Los intocables
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Alejandro Páez Varela

El mundo se va a acabar

Lugar común

Agosto28

Entre más viejo me hago, más me convencen los lugares comunes. La soledad, por más buena compañera que sea, pide amigos; los lugares comunes te identifican con tantos que te creas la ilusión de estar acompañado. Por eso, por la soledad que llega con los años, recito impunemente esta oración –que es un lugar común, claro–: qué complicadas son las relaciones humanas. La digo, y de antemano tengo la certeza de que Usted estará conmigo.
Estoy contento con los amigos que tengo hoy. Pero no quiero más. Coincido con una amiga cuando explica que, a esta edad, resulta cansado conquistar nuevas amistades. Y si veo hacia atrás, para ser honestos, es fácil saber que, de todas maneras, no he sido bueno para relacionarme. Poco amiguero. Caprichoso.
Se me han ido borrando los rostros de mis amigos de primaria. Es una pena. Fueron tan pocos. Recuerdo a un cholo marrullero, a un flaco bueno para los deportes, y a Pinillo (sepa Dios cómo se llamará), mi buen Pinillo, al que un día los de sexto estrellaron de nariz en la pileta de un álamo, y jamás regresó. Sangraba cuando lo vi por última vez. Me impresionó que no llorara. Amigo Pinillo. Unos siete, ocho años entonces; 35, 36 si vive. Su mamá cultivaba búlgaros de yogurt en un tarro grande de vidrio. Le hacía té con frutas que ella misma secaba. No tardé en ir a buscarlo. Los nuevos inquilinos no supieron dar razón. Con Pinillo, y desde entonces, se fueron los de aquella época, austera en amistades. No me permití demasiadas. Mi maestra –además vecina– tenía muchos pretendientes como para intentarlo.
En la secundaria aprendí lo más básico de la flauta para evitar compañía. ¿Quién iba a tomar el mismo camino a casa con un individuo que a la menor provocación sacaba su dulce barroca y tocaba una sola canción, una y otra vez? Empecé en el primer año; para el tercero, ya no era necesario sacar el instrumento de la mochila. Me huían. Encantado. “Del otro lado de la banqueta van las hermanas Camarena, gracias al cielo”. “Los Caballero ya no me dirigen la palabra ni en el receso, y la vida es buena conmigo”.
Durante gran parte de mi niñez y juventud, tuve amigos (los de barrio) de los que cualquiera huiría. Por eso nos mantuvimos unidos tantos años, a pesar de las migraciones. Eran unos lisiados sociales, de familias complicadas y religiones alarmantes. Yo los quería (y los quiero). Tenía 14 años cuanto nos pusimos la primera borrachera. Dos huérfanos poco inteligentes pero bondadosos hasta la suculencia, que no escaparon ni del timo de su padre (un vividor que los había abandonado hasta que tuvieron edad para emplearse en la maquila). Otros dos huérfanos: uno bueno, generoso y cansado; el otro, tan rudimentario como extravagante. Un karateca sin oficio. El imán perfecto de los amores podridos (y sufridos). Y un misterioso cara-bonita que se perdía un año y luego regresaba, hasta que nos enteramos de su (ni tan) secreto: era (es) gay, y todavía hoy sus padres y hermanos lo niegan. Tipos difíciles, mis amigos. Quién los querría. Sólo el que está convencido de que las relaciones humanas son complicadas.
En orden de importancia, debí comenzar por esta orilla de la hebra: los amores. De la patada. Las mujeres llegan con dos diablitos que se instalan sobre los hombros, izquierda y derecha, de todo aquél que las quiera. Uno te dice que la abandones; el otro, que la retengas.
Recurro con gusto al lugar común –que, explicaba, me da la sensación de compañía–: qué complicadas son las relaciones humanas. Me veo más viejo y menos acompañado, no quepa la duda.
Mi abuelo Carlos vivió los años anteriores a su muerte sentado junto a una higuera. Un día de los muchos que pasé con él le pregunté por qué nunca salía con sus amigos. “Son difíciles las relaciones humanas”, ironizó. “Cuando comienzas a entender a los que tienes cerca, es porque ya se han ido”.

publicado en POR LA LIBRE, POSTS
1 comentario en

“Lugar común”

  1. Junio 20 del 2007 a las 9:19 pm Alberto Constante opina:

    Me he tronchado de risa, me encantó el humor suave con el que escribiste esta escena de las difíciles relaciones humanas. Realmente me encantó lo que escribiste
    Felicidades

No lo publicaré

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    • Arturo Magaña Arce: Que tristeza me da saber que cada día, el ejercer esta profesión es cada vez mas dificil. Me...