SÍ, ESTOY MUY EQUIVOCADO
Vean el futbol. ¿Quién soy yo para juzgarlos? De mis tres lectores, cuatro serán futboleros; a esos me dirijo: soy un amargado. Nime hagan caso. Reúnanse sin remordimiento aún si están seguros de que perderá su selección nacional. Dénle rienda suelta a la esperanza y corran al Ángel de la Independencia o a cualquier esquina a celebrar si quedan fuera los favoritos, o viceversa. Lloren por las jugadas de la derrota, por el balón parado, por el juego aéreo y por los penales. Sangren sudor segundos antes del silbatazo final y manden por el siguiente seis de cerveza, ¿por qué no? Mañana cuando nos reencontramos me cuentan sus hazañas, me hablan de su orgía de un mes de balón. ¿Quién soy yo para decir otra cosa? ¿Cómo me atrevo a robarles esperanza? Sólo les pido que tomen fuerza para resistir las desilusiones y los triunfos, si los hay. Festejen en grande. No se resistan a patear la tele cuando Javier Aguirre les quede mal y láncenle mentadas si otra vez el discurso triunfalista los humilla y los manda a ras de suelo. Y no lo digo con sarcasmo.
Ojalá los narcos de Sinaloa dejen de asesinar durante esos días. Ojalá los malandros de Guerrero, Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua, Michoacán, Veracruz y Tabasco suspendan sus decapitaciones. Ojalá los policías federales que extorsionan y saquean Ciudad Juárez se tomen muchas tardes libres con motivo del fútbol. Ojalá las fosas comunes se vuelvan camposantos legales en esos días. Ojalá los políticos dejen por un rato de abogar, corromper, promover, declarar, manipular, empobrecer, saquear, manosear, violar, balbucear, maltratar, escupir, robar, mentir, controlar, extorsionar, llamar a elecciones, multiplicarse, enfermar, sermonear, presionar, chupar vida, zanjar, predicar, rentar y vender, recorrer barrios, periquear, golpear, mandar cartas de felicitaciones y de queja y gobernar (ahora sí soy sarcástico) durante este mes, y que todo el gabinete desvencijado de inútiles se tome días libres y le dé otros a los mensajeros para que se vayan a sus casas a celebrar, pierda o gane su equipo favorito.
Tapicen las ciudades de “alegría” (sólo aquí me permito la duda), disloquen las avenidas con sus banderines. Nacionalismo equivocado, quizás. ¿Y eso qué? ¿A mí qué? Pan y circo, tal vez. ¿Y por qué no? Carguen a los chiquillos en los hombros, gasten una parte de sus ahorros, saquen la tele principal al centro de la vecindad o en la oficina más grande. Rían, caguen, lloren, maldigan, bajen de los cielos a los dioses para sacarles un gol y súbanlos a patadas si equivocan la jugada. Si alguien dice gol, digan aleluya. Si alguien señala un fuera de lugar, regálele la cancha. Si el árbitro se equivoca, miéntensela y perdónenlo a la vez. ¡Es el mundial, amigos! Que cada hombre, chicas, sea su hombre; que cada mujer sea de todos los demás.
Este viernes me despertaré temprano, tomaré un vuelo lejos de la Ciudad de México para reunirme con mis amigos, ya entrada la noche, cuando el humo de la inauguración del Mundial haya menguado un poco. Voy Saltillo, Coahuila. Voy a darme más o menos el mismo gusto de los que siguen el futbol. Voy a entregarme a los otros, a darles algo de mí a gritos. Voy a leerles mis exabrupto y a que me lean los suyos.
Voy a abrir mi corazón a los aficionados que viven y aman la intensidad de estar de pie a pesar de que este país se nos derrumba y el mundo se confirma como un tejido canceroso y sin remedio; voy a fantasear a mi manera, aún cuando el amor en estos días no es más que una pizca de alpiste, y la esperanza es un cuero inflado que rueda por televisión.
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(Todos están invitados: viernes 11 de junio en Saltillo, en el Centro Cultural Ágoras a las 8 de la noche. Tienen un Mundial por delante: si están cerca, veámonos)