sí, pero más por una ausencia de resultados que golpea el ánimo, que aniquila las ganas. Que no permite divisar el final del túnel. Yo creo que entre los más cansados debe estar el mismo presidente de México.
Ah, Calderón. Cuatro años y medio de lo mismo. Imagínense: Tener que organizar foros y foros cada dos o tres meses; cada vez que la lumbre toca la burbuja en la que vive. Asistir a ellos, plantarse frente a sus asistentes. Y luego ignorar lo que le dicen. Qué hartazgo. Foros y foros –organizados o no por él mismo– que le dicen lo mismo: La estrategia está equivocada; si no, ¿por qué 40 mil muertos, por qué los líderes de los cárteles siguen libres, por qué el consumo se mantiene elevado y por qué los civiles siguen pagado con su sangre por la inseguridad?
Qué cansado debe estar Calderón; harto. Tener qué organizar eventos para simular que escucha; soportar que le expliquen con peras, manzanas y sangre que la estrategia no funciona. Y tener que responder con los ojos cerrados y los oídos tapiados: “Dar marcha atrás significa empeorar las cosas”. Nadie le pide dar marcha atrás, dejar de pelear contra los criminales como es su obligación. Lo que sí se le plantea es revisar la estrategia. Pero él lo ignora. “Quieren que saque al Ejército de las calles”, responde. No, eso ya no se puede; eso era al principio; hacerlo hoy sería entregar el país a los criminales. Qué cansado: Foros, individuos, especialistas y ciudadanos le dicen otra cosa que él no oye. Le piden cambio de estrategia. Y su respuesta es la misma. Qué cansado le resultará hacerse el ciego, el sordo.
Los Pinos, 4 de mayo de 2011: “Tenemos que hacerlo [la guerra], porque es el único camino para vivir en libertad. Ningún gobierno debe hacerse de la vista gorda. Eso fue, precisamente, lo que nos llevó a la situación que hoy vivimos. No es opción retirarse de la lucha. Al contrario. Hay que redoblar el esfuerzo, porque si dejamos de luchar, ellos van a secuestrar, a extorsionar y matar por todo el país. Porque dar marcha atrás significa empeorar las cosas. Si nos retiramos, vamos a dejar que gavillas de criminales anden impunemente en todas las calles de México, agrediendo a la gente, y sin que nadie los detenga”, dice Calderón.
Cuatro años y medio de lo mismo. Imagínense: Tener que organizarse mensajes oficiales en cadena nacional cada dos o tres meses; cada vez que la lumbre toca la burbuja en la que vive. Dar la cara, plantarse frente a los que lo escuchan atónitos. Tener que repetirnos una y otra vez un discurso salido del que no pone atención. Qué hartazgo. Mensajes y mensajes a nivel nacional –organizados por él mismo– frente a cuestionamientos que son los mismos siempre: Que la estrategia está equivocada, presidente; y si no, ¿por qué 40 mil muertos, por qué los líderes de los cárteles siguen libres, por qué el consumo se mantiene elevado y por qué los civiles siguen pagado con su sangre por la inseguridad? ¿Por qué no caen los empresarios y banqueros que lavan las ganancias del tráfico de drogas? ¿Por qué?
La guerra contra las drogas de Felipe Calderón ha desgastado a los mexicanos de manera excepcional. Yo creo que entre los más cansados debe estar el mismo presidente de México. Debe ser un ejercicio harto abrumador despertarse todos los días, ponerse tapones en los oídos y vendas en los ojos y aún así tener que salir a la calle. Deprimente. Depresivo. Cansado.
Cuando me lo imagino, me confirmo que un individuo como Felipe Calderón sólo puede sobrevivir a tanta presión encerrándose en una burbuja. Imagino su cápsula de confort, llena de incondicionales y mentirosos que le dirán, desde el desayuno: “Vamos bien, presidente”. “Los criminales quieren que acabe con la guerra; sígale, su estrategia funciona”. “Qué lección les da cada vez que habla, presidente”. “Lea aquí, vea Televisa y Azteca”. “Vamos ganando”.
Cuando lo imagino encerrado en su burbuja entiendo su necedad, su obcecación, su empecinamiento (que no justifico, por supuesto). Y entiendo por qué el presidente se ve cada vez más solo con su estrategia derrotada, vencida, inútil.

DARDOS: PRESUNTO INOCENTE

Pensé muchas cosas la madrugada del domingo 3 de abril, cuando un comunicado de la Policía Federal informaba sobre la detención del periodista Alejandro Suverza por “una operación con recursos de procedencia ilícita”. Pero ninguna de las cosas que pensé me llevó a dudar de la inocencia del acusado.
Conforme pasaron las horas y todo me indicaba que nadie daría la cara por él (las primeras notas fueron copia literal del boletín que lo inculpaba), decidí escribir un texto para mi blog. Dije: en un país de montajes, en el que los ciudadanos y los periodistas dudamos de la probidad de las autoridades policiacas, el reportero es inocente hasta que no le demuestren lo contrario.
Suverza es inocente, es inocente, es inocente hasta que un tribunal diga que es culpable. Así lo escribió aquella madrugada dolorosísima el amigo que soy de Suverza. Así lo escribo ahora, con el corazón apretado y chiquito. Pero también lo dicen las leyes: el Ministerio Público debe aportar pruebas, y un magistrado debe juzgarlo antes de declararlo culpable como lo hicieron el boletín de prensa de la Policía Federal y las notas publicadas el lunes 4 de abril por algunos medios.
Una semana después reflexiono. ¿Me arrepiento por haber brindado a Suverza mi apoyo, aparentemente de ojos cerrados? No. Por muchas razones, no. La primera es porque hasta que no sea juzgado tiene derecho a ser presuntamente inocente de lo que se le acusa. La segunda, simple y llanamente porque lo conocí en la brega diaria, y allí fue, es, un tipo entrón, valiente y honesto; así lo suscribimos todos los que trabajamos con él. Y la tercera razón por la que no me arrepiento de haberle apoyado es porque obré como obra un amigo: es inocente, es inocente, es inocente, dije. Y digo ahora. Un juez determinará si cometió un costosísimo error o si se le quiere implicar en algo que no hizo.
El tiempo y la justicia dirán lo que sigue. Y en algún momento de lo que sigue, Alejandro Suverza tiene la palabra; él ha decidido, y ha pedido, que continúe el proceso legal sin interferencias.
Si se comprueba que le tendieron una trampa y no es culpable, él sabrá qué hacer y muchos periodistas, más incluso de los que él habría calculado, nos sumaremos a su causa. En el caso de que sea culpable, él también tiene la palabra; creo que le deberá una explicación a mucha gente.
Por lo pronto me bajo del tema. Ahora le toca a Suverza y a sus abogados. Yo hice lo que hace uno que duda de las policías mexicanas. Hice lo que hace un colega. Hice lo que debe hacer siempre un amigo: ofrecerle, como mínimo, el derecho de la duda frente a una acusación que era tajante e injusta porque él no había pasado por un juez.
Por lo demás, recomiendo leer las 10 lecciones que nos escribe Marco Lara, uno de los periodistas que tuvo contacto con Suverza en estos días. Están en este mismo blog. Las suscribo.

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