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	<title>Alejandro Páez Varela</title>
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	<description>El mundo se va a acabar</description>
	<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 05:00:01 +0000</pubDate>
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		<title>YA LLOVERÁ</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 05:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
“En veinte años contaremos sobre el 2010: Por la noche había tiros y de día íbamos a trabajar. En el camino, bloqueos. Y será un mal recuerdo”
–@eldacantu, vía Twitter
“Qué optimista”
–Yo
“Bienvenido a Juárez”, dice mi hermano. Y como muero de hambre, no asimilo su ironía; le pregunto a dónde vamos. “Más adelante debe [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a></p>
<blockquote><p>“En veinte años contaremos sobre el 2010: Por la noche había tiros y de día íbamos a trabajar. En el camino, bloqueos. Y será un mal recuerdo”<br />
–@eldacantu, vía Twitter<br />
“Qué optimista”<br />
–Yo</p></blockquote>
<p>“Bienvenido a Juárez”, dice mi hermano. Y como muero de hambre, no asimilo su ironía; le pregunto a dónde vamos. “Más adelante debe haber una burrería abierta”, responde. Seguimos, seguimos hasta que damos con unas gorditas de harina. Rompo la dieta en tantos pedazos como guisados hay en el pizarrón: asado, deshebrada, chile colorado con carne, ejotes con huevo. Aurelio me secretea: “Esta pobre señora sí paga cuota, carnal. Si no, ni gorditas te tocan”.<br />
Vamos por la avenida rumbo al puente internacional de Waterfill. Calculo que de cada cinco negocios, tres están cerrados. Pasan y pasan camionetas artilladas con Policías Federales armados hasta los dientes y camiones de soldados con estufas y chalecos antibalas. ¿Contra quién pelean?, me pregunto, si la ciudad está peor que nunca. Las extorsiones casi acaban con la industria y el comercio. La violencia, con las familias. Ya ni siquiera es posible beberse unas cervezas y comerse una carnita asada en el patio sin el riesgo de que caigan los federales o los sicarios (o los dos) y te culpen de asociación delictuosa.<br />
Pasa ya la hora de la comida. Ángel Otero, periodista chihuahuense, lanza una pregunta al aire desde su programa radiofónico (para mi gusto uno de los mejores y más valientes del país): “¿Cómo le hacen los criminales para cobrarle cuota a todo mundo en Ciudad Juárez? Porque no se les va ninguno: negocios grandes, changarros, vendedores ambulantes. Legales o ilegales”. Se contesta: “Muy fácil: hacen su trabajo. Van de negocio en negocio, llevan una contabilidad pulcra. Hacen lo que Hacienda no hace”. Es viernes por la tarde; Ángel se despide: “Pero usted pase un buen fin de semana. No haga caso a este programa. Váyase a casa, júntese como su familia en silencio y tómese sus cheves. Y si le tiene mucha confianza, sólo si de verdad confía en él, invite a su compadre&#8230;”.<br />
No hay línea en el puente de Ciudad Juárez a El Paso. Mamá comenta: “Ya no vienen ni por medicinas. Nadie visita nuestra ciudad, hijo”. Cruzamos a Texas. A lo lejos, el sol lanza rayos tibios color rosa, anaranjado. En unas cuantas horas empezarán, seguramente, las orgías de sangre del lado mexicano.<br />
Del otro lado, la sed acosa a los vagos; ahora es de noche y salimos a buscar una cerveza. El Paso, la primera o segunda ciudad más segura de Estados Unidos, es una fiesta. Miles toman de Este a Oeste los bares, los restaurantes. Miles que quieren una vida en paz y un empleo fijo. Me impresiona el boom económico. Los migrantes del terror le han inyectado, con sus pesos, un dinamismo envidiable. En el centro paseño las grúas sobre los edificios son astabanderas del progreso. Cumbia, norteña, acordeón, Carlos Santana, ZZ Top, Juan Gabriel, Pink Floyd y Led Zepelin: La diáspora juarense se adueña de las calles. Cae un fresco agradable y la cerveza está lista en las piletas de cemento y hielo picado. A la derecha, burritos de chile relleno o de deshebrada; a la izquierda, flautas, menudo o pozole. Como en Ciudad Juárez antes de la guerra.<br />
La noche se hace corta. Cuando vamos por una última cerveza a un bar muy cerca de mi casa, a mi amiga le piden una identificación y yo lo veo como un cumplido. Pero a ninguno no nos aceptan el español. “¿What?” No sería raro en casi cualquier ciudad de Estados Unidos; lo es en El Paso porque un paseño se sentía siempre en desventaja si no hablaba español; es una ciudad que presta servicios y venden miles de millones al año a casi puros mexicanos. A medianoche, en Chicos Tacos hicieron como que no me entendieron. Chicanos que no saben español, ajá. No los critico. Me acepto paranoico: lo que en realidad me mueve es la posibilidad de que los paseños ya estén hartos de la diáspora juarense. ¿Y si empiezan a rechazarnos? ¿A dónde se van tantos desgraciados que han dejado su ciudad a causa de la guerra? No me quita el sueño, aunque me voy a dormir con esa idea.<br />
Sábado. Cae una lluvia sorpresiva sobre el valle que se extiende al Este de Juárez y El Paso. Un arcoíris cruza la frontera sin pasaporte. Los niños en el barrio de mamá y papá salen a la calle a correr sobre los charcos como lo hice yo hace muchos, muchos, muchos años. Ah, hermosa lluvia. El desierto entero lo festeja. En una orilla de la banqueta salen los renacuajos y en cuestión de dos horas hay ranas y flores. Todos tienen prisa por mostrarse felices y se reproducen: nadie sabe si volverá a llover otra vez en lo que resta del verano. Me abrazo de mis viejos, hablamos todo lo que podemos antes de irme al aeropuerto. Me duele el corazón pero no se los digo porque les duele verme partir y tampoco me lo dicen. Nos besamos. El viejo no se pone de pie: me ve arrastrar la maleta hacia la puerta y nos despedimos, sin más, con un te quiero.<br />
Ciudad Juárez se ve hermoso desde el aire. Esas calles polvorientas; esas manchas de gris que son las maquilas; esos baldíos improductivos que un día cultivaron algodón; esos cerros pelones, y ese cielo, Dios mío, tan generoso, tan colorido. Tan mío. Hermoso. Entrañable.<br />
Cierro la persiana y la señorita me obliga a que la abra. La quiero amenazar con irme a Mexicana pero, ni modo: tenemos Aeroméxico y ya. Mejor cierro los ojos. “Mañana volverá a salir el sol sobre estas sombras”, pienso. Mañana volverán las lluvias a los campos secos. Los huesos no retoñarán, pero los que estén allí saltarán en el charco como sapos, florearán como plantas del desierto. Verán el pasado como una terrible pesadilla.<br />
Ya llegará ese día. Esos nubarrones deben ser los de la lluvia que viene, me digo.</p>
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		<title>CLAVICORDIO PARA UN CAMBIO DE VIDA</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 02:06:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[PUBLICADO EN DÍA SIETE
No hay nada como un buen sueño. O un buen baño. O una calle tranquila donde puedas pasear a los perros, acomodar los huesos y tomarte un café. Nada como una buena borrachera con los amigos que quieres y el trago que te ahoga. O que la mujer que te fija la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.diasiete.com"><strong>PUBLICADO EN DÍA SIETE</strong></a></p>
<p>No hay nada como un buen sueño. O un buen baño. O una calle tranquila donde puedas pasear a los perros, acomodar los huesos y tomarte un café. Nada como una buena borrachera con los amigos que quieres y el trago que te ahoga. O que la mujer que te fija la vista se coma tus ojos en sendos bocados. O una tarde sin ruido. O una mañana sin despertador. O un simulacro de incendio en el edificio de enfrente y un terremoto en las oficinas que compartes con gente aburrida que inyecta una sola ambición: que llegue el fin de semana para no tener que verla. Nada mejor que identificar el día por el color en el tendedero de vecinos cuyas vidas te valen una tiznada: el lunes es blanco; el martes es azul; el miércoles de lencería, negro; el jueves tutti frutti para los niños, y el viernes, blanco otra vez. Nada como una mañana de 5 de mayo en la que sabes que no hay qué celebrar pero tienes descanso obligatorio. Nada como andar sin desayuno, sin pantalones, sin ideas, sin remordimientos, sin material para una película que cambiará a las siguientes 10 generaciones. Nada como respirar y cerrar los ojos, deliberadamente, mientras los noticieros de las 10, 11 y 12 sincronizan sus ideas y muestran el mundo como es. Nada como bajar el switch de la vida por unos instantes y brincar borregos de 100 en 100 hasta saturar el otro lado de la cerca. Nada como bajarle al baño y que todo (borregos, borrachos, simulacros, vecinos, calzones, switch, vida, ambiciones y oficinas) dé vueltas y vueltas y vueltas hasta llegar a la cañería principal para caer en el gran lago de las penitencias.<br />
Nada como despojar una canción de su música y hacerla pasar por un poema exótico y/o desconocido. O una invitación en un sobre cerrado que no abres para no comprometer un futuro que ni siquiera te importa. O una explicación que no quieres y que por lo tanto ignoras, mientras piensas: “¿Quién querrá romperme el cuello, el hígado o el corazón de un golpe seco?”. O: “Debe haber una manera de entrar en el elevador sin que me hagan hablar y descubran, por mi tono de voz, que soy el que pinta obscenidades en las paredes de los baños”. Y: “Adam, Seth, Enos, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoch, Mathusalem, Lamech, Noé, Sem, Châm, y Japhet”.<br />
No hay nada como graduarse de exportador y dedicarse a resucitar almas. O una buena empanada de carne para volverse vegetariano y al instante abrir el planeta con los dedos para vomitar tanta grasa. Nada como ser alérgico hasta al sudor propio, e inflarte como un marrano en la primera cita porque es verano y alguien pasa cerca, sudando. Nada como abrirte la blusa para descubrir una bomba que estalla –otra vez al instante– y acaba con el edificio en el que vives, la calle en la que vives y la vida que vives. Nada como descubrir que un Glenn Gould muy jorobado toca variaciones para clavicordio a la orilla de la cama.<br />
Nada como un buen sueño, un buen baño, una calle tranquila, una buena borrachera, una mujer que te fija la vista. Nada como tu blusa, un clavicordio, perder los pantalones, una bomba.<br />
No hay nada mejor –¡lástima!– que un cambio de vida.</p>
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		<title>PARA ENTENDER LOS SUEÑOS</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Aug 2010 23:47:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[POSTS]]></category>

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		<description><![CDATA[PUBLICADO EN EL UNIVERSAL 
Me asombra la gente que dice que no sueña. Y me asombra más saber que sean tantas personas las que afirman que no sueñan. Deduzco que soy de los pocos que sueñan tan a menudo. A diario despierto de madrugada y recuerdo tramas enteras, ya saben, como en los sueños: descuartizados, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a> </p>
<p>Me asombra la gente que dice que no sueña. Y me asombra más saber que sean tantas personas las que afirman que no sueñan. Deduzco que soy de los pocos que sueñan tan a menudo. A diario despierto de madrugada y recuerdo tramas enteras, ya saben, como en los sueños: descuartizados, inconexos, aunque con un hilo conductor que los hace sentir como historias completas. Me despierto y tengo la tentación de escribir lo que veo porque esos sueños juntos harían un buen libro de historias mágicas, terroríficas, absurdas y/o divertidas. Un tiempo puse una libreta y una pluma sobre el buró para escribir mis sueños, y como soy insomne, era darme una puñalada. Au si llevaba dos horas dormido, ya no podía cerrar los ojos. Día terrible, el siguiente. Los insomnes saben a lo que me refiero.<br />
Es mucho lo que veo dormido. Sin aspaviento, sin hacerlo formal, he clasificado mis sueños y las categorías son pocas y de lo más caprichosas. Están la Nubes-de-Azúcar y la Pantanos-Tenebrosos. Una sola noche puedo visitar estas categorías extremo, y transitar por las intermedias, en las que apunto los sueños que desarrollan una trama insípida.<br />
Una o dos veces por semana tengo pesadillas. Si estoy acompañado y si mi compañía me conoce medianamente, sabrá que si muevo un brazo o una mano, o aprieto el puño o rechino de manera inusual los dientes o me quejo, o pujo, es porque tengo un mal sueño. Si me rescatan del infierno les beso los pies en silencio: agradezco humildemente a quien comparte la cama conmigo por salvarme del gallo sin cabeza, de la viuda negra, del grupo de muñecas en un gallinero, del pasillo largo en donde una tía esquizofrénica me espera con una caja de cereal llena de ratones, de Satanás, de una guerra de la que huyo porque si me atrapan me encerrarán hasta que muera de hambre y pena. Y estas son pesadillas que, unas menos y otras más, cargo desde niño.<br />
Otras veces me despierto feliz. Y esa felicidad me dura todo el día. Es porque tuve por sueño una nube de azúcar: me veo de 10 años y saco barro de los llanos para hacer figuras; o mamá, papá, mis hermanos y yo platicamos y reímos como si estuviéramos borrachos; o el amor de mi vida -como si existiera tal cosa- me abraza con los senos descubiertos y me dice, mientras me toma del cuello y me mira a los ojos: “Ya, Ale, ya, duerme, nene, duerme”. O bien vuelo. Mucha gente, por lo que se me refiere, no ha soñado con volar. Yo vuelo en los sueños. Primero es como si me cayera; voy hacia el vacío en posición fetal, con los ojos cerrados, y repentinamente reboto. Como un globo, reboto. Y a dos metros del suelo por ese primer rebote, abro los ojos y extiendo piernas y brazos y entonces me entero que estoy flotando. Muy pronto aprendo a controlar el vuelo. Imagínense. A la mañana siguiente soy un hombre nuevo.<br />
Aún con pesadillas, que son muchas, me gusta ser de los que sueñan. Y no deseo interpretar los sueños porque sería como darles un poder que no tienen, a pesar de lo que digan los místicos, los cabalistas y casi todas las religiones. Tampoco les resto importancia: he convivido tanto con ellos que son parte de mí.<br />
Sin embargo, me atrevo a decirle a los que creen que no sueñan que no se pierden de gran cosa. Recurran a sus vidas y vean hacia atrás: eso que está en el pasado es como un sueño, un enorme borrón de ideas y trazos de otro y de usted que a nadie importa, y que nadie intentará rescatar del olvido. El pasado, como los sueños, se perderá en el pasillo oscuro de nuestras madrugadas. Así como los sueños son ingobernables y no podemos retomarlos después de un despertar abrupto, así es su pasado y el mío. Nadie puede moverle un ápice al pasado, y el presente es sólo brinco en la cama, un susto sudoroso.<br />
A esos que creen que no sueñan, les recomiendo revisar sus días. Encontrarán, entre jirones de recuerdos y despojos de ideas, que su vida actual es el sueño dulce o la pesadilla que tuvieron dos, tres, 10, 20 o 50 años atrás. Se ha vuelto realidad. Tome agua, límpiense el sudor, enciendan las luces del cuarto porque -ni modo- el presente es el sueño ingobernable, inconexo y descuartizado que tuvimos cierta madrugada, años atrás, y que ya no recordábamos.</p>
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		<title>ALBÓNDIGAS DE ODIO EN LA CONDESA</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Aug 2010 05:34:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[PUBLICADO EN EL UNIVERSAL 
Doña A., que en todo está menos en misa -como dice mamá-, me contó hace un par de días cinco o seis historias atropelladas sobre perros y vecinos del barrio La Condesa, en el que vivimos. No registré la mayoría, y seguramente ella tampoco; pero las que recuerdo son, de tan [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a> </p>
<p>Doña A., que en todo está menos en misa -como dice mamá-, me contó hace un par de días cinco o seis historias atropelladas sobre perros y vecinos del barrio La Condesa, en el que vivimos. No registré la mayoría, y seguramente ella tampoco; pero las que recuerdo son, de tan obscenas, inverosímiles. Que un hombre llamó a un niño y a su perro y les entregó un filete que se veía muy bueno a pesar de que estaba envenenado. Que ya se supo que el agua del estanque de los patos tiene cianuro. Que soltaron ratas ponzoñosas que acabarán con la población canina. Me lo contó mientras golpeaba mi vajilla (¿cómo le hace para que se escuchen tantos fregazos entre trasto y trasto?), desnucaba mis figurillas y desacomodaba mis muebles.<br />
“Usted no les crea”, le dije, pretendiendo que atendiera mis platos, que los tiene tan despostillados como cerámica griega de hace 20 o 30 siglos. Pero la locomotora de la señora no se detiene tan fácilmente. Siguió, y siguió, y siguió, porque además vive en el mismo barrio, muy cerca de mi casa, y sus hijos crecieron allí y, es cierto, tiene el pulso de La Condesa como no lo tenemos nadie. “Usted nada más no suelte a los perros. Sáquelos con correa”, agregué.<br />
Lo que sí me consta, porque tuve acceso a un volante que circuló por Internet, es que una mentada “junta de vecinos” decidió cocinar “albóndigas de exterminio” que regará o regó en los parques (España, México) para matar a los perros que no merecen vivir, según su criterio: los que andan por la libre, sin correa; los que no tienen dueños que vean por ellos. Los callejeros. Sólo porque son feos, cagan en donde los alcanzan las ganas y se bañan libremente (desdichados) en sus hermosas fuentes. “Albóndigas de exterminio”. Nombre de pésimo gusto para un barrio en el que convivimos norteños, sureños, judíos, árabes, argentinos, chilenos, chilangos y otros grupos con experiencias terribles en eso, en exterminio. Si se dan a la tarea de buscar un nombre que condense el odio del mundo, no lo logran: “Albóndigas de exterminio”. Pocos guisados como las albóndigas saben a mamá, a hogar, ¿cómo agregarles “de extermino” sin remordimiento?<br />
Yo tuve dos gatas. Desde chiquitas se acostumbraron a vivir dentro de casa y aunque la calle les daba mucha curiosidad, abrían los ojos con asombro y susto si las acercábamos al infierno exterior. Gala era más vaga y algunas veces, contadas, se escapó; Camila era una anciana desde que cumplió un mes. Pero los gatos, por naturaleza, son de la calle. Aún si tienen en casa cobijo y alimento, husmean aquí y allá en busca de bocadillos podridos que les sabrán a gloria; huesos, insectos, zacate y cochinadas que sólo las secretarías de Salud y de Educación de México aprobarían para nuestros hijos.  E igualitos son los perros. Y las ratas, y las cucarachas y el resto de la fauna de la ciudad. Garantizo el éxito, entonces, de las “albóndigas de exterminio”.<br />
No siempre me gustó La Condesa. Mucho menos pensé que viviría allí. Por necesidad llegué y hoy me siento privilegiado porque estoy en la periferia y no en el mero corazón. Con los años he entendido la magia del barrio: la tolerancia. Somos muchos extranjeros en un pequeño espacio, y en esa breve torre de Babel hemos aprendido a entonar una misma lengua, hasta que no aparecen estas expresiones de odio. Entiendo que los vecinos se quejen de los restaurantes, los bares y los males paralelos, empezando con los malditos valet-parkings y siguiendo con los franeleros. Entiendo que rabien porque los entrenadores de perros ya se apoderaron de las banquetas y no pagan, seguramente, un peso en impuestos. Pero nunca justificaré que les cocinen “albóndigas de exterminio” (por más que jodan) porque la siguiente horneada de guisos de la intolerancia irá contra protestantes, judíos, católicos, budistas o musulmanes, flacos, gordos, viejos, niños, escritores, mal vestidos, artistas, timoratos o quienes sean minoría.<br />
Yo vivo con mis dos perros. Si se cagan en la banqueta, cargo con bolsas; nunca corren tras los niños del barrio y aunque se me antojara que mordieran a dos o tres vecinos malaleche, no lo harán. Hago cuanto puedo para que no ladren a pesar de que está en su naturaleza, y si voy a los restaurantes abiertos con ellos, cargo sus correas. En el parque México hay dos perros callejeros que meten sustos a mis amigos y muerden la mano de quien no les da de comer, pero que tienen el mismo o más derechos que los míos: allí llevan 10  años. Pues pronto, gracias a las “albóndigas de exterminio”, habrán muerto.<br />
Si eso pasa, si matan a esos dos malnacidos, huiré de mí: Caín lleva en la sangre irse contra Abel. Mejor me refugiaré en casa a rumiar el tamaño de la desgracia. No levantaré un dedo. No prepararé paletas de raticida para los niños de la cuadra. No la haré de cocinero para escupir sus platillos. Sin embargo daré por muerta el alma de un barrio que me ha dado cobijo durante una década.<br />
Nada más que quede constancia: en un país que se desangra, sometido a la desgracia, a la vergüenza y a la intolerancia, un grupo de vecinos se da el lujo de echar a perder lo bueno: se lanza contra el de al lado y cocina albóndigas de odio para mancharse las manos de sangre y para acabar  -porque no pueden resistirlo como es-  con uno de los mejores espacios para que por lo menos los perros hagan (qué envidia) lo que ni siquiera yo pude hacer de niño: meterme a nadar a las fuentes, ladrarle a las nubes, exponer la panza al sol, celebrar la vida.</p>
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		<title>ABRAHAM, MOISÉS Y FELIPE</title>
		<link>http://www.alejandropaez.net/10-08-2010/abraham-moises-y-felipe/</link>
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		<pubDate>Wed, 11 Aug 2010 04:33:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[POSTS]]></category>

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-A Ciudad Juárez, mi llano solito, solito
1. No matarás
Me gusta el Levítico. Desde la forma en la que aparece en el Pentateuco cristiano o en la Tora judía, hasta el hecho mismo de que sea complicado de leer. Es el tercer libro de la Biblia y de la Tanaj o Antiguo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a> </p>
<p><em>-A Ciudad Juárez, mi llano solito, solito</em></p>
<p><strong>1. No matarás</strong></p>
<p>Me gusta el Levítico. Desde la forma en la que aparece en el Pentateuco cristiano o en la Tora judía, hasta el hecho mismo de que sea complicado de leer. Es el tercer libro de la Biblia y de la Tanaj o Antiguo Testamento, y rompe de manera abrupta el relato que viene del Génesis, continúa en el Éxodo y concluye en Números y Deuteronomio. Es un libro único, una compilación de leyes y de reglas éticas y morales dirigidas al pueblo hebrero, pero que por su vitalidad atraparon a una buena parte de la humanidad. Aunque la tradición indica que Moisés lo escribió por su propia mano, la historia nos sugiere que gente muy aplicada está detrás de su construcción. Para mi gusto, Levítico explica las razones por las que los cultos judío y cristiano son tan exitosos.<br />
El Levítico es el látigo y la zanahoria. Dependiendo el día, a veces creo que es más zanahoria y otras que más látigo. Si no ha leído este maravilloso libro, le recomiendo por lo menos acudir al capítulo 26. Escuche qué alivio: “(6) Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quién os espante”. Y en contra parte: “(29) Y comeréis las carnes de vuestros hijos, y comeréis las carnes de vuestras hijas, (30) y destruiré vuestros altos, y talaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y mi alma os abominará”. Es decir: más te vale respetar la ley, o la ley será implacable.<br />
Por alguna razón, el Levítico no contiene Los 10 Mandamientos, considerados tanto por judíos, cristianos e incluso por musulmanes como el fundamento de la alianza entre Dios (Yahveh, Jehová) y los hombres. Están en el Éxodo. Sin embargo, el Levítico es –y con temor a no vulgarizar– su “letra chiquita”. Interpreta estas diez reglas; plantea su aplicación y también se extiende en el riesgo de no respetarlas.<br />
¿Y por qué yo, que procuro en este espacio escribir sobre cosas de este mundo y de este siglo, ahora me saco lo de Levítico? Porque el otro día que escuchaba a Felipe Calderón utilizar una parábola para regañar a la clase política del país (Las Bodas de Caná), se me vino a la mente uno de los mandamientos más firmes de la tradición occidental: “No matarás”.</p>
<p><strong>2. La lección de Abraham</strong></p>
<p>Es complicado definir cuáles historias son las más hermosas en un libro de tan buena manufactura como la Biblia. Me gusta Job, mucho; los profetas menores y los mayores. Puedo decir que un diálogo me impacta, y no es muy citado. Sucede entre Abraham y Jehová antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y después de que los cochinos ciudadanos de estos dos pueblos bárbaros intentan llevarse a la cama a los ángeles. Abraham, muy cuidadoso, con los ojos al piso y la voz delgada, le dice a un Dios hecho una fiera: ¿Destruirás al justo con el impío? Y Dios le dice: No. Si hay 50 buenos entre esos malos, dejo vivir a todos. Abraham insiste, con mucho decoro y ceremonioso: ¿Y si hay 45 buenos? Dios: No los destruiré.<br />
“-No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez.<br />
“-No los destruiré por amor de los diez…”<br />
Los buenos eran menos de diez. Les cayó el chahuistle, como dirían en mi pueblo. El fuego consumió a las dos ciudades.<br />
De esto me acordé hace unos días, también, cuando se anunció que 28 mil familias de mexicanos han quedado enlutadas por una guerra inútil que debió detenerse desde que cayeron los primeros diez inocentes. Un creyente de Dios, o uno que lee parábolas del Nuevo Testamento, habría dado marcha atrás; habría derrotado su orgullo por amor a Sus Enseñanzas o (ya en lenguaje de un iconoclasta como yo:) habría detenido esta matanza sin sentido, por la sola imaginación: 28 mil almas no son fáciles de cargar.</p>
<p><strong>3. Moisés se enoja</strong></p>
<p>Ah, el amor de Moisés. No sé por qué las películas sobre su vida terminan después de que abre el mar. Los siguientes 40 años son todavía mejores. El pueblo que liberó de la esclavitud lo jode, y lo jode, y lo jode. Y él los aguanta, estoico. Chillan por todo, le cargan la mano. Y él aguanta, y aguanta, y aguanta. Ay, que si estábamos mejor en Egipto. Ay, que si las cebollitas de rabo y que si el agua.<br />
Hasta que un día se enoja y le pone un diablazo a una piedra. Números, capítulo 19: “(10) Oid ahora, rebeldes: ¿os hemos de hacer salir aguas de esta peña? (11) Entonces alzó Moisés su mano, é hirió la peña con su vara dos veces: y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias”.<br />
Ah, cariñoso, paciente, aleccionador Moshé. Qué error, hombre. Entonces Jehová le cayó de golpe. Le dijo: No creistes en mí. Le pegaste a una piedra, abusador. Ahora para “santificarme en ojos de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado”. ¡Imagínense! Moisés, que había soportado a esa bola de ingratos durante más de 40 años en el desierto, se perdía la tierra prometida. Un error. Uno sólo, de intolerancia.<br />
Dios, sin embargo, fue bueno. Tomó a Moisés y lo llevó al monte Mara y desde allí le mostró las tierras que los hijos de sus hijos disfrutarían (gulp: ¿y los palestinos que ya estaban allí, apá?) el resto de sus días.<br />
De eso me acuerdo ahora cuando veo que un pueblo entero paga un terrible error de cálculo que se ha extendido durante casi cuatro años. Un pueblo que paga, menos quien comete el error.<br />
Porque este gobierno terminará y miles y miles quedarán huérfanos, y miles y miles habrán muerto por un error. Miles y miles de inocentes ejecutados (o qué, ¿tienen las 28 mil averiguaciones que los incriminan?), y sólo un grupito de elegidos podrá retirarse a descansar a Europa, a Cuba, a Estados Unidos, a Canadá o a donde se le venga en gana.<br />
Y que conste: yo no empecé con las parábolas.</p>
<p>• Nota: Para las citas directas me permití usar la versión Reina-Valera 1909 de la Biblia, de amplia aceptación.</p>
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		<title>LA GUERRA EQUIVOCADA DE CALDERÓN</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Aug 2010 22:29:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Conferencia para las mesas “Razones para dialogar”, realizadas en el Museo Rufino Tamayo
Gracias a Sofía Hernández Chong Cuy, directora de este hermoso y simbólico museo, por invitarme a esta mesa. Gracias a todos los participantes, a los medios, a los que presentes y a los que todavía confían en que es posible reconstruir y regenerar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx/nacion/179587.html"><strong>Conferencia para las mesas “Razones para dialogar”, realizadas en el Museo Rufino Tamayo</strong></a></p>
<p>Gracias a Sofía Hernández Chong Cuy, directora de este hermoso y simbólico museo, por invitarme a esta mesa. Gracias a todos los participantes, a los medios, a los que presentes y a los que todavía confían en que es posible reconstruir y regenerar desde la razón.<br />
Cuando Sofía me invitó a un debate sobre las drogas, la cultura y la sociedad a partir de los frentes del arte, las letras y el periodismo, no solamente agradecí que se abriera esta oportunidad para disentir y para ponernos de acuerdo, sino también que el evento fuera en el espacio del Rufino Tamayo. La discusión toma otro rumbo, pensé. Desde aquí, desde el museo, el debate se reorienta hacia su raíz, hacia lo que debió ser el punto de partida. Debemos confiar en que los museos, tomando la idea de Michel Foucault, son espacios de reclusión. Mi idea de este lugar, hoy, es la de un hospital en el que enfermos, médicos y afanadores discuten un tratamiento que haga retroceder la metástasis y oxigene cada uno de los miembros que deben sanar. Desconfío cuando me habla de médicos con recetas fantásticas porque casi siempre conllevan consecuencias nefastas, efectos secundarios.<br />
En el alba del sexenio, con 28 mil muertos reconocidos por el órgano de inteligencia del gobierno federal, no nos queda sino aceptar que una administración más se va, y una nueva losa se acumula sobre el lomo de los mexicanos. Nada nuevo. Unos gobiernos nos dejan más deudas, otros imponen inestabilidad o, como ahora, ríos de muertos. Pero seremos muy poco sabios si no entendemos que esta nación se ha mantenido de pie no por los políticos, sino porque aún guarda espacios intocados por su maldición. Entre ellos cuento las universidades, algunos medios de comunicación, muchos ciudadanos en lo personal y organizados y, por supuesto, los espacios para el arte, la literatura y el periodismo.<br />
En lo personal, prefiero a Baudelaire, a Freud, a Ginsberg y a otros reconocidos consumidores de drogas que a Javier Lozano, Alonso Lujambio o José Ángel Córdova, supuestos responsables de las políticas públicas de trabajo, educación y salud. Creo más en la herencia cultural de Pink Floyd o de Sid Vicius, que el orden y el progreso que ofrecen una cuadrilla de soldados o de agentes policiacos rondando bares y cantinas en busca de drogas. En pocas palabras, y que el maestro Tamayo disculpe la barbaridad que a continuación diré: difiero con aquellos que recetan un corcho en el trasero para sociedades con diarrea, y vendas en los ojos para los vendedores de lencería. Pero ese soy yo. Es decir: usted puede pensar diferente y está en su derecho. La primera idea para una discusión saludable es que todos lleguemos en igualdad de circunstancias y sin prejuicios ante la diferencia del otro.<br />
Si hemos entendido bien, el presidente de México, Felipe Calderón, ha llamado a un debate sobre la legalización o despenalización de las drogas. Hay un cambio de actitud, porque también su gobierno quiere compartir el fracaso o la responsabilidad de las políticas guerreristas aplicadas durante cuatro años. Como sea, aplaudamos este primer avance, aunque sea poco satisfactorio.<br />
Los secretarios de Estado, y el mismo presidente, ya dijeron que no están a favor. Es decir, el debate nace condicionado, sin apertura. De allí la importancia de que esta tarde en el Museo Rufino Tamayo se inaugure una nueva manera de ver la guerra contra el narcotráfico: a través de la discusión pública, con otros ojos distintos a los del militante. Y esperaría que con ideas se permita reforzar el entendimiento de que sólo juntos podremos contra el crimen organizado, esa deformación social alimentada por las prohibiciones.<br />
Escribí para la revista Newsweek en enero de 2007 que esta guerra ponía en jaque a una institución que respeto como mexicano: el Ejército. A partir de especialistas expuse que había condiciones para que una bala desatara dos, y lamento que así sucediera. Denuncié con otros compañeros de Ciudad Juárez, en un libro de reciente publicación, la guerra de exterminio emprendida por los cárteles contra una sociedad indefensa, y cada vez que pude, en estos cuatro años, expuse en foros que las balas no tienen sentido, y que las armas no alcanzan nunca propósitos de paz. Hacen hoyos, matan; esa es su finalidad.<br />
Las siguientes mesas, como la que precedió, estarán llenas de ideas inteligentes y mucho más especializadas que las mías. No me atrevo a otros planteamientos sino al que ya hice: creo que la educación, la salud y el trabajo combatirán de manera más efectiva al crimen organizado, que las prohibiciones y las armas. Creo que el país está sumido en un lodazal porque se privilegió una receta fantástica y efectista contra las drogas, y no se pensó en los resultados de largo plazo. Ciudad Juárez sigue sumido en la miseria humana; siguen las extorsiones, siguen el exterminio de hombres y mujeres. Sigue la explotación y sigue el abandono. Allí, donde una madre valiente le reclamó a Felipe Calderón su falta de sensibilidad, las cosas siguen sin control. Entonces, no vamos por buen rumbo. Ciudad Juárez, el botón de la gran muestra nacional, no sana, y parece que esa descomposición ejemplar contamina ciudad por ciudad, hasta que no quede territorio virgen.<br />
Creo más útil para el país que los vecinos denuncien a los políticos corruptos a que pongan en manos de la policía a los enfermos por las drogas. Creo más en la guerra contra la ignorancia, contra la injusticia y contra los monopolios políticos y económicos en México, que en una guerra contra las drogas. Creo en la educación, en las artes, en la cultura antes que en los ejércitos y las ametralladoras. Por allí debimos empezar a combatir al crimen organizado: ofreciendo empleos, cumpliendo promesas, rescatando a los enfermos, compartiendo las oportunidades.<br />
No nos demos por derrotados, a pesar del diagnóstico. Iniciemos un gran diálogo, a todos los niveles y de todos los tamaños: en los medios, en los trabajos, en nuestras casas. En los museos, como el Rufino Tamayo.<br />
El México que queremos no puede estar más lejos hoy de lo que estaba ayer. De eso se trata la esperanza: ver las cosas que ya se esperan, y estirar la mano con ganas de alcanzarlas.</p>
<p><strong>Alejandro Páez Varela</strong><br />
<em>–6 de agosto de 2010</em></p>
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		<title>CUATRO POR LA ESCALERA</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Aug 2010 05:47:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[PUBLICADO EN EL UNIVERSAL 
Contaba recientemente que despedí a la doña A., la señora que atendía mi casa, después de un incidente de negligencia que la llevó a caerse de cabezota desde las escaleras, y a salvarse (por razones que ella deberá explorar) de una muerte casi segura. Fue un despido fulminante, después de nueve [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a> </p>
<p>Contaba recientemente que despedí a la doña A., la señora que atendía mi casa, después de un incidente de negligencia que la llevó a caerse de cabezota desde las escaleras, y a salvarse (por razones que ella deberá explorar) de una muerte casi segura. Fue un despido fulminante, después de nueve o 10  años conmigo. Y un regaño a sus hijos. Lección aprendida, dije; a otra cosa, Alejandro.<br />
Tomé los siguientes días con naturalidad. El primer fin de semana acomodé libros, barrí y lavé pisos y hasta bañé a los perros. Acomodé mi ropa sucia para llevarla a tintorerías y lavanderías y me di el lujo de ir al sastre para que arreglara varios pantalones que ya no me quedan, porque traigo un desorden fresa y adelgazo como quinceañera. Acomodé platos y tasas, puse algunos cuadros y bajé a Ana, mi violoncelo, para limpiarlo y afinarlo (tres años sin tocarlo).<br />
El día del accidente de doña A. dormí con ayuda de un tafil que me regalaron hace como cinco meses. Aún así alcancé a escuchar que Simone, mi perra, hacía ruidos raros: gruñidos y lloriqueos muy, pero muy en silencio. Y Niño, el otro chiquilín, se fue a dormir en la sala. “El impacto de ver caer y sangrar a doña A.”, pensé. Caí como piedra.<br />
Con los días, las cosas empezaron a descomponerse. Las calabazas, tomates, cebollas de rabo y chiles que sembré en el techo del departamento tristearon, y la cama acumuló (no soy bueno tendiéndolas) casi dos semanas con las mismas sábanas. Y más. No me extiendo. Pero eventos importantes sucedieron cierto día, y de ellos doy cuenta a continuación. Fue de noche. Simone y Niño no me esperaron en la puerta. No corrieron, como lo hacen cuando llego de trabajar; se montaron sobre el sillón de la recámara (uno de esos que hacen masajes y que se volvió tapete de los dos perros).<br />
Los tres tenemos un acuerdo: los saco por la mañana a que respondan a sus necesidades, y por la noche que vuelvo a casa. Si alguno tiene especial urgencia, como sucede con regularidad, puede ir al baño de visitas, en donde he instalado, en el área de la regadera, periódicos. Pues ese acuerdo les valió menos que una tiznada esa noche. Simone se bajó del sillón y se orinó viéndome a la cara. Luego Niño. Sabedores de su pecado, corrieron al baño. Los agarré de la correa correctiva; los jalé para que vieran su chiste. Los ojos gachos de Simone me hicieron mierda. Los dejé ir. Tomé servilletas y empecé una minuciosa limpieza, y a la par inicié una reflexión sobre mi vida, los perros y tener problemas con el polvo.<br />
Como Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo, mi vida ha dependido siempre de la amabilidad de los extraños. Le debo casi todo a la bondad de los otros, y peleo contra la mezquindad que viene en el empaque original de los seres humanos. No es que trate de ser amable porque desconozca otra forma de ser: soy mala hierba; soy una hiena de basurero; soy un sembrador de desazones cuando me lo propongo. Pero intento controlar a la bestia y dignificar ese empaque original; busco ser amable, y depender de la amabilidad de los otros. La verdad, no sabía cuánto dependo yo, y cuánto dependen mis dos chiquitos de doña A.<br />
No agrego mucho más. Tomé el teléfono y llamé a Elena, mi ángel de la guarda. Le dije, delante de Simone y Niño: “Llama por favor a doña A. Dile que es una desobligada, abusona; coméntale que estoy tan enojado que si la veo la aviento otra vez de las escaleras, que dos golpes como el que se dio no los aguanta ni la ‘Mujer maravilla’. Dile también, pero en voz baja, que regrese a casa”.<br />
No me hagan decir más; no quiero argumentar más. Permítaseme terminar con dignidad esta crónica de una derrota completa. Instalaré un alcoholímetro en la puerta (¿existen?); ya elevé el barandal de las escaleras. Hablaré con los hijos de doña A. y hasta con el portero. Pero al final, he perdido contra mí mismo: está de regreso en casa. Carajo. No me queda sino desear que la próxima vez nos caigamos los cuatro de la escalera, ahogados de borrachos, y que no haya quién para llamar a los servicios de emergencia.</p>
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		<title>SERÁ QUE LLEGÓ MI HORA</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 05:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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He tardado más de la cuenta en arreglar el departamento en el que ahora vivo. Con el pretexto de que aquí pienso quedarme un tiempo, dejo mis pendientes al garete. No hay lugar para las maletas, por ejemplo. No he acomodado los DVD. No he aceptado que tengo cuadros y cuadros, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a> </p>
<p>He tardado más de la cuenta en arreglar el departamento en el que ahora vivo. Con el pretexto de que aquí pienso quedarme un tiempo, dejo mis pendientes al garete. No hay lugar para las maletas, por ejemplo. No he acomodado los DVD. No he aceptado que tengo cuadros y cuadros, fotos y recuerdos de todas partes, a los que debo darles un destino. Colgué una marioneta del techo para que no se enredaran los hilos y allí sigue; guardé bajo los calzones asuntos de una vida pasada a la que no quiero renunciar.<br />
Hay en especial dos espacios en los que se da cuenta de mi desorden, y no les dedico el tiempo que se merecen por un motivo: allí se necesitan manos de mujer; terciopelo y decisión: creo que en esos lugares hay secretos, y no voy a develarlos por mi propia mano porque no soy mago o conejo de mi propio sombrero de copa.  Mano de mujer, terciopelo y decisión. El asunto está en que no le he dado tales libertades a nadie.<br />
La señora que me ayudaba pasaba el trapo húmedo como quien pinta sobre graffiti. Limpiaba mi casa (y no es crítica) como yo resuelvo mi vida sentimental, o como silva el afilador por las mañanas: ya sucederá que alguien saque ungüento para aflojar los clavos del pasado; ya llegará el cuchillo eunuco que quiera romper el pan. Trapo húmedo por encimita; eso hacía la señora y eso hago muchas veces con mi vida. Por eso, y porque allí estaré un tiempo, el departamento sigue desordenado.<br />
No me voy a quejar de la señora que se hizo de mi casa durante años. Sería un ingrato. Quiere a mis perros como a sus hijos y el departamento no estaba más limpio porque así estaba bien, de acuerdo a su criterio. Doña A. restregó durante una década tantos platos como los adoquines de los caminos que llevaban a la antigua Roma. Y tuvo la gran virtud, que es defecto si se hace en el trabajo, de beber. Hace poco se cayó de las escaleras. Drama general. El último de sus platos rotos, la gota que derramó el vaso. Ahora está lejos de las obligaciones y en reposo. Un reposo que marcará su vida. Bebió conmigo, bebió con mis amigos y, lo peor: bebió sola. Adelanté mi regreso de vacaciones y la encontré durmiendo en mi cama, con su radio prendido y la casa hecha una mierda. La gran fiesta de doña A. llegó al límite permisible. Se incorporó para atenderme; corrió a la azotea y tropezó con sus propios guaraches de plástico. Cayó redonda, de cabezota. El horror: charco de sangre, llamada al 066, ambulancia, policía, vecinos solidarios, la noticia a los hijos, el paramédico déspota por sus conocimientos en la aplicación de curitas, hospital y collarín duro.<br />
Y así fue que doña A. perdió su pleito histórico con la lavadora automática de trastos, el único cachivache doméstico que se compró como enemigo a muerte y al que declaró la guerra: Si un vaso salía medio sucio lo ponía mero enfrente, en mi cara, como un “¿ya ve qué cochinero de maquina? Nada como las manos para fregar”. Tenía razón en eso. En lo de beber sola y en mi casa, no. Más que comprensión, los borrachos merecemos perdón. Está perdonada.<br />
El caso es que sigo sin acomodarme en el nuevo departamento. Me he mudado muchas veces en los últimos años y en cada ocasión he dejado mis espacios pulcros. Y ahora no me aplico. Será que no me hago a la idea de estar en un lugar de fijo. Será que me resisto a dejar de huir de lo único que no puedo escapar: de mí. Será que no quiero casa y prefiero vagar (ah, vagar): ser polvo en este largo desierto que es la cochina vida. Será que llegó la hora de detenerme a meditar, calcular, estirar los pies en un mismo sofá, planear mis asuntos, amar a una mujer por largo rato. Será que es inevitable que acomode los DVD, lave las lagañas de los perros a diario y disfrute la bañera con sales y aceites. Porque algo queda claro: es inevitable que empiece ahora mismo a lavar los cerros de platos, los pisos manchados y la ropa hedionda porque la ingrata doña A., por beber sola y a mis espaldas, ya no volverá.</p>
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		<title>CÁNTAROS DE AGUAS NEGRAS</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 22:09:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[PUBLICADO EN DÍA SIETE
Hago todo lo posible por vivir desmembrado como una marioneta, unido con hilos y jalado por una vaca. Sufro porque soy el único que sabe, al mirarla a los ojos, que no tengo nada para usted. Hace años que no sé cuántos días llevo desde la última vez que me dieron las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.diasiete.com"><strong>PUBLICADO EN DÍA SIETE</strong></a></p>
<p>Hago todo lo posible por vivir desmembrado como una marioneta, unido con hilos y jalado por una vaca. Sufro porque soy el único que sabe, al mirarla a los ojos, que no tengo nada para usted. Hace años que no sé cuántos días llevo desde la última vez que me dieron las cinco de la mañana peinando una misma muñeca.<br />
Sí quiero llegar a casa y reconocer, frente a mis dos perros, que he perdido. Ahora me inspiran las ideas fútiles: se me antoja para una noche, por ejemplo, servirle tequila con alpiste a los pajaritos que visten y desvisten a Cenicienta en las películas de Disney, soltar los trenes de esta estación en un mismo acto inaugural, o tener foro para decir a los científicos que no puedo combinar dos químicos en una misma probeta.<br />
Quisiera rematar mi currículum con un error de dedo; exprimir mi media naranja, detener mi rotación solar, tocar rumba y guaracha con una liga o una Coca-Cola de lata porque yo no soy el que usted cree, el tipo que se acompaña con revistas en las salas de espera del veterinario o del dentista.<br />
Soy el peor guardián de mi propio equilibrio, confieso. Trafico con pensamientos muertos y remiendo el alma con hilo dental para que huela a fluoruro.<br />
Ninguno de mi embriones termina en cosas concretas (así que salga ya, huya, déjeme en paz. Considéreme depredador; la soledad es dura. Las ganas son nada: una vela que se queda encendida cuando todos se han ido de la fiesta).<br />
Si tengo talento para algo, lo uso para subir cántaros de aguas negras.<br />
Moriré donde llueva como en el desierto: una vez al año. Dormiré 10 años seguidos para despertar más maltratado. Despertaré en otra vida donde no te he conocido y nadie me habla de ti.<br />
En el fondo no tengo fondo: soy mil veces yo, ahora sin ti, cayendo con destino inexacto.	•</p>
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		<title>EL PRIMER DÍA DESPUÉS DE MI MUERTE</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 05:11:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Páez Varela</dc:creator>
		
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Afuera llueve. Pocas noches como ésta, sin estrellas y con una Luna empañada, lamparosa. Noche negra, en serio. Los perros roncan y entre sueños gruñen, sin abrir los ojos. Han pasado una tarde del asombro a la sorpresa porque nunca habían visto el mar, ni tanto verde, ni esa cantidad de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.eluniversal.com.mx"><strong>PUBLICADO EN EL UNIVERSAL</strong></a> </p>
<p>Afuera llueve. Pocas noches como ésta, sin estrellas y con una Luna empañada, lamparosa. Noche negra, en serio. Los perros roncan y entre sueños gruñen, sin abrir los ojos. Han pasado una tarde del asombro a la sorpresa porque nunca habían visto el mar, ni tanto verde, ni esa cantidad de arena que primero pisaron con miedo y después volvieron una pista de carreras. Simone le dio un trago al agua salada y vomitó las croquetas. Yo me río cuidando su dignidad: ¿Con qué cara puedo burlarme, si conocí tan tarde el mar y tuve miedo?<br />
El mar. He metido los pies y alguna vez me he hundido hasta el pecho. No más de allí. Le tengo mucho respeto. Ese caldo espeso y espumoso, de sabor y color extraordinarios, me es casi ajeno. Lo conocí muy tarde y no hay misterio en ello: tomen un mapa y pongan el dedo en Ciudad Juárez; deslícenlo por las carreteras buscando una salida al mar. Las hay, pero hay que recorrer miles de kilómetros. Ahora imaginen que su dedo es un Chevrolet Impala de los 70. Si había vacaciones, cuando las había; y si eran familiares, ¿para qué manejar 24 horas si a dos está Ruidoso, o a cinco la Tarahumara, o a una el Valle de Juárez o las dunas de Samalayuca? Por eso nosotros, como hermanos, conocimos el mar cada quien por su lado y en su momento. No es parte de un recuerdo de infancia. No tenemos eso que dicen tener muchos, un “ya necesito ver el mar”. Mi destino aspiracional, si hay algo que pueda ser llamado así, no es la playa. Ni para vacacionar, ni para vivir, ni para descansar. Mucho menos para morir.<br />
¿En el mar la vida es más sabrosa? No lo dudo. Pero hay quienes no lo entendemos. Demasiados moscas y mosquitos (a éstos últimos nosotros los llamamos “moyotes”); junto con las hormigas armaron una conspiración milenaria para la que sólo existe un remedio: dejarse vencer. Demasiada pachanga. Todo lleva limón, todo conlleva el riesgo de la diarrea. Las tostaditas siempre aguadas, las salsas de chile siempre bajo sospecha. Y hay algo más grave aún: el ruido. Qué ruidosa es la cultura de las playas. Empezando con el mar (que se burla del turismo new edge): ¿Qué tanto grita, que no entiendo? Nunca aprendí el lenguaje de las olas.<br />
No renuncio al mar y a sus manjares para de vez en cuando. Aunque (me repito) llegué tarde, disfruto de los callos, los ceviches, las cervezas que sólo ponen a medioschiles, las mujeres cuasidesnudas. Sí, se bebe mucho, pero eso lo hago sin mar y sin moscas cada vez que quiero y en las latitudes que se me antojan.<br />
Asociamos el mar con vacaciones y sí van juntos: te sacan de tu vida ordinaria, aunque hay que darse unos días más en casa, sin mar, para descansar de esas vacaciones.<br />
No aburro más, me duermo. Ha dejado de llover. Las olas espumosas lavan las piedras sin piedad una y otra vez y lo cuentan con un alboroto de vecindad que la gente del desierto, como yo, nos preguntamos en dónde vacaciona el mar de sí mismo.<br />
Niño, mi perro, ya está panza arriba. Simone gruñe dormida. Eventualmente un mosco los despertará y volverán al descanso.<br />
En un último esfuerzo, aprovecho la paz ruidosa para escribir un pequeño testamento: Cuando muera cremen mi cuerpo y tiéndanlo lejos del mar, sobre el desierto. A partir del primer día después de mi vida sí pienso darme un descanso.</p>
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