LA GRAN VERGÜENZA
05/29/05 1:12 PM por Alejandro Páez VarelaFrancisco Barrio Terrazas tiene la culpa. Patricio Martínez tiene la culpa. Tienen la culpa el actual gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza, y por supuesto los alcaldes de Ciudad Juárez desde 1993 hasta la fecha, del PRI y del PAN (y eso último no importa). Pero que no se diluyan las responsabilidades: tienen la culpa también los reportes y libros y manifestaciones oportunistas que han atribuido el problema de las mujeres asesinadas a una “mafia” o a un “sicópata” o a “organizaciones que se dedican a”. Son perversos los que han querido vender ideas de “conspiraciones desde arriba” contra las mujeres en aquella ciudad. No cerremos los ojos. No tratemos este tema con morbo y ligereza. Estamos frente a un caso de descomposición social, de podredumbre colectiva que aprovecha, para esconderse, las tesis estúpidas de asesinos “exclusivos”. Cada vez que alguien defiende la idea de uno o unos cuantos detrás de los homicidios, lo que en realidad está haciendo es defender a muchos, quizás cientos de individuos que son los verdaderos autores de esta vergüenza de los mexicanos.
Es culpable Francisco Barrio porque en su gobierno empezaron los asesinatos, y porque fue él quien tuvo la oportunidad de detenerlos, desde un principio, poniendo a los culpables en manos de la justicia y derrotando el clima de impunidad (que se generó a partir de su falta de acción), aliciente de las muertes subsiguientes. Es culpable Patricio Martínez porque manejó políticamente el caso, con arrogancia, sin sensibilidad, haciendo a un lado al FBI y a cuantas instituciones y organizaciones oficiales y paraoficiales que se ofrecieron durante años a participar en la prevención y en la búsqueda de los asesinos. Es culpable José Reyes Baeza, porque prometió resolver este problema, y porque no importan ya los hechos históricos: las muertas siguen brotando, hoy, en ese desierto sin flores.
Que asuman su culpa los irresponsables que promovieron, para beneficio de sus reportes y sus libros, sus actos públicos y su protagonismo, la idea del asesinato intrincado, ligado a esferas políticas y a judiciales, a conspiradores y mafias. Digámoslo en un solo grito: basta de lucrar con el tema. Los asesinos en Ciudad Juárez son muchos, pensemos que uno o más por cada mujer, y se alimentaron y se siguen alimentando con el clima de impunidad. Cada uno encontró su propia justificación para cometer el crimen, y quizás el denominador común de las causas sea uno: el desprecio a la vida, el odio a las mujeres.
Porque, entre los asesinos, están los misóginos que “dispusieron” de su pareja y la descuartizaron. Los sicópatas, que encontraron en las mujeres el grupo social más vulnerable (por culpa de Barrio y de Martínez y de Reyes y de los alcaldes) para atacarlas. Los lenones y los narcos, que usaron a las chavas como pañales desechables. Los judiciales, los políticos o los funcionarios (que antes del título son hombres), que posiblemente omitieron o tomaron parte de acciones de grupo, aprovechando sus posiciones de privilegio. Uno que otro gringo, quizás; muchos “ruteros” (como se llama a los choferes del transporte público), muchos pandilleros, muchos drogadictos.
La idea del asesino único o de los asesinos amafiados pone una barrera a la responsabilidad: socialmente, Ciudad Juárez está devastado. Hay problemas que se volvieron judiciales, pero que eran más fáciles de enfrentar con la prevención: las familias disfuncionales, el machismo, la drogadicción, el pandillerismo, el narcotráfico, la prostitución. Cada vez que hablamos de una “sociedad de asesinos” (que suena muy atractiva para tremendos novelones policiacos) exculpamos al Estado de su responsabilidad en el caso Juárez, en las razones de fondo: el crecimiento desordenado; la poca visión –y exigencia– con las maquiladoras, que no aportaron en seguridad social ni en infraestructura y convirtieron a la ciudad, mi ciudad, en un laboratorio del desastre; la falta de planes de gobierno de largo plazo; la falta de vocación de los políticos locales, que son capaces de llegar hasta las colonias periféricas con su propaganda electoral, pero que jamás regresan a poner un policía en una esquina, o a terminar una banqueta porque la empezó el funcionario anterior, del partido contrario.
Un foquito
Si una madre amanece asesinada en España, se busca de inmediato al marido porque, allá como aquí, la misoginia en las familias es un tema contemporáneo. Y en Juárez, esa misma madre muerta pasa automáticamente a la gran lista de asesinadas; no se responde al problema social –¿para qué?–; mejor se busca a ese asesino único, a ese fantástico fantasma comodísimo, a esos pocos Jacks destripadores que no representan un reto más allá del policiaco. ¿Para qué darle transporte digno a las cientos de miles de trabajadoras que aportan con su sudor al PIB nacional? ¿Para qué ponerles un miserable foquito en las paradas de los camiones? ¿Para qué, si es más fácil atrapar a ese uno o a esos pocos asesinos, que tarde o temprano caerán porque no son muchos? ¿Para qué invertir en educar a las familias, si el problema es otro: un desquiciado en solitario, o dos, o cinco?
Lo de las muertas de Juárez es una derrota más para los mexicanos. Es, quizá, la mayor derrota en el gobierno de Vicente Fox Quesada. Una sola muerta en su administración debió ser suficiente para reaccionar. Una. Fuera poses, fuera las pegadoras frases de género (“las y los mexicanos”). Una sola muerta. ¿Qué sabían de esferas de gobierno esas morras solitas, caminando de noche, tomando camiones rumbo a la maquila en las madrugadas? ¿Qué sabía esa niña de “niveles de gobierno” cuando un perverso, aprovechando que los padres estaban en el turno de noche en la maquila, entró a su cuarto-casa, la violó, la ahorcó y le prendió fuego? ¿Dónde estaba el Estado para darle protección social (una miserable guardería, por Dios) a la familia de la pequeña descuartizada que apareció en un bote lleno de cemento? Muy probablemente el Estado andaba buscando a ese asesino único, que, presentado ante el mundo, habría de borrar más de una década de ineptitud y desvergüenza en Ciudad Juárez. Qué terrible tragedia. Cuánto dolor.
Habría que hacer a un lado de una vez esas teorías reduccionistas, simplistas, que ayudan a diluir las responsabilidades. Si hay un asesino único, ese será el Estado, y todos los que desde el Estado omitieron y omiten su responsabilidad: Francisco Barrio Terrazas tiene la culpa. Patricio Martínez tiene la culpa. Claro que tienen la culpa José Reyes Baeza, los alcaldes de Ciudad Juárez desde 1993 y los que han atribuido el feminicidio a unos cuantos, de manera irresponsable, aportando ladrillos a la gran pared que oculta (y exculpa) a los verdaderos culpables: a esos que nadie busca.•
29 MAYO 2005
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Comentarios (Un comentario)
Cuñado, esta padricima tu portal,y sabes que ademas de ser informativa, creo que es cultural por todos los topicos resaltas, en horabuena, by
sergio rios / Enero 21st, 2007, 8:07 am / #
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