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LA ARROBA ESTÁ EN OTRA PARTE
Tenía 22 años cuando apareció la Web. Fue en 1990, como es del conocimiento público. De Internet se hablaba intensamente en los medios desde una década antes; pero no fue sino hasta que vimos por primera vez un navegador para el protocolo WWW que entendimos para qué servía. Poco antes, por esos mismos días, el correo electrónico nos provocó enorme curiosidad pero no nos conmovió; usábamos mayoritariamente el Eudora para enviar y recibir lentos mensajes, boberías en tres líneas. No imaginábamos que nuestras vidas cambiarían tanto. Estábamos embobados en la contemplación de los celulares, que entonces, en mi tierra, eran exclusividad de narcos, policías y políticos. Y yo, en el plano personal, había caído en la hipnosis de un amor bueno.
Hace tan poco tiempo de eso. Y hace tanto: 20 años. Me sorprende que la gente no pensara entonces en los dispositivos como ahora. Los celulares eran inaccesibles; las computadoras eran para tareas en el trabajo y lo más cercano a mi actual adicción al iPhone era una agenda electrónica que un día se me cayó al mingitorio de una cantina y no me importó. No volví a comprar otra. Diez años después me hice de una Palm -por culpa de Jorge Zepeda- que prometía. No me volví fan. Sin embargo, en esa década hubo una transformación importante: la Web me atrapó. Y conmigo, a millones. En lo personal mi vida naufragaba; estaba por quedarme solo.
Tengo 42 años; aunque Hotmail es para los jóvenes como ponerse un arete o bajar una rola en línea, para mí es una adolescente con ganas de mostrar las piernas; empezó en 1996, hace apenas 14 años. La arroba (@), sin embargo, es mi contemporánea. La inventó un señor gordito de nombre Ray Tomlinson que fue merecedor del Príncipe de Asturias, premio que compartió con un flaquito, Martin Cooper, el padre de la telefonía móvil. Ninguno de los dos me sorprende porque yo conocí a James Tiberius Kirk, el Capitán Kirk, dueño de los destinos de las naves Enterprise NCC-1701 y Enterprise NCC1701-A, y de todos sus tripulantes. Cuando esos dos hijos de MIT pensaban en revolucionar el mundo de las comunicaciones, los adictos a Star Trek ya sabíamos que era posible mandar mensajes, hablar y hasta transportarse sin necesidad de cables. Y cuando salieron los primeros celulares, la mayoría en mi generación había establecido contacto con extraterrestres o terrestres -10 años antes, o hasta más- por medio de una simple cajita de cerillos que adheríamos con chicle a la muñeca, y más: teníamos cascos de papel aluminio, que además de cocinarte el cuero cabelludo eran capaces de leer mentes, romper la velocidad del sonido o modificar el tono de tu voz. Ese casco, y una toalla ajustada con un broche de la ropa al cuello a manera de capa, eran más que Hotmail, que la arroba o el celular juntos. Pero eso era cuando niño. Entonces el amor no era esta ingobernable pesadilla.
Mi generación será la primera en pasar su vida adulta adherida a la red. Menudo logro. Me río por dentro y con simpatía cuando algunos de mis colegas, jóvenes reporteros, se lanzan con entusiasmo a investigar los mismos temas que yo hace 20 años: corrupción de funcionarios, tráfico de personas, venta indiscriminada de drogas, lenocinio, policías vendidos, asesinatos, pobreza extrema, desigualdad. Y me río para no arrastrarme como perro porque no hemos avanzado un carajo como país. Los ríos de información que prometió la nueva era no son tal, y que me perdone Internet. Son los mismos charcos pestilentes, los lodazales de siempre. Los mismos de hace 20 años.
Y me río de mí, además, porque soy un cabezón irreductible. Sigo pensando que el amor vale la pena y que un día me salvará. Iluso, ilusos. El amor, y el progreso en estos países tropicales, son sólo una trampa. Una ilusión. “La prórroga perpetua”, escribiría Jaime Sabines, muerto en 1999, 30 años después de que las universidades de UCLA y Stanford lograran la primera red interconectada, el Internet con pañales y biberón.





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