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Alejandro Páez Varela

ESTOS MUERTOS NO JUEGAN FUTBOL

Febrero3

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

La primera vez que vi cuerpos sin vida tenía siete años. El padre de un amigo rentaba una gran bodega a la Escuela de Medicina, y los estudiantes hacían prácticas con cadáveres que nadie reclama. No olvido el olor a formol, el blanco de la cal, una pila de zapatos y la luz neón que nunca es suficiente (los muertos son hoyos negros). Nos asomábamos por una ventana sin vidrios y veíamos un tendido de gente sobre las mesas de cemento, o flotando en las piletas. Me daba una tristeza que no compartía por temor a la burla, y por eso me escondí el día en que planeamos robarnos un hueso. Nadie se robó un hueso, qué bueno; todos nos escondimos. Éramos unos chamacos, teníamos ganas de aventura, pero sentíamos una misma compasión frente a los cuerpos tatuados, maltrechos, flacos y greñudos. Abandonados.
Después fui reportero policiaco. Sucedió hace poco menos de 25 años. Confieso que era muy complicado para mí, tan jovencillo, escribir en tercera persona. Quería decir lo que sentía frente al luto humano, pero me habrían corrido de ese periódico de la tarde. Me discipliné. Guardo historias desde entonces; kilos de memoria dedicada a los rostros de los cholitos llorando a sus hermanos, de madres devastadas, de abuelos inconsolables. Y perdone quien me lee: un reportero policiaco en casi cualquier ciudad del mundo no recoge lirios ni cultiva girasoles; no habla de cosas lindas. Los más viejos terminan con la piel de un acorazado. Para mi fortuna, salí de esa especialidad antes de convertirme en nuez cimarrona.
¿Habrá un momento en la vida en la que la muerte deja de ser importante? Digo, más allá de aquellos con oficios duros, como los sepultureros o los que agentes funerarios (y por supuesto no cuento a los dementes que sirven a cárteles o a policías o a no sé quiénes). Reformulo la pregunta: ¿Habrá un momento en el que los muertos dejan de provocar lástima, compasión, tristeza, abandono? Pensemos en Ciudad Juárez, donde van cinco mil muertos por la guerra. Las imágenes que vemos son de madres y padres convulsionándose. Esas matanzas de adolescentes, qué barbaridad. Cuánta tristeza, cuánto luto. ¿Es posible que frente a la muerte podamos quedar impávidos?
Sí, soy de Ciudad Juárez; disculpe usted si me duele lo que sucede. Sí, he denunciado en público que en mis calles corren ríos de sangre inocente. Disculpe que no me lo guarde. Comparto créditos en el libro “La Guerra por Juárez” (Planeta, 2009) con un grupo de periodistas serios de medios serios (de El Universal, Día Siete, Proceso, Reforma, El Diario) y desde allí intenté, intentamos decirle al país que hay una ciudad sometida a la miseria humana. He exigido, junto con mis otros compañeros, justicia para Armando Rodríguez, El Choco, a quien mataron por escribir la verdad. Sí, disculpe, soy un quejoso; aunque me gusta más llamarme doliente.
Me había prometido no escribir sobre estos temas en KIOSKO. No lo hago como denuncia, sin embargo; lo hago para mostrarme cuan soy: me duele lo que se sufre allá, y sobre todo lamento que no seamos una mano para esos mexicanos que resbalan en el infierno. Una barca llena de ciudadanos navegaba sobre un río de lava desde hace años (y no por voluntad propia). Ahora la voltearon y arde. Mientras esos civiles se queman en vida, los demás caminamos por la orilla en una morbosa contemplación que se transforma en complicidad. Qué quieren que haga. Así lo siento. No puedo ocultarlo. No tiro manotazos al aire sin ton ni son, ni quiero agradar o denostar a nadie. Simplemente hago lo único que he hecho desde los 16 años: escribirlo, ahora en primera persona.
Mi vida se ha sacudido a partir de los últimos eventos. No poco; mucho. Los cuerpos apilados deberían conmover a cualquiera –soy yo, de siete años, viendo el anfiteatro–, como se conmueven esos que deben cerrarles los ojos, levantarlos, bañarlos, vestirlos, sepultarlos, despedirlos y aguantar que su memoria sea también apilada en listas de “narco-ejecutados”. Qué, ¿suena feo? Sí. Suena como es. Y qué patético ver el drama desde lejos con el ánimo del analista político. Que quién ganará con el resultado de esta guerra. Que si el éxito o la derrota de unos y de otros, como si esos miles de muertos merecieran ser una estadística más, como si la tragedia sólo pudiera inspirar un resultado de juego. Qué idiotez. No: qué frivolidad. Y la frivolidad es la blasfemia de los laicos: el tiempo se encarga de perseguirla y condenarla. Eso no se perdona. Ya verán.
Miles de Salvadores Cabañas mueren en mi ciudad y nadie les da cobertura en vivo y a todo color. Miles que no juegan futbol ni hablan guaraní (con todo respeto para las tribulaciones ajenas). Qué país, Dios, ciego por sus vicios. Qué frívolos nos vemos en el análisis barato, frente a la oportunidad del espectáculo.
Disculpe que haga esta pausa para volverme a quejar. Es mi responsabilidad frente a esos miles de mexicanos que no juegan futbol profesional y que seguramente tampoco lo ven. Mucho menos lo observan con ojos de cronista deportivo o analista político. Disculpe usted que haga esta pausa de doliente. Ya volveré con otros temas.

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FACEBOOK, TWITTER Y EL BISOÑÉ AZABACHE

Enero27

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Escribí en Facebook, a propósito de uno de tantos juegos decisivos de futbol: “Sssh. La ciudad está en calma. Alguien ha gritado ¡gol! y me doy cuenta: juega México. Iba por una sopa de lima al Xel-Ha pero estará hasta la madre de fanáticos. Caminaré con los perros. Anoche dormí una hora y me lastimaba el sol por la mañana. Caminaré con los perros ahora que no hay luz, y regresaré a la Mac. La ciudad duerme eufórica, encerrada. Cuando despierte no me encontrará”.
Otro día, ante la posibilidad de un reencuentro amoroso, dije: “Si tengo remedio, quisiera que fuera el que estoy pensando. Si me vuelvo perro, no me obliguen a salir de la banqueta. Si me sonríe la luna, quisiera estar borracho. Otra vez, en voz alta: Si se encuentra un pretexto para repetir un encuentro, hay que rechazarlo. Es sacarle punta al lápiz otra vez. Pero escribir sobre una hoja virgen de un cuaderno maduro será una primera vez, y siempre mejor que la última”.
Hace tiempo que decidí separar mi personalidad de mi oficio. Lo aprendí de mi padre, periodista. Lo ví serio en su oficina muchas veces, pero cuando nos íbamos de parranda era (lo es ahora) un tipo alegre y divertido que me enseñó (y me sigue enseñando) a no menospreciar los oficios menores de una cantina, porque caen en manos de los hombres más nobles. Los cigarreros y los boleros son los que te llevarán a un taxi y te quitarán las llaves del carro. Son los que te acompañarán, si es necesario, a la puerta de tu casa.
Digo esto porque a veces me da risa cuando ciertos políticos, periodistas y personajes públicos intentan hacer, desde las redes sociales, lo mismo que hacen por otros canales: impostar. Qué bárbaros, qué serios; qué “intensos” se ven en Twitter o en Facebook. Ajá. Dicho sin ironía: se ven falsos como la voz de los comentaristas de futbol, pero sin su gracia. Son un bisoñé negro azabache en un hombre de 80 años. Me recuerdan los lentes oscuros de los priístas en los años del dientón Díaz Ordaz, o los bigotitos de los echeverristas.
Tampoco digo que lo que hago en Facebook o en Twitter, o incluso en este espacio, lo considere intrascendente y que lo importante, lo bárbaro, lo muy-muy sea lo que escribo como periodista “serio”. Es muy probable que lo que posteamos, dejamos, abandonamos, pegamos, embarramos o escribimos en los muros de las redes sociales sea sólo basura. Basura pop, célebre durante unos segundos entre tus amigos, pero basura. O quizás no lo sea, pero está destinado a serlo. Mil reportajes míos se han ido al olvido, y qué. Condena de quien escribe: la magia está en lanzar palabras a la nada y esperar nada a cambio. Al final, lo que más respetas es la oportunidad de escribir.
Es posible que nos hayamos hecho a la idea de que, como sucede con la palabra hablada, lo que pegas o subes a la red simplemente se da por perdido. Pero la tradición oral ha movido al mundo de una época a la otra. Lo ha cargado en vilo. La intrascendencia de las palabras en las redes sociales es, en realidad, inédita y por lo tanto incalculable. Lo más cercano a este ejercicio de textos como vapor de agua, antes de la era de Internet, fue el periodismo electrónico: de la radio poco se retiene en la memoria. El periodismo escrito por lo menos vuelve al emisor con un testigo: el papel, que servirá esa misma mañana para envolver pescado en los mercados.
Por eso me da risa que muchos personajes públicos sean serios en las redes sociales. Cuánta pretensión, pienso. No sé si a mí me funcione o no impostar, pero cuando no hago periodismo soy como me veo. Si ando decaído, lo muestro; si ando eufórico también. Creo en esa honestidad.
Cada vez que quiero ponerme serio en las redes sociales (o incluso en este espacio) pienso en ese ejército de millones de adolescentes que construyeron imperios mostrándose como son, encuerados, llenos de faltas ortografía. No aplaudo el fondo, sino el cómo. Si Internet casi acaba con mi oficio, con los periodistas, por algo será, digo, y ofrezco a esos adolescentes el beneficio de la duda. Lo menos que me digo es que los periodistas no los entendimos, y tampoco los atendimos. Ya aprenderán a utilizar la H. Ya abandonarán la letra K.
La victoria de los bárbaros en la red (la de los “heditores” con hache) puede llenarnos de enojo; puede cegarnos. Mejor quítese el bisoñé azabache, y remánguese la camisa. Fíltrese en sus filas. Espíelos. Apréndase sus trucos y, cuando menos lo imaginen, cáigales encima. Pero sobre todo, abandone la seriedad como si fuera un barco que se hunde. Ríase y sufra. Y cuéntelo. Así lo hacen ellos. Así, encuerados al sol, fundaron un imperio con la inocencia del que no sabe siquiera defenderlo, del que tampoco entiende para qué y a quién servirá.

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AÚN EN LA OSCURIDAD

Enero20

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

No tengo ganas de escribir y no tengo manera de explicarlo. A los periodistas nos gusta confiar en que todo se arregla con el deadline, con la hora de cierre. La prisa, la presión y la responsabilidad, decimos, es una mezcla virtuosa que nos obliga a empezar y agotar los textos a la hora prevista. Hice lo que debía, de acuerdo con mi oficio: sin ganas de empezar, esperé el deadline. No sirvió de nada. Simplemente no tengo ganas de escribir. Hago un esfuerzo extraordinario para liberar cada una de estas ideas.
Tampoco tengo ganas de hablar. Imposible explicar por qué. Quisiera decirles que estaría mejor si no me saludan en la calle o en un restaurante o en mi oficina; me obligan a responder y, de verdad, no quiero hablar. Si pudiera me encerraría en un torreón con muros de diez metros de espesor para no ver, ni ser visto. Ya adivinaron: no quiero mirar. Ofrecería mil días de mi vida si alguien me garantiza que puedo quitarme los lentes (soy casi ciego sin ellos) para no ver a nadie durante la siguiente semana. Sepa Dios por qué no quiero mirar o ser visto.
Honestamente lo que más quisiera es no sentir. Tengo un sueño recurrente en el que floto, y no es lo que quiero. No sentir es no sentir es no sentir. Nada. Es lo más cercano a estar en coma, un coma especial que dé garantías de que regresas cuando debes porque no quiero un túnel que me lleve no sé a dónde ni cosas de esas, no: quiero no sentir. Si eso implica no comprender, no quiero comprender. Quiero estar lejos de flotar y comprender; quiero no sentir. Entiendo a quien me diga que es extraño desear algo tan subjetivo y abierto a discusión, pero no le responderé porque no quiero discutir. Ni una idea, ni una frase, ni una nada: no quiero argumentar. Y no sé por qué no quiero sentir o argumentar. Simplemente no quiero, y ya.
No quiero disentir, creer, crecer o levantar el brazo. No quiero mirarlos a los ojos y decirles lo que pienso con la firmeza del merolico, del dictador, del que se cree las cosas que dice, del soldado o del funcionario público, del periodista o del escritor. Como León Felipe, no quiero hacer reír a nadie. No quiero abrazar, domar, desear, soltar, medir, lastimar, caminar de la mano de alguien o de cara al sol. No sabría explicarles por qué. Sólo sé que prefiero no escribir, no hablar, no mirar, no sentir, no argumentar, no discutir, no comprender.
Quiero dejar de pensar. Eso: dejar de pensar. No me interesa lo que pienso en estos días. Y si alguien me pregunta qué es lo que siento, les pondré una imagen: la de un árbol caído. La de una lechuga, también. O una nube en la mitad de la tormenta. Y nada de lo anterior soy, ni nada de lo anterior me siento. Entonces no sirve de nada que me lo pregunten: ni yo mismo lo sé.
No quiero ver hacia atrás porque el sol que se oculta a mis espaldas me encandila. No quiero ver hacia enfrente porque la sombra que se me adelanta hunde lo que me espera.
(No quiero verte en el fondo del vaso, en el anuncio de celofán que arrancó un estornudo del viento, o en la chistera de las madrugadas. No quiero darme la vuelta y encontrarte en la esquina; escribir y dedicarte una letra; hablar y decir tu nombre, o sentir cualquier cosa que te refiera. No quiero comprender, disentir, pensar. No quiero escribir, pero tampoco quiero apagar la luz porque no sirve de nada: aún en esa oscuridad, estás tú.)

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PARA NO DEJARTE IR

Enero13

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Hoy te soñaba otra vez. Ibas conmigo por un extraño mercado que a veces era un edificio de departamentos. Yo extendía la mano a los vendedores-vecinos como si fuera un político, aunque sabía que lo más importante eras tú y quería presumirte. Y de repente sentí un disparo en la nuca: te dejé ir cuando me apretabas la mano. Quise jalar aire y tirarme al piso, y en cambio corrí. Gritaba tu nombre hasta que supe que no tenías nombre: me salían piedras de la boca. No sabría decir si tú me dejaste o yo a ti. Lo asumí como un doloroso malentendido. No tenías rostro ni nombre pero cabías en el hueco de mi mano. Eso recuerdo. Así te soñaba hoy, hace unos instantes. Así te sueño de vez en cuando.
En un momento de mi sueño (en un espasmo del Alzheimer, será) no te buscaba siquiera. Así debe sentir alguien que se queda mudo, dije. Así sienten, estoy casi seguro, los que caminan con rumbo a la ceguera. Así siento si te sueño, como-te-llames: norte o sur, rabieta, calabacín morado, marimba sin dientes, cabello rojo o negro o gis; piel albina o de chocolate; raíz de ginseng con piernas largas y dedos de hilo que saludan la vida.
Ya no recuerdo si te inventé, si alguna vez estuviste o si eres un suspiro de la madrugada. Hoy que te soñé eras viva, y tu piel era la piel de un pescado que se escabulle; eso tampoco me da noticias de ti, ni me dice qué eres. Lo escribo porque alguien me lo ha recomendado. Piensan que así te borrarás de los sueños, aunque yo no sé si eso es realmente lo que quiero. Escribo con prisa porque en cada punto y en cada coma te me borras algo, y no me causa gracia tener más vivo el recuerdo de un dolor de muelas a los seis años, que a ti.
Terrible angustia, volver a la computadora a las tres de la mañana con el corazón temblando y sin saber por qué, para qué. Vivo en vela. Dormía cinco horas y luego cuatro, y de tres he pasado a una. Tengo ánimos para comerme el mundo. Tengo fuerza para hacerme bolita como un moco y lanzarme lejos. Tengo suficiente energía como para doblar rieles o arrancar el marco de la puerta del departamento en el que vivo. Quiero decir que no padezco cuando me mantengo tanto tiempo despierto. Sufro porque no sueño: el sueño es la única ventana que me permite acariciar la posibilidad de encontrarte para no dejarte ir, como nos sucedió ayer.
Hace varias tardes que mi cabeza cayó sobre mis hombros, como una tortuga que esconde la cabeza en el caparazón. Lo observé desde mi propia cabeza. Ronqué por un segundo. Estaba en el trabajo. Si no fuera porque había gente a los lados, me habría puesto cómodo para esperar y ver cómo llegas en un sueño. Habría intentado descubrir misterios que me urge descubrir. Te habría agarrado fuerte de la mano para que no me dejaras o para no irme. Habría arrancado el cable de la televisión para amarrarme a ti. Te habría abrazado para fundirme contigo, para ser tu piel y tu cabello, o los huesos que no conozco y que veo entre sueños y se van, se esfuman, se diluyen como la luz entre los árboles del Parque México.
Esta madrugada velo otra vez. Y porque velo, no vienes entre sueños. Quiero dormir para que vuelvas, toques discretamente la ventana y pidas asilo al hueco de mi mano. Quiero atraparte un dedo, un cabello, la punta de la lengua. Quiero retener tu nombre: esta vez no pienso dejarte ir.

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SOBRE EL DESDÉN DEL TIEMPO

Enero6

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

–A Lupe, a Don Aure

Y eso que no has llegado a mi edad, dijo. “A mi edad, los años se van más rápido”. Intenté decirle que era porque pensaba demasiado en eso. Me di cuenta de que no había gran distancia entre los dos y tomé la decisión de esperar unos años. Ahora vivo en la carne lo que me dijo aquella vez. Todavía no lo alcanzo, pero ya lo vivo. Y sí: entre más viejos somos, más rápido se van los días. Y sí: pienso más en eso. La diferencia entre ser joven y maduro se puede medir por las veces que piensas en un día en que ya te alcanzaron los años.Imaginemos que nunca me advirtió que mientras más años tienes, más rápido palpita el tiempo. ¿Se me irían más lentos los años? ¿Pensaría menos en eso? Creo que no: le estoy entregando un poder a mi apóstol del tiempo que en realidad no tiene. (Bajo esta premisa, tampoco es apóstol del tiempo, como lo he llamado). Presiento que me habría enterado de todas maneras. Esto le concierne al tiempo: entre más años tienes, te trata con mayor desdén. Otra manera de saber qué tan maduro o joven eres, es midiendo con cuánto desdén te trata el tiempo.
Y eso que no has llegado a mi edad, dijo. Pero, ¿y si agrega: “A mi edad, los años se van más lentos”? ¿Le habría creído? Quizás sí, pero difícilmente lo habría aceptado como una regla universal. Hoy tuve tiempo de lavar platos, tender mi cama (tender, ¿por qué decimos tender?), cortarme las uñas, arreglar algunos libros, escribir unos párrafos y leer unas páginas, ir al cine y volver para prepararme la cena y ver dos capítulos de una serie de tele. El tiempo fue amable conmigo: sentí que hice mucho, cuando en realidad me dediqué a domesticidades. Un amigo suele decir que los viejos manejan despacio porque no tienen prisa; en realidad sí la tienen, pero creen que si van despacio harán que el tiempo vaya a ese mismo ritmo; o están más ciegos, tienen menos reflejos y se sienten más inseguros. Si quieres saber la diferencia entre ser joven y viejo no basta con un día para medir el paso del tiempo: hay que juntar varios. Si haces este último ejercicio, resígnate, porque no importa tu edad: ya eres viejo.
Mi madre y mi padre me llaman cada vez que pueden. Yo hago lo mismo. Cada vez podemos más. Si tengo tiempo y dinero, tomo un avión y voy a verlos. Podemos más que hace unos años; qué va: más que hace unos meses. Tenemos prisa por vernos. El tiempo que pasamos juntos, sabemos, vale oro molido. Procuro abrazarlos, besarlos, dormir con ellos. Procuro inyectarles de mi propia sangre, de mi propia vida. Allí, frente a los dos, él conectado al oxígeno y ella a la estufa, le pido al tiempo lo que no hará: que se detenga. No hay manera de influir en su desdén; el tiempo no entiende razones. Cuando estoy junto a mis viejos no puedo decir quién es joven o quién es viejo: somos una misma carne, un mismo nudo en la garganta, una misma carcajada, una misma idea del mundo.
Cuando mi padre regresa al hospital, me le hinco al tiempo. Sé que estoy frente a un dios equivocado. Le pido que se vaya despacio, que tenga misericordia. Su respuesta me parece conocida: “A mi edad, los años se van más rápido”. (El tiempo es viejo y lleva prisa). Me desconsuelo, me tiro a llorar como chamaco cagón y me da sueño. Despierto con el corazón frágil como de veinteañero; tomo el teléfono de un manotazo y luego me tranquilizo: todo está bien allá, me digo. Los viejos están bien.
Otra burla, otro desdén del tiempo: las malas noticias son las únicas que pueden administrar su propio ritmo y destino: siempre te llegarán con gran prisa. Y aquí no importa si eres joven o eres viejo. Aquí no importa qué tan preparado te sientas. Las malas noticias llegarán, cuando lleguen, como un rayo y con exactitud de reloj suizo.
Frente a lo inevitable, no hay diferencia entre ser joven o ser viejo: yo me acurruco en una esquina de la cama como un niño y leo en voz alta para no pensar.

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EL FUTURO ES AHORA MISMO

Diciembre31

PUBLICADO EN DÍA SIETE
Qué difícil es ver hacia el futuro sin parpadear. El pasado despierta nostalgia, pero no tanto como imaginar el futuro. Por lo menos en mí. Da nostalgia lo que vives tanto como lo que no vivirás. Y entiendes que no debería ser de esa manera. Solemos decir que el futuro es la esperanza, un cuaderno en blanco, una historia que empieza y otros chicles mascados. Pero si creemos que adelante en el tiempo estará una parte de nosotros, es imposible no encontrarse con la zozobra, y parpadear.
Hay una paradoja que se convierte en condena: No podemos desechar el pasado y, por lo tanto, el futuro no es un papel en blanco. Tenemos la opción de no ver hacia atrás, pero el que olvida de dónde viene y se vuelve enemigo de la memoria terminará por caer en los mismos errores, diría José Alfredo. Ver al pasado es un reencuentro con nosotros mismos y eso no siempre es buena noticia. Sin poder renunciar a lo que se va quedando, el futuro se nos plantea como una novedad a medias. Soy yo mismo, más adelante. Es el mismo usted, los mismos nosotros. Así lo veo. Y si el presente carga con tristeza, si viene tan lleno de aflicciones y de sinsabores, ¿así es el futuro? ¿Cómo burlarlo?
Ahora que me veo con arrugas, más cansado, menos entusiasta, procuro decirme que el que está allí, en el espejo, es el hombre más joven, el más vigoroso, el menos amargado y menos feo que veré desde hoy y hasta el último día de mi vida. Es la mejor versión de mí. Esto que ven, amigos, se irá por un tobogán; seré la decoloración de mi propia polaroid.
Entonces me repito: disfrútate así como estás. Gástate. No vendrán “tiempos mejores” en esta vida. Esos ya pasaron o pasan frente a ti. Y me dan ganas de ir a todas las fiestas, subirme al Metrobús a diario, al Metro. Me urjo a comerme a mí mismo, en la ansiedad. Me quiero probar cuanto abrigo que vea y acariciar las pieles más tersas y las más ásperas. Entonces me río mucho y lloro, me hinco en soledad para revisar que todavía sé hacerlo; sacudo los muebles, limpio el Jeep, voy al trabajo, me bebo los tragos que más le gustan al paladar, al hígado y a los riñones, mis grandes cómplices. Corro para que no me atrape el viento, salto para que me humille la gravedad, me rasco para confirmar mi piel. Y me entero así que nada de esto es nuevo. El del espejo es el mismo de ayer y mañana perderá algo. No hay manera de evitarlo: la gente como yo se la vive despidiéndose.
Dice Woody Allen que se interesa en el futuro porque es el sitio donde pasará el resto de su vida. Verdad a medias: en realidad es el lugar al que llegaré sin haber sido invitado, y del que ya no regreso. El futuro es inasible: nos llega demasiado rápido.
Qué difícil es ver hacia el futuro sin parpadear. Qué ilusión es pensar que puede ser un amigo.
El futuro simplemente está allí. Aunque no lo tomes, te llega. Es mi presente: no lo pienso demasiado, no lo busco demasiado. Es otra vez yo, el del espejo, con un poco más de cansancio encima. Es la puerta que se abre a cada paso y se cierra para siempre en cuanto cruzas el umbral. Y nada más.

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DILEMAS PARA EL FIN DE AÑO

Diciembre30

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Quiero a mis amigos de muchas maneras. De todos sabores y colores, los quiero. Por viejos y por sabios, por viejos y por estúpidos; porque de tan jóvenes (imagino) nunca llegarán a mi edad; por inmaduros, por insostenibles y debiluchos, por rasposos e irresponsables; por asertivos y por vulnerables; por inhumanos y por cariñosos.
Me doy cuenta de que vamos hacia la madurez de diferentes maneras. Unos que se atreven a pintarse el cabello y otros que están a dos minutos de dejar a la mujer con la que han vivido toda la vida. Mírenme, mírenme (los amonesto sin abrir la boca): ¿Quieren verse solos? Pero ellos ven en mí a un hombre maduro que sale con muchachas y vive solo. Quisiera que vieran la otra parte (cuando no hay quién te alcance una toalla o te responda con un cariño) que nunca les voy a compartir, aun cuando quiera mostrarles a dónde irán si se dejan abandonar o si abandonan.
Difícil abandonar la prisa. Vamos corriendo a las canas y, en el caso de las mujeres, al aumento del maquillaje. Y vamos corriendo porque nosotros no manejamos este tren: lleva chofer y va solo. Si por alguna razón te sientas en la cabina y le gritas que se vaya despacio, sabrás que está sordo y mudo. El chofer del tiempo no se deja impresionar, es implacable. No está frente al dilema de dejarse crecer las patillas (aun cuando tenga, las patillas, dos problemas: que no están de moda, y que no compensan las entradas o la caída de cabello en la coronilla).
Un día brinqué de la cama y me enteré que hay un dolor en algo que no conocía que se llama “espalda”. Nunca pensé en mi propia espalda: sólo atendí otras. Otra vez revisé mis cuentas al dentista y encontré gastos exorbitantes… y necesarios: quien recuerde un dolor de muelas sabe de qué hablo.
Llegar solo a mi edad tiene muchas complicaciones. El que tuvo hijos debe atenderlos sin llevarse el premio de estar con ellos permanentemente, y vivir acompañado. El que no tiene hijos, como yo, imagina de muchas maneras su final. Esa es su obsesión. Unos y otros aspiramos a ser rabos verdes; en la oscuridad lamentamos nuestra soledad, y pasamos el tiempo pensando en quién deposita sus confianzas todas las noches la mujer que más quisiste.
Las redes sociales ayudan y no ayudan. Lo resumo en esto: estoy agradecido infinitamente porque una mujer a la que he amado no me aceptó en el Facebook; así no me entero ni se entera. Sabia ella; yo preferiría clavarme puñales cada madrugada.
Sé por qué escribo estas cosas: las fechas. Un amigo me rescató en Navidad y la pasé acompañado, en su casa, con su encantadora pareja y otros amigos que aprecio. Ahora viene el Año Nuevo. Faltan dos días y no imagino siquiera en dónde estaré. No es que quiera estar acompañado: es que la fecha presiona. Por mí, qué mejor que estar encerrado viendo otra vez alguna de las películas de la Guerra de las Galaxias (que, según mi encuesta personal, es puramente masculina). Pero nadie lo acepta y tú tampoco te compras la idea. Dije que apagaría el celular y comería cereal en Navidad mientras me chutaba la primera temporada de la Guerra de los Clones. No pasó.
Otra vez me acuso de impertinente, y me hago la víctima: no quiero quitarles tiempo con mis dilemas de hombre solo. Escribo a partir de una realidad de muchos. La sociedad moderna nos ha hecho más egoístas, sabios, roñosos, precavidos o miserables (dicen las estadísticas): más mujeres y hombres deciden vivir solos año con año, y cada vez son más las parejas que deciden no tener hijos. Yo creo que se debe a que no creemos en el futuro. Cada quien tiene sus propias teorías.
Sé que no debería quejarme. He vivido como he querido. Me siento en paz cuando me veo al espejo (quizás porque de tanto verme no veo a nadie) y me siento bien con ser parte de la estadística.
Como les digo, son las fechas. Eso, y que a veces dudo que las cosas buenas duren para siempre: estoy demasiado a gusto solo: seguramente ya me esperan al doblar la esquina el flechazo, la pasión, el amor, la duda, el desamor y –con la separación– otra vez la estadística.

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ÉLMER MENDOZA ESCRIBE SOBRE LA NOVELA “CORAZÓN DE KALÁSHNIKOV”: “[...] Lo que hace es someter su historia a un territorio literario donde la fuerza radica en el lenguaje, en la manera en que crea sus personajes y en la forma dúctil de desarrollar su discurso [...]“

Diciembre24

POR ÉLMER MENDOZA. PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
La primera novela de Alejandro Páez Varela, Corazón de Kaláshnikov, publicada por Planeta en 2009, se proyecta como una literatura de la experiencia; lo que significa que crea un mundo posible que se siente cercano y verdadero. Desde luego, no es porque el autor sea alguno de los personajes que se mueven en la ficción, sino porque su larga carrera periodística lo ha llevado a ver e imaginar los asuntos más escabrosos.
El ser humano da para todo. Los seres oscuros que se deslizan en Corazón de Kaláshnikov son un muestrario de la fatalidad más abyecta. Es un triángulo femenino y es ciudad Juárez. Con habilidad que se agradece el autor disminuye la carga semántica que el nombre de Juárez impone en asuntos de violencia. No es que lo ponga fácil eludiendo evidencias; lo que hace es someter su historia a un territorio literario donde la fuerza radica en el lenguaje, en la manera en que crea sus personajes y en la forma dúctil de desarrollar su discurso.
Tampoco se trata de una literatura ensimismada que se regodee en su propuesta; por el contrario, es dura y provocadora, y se suma a la reactivada literatura mexicana donde el placer estético es un cuestionamiento a la perversión y a la deshumanización de nuestro tiempo.
Páez teje, de manera sencilla, una historia donde los puntos de quiebre están relacionados para reforzar la idea de que el mundo es pequeño y que cuando de violencia se trata, es aún más. Un universo poblado por sicarios, prostitutas, marigüaneros, obreras, religiosos, narcos, padrotes, policías federales y mujeres: Jessica, Violeta y Juanita, donde la primera y la última mueren trágicamente y la otra se encarga del marido que es un capo poderoso y termina lejos, sin embargo, atada a un sentimiento que se manifiesta en postales.
Cada frontera es un mundo, y la de Juárez es una vibración intensa donde la ciudad mexicana no se explica sin El Paso, la norteamericana. Algo más profundo y dependiente que el intercambio comercial de bienes y sustancias de todo tipo, tiene lugar en esta simbiosis: una personalidad con dos rostros, dos pasados y dos visiones del mundo. El autor va desgarrando personajes como un acto de expiación de una vida sin retorno: “Para cuaresma, si ando por acá”, dice Flor a Jessica, “te hago chacales. Hago muy buenos chacales. Con asadero y laurel. Y tecomate de habas…” No hay uno que no extrañe el pasado. A la carga de la añoranza hay que agregar la tremenda del desamor que es abandono, que sufre la mayoría de los personajes. ¿Es esto una marca de nuestro tiempo? Porque así lo indica una vivaz línea narrativa perfectamente elaborada. Cuando Amado intenta volver después de quince años de ausencia, Jessica tiene una semana de asesinada, y el futuro no existe.
Alejandro Páez Varela, nacido en Ciudad Juárez, México en 1968, tiene un estilo sobrio. Sus capítulos cortos sostienen un ritmo apresurado en que los personajes van cayendo. Es una novela de desgracias que no dispensa su parte poética: “Los tiempos mejores están frente a uno y uno no lo sabe”, “Pequeña, esta noche vienen a matarme”, escribe Mario Giancana, el Sheik, a quien pusieron su “sangre como abrigo”. Algo atrayente son los nombres y apodos de los personajes: Serrucho, La Negra y Teresa (Para masculinos) Foca, Tony Ferrer, Zurdo, Chiquito. Igual se escucha el sonido del legendario acordeonista Flaco Jiménez y aparece el bar Kentucky, auténticos emblemas de la cultura popular juarense.
Cada capítulo tiene su sitio preciso y muchos de ellos son perturbadores. Jessica, que muere de un balazo en el primer párrafo, abre la puerta a la tormenta de arena, que tendrá su explicación muchas páginas después. Luego vendrán Juan, Amado, el Sheik, Violeta, Juanita, que conforme transcurre la novela se irán aproximando hasta quedar fusionados. Lo mismo se mezclan sueños, recuerdos y la vida en la muerte; Juanita comparte maíz molido en agua con su abuela Laura, muerta tiempo atrás.
El uso de la palabra siempre será maravilloso. Páez trasmite ese placer primigenio, humano, cómplice, del escritor que se aventura y que se debate en la incertidumbre; pero no pierde el hilo ni la fuerza ni la intención, se nota que su pasión por la escritura, como a Alfredo Bryce Echenique, le “viene del habla, de la conversación.” Y que al igual que él, escribe con “precipitada nostalgia”. Una ciudad como Juárez no es para olvidar.
Corazón de Kaláshnikov es una novela que no se detiene demasiado en el espacio, no en el sentido totalizante. Se centra en los personajes que con cada página ganan en perfil. Su virtud principal es el de la telaraña que logra que uno termine atrapado y sorprendido en esta vorágine de pérdidas tan bien contadas.

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