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Alejandro Páez Varela

SÍ, ESTOY MUY EQUIVOCADO

Junio9

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Vean el futbol. ¿Quién soy yo para juzgarlos? De mis tres lectores, cuatro serán futboleros; a esos me dirijo: soy un amargado. Nime hagan caso. Reúnanse sin remordimiento aún si están seguros de que perderá su selección nacional. Dénle rienda suelta a la esperanza y corran al Ángel de la Independencia o a cualquier esquina a celebrar si quedan fuera los favoritos, o viceversa. Lloren por las jugadas de la derrota, por el balón parado, por el juego aéreo y por los penales. Sangren sudor segundos antes del silbatazo final y manden por el siguiente seis de cerveza, ¿por qué no? Mañana cuando nos reencontramos me cuentan sus hazañas, me hablan de su orgía de un mes de balón. ¿Quién soy yo para decir otra cosa? ¿Cómo me atrevo a robarles esperanza? Sólo les pido que tomen fuerza para resistir las desilusiones y los triunfos, si los hay. Festejen en grande. No se resistan a patear la tele cuando Javier Aguirre les quede mal y láncenle mentadas si otra vez el discurso triunfalista los humilla y los manda a ras de suelo. Y no lo digo con sarcasmo.
Ojalá los narcos de Sinaloa dejen de asesinar durante esos días. Ojalá los malandros de Guerrero, Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua, Michoacán, Veracruz y Tabasco suspendan sus decapitaciones. Ojalá los policías federales que extorsionan y saquean Ciudad Juárez se tomen muchas tardes libres con motivo del fútbol. Ojalá las fosas comunes se vuelvan camposantos legales en esos días. Ojalá los políticos dejen por un rato de abogar, corromper, promover, declarar, manipular, empobrecer, saquear, manosear, violar, balbucear, maltratar, escupir, robar, mentir, controlar, extorsionar, llamar a elecciones, multiplicarse, enfermar, sermonear, presionar, chupar vida, zanjar, predicar, rentar y vender, recorrer barrios, periquear, golpear, mandar cartas de felicitaciones y de queja y gobernar (ahora sí soy sarcástico) durante este mes, y que todo el gabinete desvencijado de inútiles se tome días libres y le dé otros a los mensajeros para que se vayan a sus casas a celebrar, pierda o gane su equipo favorito.
Tapicen las ciudades de “alegría” (sólo aquí me permito la duda), disloquen las avenidas con sus banderines. Nacionalismo equivocado, quizás. ¿Y eso qué? ¿A mí qué? Pan y circo, tal vez. ¿Y por qué no? Carguen a los chiquillos en los hombros, gasten una parte de sus ahorros, saquen la tele principal al centro de la vecindad o en la oficina más grande. Rían, caguen, lloren, maldigan, bajen de los cielos a los dioses para sacarles un gol y súbanlos a patadas si equivocan la jugada. Si alguien dice gol, digan aleluya. Si alguien señala un fuera de lugar, regálele la cancha. Si el árbitro se equivoca, miéntensela y perdónenlo a la vez. ¡Es el mundial, amigos! Que cada hombre, chicas, sea su hombre; que cada mujer sea de todos los demás.
Este viernes me despertaré temprano, tomaré un vuelo lejos de la Ciudad de México para reunirme con mis amigos, ya entrada la noche, cuando el humo de la inauguración del Mundial haya menguado un poco. Voy Saltillo, Coahuila. Voy a darme más o menos el mismo gusto de los que siguen el futbol. Voy a entregarme a los otros, a darles algo de mí a gritos. Voy a leerles mis exabrupto y a que me lean los suyos.
Voy a abrir mi corazón a los aficionados que viven y aman la intensidad de estar de pie a pesar de que este país se nos derrumba y el mundo se confirma como un tejido canceroso y sin remedio; voy a fantasear a mi manera, aún cuando el amor en estos días no es más que una pizca de alpiste, y la esperanza es un cuero inflado que rueda por televisión.

***

(Todos están invitados: viernes 11 de junio en Saltillo, en el Centro Cultural Ágoras a las 8 de la noche. Tienen un Mundial por delante: si están cerca, veámonos)

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NO ES QUE ODIE EL FUTBOL

Junio2

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Pues sí, regresó el futbol. De manera atenta, los amigos entrañables me evitarán o simplemente irán postergando nuestras citas hasta que termine el Mundial. Ya me la sé. Quien no me conozca me invitará “a ver” algún juego; iré porque me interesan los tequilas y la compañía, pero se habrán echado un alacrán en la entrepierna -que los llevará a no volverme a invitar, les advierto-: por alguna razón, tres datos me son suficientes para adivinar marcadores; si me presionan no sé la respuesta; pero si la saco espontánea, atinaré. Ese don de la adivinación, esa sabiduría chatarra me vuelve intolerable. Me burlo; derroto la esperanza de los que tienen favoritos. Y como pongo atención en la selección nacional, gano de todas, todas. Obvio (y sí, lo lamento): lo hago sólo con mis amigos. Hacerlo con otros sería convocar a un linchamiento: el mío.
Una de las cosas que me tranquiliza en esta ocasión es que el Mundial será en las mañanas y mediodías, tiempo de México. Muchos deberán verlo en sus casas y allí empezarán la fiesta. Yo los cazaré (en mis días de descanso) en los bares a los que llegarán, necesariamente, a las 12:00 horas o poquito más tarde, con ganas de discutir goles y desempeños; con ganas de llorar como quinceañera en su noche o como graduados de primaria. Me gusta escucharles -la mayoría se habría vuelto archimillonario en el mercado financiero si le metieran esa pasión- para después usar los datos en su contra. No quiero mentirle a nadie. Así soy. No es odio al futbol: es que no me interesa el futbol y me resisto, cuando vuelven los mundiales, a quedar fuera de la jugada.
(Ya he escrito sobre mi rechazo a la selección nacional. Yo, como millones de mexicanos más, no he prestado mi parte de Bandera para que la exploten las televisoras, la industria de la chatarra y las cervecerías. Ese equipo, bueno o malo, no me representa. No requiere de más explicación, espero).
He pensado en la lógica que me llevó a rechazar el futbol, cómo no. Me refiero a las razones históricas, casi patológicas. En primerísimo lugar, porque nadie en mi familia lo ve; ni mi padre, ni mi hermano -mayor que yo-, ni mis hermanas o mis tías o los abuelos que conocí. Mucho menos mi madre. Importa que nací en Ciudad Juárez y que allá no hubo futbol durante años; como una buena parte del norte y noroeste del país, había sólo beis, y algo de básquet o fut americano. Está, además, que fui menso para los deportes. Menso, menso. Como consecuencia, si los chavos del barrio se iban al llano no me invitaban, pero los seguía para prenderle fuego a los chamizos, que 10 o 20 juntos forman una constelación en llamas hermosísima. Pasé de panzazo las actividades deportivas en las escuelas. Y fui un niño poco sociable; rechacé las actividades en colectivo hasta que me garantizaron cierto placer. Y está el asunto de mi severa miopía. 10 y 12 dioptrías. De niño vería un carajo la pelota. Nadie me seleccionaba, nadie me buscaba para jugar algún deporte. Así crecí. Habrá, en todo esto, raíces que explican mi rechazo.
Pero el tema es otro. Es que el Mundial está aquí, a unos días. He escuchado que algunos de mis amigos hacen planes detallados para ver los juegos juntos en sus salas enormes, frente a sus teles de plasma, con carnes y mariscos marinados (que chillarán sobre asadores al rojo vivo) y con cervezas muertas de frío que harán un coro al abrirse espumeantes durante los medios tiempos. Muchos medios tiempos. Grandes planes. Regresó el futbol. Qué le vamos a hacer.
Bueno, pero, ¿qué haré? Tengo asador; convocar no se me dificulta; estoy soltero, mis perros aceptan visitas y después de un cebito de res hasta se dejan acariciar. Hay cervezas en el refri y puedo comprar más. Habrá tomate y lechuga, y jalapeños para asar. Unas tortillas de harina, otras de maíz. Me sobra un Herradura blanco y tengo un vodka congelado. ¿Qué haré? Conozco por allí a un par de amigas, o a varias, que no ven futbol, la mayoría de buen beber y algunas de buen comer. (Conozco también a los gañanes que aborrecen estas fechas; esos no están invitados). ¿Qué haré? Quizás, quizás una fiestita. Una chiquita, de un mes. No sé. Un curso rápido de futbol no parece buena idea, ¿o sí? Un alacrán es un alacrán es un alacrán.
¿Qué haré? Ya les contaré. Para mis dos perros será su primer Mundial; Simone y Niño tienen menos de cuatro años. Viviendo conmigo, ya se quedaron fuera del futbol. Seremos el consuelo de nosotros mismos. Hijos y padre-alacrán.
Por lo pronto, que disfruten su Mundial de futbol. Simone, Niño y yo se lo deseamos de corazón; se lo desearán esos que no odian la intensidad del futbol pero que les importa un carajo.
Aquí nos vemos de regreso. Vendrán crudos, cansados y seguramente derrotados. Los entiendo: comprar ilusiones cuesta caro.

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USTED, YO Y LAS REDES SOCIALES

Mayo26

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Aún recuerdo el día en que llegaron las computadoras que desplazaron las máquinas de escribir de ciertos reporteros en cierta Redacción. Fue fascinante para mí. Tendría unos 14 años. También recuerdo cuando vi por primera vez Internet, FTP o Eudora; o cuando instalaron la primera pantalla conectada a la red: era sólo una, y estaba en lo que meses antes fuera el cuarto de cables y teletipos.
Sin embargo, no estuve tan conciente de la aldea global hasta años después, cuando aparecieron los sitios de información y los portales. Todavía estaban por venir la conectividad y la aparición de las redes sociales. Allí fue como me enteré que los contenidos clásicos de la comunicación habían pasado de moda. Sólo la lengua y la palabra escrita transmiten tanta intimidad como las redes sociales; me sorprendí al enterarme que los estados de ánimo tenían tanto poder.
No pretendo resumir el impacto que tuvieron en nuestras vidas la llegada de Internet y los nuevos canales. Sólo diré, para darles una idea del impacto, que no me preocupa saber quién estará en mi velorio: este cuerpo que se descompone a diario me importa poco. Y sí me gustaría saber quién cerrará mi cuenta en Twitter o en Facebook cuando ya no esté; y quién portará la llave virtual que marque mi despedida, y qué destino tendrán los textos que he posteado por lo menos en este último año.
Curiosamente, no me preocupa saber qué se piensa de la metáfora que soy en las redes. Allí dirán que soy un trasnochado, un timorato, un desinhibido, un ratón o una lagartija gorda; un bueno-para-nada, un yogurt rancio con dolor de estómago incluido, o un taquero chafa de mis propias ideas. No me preocupa quién soy para usted en la red, y aquí cabe una primera paradoja: sí me preocupa que mi círculo cercano, mi red, sepa quién es el hombre que he buscado construir en la vida fuera de Internet.
Es curioso que me preocupe el destino del contenido que dejo en las redes sociales, y a la vez no me importe de igual manera la reputación del avatar que he hecho de mí mismo. Curioso, pero no difícil de entender: este periodista viejo razona con bulbos y no con gigas.
He escrito que los periodistas no hemos sido lo suficientemente críticos de Internet por temor a ser juez y parte. Como la red nos movió el tapete, como nos dejó boquiabiertos, no pudimos sino aceptar que otros individuos, beneficiarios de la democracia generada a partir de las nuevas tecnologías, dejaran su rol pasivo por uno activo que en teoría desplazó a los informadores. Pero, ¿qué valor tiene la información que pescamos en las redes sociales? O bueno, sin más rollo, ¿qué valor le damos a Hugo Chávez si le declara la guerra a Colombia por Twitter? Falta que él, Colombia y el mundo se lo crean primero. ¿Qué valor tiene informativamente que una pata de pollo le declare su amor a Evo Morales por Facebook? Falta saber si el imperio norteamericano permitirá su amor. ¿Puede Penélope Cruz anunciar nuestra boda por las redes sociales? Ciertamente. Falta que yo haya aceptado darle mi mano.
Hago las mismas preguntas, ahora desde otra esquina: ¿Podemos aceptar como información fidedigna todo lo que se publica en estos canales, independientemente de quien venga? ¿Cómo conciliamos la libertad que tenemos de postear con el hecho de informar o ser verazmente informados? Porque así como desconfiamos de la pata de pollo enamorada de Evo Morales, también reconocemos que las primeras fotos del terremoto en Mexicali llegaron por Twitter; que las alertas lanzadas desde esta plataforma, fundadas o no, paralizaron de miedo ciudades como Reynosa o Torreón; que Twitter hizo posible que una acción colectiva dibujara la magnitud de la movilización ciudadana. ¿Cómo separar verdad y mentira?
Aunque la definición más consensuada sobre estas redes se explica como una estructura social ordinaria compuesta por individuos conectados entre sí por diferentes intereses; y aunque reconocemos lazos, aristas, vértices y nodos en esta descripción fría, lo que personalmente me mueve es descubrir cómo las redes sociales pueden cambiar las vidas de los individuos para bien.
El periodismo es una industria de verificación de datos con una gran tradición, y por lo tanto, es la más interesada en hacer estas distinciones. Principalmente porque el periodismo, fuera de la teoría, responde a valores del humanismo que pretenden ser conciliados con ideas del progreso.
Siempre estuvimos ligados al concepto del hombre renacentista: viajeros, multifuncionales, multiculturales, aventados, lanzados. Exploradores. Y curiosamente las redes sociales han aterrizado ese concepto (a su manera y en el colectivo) con rapidez. Ahora falta saber hasta dónde los periodistas podremos defender los principios no sólo de la comunicación, sino los de la civilidad y la civilización, que inspiran este oficio ingrato que ahora más que nunca está sometido al cuestionamiento de sociedades cada vez más despiertas, mucho más conocedoras y, por lo tanto, demandantes en extremo.

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UN SOLO DÍA DE MUCHOS AÑOS

Mayo19

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Parado en el corazón de Berlín, caminé entre las 2 mil 711 lápidas inmóviles de cemento gris oscuro del Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa, y no pude sino conmoverme. La obra de Peter Eisenman es muy impactante. Su cuadrícula perfecta no permite perderse; no es un laberinto que genere confusión, porque intenta recordar puntualmente la barbarie del hombre contra el hombre, la tragedia de ser quienes somos. Y hacer un recuento simbólico de los caídos. Recorrí las lápidas y me recargué en ellas con un tanto de vergüenza y otro tanto de ofendido: la bestia y la presa están dentro de mí, y así debo reconocerlo. No está en mi sangre, en mi raza o en mi color (quién sabe qué seré; carne para cementerios, lo más seguro): no hay sangre que se distinga fuera de los laboratorios. Me sentí depredador y depredado por el evento de ser humano.
Recorro ahora mentalmente esta tendencia (en México y en el mundo), esta obsesión oficializada de “reconocer las diferencias de los otros”. En destinar días, carnavales y cuotas a los que “son diferentes”: homosexuales; individuos con capacidades motoras y/o mentales distintas; gente pequeña, y mujeres, niños, ancianos, latinos, trapecistas, mujeres barbudas.
Razono si esa tendencia a diferenciar a los diferentes (y que intentamos hacer pasar como “tolerancia”) no esconde, en realidad, una intolerancia políticamente correcta, retórica vil, demagogia.
Siento que los días especiales y los decretos y los carnavales y las cuotas que garantizan derechos exclusivos crean un archipiélago de ghettos construido por intolerantes para “intolerables”. Porque si ya tienen su espacio, pensarán los que hacen el reparto, habrá una mayor garantía de que no saldrán de ellos. Asignando jaulas que se promueven como actos de buena voluntad, lo que se hace es garantizar que los depredadores y los depredados no salpiquen de sangre -mientras se devoran entre sí- la parte de la cuadrícula que ocupan “los otros”. Es más cómodo que intentar una sociedad en la que la idea del progreso no esté ligada exclusivamente a reconocer la existencia del otro, sino a dejarle además existir en paz, y en el vecindario común, o incluso en uno que consideremos “muy nuestro vecindario”.
Que nadie tenga un espacio fijo sería más complicado, bajo esa premisa, que aceptar “a los diferentes” en barrios, calles y malls, en escuelas y centros laborales en los que se les discriminaría. Allí es el reto: en que garanticemos no los carnavales ni las cuotas, sino un mundo en igualdad de oportunidades y circunstancias para todos. Por eso el progreso, en realidad, debería empezar por incorporar a los grandes desincorporados: los pobres. Allí empieza la igualdad. Lo demás, es lo dicho: días especiales y decretos y carnavales y cuotas. Corrección política.
Esta fragmentación de la sociedad admite barrios latinos y chinos, no para que expresen su cultura y su idiosincrasia, sino para que se mantengan tan alejados como se pueda de nuestro propio Arizona. Así suena. Disculpen ustedes que piense diferente. Quizás para las personas como yo será necesario un día o un desfile o un barrio o una escuela distintos todos a los de las otras islas. Quizás solo así aprenderé, aprenderemos a no meternos con los demás.
Lo que más me impacta del Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados es la desolación por las almas que ya no podrán soñar.
En cambio, estos otros que aún vivimos podemos soñar, y por lo tanto, aún es posible que aspiremos -fuera ghettos y jaulas- a ser un solo cuerpo, un solo barrio, un solo desfile y un solo carnaval. Un solo día de muchos años en el que no seamos iguales, pero nos podamos tolerar.

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MAMÁ, PAPÁ Y EL CRIMEN ORGANIZADO

Mayo12

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Enojo de sicarios
Llegué a Ciudad Juárez y mamá y papá estaban furiosos. “¿Ya viste ese anuncio idiota del IFE?”, dijo ella. Es la primera y única vez en 42 años que he escuchado a Lupita una palabra tan dura. Aurelio leyó mi sorpresa sin verme y repitió, con los ojos clavados en el arroz: “Sí, idiota”. Entonces mamá cambió el tono de su voz por uno agudo, imitando el del video del IFE (que no es agudo): “Como dice mi jefa: ¿Votar para qué, si todo va a seguir igual”. Retomó su voz grave, se quitó los lentes y dijo con tristeza:
—¿A qué se refiere el IFE, hijo? Me siento ofendida. ¿Por qué dice que ni tu papá ni yo hicimos algo por México? ¿Cómo creen que se hicieron los edificios desde donde dizque gobiernan? A ver, ¿quiénes hicieron las universidades, las carreteras, los monumentos que pintan y pintan para presumir algo en lo del Bicentenario?
Papá no agregó mucho. Era, entonces, una versión compartida. Escondí el iPhone con el video idiota del IFE y pregunté a los dos viejitos:
—¿Compartimos un postre?
Aurelio iba a decir que sí. Pero mamá, engallada como sicario en tiempos de Felipe Calderón, nos ganó. Dijo que no. Y tomamos café sin dulce.

Evidencia criminal
El 30 de abril pasado, Margarita Zavala tomó a “Chicharito” y lo sentó junto a ella en un acto público. Él tiene cuatro años. La primera dama visitaba Ciudad Juárez para el festejo del Día del Niño. El chiquillo se cansó, así que ella pidió que le dieran a otro, quien resultó ser el hermano mayor.
Cuando vi a “Chicharito” una semana después en uno de los albergues para huérfanos e hijos de drogadictos, supe que algo pasaba en torno a él. Brillaba, de verdad brillaba. Mamá me dijo: “Pregunta por qué”. No fue necesario: los otros chiquillos empezaron a gritar, a reír y a acariciar la cabeza a rapa del otro: “¡Es que estaba con la presidenta, se vuela porque estaba con la presidenta!” Me conmoví. De Felipe a Margarita, Margarita, pensé. Los hombres somos brutos, insensibles. Mírenla, ahora interesada por hijos de drogadictos, de pistoleros muertos, de prostitutas. Por allí hubiera empezado su marido; sólo quien da la vida -cito a Guillermo Fadanelli de memoria- es capaz de defender la vida. El marido se fue por las armas; muchos de esos chiquillos tenían padres drogadictos y ahora no tienen a nadie. ¿Por qué no llevaron a Margarita a esa reunión de machos con la DEA cuando decidieron la guerra? Porque si la llevan, les habría dado de zapes. ¿Guerra? Una madre no va a la guerra. Margarita no podría (y conste que solo la he visto en fotos). A la guerra van las mujeres marchitas del alma, como esa otra margarita, la Margaret Thatcher. Margarita habría empezado por donde su marido y sus amigos no supieron empezar.

Mamá, necia y armada
Juro por mi madre misma que el fin de semana pasado, el día del reniego contra el IFE, ella terminó la noche separando trapos viejos en el garaje de la casa; los recibe de donadores; los lava, los zurce y luego se los lleva a los muchachillos, a las familias más pobres que, en esa ciudad, casi siempre son víctimas de las drogas. Tarea sin glamur. En la mañana, antes de irme al aeropuerto, Lupita separaba de un mismo costal de harina la mala de la buena. Dejó su tarea para hacerme lengua con tomate y gorditas de harina.
—Me voy, mamá.
—Nos das tan poquito tiempo -me dijo.
Cada que voy, la vieja suspende lo que hace para estar conmigo. Para cocinarme, vernos, platicar. En este viaje senté a los viejitos para enseñarles a usar Facebook. Les iba a abrir una cuenta común pero mi papá no quiso. Cada quién la suya, dijo. Mamá y papá han durado casi 60 años en desacuerdo. Sólo para las cosas importantes hicieron causa común. Para criarnos, por ejemplo. Para defendernos de aquél Juárez, que no era tan malo como el de hoy. O para protestar por la estupidez.
Mis hermanos viven en El Paso. Cuando empezó la guerra se llevaron a los viejitos con ellos; Sara, la matriarca, les compró una casita allá, y todos velan por ellos. Papá ha cultivado un hermoso jardín. Mamá tiene su buena cocina y sus libros. Pero duerme allí sólo dos o tres días a la semana; va, visita al viejo, lo atiende, y se regresa. Con los combates callejeros, mis hermanos me llamaron para pedirme que la convenciera de irse a El Paso. Soy el menor y el que está lejos. “¿Pues en dónde se queda?”, pregunté. En uno de los albergues, me contaron. Se hizo de un cuartito a un lado de los comedores para los niños. Me pareció irresponsable y la llamé:
—Ya no voy a ir a Juárez a verte. No, hasta que no te vayas a El Paso a vivir -le dije.
—Debería darte vergüenza. Me quedo en Juárez porque ahora es cuando más me necesitan. No vengas. No ayudes, ándale. Acá vamos a estar. Acá te esperamos -contestó.
Me dio vergüenza. Claro que voy, y me gusta encontrarla en el albergue. Veo su cuartito y la imagino de noche en esa cama, con su viejo reloj, sus libros y las colchas de siempre.
Hace tiempo que mis hermanos y yo entendimos que allí, o en un lugar similar, la muerte llegará a Lupita. Será como un velo amable, como una voz que susurra al oído. Y será por vejez.
***
(Vino, Trigo y Aceite AC vive de donaciones, principalmente las de mis hermanos mayores y de otra gente buena)

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LOS OTROS MARCIAL MACIEL

Mayo5

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Cuando uno piensa que el asco por este mundo es ya suficiente, aparece Marcial Maciel. No estoy cerca del caso más allá de ser ciudadano, periodista y consumidor de noticias. Aún así, o quizás por eso, siento que la disculpa de El Vaticano a los directamente ofendidos fue tardía y pichicata. Un error de sensibilidad. El daño provocado por este sacerdote, estimo, es casi del mismo tamaño que la negación a pedir a los afectados que perdonen a la institución por esconder durante lustros a uno de los violadores más notables del Siglo XX. Creo que se debe además una disculpa pública a los creyentes simples, porque este criminal que murió impune utilizó la estructura de esa iglesia para acercarse a niños y correligionarios para abusar de ellos, y para despojar a mujeres de sus recursos.
Lo que más me hierve el hígado es que Maciel disfrutó hasta sus últimos días los beneficios que obtuvo mientras cometía crímenes. A lo más que se llegó fue a condenarlo a una vida discreta. Es decir: se le dictó abstinencia. Seguramente el hombre ya no tenía deseos sexuales o de poseer riquezas cuando se le ordenó detenerse. Y aún en ese momento, recurra usted al archivo público, hubo quien lo defendió. Habrá pensado antes de morir que su nombre sería limpiado en el transcurso de los años, ¿por qué no?, si nunca fue llamado a tribunales civiles y religiosos que por lo menos lo exhibieran en público, aunque no haya manera de redimir sus pecados ni reencarnando 100 veces en cucaracha.
Triste pensar que son muchos los que abusan de los ciudadanos comunes; inmorales y criminales como Maciel. Triste saber que siguen solapados. Esos que brincan sobre la bondad de los otros; que los pisan, los humillan, los arrinconan y los despojan; los que les niegan justicia o se enriquecen a su costa, son iguales a él; los explotadores sexuales, los empresarios voraces, los periodistas corruptos y mentirosos o los políticos que prometen bienestar para tu familia o para que vivas mejor sólo para arrebatarles el voto (y que, en cuando obtienen puestos públicos, evitan la responsabilidad), son como Maciel. Para mí, los líderes sindicales que tienen a los trabajadores en la miseria mientras disfrutan sus miles de millones, son iguales a ese religioso perverso. Y las autoridades que evitan llevarlos a juicio por saquear el petróleo, los dineros de la educación o de la salud, son tan lacras como el cura de marras.
Cuando veo a los pobres arrastrar su miseria desde los pueblos más lejanos del país en procesiones religiosas hacia el DF, casi me echo a llorar; qué ganas tiene la gente de creer en algo. Una sensación similar sentí en el verano de 2006 y en 2009, cuando observé las colas de votantes. También siento un agujero en el alma si veo las líneas para pagar la luz, la hipoteca; para recibir atención en hospitales públicos o para mendigar agua de los camiones cisterna. Así siento cuando veo los mítines de las campañas políticas: cuántas cadenas perpetuas en el infierno se habrán ganado ya los políticos, me digo, por utilizar a los miserables para construir sus imperios inmorales. Igualitos a Marcial Maciel. No veo la diferencia.
Retorceré una frase clásica para dejar un colofón: La religión no es el opio de los pueblos; el opio es cualquier actividad del hombre que esté diseñada para despojar al otro. Y entre opiáceos vivimos. Porque es más fácil que el Monte Everest pase por el ojo de una aguja a que un Maciel se asome a los pasillos del reino de la justicia.

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UN HOMBRE VENCIDO EN EL METRO

Abril28

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Metro Chapultepec. Paul Auster me aburre. Son las 10 de la mañana y el tumulto, además, no deja leer.
Un hombre mayor vencido en una de las ventanillas parece cargar la cruda de vagón completo, las penas de muchos, la angustia del mundo y mi aburrimiento. No: con esa bolsa de nylon llena de herramientas (¿de plomero?) más bien carga el cansancio de todos. Me asombro, al ver su rostro y el cuerpo desvencijado, que pueda mantenerse erguido. A su lado, una pareja y sus tres hijos duermen hasta los ronquidos; los que vemos la escena nos horrorizamos porque el más chiquito, cuya baba desentona con el cabello arreglado, se desliza lentamente de las manos de su madre. Pero una madre sabe hasta dónde: con un jalón de antebrazo lo devuelve a su pecho y regresan juntos a la ilusión del sueño profundo. Dos jóvenes bien arreglados y con camisas de marca ven con descaro y ansiedad a la gente; escogen a quién asaltar, digo, y uno de ellos me clava los ojos. Le sostengo la vista pensando que desistirá porque lo he reconocido, y en eso se detiene el carro y quedamos en total oscuridad. Cuando se encienden las luces, segundos después, ya no están cerca de mí sino detrás de una mujer. Me toco la cartera: todo bien. Veo sin parpadear la bolsa de la mujer pero no descubro nada extraordinario. Por eso son ladrones, imagino. El Metro se detiene: estación Balderas. Unos salimos y otros entran.
Al trasbordar a un siguiente carro sube conmigo un chamaquillo con un morral al hombro. No es Metro Jamaica, o La Merced; ¿por qué entonces el mandado? Porque no es mandado. Grita: “Ediciones No-sé-qué trae a ustedes como promoción el libro Reflexiones y pensamientos volumen dos con ideas sobre la vida, el amor, la esperanza…” ¿La esperanza? Pongo atención (aunque sus ojos perdidos no me inspiran confianza) y continúa: “…Ancianos solitarios, Madres malas; Papi, ¿me devuelves mis manitas? No culpes a nadie…” Con eso me basta. Extiendo la mano con 10 pesos y me entrega el libro: 96 páginas del papel más sucio y barato que he visto en mi vida; quién sabe de dónde lo sacarán. Ediciones No-sé-qué no existe, o existe para el vendedor, porque el libro no trae siquiera página legal. El índice promete: Las trece reglas de la felicidad; La felicidad está adentro sólo por hoy seré feliz; El tiempo y sus momentos; En paz; No sé llegar al cielo de un solo brinco; Cómo ser dueño de mis emociones; La salud mental. Es decir, esperanza en su estado más puro. Los autores: Anónimo, J. G. Holland, Anónimo, A. Junco, Amado Nervo, Aristóteles, Séneca, La Rochefoucauld, Anónimo, L. Tolstoi, Erasmo, Anónimo, Ileana Vizcarrondo, San Agustín, Anónimo. Por lo menos dos mil 500 años del pensamiento occidental.
Metro Hidalgo. Me bajan a empujones, pero celebro: he llegado a mi destino. Abro el otro libro y el personaje de Paul Auster sigue recitando películas que ha visto. Me dan güeva los que escriben de cine, y Auster me lo confirma: “Una película puede verse -incluso disfrutarse- en un estado de irreflexiva pasividad”. Cierro a Auster y abandono su personaje que inventa personajes y una segunda guerra civil en Estados Unidos.
En mi oficina, pienso en el hombre que cargaba herramientas, angustia del mundo y cansancio de todos. Abro mi nuevo libro (lo creo mi serifot); busco respuestas para ese pobre individuo y, si se puede, para mí. Una página al azar dice: “El secreto de la felicidad conyugal consiste en exigir mucho de sí mismo y poco del otro”. Sería una losa más a su bolsa de nylon, digo. No. Hojeo. Después de un rato tomo una decisión: camino con Reflexiones y pensamientos volumen dos al bote de reciclado de papel, y antes de lanzarlo, decido abrirlo una vez más: “Si celebras tu cumpleaños y decoras tu habitación como niño, llenarás de alegría tu vida”, leo. Rochefoucauld no aparece por ningún lado. Ni San Agustín.
De regreso a casa, pasa frente a mí un cd con 100 canciones de amor de todos los tiempos; lo dejo pasar. Luego, el cuaderno de pintar para sus niños con 100 temas distintos, y las pastillas de miel para esa garganta carrasposa, con propóleo para el cansancio. Las pastillas, las pastillas, digo, y pago.
No creo que tengan miel; el propóleo no aparece por ningún lado. Pero algún bien le harán, pienso, al hombre vencido que me encuentre mañana.

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EL TERREMOTO QUE VIENE

Abril21

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

La última vez que me arrastró el temor colectivo fue justo hace un año, cuando se declaró la epidemia de influenza AH1N1. Los primeros días, con la suspensión de clases y de eventos masivos, me mantuve encerrado en la Redacción (pasó en los medios de todo el país) siguiendo el caso en tiempo real. Pero el primer fin de semana que tuve libre, influenciado por tanta información, me fui a hacer un súper. No compré muchas cosas, aunque sí me surtí de latas de atún como para alimentar a un tiburón blanco; compré frijoles de lata, algo de pasta, tetrapacks de salsa de tomate y lo normal de la semana. Confieso que sigo pagando el arrebato. Comerse el cerro de atún ha sido un suplicio; casi 12 meses después, siento alitas de pescado en la espalda.
Con los últimos temblores en el mundo (Haití, Chile, China, Baja California, Guatemala, Ecuador, Afganistán, República Dominicana y Chile otra vez), y con la explosión del volcán en Islandia, las pláticas en oficinas, bares y restaurantes, entre amigos, familiares y conocidos, se han centrado en un tema: el terrible terremoto que asecha al Distrito Federal, la ciudad de mi vida adulta. Que si hay que correr a la calle o mejor subirse a los techos de los edificios; que si los sismos son matutinos y los temblores las prefieren rubias; que si tener como mascota a un perro entrenado o mejor ya no encariñarse con mascota alguna porque el fin está cerca. La plática con las personas más cercanas se ha vuelto un Apocalipsis porque además de las tragedias nacionales (el desempleo; los miles de muertos por la guerra; mi ciudad, Juárez, destrozada; la política sin futuro, etcétera), ahora hay que sumar a la discusión la posibilidad de una catástrofe.
Así las cosas, el fin de semana pasado llegué al súper por mi mandado ordinario. No tardé en descubrir un patrón: de cada cinco carritos formados, uno estaba influenciado por el olor de la emergencia: latas y latas de frijoles, latas y latas de sardina y atún; agua embotellada en garrafas de cuatro o 16 litros. O eso me imaginé. Me retiré de la línea porque me asaltó una pregunta: ¿y esos cuatro de enfrente y yo somos los únicos que no estamos tomando en serio las cosas? Como no escarmiento ni aprendo de mis errores, volví a los anaqueles. No sé si fue casualidad, pero no encontré alcohol y curitas. Busqué analgésicos y tampoco; del departamento de farmacias sólo me pude surtir de rastrillos y champú porque vitaminas y suplementos alimenticios tengo demasiados. Fui a verduras, y pues no, allí nada se puede almacenar; lo mismo que en panadería y en congelados. Pasé por las latas de atún y casi vomito. Vi de lejos las verduras encurtidas y se me hizo la piel chinita. ¿Qué me llevo?, pensé. Fue entonces que di con el departamento de vinos y licores. Había descuentos maravillosos en vinos tintos mexicanos (mis favoritos) y me traje unos San Lorenzo de Casa Madero y hasta unos boutique, de esos que confecciona con gran maestría mi amigo Hugo D’Acosta. Compré además unos Herradura blanco, y hasta me di el lujo de un Don Julio. A los perros les compré latas de mejor marca y unas carnazas.
Llegué a la casa con la sensación de que estaba listo para lo que viniera. Acomodé mi breve cava con cariño y el resto del súper igual. Y por primera vez desde que soy presa del miedo colectivo, me sentí un hombre sabio. Los perros y yo nos subimos a la azotea y me serví, generoso, un tequila largo; bajé al departamento por una lata de atún del año pasado, unas tostadas horneadas y un tomate en rebanadas. Ahora sí, ojalá que llegue el temblor -dije-, porque en este momento estoy realmente preparado.
No es que sea un miedoso y que me deje arrastrar así como así por el miedo. Gran parte de mi vida la he llevado al límite, y no me enorgullece: sólo les explico que así soy. Me molesta, eso sí, la idea de que pueda prevenir y que la negligencia me haga pasar malos ratos (o últimos malos ratos, con una ciudad derruida y sin tequilas).
Mis asuntos, sin embargo, están como quería: las latas de atún del año pasado casi se acaban, y hemos quedado, mis perros y yo, con una buena alacena con lo más indispensable. Me resisto a dormir en la azotea pero, ¿saben qué?, en últimas fechas llamo más a mis viejitos, veo más a mis amigos y disfruto subir a beber un tequila y a leer lo negro de la noche.
Usted haga lo que le dicte la prudencia frente a la amenaza. Yo, por mi parte, me siento preparado.

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