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Alejandro Páez Varela

CÁNTAROS DE AGUAS NEGRAS

Julio25

PUBLICADO EN DÍA SIETE

Hago todo lo posible por vivir desmembrado como una marioneta, unido con hilos y jalado por una vaca. Sufro porque soy el único que sabe, al mirarla a los ojos, que no tengo nada para usted. Hace años que no sé cuántos días llevo desde la última vez que me dieron las cinco de la mañana peinando una misma muñeca.
Sí quiero llegar a casa y reconocer, frente a mis dos perros, que he perdido. Ahora me inspiran las ideas fútiles: se me antoja para una noche, por ejemplo, servirle tequila con alpiste a los pajaritos que visten y desvisten a Cenicienta en las películas de Disney, soltar los trenes de esta estación en un mismo acto inaugural, o tener foro para decir a los científicos que no puedo combinar dos químicos en una misma probeta.
Quisiera rematar mi currículum con un error de dedo; exprimir mi media naranja, detener mi rotación solar, tocar rumba y guaracha con una liga o una Coca-Cola de lata porque yo no soy el que usted cree, el tipo que se acompaña con revistas en las salas de espera del veterinario o del dentista.
Soy el peor guardián de mi propio equilibrio, confieso. Trafico con pensamientos muertos y remiendo el alma con hilo dental para que huela a fluoruro.
Ninguno de mi embriones termina en cosas concretas (así que salga ya, huya, déjeme en paz. Considéreme depredador; la soledad es dura. Las ganas son nada: una vela que se queda encendida cuando todos se han ido de la fiesta).
Si tengo talento para algo, lo uso para subir cántaros de aguas negras.
Moriré donde llueva como en el desierto: una vez al año. Dormiré 10 años seguidos para despertar más maltratado. Despertaré en otra vida donde no te he conocido y nadie me habla de ti.
En el fondo no tengo fondo: soy mil veces yo, ahora sin ti, cayendo con destino inexacto. •

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EL PRIMER DÍA DESPUÉS DE MI MUERTE

Julio21

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Afuera llueve. Pocas noches como ésta, sin estrellas y con una Luna empañada, lamparosa. Noche negra, en serio. Los perros roncan y entre sueños gruñen, sin abrir los ojos. Han pasado una tarde del asombro a la sorpresa porque nunca habían visto el mar, ni tanto verde, ni esa cantidad de arena que primero pisaron con miedo y después volvieron una pista de carreras. Simone le dio un trago al agua salada y vomitó las croquetas. Yo me río cuidando su dignidad: ¿Con qué cara puedo burlarme, si conocí tan tarde el mar y tuve miedo?
El mar. He metido los pies y alguna vez me he hundido hasta el pecho. No más de allí. Le tengo mucho respeto. Ese caldo espeso y espumoso, de sabor y color extraordinarios, me es casi ajeno. Lo conocí muy tarde y no hay misterio en ello: tomen un mapa y pongan el dedo en Ciudad Juárez; deslícenlo por las carreteras buscando una salida al mar. Las hay, pero hay que recorrer miles de kilómetros. Ahora imaginen que su dedo es un Chevrolet Impala de los 70. Si había vacaciones, cuando las había; y si eran familiares, ¿para qué manejar 24 horas si a dos está Ruidoso, o a cinco la Tarahumara, o a una el Valle de Juárez o las dunas de Samalayuca? Por eso nosotros, como hermanos, conocimos el mar cada quien por su lado y en su momento. No es parte de un recuerdo de infancia. No tenemos eso que dicen tener muchos, un “ya necesito ver el mar”. Mi destino aspiracional, si hay algo que pueda ser llamado así, no es la playa. Ni para vacacionar, ni para vivir, ni para descansar. Mucho menos para morir.
¿En el mar la vida es más sabrosa? No lo dudo. Pero hay quienes no lo entendemos. Demasiados moscas y mosquitos (a éstos últimos nosotros los llamamos “moyotes”); junto con las hormigas armaron una conspiración milenaria para la que sólo existe un remedio: dejarse vencer. Demasiada pachanga. Todo lleva limón, todo conlleva el riesgo de la diarrea. Las tostaditas siempre aguadas, las salsas de chile siempre bajo sospecha. Y hay algo más grave aún: el ruido. Qué ruidosa es la cultura de las playas. Empezando con el mar (que se burla del turismo new edge): ¿Qué tanto grita, que no entiendo? Nunca aprendí el lenguaje de las olas.
No renuncio al mar y a sus manjares para de vez en cuando. Aunque (me repito) llegué tarde, disfruto de los callos, los ceviches, las cervezas que sólo ponen a medioschiles, las mujeres cuasidesnudas. Sí, se bebe mucho, pero eso lo hago sin mar y sin moscas cada vez que quiero y en las latitudes que se me antojan.
Asociamos el mar con vacaciones y sí van juntos: te sacan de tu vida ordinaria, aunque hay que darse unos días más en casa, sin mar, para descansar de esas vacaciones.
No aburro más, me duermo. Ha dejado de llover. Las olas espumosas lavan las piedras sin piedad una y otra vez y lo cuentan con un alboroto de vecindad que la gente del desierto, como yo, nos preguntamos en dónde vacaciona el mar de sí mismo.
Niño, mi perro, ya está panza arriba. Simone gruñe dormida. Eventualmente un mosco los despertará y volverán al descanso.
En un último esfuerzo, aprovecho la paz ruidosa para escribir un pequeño testamento: Cuando muera cremen mi cuerpo y tiéndanlo lejos del mar, sobre el desierto. A partir del primer día después de mi vida sí pienso darme un descanso.

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QUERIDO AMIGO PULPO PAUL

Julio14

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Y finalmente terminó el Mundial. Otro. Vi, o intenté mantenerme atento a dos juegos y fracción, en promedio. Es el Mundial al que más tiempo le he dedicado y, ¿saben qué?, estoy pagando los costos. Mis amigos creen que he pasado de ser un apóstata a un mistagogo por las pocas veces que puse atención, interrumpí, pregunté, mostré interés y pegué de gritos ante el riesgo de que se anotara gol a cualquiera de los equipos. Ni siquiera recuerdo los equipos. Bebí menos que muchos, pero lo suficiente como para cometer un error clásico de borracho sinvergüenza: manché el piso de mis queridísimos anfitriones con un caballito de tequila y una cerveza que se hicieron añicos por dejarlos en el piso, justo en el camino al refrigerador. Da, qué burro.
Perdió feamente la selección mexicana como predije, y no voy a insistir más o me sentiré una de esas personas con problemas medianos o severos de obesidad que dan y dan vueltas al estacionamiento del súper, sólo para encontrar un lugar medio metro más cerca de la entrada. Diré, sin mofa, que los confiados volvieron a caer en el engaño de las marcas comerciales y las televisoras. Ese triunfo que me hermana al pulpo Paul (de prestidigitador con hambre de pescaditos, algas o tequilas) no me lo arrebata nadie. Dije que volverían a sufrir por creer, y le atiné. No hace menos mi atino haber seguido el juego contra Argentina en un Sanborns. El Tri volvió a fallar y su técnico, Javier Aguirre, con sus millones en la bolsa (y espero que con cierto rubor) va rumbo a Europa con su familia para escapar de este México jodido (así lo dijo) y fracasado por políticos corrompidos del alma y por vendedores de ilusión, como él.
No puedo quitarme de la cabeza las calles de Madrid. Híjole, la fiesta. El botellón y la marcha. Las tapas. El beso que le da un futbolista a la reportera por tele. La sensación de triunfo futbolero no se contagia a un hombre como yo que no sabe de futbol, pero aún así, festejo la alegría de los otros. Sería mejor si pudiera compartirla en plenitud. Ojalá fueran ustedes, fuéramos nosotros, mexicanos, los que celebran. Ni modo. Lo dije cuando empezaba esta “fiesta”: acá los espero cuando regresen con sed, crudos y derrotados. Acá estoy, pues. Lo que no dije es que también me siento vencido.
Hay pulpos que viven muchos años. No soy experto en el tema, pero Paul podría estar con nosotros una década más si no lo hacen empanadas o ceviches o sopa o cualquier cosa que se haga en Alemania con un pulpo. Regresará en el siguiente Mundial; dicen que se retira y no será así: como yo, volverá a las adivinanzas. Por mí, que acierte Paul. Somos muy parecidos, aunque lamentablemente yo sí me equivoco (menos en lo de la selección, ya lo presumí): si me ponen en una pecera a mis dos mujeres favoritas de la vida, me sentaré sobre la que abandona. Soy el siamés malo de Paul, el avión que choca sin Paul, el único insomne en la casa de Paul, la prueba en bond del libro en cuché para Paul. Y a la vez, soy igualito a Paul: me gustan el fondo y la oscuridad; no me basta con dos brazos; me oculto del día y disfruto las cavernas; cambio de color y de forma si tengo miedo o furia; muero al parir mis textos y soy curioso. Y en cualquier momento terminaré en medio de la mesa, cubierto en sal y aceite, con los brazos retorcidos y sin ánimos para impedir que me acaben a mordiscos.
Aunque no parezca soy tímido como Paul. “Es una reacción racional basada sobre todo en la prudencia”, diría Jacques-Yves Cousteau en uno de sus documentales que doblados al español hacían pensar que el oceanógrafo necesitaba ir al laringólogo de emergencia, o sacarse el calamar impostor de la garganta. Una vez, recuerdo, pude ver en un programa a un hermano de Paul abrir con destreza una botella y destapar un frasco de conservas. Como lo hago yo a las cuatro de la mañana.
Se fue el Mundial y, ¿saben qué?, ya lo extraño. Aprendí muchas cosas. Una de ellas, que los primates no son los seres más racionales del planeta.
Ay, Paul, Paul: Pocos entendemos qué bien se siente cuando puedes darle la espalda al mundo con una bofetada de tinta negra. Ay, pulpo Paul: Imagino cómo desearás que termine el barullo en la pecera. Que regrese el silencio para dejar de adivinar, para poder dormir, para soñar con el reino de los mares (o de los cielos) que, coincidirás, no necesita más que unas algas y unos pescaditos (para ti), unas cervezas y unos tequilas (para mí), una mujer de ocho brazos y el fondo oscuro de una bañera (para ambos).

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SOBRE LOS DÍAS (EL MUNDO SIN ZAPATOS)

Julio7

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Una madrugada caminé por el Boulevard Saint-Michel y al llegar al río Sena de París di vuelta a la izquierda en busca del Puente Nuevo, el místico Pont Neuf, porque tenía ganas de tocar el agua que corría (en sentido contrario de mis pasos) entre los barcos amarrados en los muelles, malolientes muelles para turistas. Había bebido tanto que me quedé dormido y me robaron los zapatos, la cartera y el saco. Cuando desperté (seguramente me bebí capsulas del infierno: qué dolor de cabeza), vencido, sin dinero, sin ganas, sin calcetines, me enteré que me había estacionado en el fin o en el principio del mundo, porque a veces da lo mismo: el mundo eres tú mismo, soy yo, y lo que se mueve son los días. Uno está quieto frente a la movilidad de los días. Sólo ellos son capaces de alcanzar distancias tan lejanas como el corazón, tan cerca como las constelaciones de Triangulum o de Cassiopeia.
En otra ocasión, escapando de un asalto en Durango, perdí los zapatos (también de madrugada) en las charcas enlodadas de un parque junto al mercado de abastos. Me seguía un trío de música norteña que me cobraba las cuentas de una temporada completa con la Sinfónica Nacional. Cuando casi me alcanzaban, se me hundieron los pies y se me salieron los zapatos. No quise seguir corriendo. Me hinqué a buscarlos entre el lodo con angustia, con desesperación. No los encontraba. Los tres se dieron cuenta de mi pena y se dieron la vuelta, muy decentes. ¿Quién asalta a uno que ha dejado de luchar porque ha perdido todo? Se fueron. Me senté en una banca a tramitar con mi interior un permiso para seguir viviendo unas cuadras más, hasta mi cuarto. Me di permiso. Las horas también se apiadaron de mí. A mediodía, con los calcetines todavía puestos y tiesos -por la tierra duranguense- como férulas para fracturados, el fin del mundo se paró frente a mí y me enseñó un espejo con un hombre vencido. ¿Cómo paso el día sin chapotear entre la vergüenza?, dije, queriendo dormir. ¿Cómo escapo de los días?
Para sobrevivir los largos días, uno se aferra a las cosas que alcanza con las manos. No intentas dar pasos; no vas a la conquista de la Península de Mitre por los 24 kilómetros del estrecho de Le Maire; ni te aventuras a las 115 islas de la República de Seychelle; ni por los fríos suelos, ríos y mares de Nuuk, en el Círculo Polar. No piensas en Tiksi como puerto de acceso al Mar de Láptev ni pretendes darte cuenta que en Severobaykalsk, en la república rusa de Buriatia, sus 25 mil 700 habitantes prefieren encerrarse en el verano con reservas de vodka y pescaditos en salmuera. Para sobrevivir los días largos hay que tener suficiente con el aire que respiras, siempre y cuando no arrastre polen del pasado que provoque alergias. Un vaso de agua son las cataratas del Niágara en el alma si no hacen ruido al cruzar el esófago. Y un breve sándwich de sobras del refrigerador son paquetes de vitaminas, grasas y proteínas sin sabor que engulles porque el reloj necesita fuerza para continuar.
Cuando pierdes tanto los zapatos, como yo, es porque no quieres avanzar (también como yo). Piensas que los días se irán sin darte cuenta. Y luego vienen los días lentos, largos, que quisieras brincar como un charco en un parque de Durango o como el río Sena en París; me sucede hoy. Qué contradicción. Quizás por eso guardo en el armario, entre los trapos viejos y las cosas inútiles, un par de botas Dr. Martens rojas que me recuerdan que tuve el cabello largo, vestía de negro y traía dos aretes. Era un adolescente. Mientras ese par de botas se mantengan allí, me he hecho la ilusión, habrá un adolescente en mí. Tonterías: tampoco es que fuera feliz entonces.
Los largos días. Muy pronto habré de añorarlos, de tan breves. Porque hace dos minutos estaba en casa con mi madre y hace uno llegué a un periódico por primera vez. Porque hace diez segundos me enamoré y hace nueve que lamento la ausencia. Los días largos no son tan largos, pero sí lo suficiente para mantener al mundo de rodillas. Nadie se mueve sino los días. Yo estoy aquí con la respiración en suspenso, temeroso por la despedida: porque si exhalo una vez más (ay, largos días breves), entonces habré muerto.

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SOBRE LOS RECUERDOS (COMO UN VAGABUNDO)

Junio30

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Confieso que tengo el closet lleno de ropa vieja porque me da pena despedirla. Siento como si hubiéramos ganado y perdido muchas batallas juntos, ¿cómo decirle adiós? De alguna manera cada trapo retiene tragos de mi vida; si los dejo ir se llevaran recuerdos, y puedo morir de sed. Durante años los he cargado de casa en casa. No veo para cuándo la despedida.
En donde vivo ahora quiero estar unos años. (Nunca creí que eso sería posible en mí: planear por unos años). Pensaba que era mejor ocultar el silencio con fiestas, con inauguraciones de departamentos, como la señora Dolloway. No será así. Ahora tengo dónde vivir de fijo. Supongo que me estoy haciendo viejo; otra señal es que el silencio se me ha vuelto mantequilla para el pan de diario.
En realidad tengo problemas para despedirme de todo aquello que me acompaña y me ayuda -o me ha ayudado- a transitar los días: desde un bote de champú hasta unas bocinas viejas que no me atrevo a tirar aunque ya no le quedan a las iPods, a las computadoras o a mi vida. Desde que era muy joven apilé ideas y objetos. E hice pequeñas ceremonias para despedirles. Ceremonias breves, simbólicas. Hoy, por ejemplo, empecé a escribir este texto muy de mañana porque me puse una camisa con la que parecía vagabundo. No me importa vestir de vagabundo si mi corazón lo es. Pero porque nadie que se aparezca con harapos en un empleo es bien visto, esa camisa fue condenada a no regresar al closet. Me atreví a dictarle una condena súbita. Por un lado me dio gusto encontrarla raída; significa que su existencia tuvo sentido. Y me dio tristeza despedirla, más con el closet lleno de vejestorios. La tomé, la acompañé a la puerta; le ayudé a entrar en una bolsa. Volví a la cama y me dio angustia, melancolía. Casi me pongo a llorar. Ni siquiera supe si esa camisa se distinguía de las otras; seguramente no. ¿Y si la camisa decide no irse, señor Páez? ¿La retienes? ¿Le abres un espacio entre las otras? ¿La abrigas? Qué difícil es despedirse de los recuerdos.
Todo en mí suda recuerdos. Soy un trapo viejo y raído. Aquí encuentro una razón para ser solidario con esa camisa y con el resto del closet. Por eso acumulo y amo hasta el final. Por eso me abrazo de ropa y recuerdos. Qué complicado me oigo cuando leo este párrafo en voz alta, pero trato de explicarlo: Desearía que el ayer fuera hoy, aún cuando en el techo de mi casa ha nacido la esperanza: reventaron las semillas de calabazas que sembré y las espinacas son hebras verdes. El verano es un hecho aunque Simone y Niño, vencidos por el sueño y por Vivaldi, se tiran a un tapete. La tomatera florea y un Herradura blanco hace ver todavía más intrusivo el anuncio de vodka que brilla en el único horizonte al que aspiro desde mi azotea: el horizonte ruidoso de las avenidas. Y con todo, prefiero el pasado que el presente.
Debería llamarme con otro nombre. ¿Sirve? ¿Es el nombre el que lleva los recuerdos? Voy a rendirme a quien me tire al basurero porque sería el vagabundo perfecto y por amor. En los basureros sobreviven los recuerdos. Los basureros son el paraíso de los recuerdos. Sobreviven en silencio y sin quejas. Y yo me siento recuerdos y silencio. El ruido es un baile de quinceañera para los que no quieren recordar. Yo recuerdo.
El único problema de los vagabundos es la conmiseración. La pena malentendida de los otros. Si pudiera vivir sin la condena de ésos otros; si pudiéramos vivir como queremos, la felicidad empujaría un carrito de supermercado lleno de trapos viejos. Yo llevaría mi closet en él. Le abriría un lugar especial a la camisa que refiero. Me abrazaría de mis perros y de las cosas que acumulo con amor. ¿Ven?, sería un vagabundo perfecto.
Hay momentos, como hoy, en los que tiene sentido el último día de mi vida.
***
(Y si alguien me pregunta qué es lo que más me jode -y apártese de mí cualquier diagnóstico médico- responderé que es recordar. Jodida paradoja. Recordar es volver a despedirse. Es tomar otra vez la decisión equivocada. Es no saber nunca más cómo habría sido si las cosas mantuvieran su rumbo).

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SOBRE LAS BIENVENIDAS

Junio23

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

(Otra vez me aprovecho de la euforia futbolera para escribir cosas cursis. Ustedes síganle con su Mundial. Síganle)

No hay manera de simularlo: Querer es una lata. Pero amar -ay, Dios misericordioso- es la guerra. Una guerra perdida. Vamos acomodando los tanques y los misiles en lugares estratégicos para tratar de salvar algo de dignidad. No se puede. Una vez que abres las fronteras todo queda al descubierto; no hay lugar para estar a salvo. En la confusión, tratas de mover tus ejércitos sobre el mapa de la piel creyendo que avanzas. En realidad te entregas. Y entregarse es la derrota.
Estas guerras, por lo menos, son para ceder. Cedes tramos del buró, una de las manijas en la regadera, una parte suficiente de la cama (si no es que toda). Cedes tus noches y tus fines de semana, tus ojos y el empeño. Cedes la cordura porque mientras pierdes, piensas que ganas. Que ganas música. Música de bombas cayendo sobre tus campos sembrados, en las ciudades que construiste en tiempos de paz. (Música. Lo único bueno de mi vida se relaciona con la música. Ojalá reencarne en una hoja notada).
En el exceso de la entrega, alguna vez encerré a mis dos chiquitos a causa de una amiga a la que le daban alergia los perros. Públicamente les ofrezco una disculpa. No digo que ella no se mereciera un sacrificio; ellos no tenían por qué pagarlo. Decreté mi derrota moral y ética. Claro que esa relación terminó mal y una madrugada, cuando los dos me besaban los pies pidiéndome que nos fuéramos a dormir, me hinqué y les dije: no pasará otra vez. Simone era muy pequeña; no entendió. Niño me vio a los ojos torciendo la cabeza y me perdonó al instante, sin aspavientos. Quien me quiera, les prometí en do mayor, los querrá a ustedes y tomará alergénicos o se mantendrá borracha; como desee. No los volveré a encerrar. Para sellar la promesa extendí los brazos a Niño; dio un paso atrás reclamando que lo dejara despreciarme. Qué delicado y amoroso es Niño. Se lo concedí, hombre, faltaba más. Juro que mi perro sonríe como un flautín; y esa noche, como nunca, fue parte de mi orquesta.
Amar es la guerra perdida y hoy vivo en paz. En las noches, los perros y yo salimos a la azotea y regamos las plantas (no es metáfora). He sembrado calabacitas, chile, tomate y espinacas (tampoco lo es). Checamos si brotan; no brotan; nos desesperamos. Creemos que el verano las hará crecer y calculamos que por agosto, cuando en el norte del país se prepare la vendimia, haya frutos pequeños; en septiembre haré ensalada para comerla con aceite de olivo y en paz. Estoy en paz. Alguien me acompañará a los museos en estos días y, si tengo suerte, a ver una película. En paz volveré a casa y regaré las hortalizas, o iré por pizza y cerveza. Seguramente le daré la bienvenida al invierno desde la terraza y vestido de campesino.
Es inevitable que suenen las trompetas y deje el arado y la camisa a cuadros. Plancharé mi cosaca y meteré las balas al revolver; me calaré un casco y cruzaré mi pecho con carrilleras. Acudiré puntual al llamado. Diré: “¡Presente!”, y daré un paso adelante desde la fila. Me envolveré en el olor de la pólvora, en las delicias de los valles cubiertos de detalles por conquistar. Moveré a mis espías por la piel desconocida con respeto y con ganas de triunfo. Ganaré ciertas batallas y las que no son claramente mías, las perderé de antemano. Y al final, en la confusión de sus ejércitos y los míos, ondearé una bandera que signifique “gané”, o bien: “me rindo”. Ella sabrá interpretarla. Para entonces habré perdido.
Si me ven de regreso cargado de medallas; si me buscan y estoy atendiendo mi jardín de calabacitas, chile, tomate, espinacas y quizá garbanzos, es porque he perdido. Escucharé a Bach para darme consuelo. Y si me ven encadenado a su mano, con mis perros y sin trofeos, con la piel rasgada como harapos, es porque he ganado.
No se ilusione: Amar es dirigir, en medio un campo de batalla, un coro dulce que canta a la derrota.

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CARLOS MONSIVÁIS: NO HAY CAUSAS MENORES

Junio20

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

“Es muy fácil decir ‘Todos somos Juárez’ si no vives en Ciudad Juárez”, dijo Carlos Monsiváis. Sería una de sus últimas apariciones por tele, en el programa que él y Antonio Navalón dirigieron durante 50 semanas para TV UNAM. Antes de grabar, sentado en un sillón del estudio sobre Avenida Reforma en el DF –hasta donde llegó con un notorio esfuerzo–, el intelectual, escritor y periodista mexicano expresó, con gran lucidez, con un manejo impactante de datos académicos e información del día, su preocupación por la brutalidad con la que los mexicanos se matan entre sí por la llamada “guerra contra el narcotráfico”.
Aquél día, ante un pequeño grupo, el humanista mostró su malestar por el uso de las armas como estrategia del gobierno federal y por su falta de respuesta a las demandas sociales. Recordó, conmovido, la promesa incumplida de empleo de la actual administración y la manera en la que jóvenes y adolescentes se entregan, por no tener otras opciones, a los “salarios” ridículos que les ofrecen los traficantes de droga para que sirvan al sicariato. Monsiváis pensaba que tanto derramamiento de sangre era evitable. Venía con preocupación cómo el modelo industrial del norte de México (y en especial el caso Monterrey), que en algún momento fue vendido como la ruta del progreso, generó cinturones de miseria desde donde se alimenta una parte importante de la cuota de ciudadanos que la guerra devora.
Crítico feroz de los políticos, don Carlos fue un hombre solidario con los más jodidos. No tuvo causas menores: desde sus trincheras en casi la mayoría de los medios del país, con elegancia y una firme dosis de ironía se lanzó contra las mafias que desde el gobierno, las élites empresariales o los partidos mantienen en la miseria económica, moral y ética a la mitad de los mexicanos. Y a la vez, para no ser un simple “contestatario”, fue, como pocos, un promotor incansable de la cultura, de las artes, de las letras y del periodismo. Muchas generaciones, incluida la mía, bebió de sus textos y se formó con sus ideas.
En el diarismo y de su mano, queda documentada una parte importante de la historia del México contemporáneo. En su recuerdo se podrá encontrar el perfil de un ciudadano valiente y dedicado. Cuando el país se balancea en una cuerda que no promete el equilibrio, para que el sentimiento de abandono más grande, se pierde a un pensador con compromiso.
Usted descanse en paz, estimado señor. Ya veremos cómo salimos de ésta. A ver cómo le hacemos para encontrar –así lo hizo usted– humor para la tragedia.

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SOBRE LAS DESPEDIDAS

Junio16

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

(Me permito estos desvaríos aprovechando que nadie piensa, ve o lee otra cosa que el Mundial de futbol. Y para hablar de algo más que los descabezados de la mañana, los fusilados de la tarde, los levantados de la noche y los extorsionados de diario en este dolido país).

Aprendí por la buena que se debe decir adiós una sola vez. Me refiero a las relaciones, por supuesto. Y por adiós, hablo de las despedidas. Y “por la buena”, ustedes dirán.
Reinicio: Aprendí por la buena que uno debe despedirse de alguien una sola vez. Si regresas, le haces mala fama a las despedidas de verdad: las que permiten que la decisión gobierne al impulso, y no viceversa. Dices que te vas, y el tren en marcha expresa lo contrario, pero sigues la flecha de tu voz (Nicolás Guillén participa en la frase). Una vez que se dice “hasta luego” es “hasta nunca”. Por eso no es bueno decirle a alguien que estarás allí, porque lo siguiente es despedirse. Caprichos de la vida. Y despedirse debe ser para siempre. Lo digo tragándome las palabras que escribo, lo leo en voz alta para que no se me olvide que lo aprendí por la buena y debo estar agradecido.
El mundo está lleno de complicaciones. Si te encuentras a alguien y compartes algo importante, no sé si lo que siga sea tratar de retener, pero sí haces la lucha por hacer que las dos cursilerías se vuelvan tres, y los cinco minutos juntos, dos horas. Porque si no, pierdes el tiempo. O estás buscando encender la lámpara para leer antes de dormirte, o una hamburguesa, o una buena canción para acompañar el tequila, o una relación efímera. Y no es que eso esté mal; simplemente es otra cosa que “compartir algo importante” con alguien. Por eso digo: si encuentras con quien compartir lo importante, caminarás hacia más, y el “más” es muy fácil de identificar: una o dos o tres o cuatro veces al día recuerdas algo de la semana anterior.
Lo que sigue en la relación debe escribirse en cuartetos, sinfonías o sonatas. Es la cursilería a la que me refiero. Es el barroco de Lully y Bach, las fuentes chispeantes de Haendel. Allí estás, y todo bien. Y luego viene la pregunta: “¿Qué tipo de relación tenemos tú y yo?” En mi caso, me quedo congelado. A veces cedo y digo: “Es importante. Quiero pasar el tiempo contigo”, que es una respuesta ambigua que no resuelve pero que invita a más. Y hay más, y no es porque alguien le ponga una etiqueta sino porque más, en la vida, es mucho más. La respuesta no satisface a nadie. Y empiezan así los réquiem, las misas, las codas. Los finales.
En mi caso, me gusta decir adiós primero. Y cumplirlo en los hechos. Digo adiós cuando no puedo responder a esa gran pregunta (“¿Qué tipo de relación tenemos tú y yo?”), o cuando me compro la idea de que ella se ha comprado la suya, y es la del final. Entonces espero un gesto, el que sea, siempre triste. Y aparezco como un zorro en la oscuridad imaginando que quien está entre la maleza es una gallina. Abro las fauces, aprieto los dientes y sale el adiós.
Flotando en la miel de un amor bueno, cuando el tren iba en pleno viaje, un día me dinamitaron los rieles y me dijeron: “Esto se acaba”. Era tan justo y tenía tanto sentido, que respondí de inmediato: “Sí, se acaba”. Aprendí por la buena. No regresé a casa.
El amor no acaba ni siquiera en un choque de trenes. Pero un no, es un no. Y listo.
Decir adiós es complicado. Quisiéramos que fuera sin dolor. Pero decir adiós es exitoso si se dice a tiempo y, confieso, es excitante si hubo amor.
Otro día hablamos de eso, del amor. Les adelanto, mientras tanto, lo que escribo ahora: El amor es un tabique en la iglesia de los perdidos. El amor es el espejo donde caminan las hienas. El amor es poca cosa: es una llanta ponchada.

***
(Algo que inventamos, que escribimos en las paredes, que nos tatuamos. Las frases que cupieron en un aviso clasificado. Aquella bomba que dejamos en la puerta de la paletería para que llovieran chispas de fresa. Una canción para espantarlos a todos. Tus ojos, los días completos: gracias). (No te amaré hasta el fin de los tiempos porque tampoco es para tanto).

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