28
Abr

UN HOMBRE VENCIDO EN EL METRO

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Metro Chapultepec. Paul Auster me aburre. Son las 10 de la mañana y el tumulto, además, no deja leer.
Un hombre mayor vencido en una de las ventanillas parece cargar la cruda de vagón completo, las penas de muchos, la angustia del mundo y mi aburrimiento. No: con esa bolsa de nylon llena de herramientas (¿de plomero?) más bien carga el cansancio de todos. Me asombro, al ver su rostro y el cuerpo desvencijado, que pueda mantenerse erguido. A su lado, una pareja y sus tres hijos duermen hasta los ronquidos; los que vemos la escena nos horrorizamos porque el más chiquito, cuya baba desentona con el cabello arreglado, se desliza lentamente de las manos de su madre. Pero una madre sabe hasta dónde: con un jalón de antebrazo lo devuelve a su pecho y regresan juntos a la ilusión del sueño profundo. Dos jóvenes bien arreglados y con camisas de marca ven con descaro y ansiedad a la gente; escogen a quién asaltar, digo, y uno de ellos me clava los ojos. Le sostengo la vista pensando que desistirá porque lo he reconocido, y en eso se detiene el carro y quedamos en total oscuridad. Cuando se encienden las luces, segundos después, ya no están cerca de mí sino detrás de una mujer. Me toco la cartera: todo bien. Veo sin parpadear la bolsa de la mujer pero no descubro nada extraordinario. Por eso son ladrones, imagino. El Metro se detiene: estación Balderas. Unos salimos y otros entran.
Al trasbordar a un siguiente carro sube conmigo un chamaquillo con un morral al hombro. No es Metro Jamaica, o La Merced; ¿por qué entonces el mandado? Porque no es mandado. Grita: “Ediciones No-sé-qué trae a ustedes como promoción el libro Reflexiones y pensamientos volumen dos con ideas sobre la vida, el amor, la esperanza…” ¿La esperanza? Pongo atención (aunque sus ojos perdidos no me inspiran confianza) y continúa: “…Ancianos solitarios, Madres malas; Papi, ¿me devuelves mis manitas? No culpes a nadie…” Con eso me basta. Extiendo la mano con 10 pesos y me entrega el libro: 96 páginas del papel más sucio y barato que he visto en mi vida; quién sabe de dónde lo sacarán. Ediciones No-sé-qué no existe, o existe para el vendedor, porque el libro no trae siquiera página legal. El índice promete: Las trece reglas de la felicidad; La felicidad está adentro sólo por hoy seré feliz; El tiempo y sus momentos; En paz; No sé llegar al cielo de un solo brinco; Cómo ser dueño de mis emociones; La salud mental. Es decir, esperanza en su estado más puro. Los autores: Anónimo, J. G. Holland, Anónimo, A. Junco, Amado Nervo, Aristóteles, Séneca, La Rochefoucauld, Anónimo, L. Tolstoi, Erasmo, Anónimo, Ileana Vizcarrondo, San Agustín, Anónimo. Por lo menos dos mil 500 años del pensamiento occidental.
Metro Hidalgo. Me bajan a empujones, pero celebro: he llegado a mi destino. Abro el otro libro y el personaje de Paul Auster sigue recitando películas que ha visto. Me dan güeva los que escriben de cine, y Auster me lo confirma: “Una película puede verse -incluso disfrutarse- en un estado de irreflexiva pasividad”. Cierro a Auster y abandono su personaje que inventa personajes y una segunda guerra civil en Estados Unidos.
En mi oficina, pienso en el hombre que cargaba herramientas, angustia del mundo y cansancio de todos. Abro mi nuevo libro (lo creo mi serifot); busco respuestas para ese pobre individuo y, si se puede, para mí. Una página al azar dice: “El secreto de la felicidad conyugal consiste en exigir mucho de sí mismo y poco del otro”. Sería una losa más a su bolsa de nylon, digo. No. Hojeo. Después de un rato tomo una decisión: camino con Reflexiones y pensamientos volumen dos al bote de reciclado de papel, y antes de lanzarlo, decido abrirlo una vez más: “Si celebras tu cumpleaños y decoras tu habitación como niño, llenarás de alegría tu vida”, leo. Rochefoucauld no aparece por ningún lado. Ni San Agustín.
De regreso a casa, pasa frente a mí un cd con 100 canciones de amor de todos los tiempos; lo dejo pasar. Luego, el cuaderno de pintar para sus niños con 100 temas distintos, y las pastillas de miel para esa garganta carrasposa, con propóleo para el cansancio. Las pastillas, las pastillas, digo, y pago.
No creo que tengan miel; el propóleo no aparece por ningún lado. Pero algún bien le harán, pienso, al hombre vencido que me encuentre mañana.

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Esta entrada fue publicada el Miércoles, Abril 28th, 2010 a las 1:00 am y archivada en POSTS. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0 feed.

comentarios

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  1. Abril 28th, 2010 | GABO GARZA dice:

    HOLA PAEZ… SALUDOS. OJALA QUE VUELVAS UN DIA A GUANAJUATO. AVECES SE NECESITA VER A LOS OJOS AGENTE CON TANTO TALENTO Y PODER APRENDER UN POCO.. ASI, NADA MAS.

  2. Abril 28th, 2010 | Abraham Arista Rubio dice:

    En hora buena, quiero felicitarte por tu espacio y por que nos brindas una oportunidad de leer tus textos.

    Hoy me sucedio algo muy extraño, a decir verdad soy estudiante de seminario (estoy en la etapa inicial, a lo que nosotros llamamos propedéutico) y ultimamente me he sentido muy raro, en especial por que pues como tu sabras, la incertidumbre de mis 18 años que tengo, en cuanto al no saber sie ste camino que eligo sea el correcto; en fin el caso es que cierta incertidumbre causo en mi una desesperación, tal que estube a punto de Salirme del seminario; ensendi mi ipod y memeti al google, para esto recuerdo tu blog y decido meterme con tal desesperación a él y acudir a tu último texto, para mi sorpresa lo lei, lo medite, y me puse de pie, no sentia nada, entonces comprendi que me meti tanto en lo que relataste y de alguna manera me vi en esa situación (por que se lo que es esa vida, aunque ahora resido en San Luis, pero soy del D.F.) y me senti más tranquilo, con mas paz y me di cuenta que no soy el único que pasa eso, por que no solo se puede vivir asi en la ciudad, si no todos tenemos un lapsus en el cual no sabemos que hacer, y el ansia nos come, pero personas como tu y sus letras hacen que piense y que sea tal grado de meditación que logre olvidarme de loq ue me asustaba.

    La verdad es que nunca me atrevía a escribir en tu espacio, pero espero te tomes este poco de tiempo para leer y no escuchar por primera vez que eres un gran escritor.

    Cuidate y que estes muy bien.

    Solo perdona las faltas de ortografía, espero pronto superarlas.

  3. Abril 29th, 2010 | Ma. del Carmen dice:

    Definitivamente viajar en metro es toda una experiencia que disfruto cada que puedo hasta el máximo, un día es un hombre vencido… Pero uno nunca tiene la certeza de lo que se puede encontrar al día siguiente :) .

  4. Mayo 3rd, 2010 | Rivera dice:

    Felicidades por el regreso de la musa. Muy bonito texto. Me sentí como si estuviera en el metro yo también.

  5. Mayo 5th, 2010 | Mari dice:

    Viajando diario por metro, terminé aprendiéndome las palabras para anunciar esas cosas (¡lo dicen de memoria!), y te faltó el disco con 50 videos para niños, el librito de chistes, la lamparita de halógeno, ‘salsas del recuerdo’, papas ‘de a dos por 5 pesos’, el caramelo que truena en la boca, y en fin…
    Qué folklorico ha resultado el metro.
    Un abrazo,
    bye.

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