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Alejandro Páez Varela

El mundo se va a acabar

FACEBOOK, TWITTER Y EL BISOÑÉ AZABACHE

Enero27

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Escribí en Facebook, a propósito de uno de tantos juegos decisivos de futbol: “Sssh. La ciudad está en calma. Alguien ha gritado ¡gol! y me doy cuenta: juega México. Iba por una sopa de lima al Xel-Ha pero estará hasta la madre de fanáticos. Caminaré con los perros. Anoche dormí una hora y me lastimaba el sol por la mañana. Caminaré con los perros ahora que no hay luz, y regresaré a la Mac. La ciudad duerme eufórica, encerrada. Cuando despierte no me encontrará”.
Otro día, ante la posibilidad de un reencuentro amoroso, dije: “Si tengo remedio, quisiera que fuera el que estoy pensando. Si me vuelvo perro, no me obliguen a salir de la banqueta. Si me sonríe la luna, quisiera estar borracho. Otra vez, en voz alta: Si se encuentra un pretexto para repetir un encuentro, hay que rechazarlo. Es sacarle punta al lápiz otra vez. Pero escribir sobre una hoja virgen de un cuaderno maduro será una primera vez, y siempre mejor que la última”.
Hace tiempo que decidí separar mi personalidad de mi oficio. Lo aprendí de mi padre, periodista. Lo ví serio en su oficina muchas veces, pero cuando nos íbamos de parranda era (lo es ahora) un tipo alegre y divertido que me enseñó (y me sigue enseñando) a no menospreciar los oficios menores de una cantina, porque caen en manos de los hombres más nobles. Los cigarreros y los boleros son los que te llevarán a un taxi y te quitarán las llaves del carro. Son los que te acompañarán, si es necesario, a la puerta de tu casa.
Digo esto porque a veces me da risa cuando ciertos políticos, periodistas y personajes públicos intentan hacer, desde las redes sociales, lo mismo que hacen por otros canales: impostar. Qué bárbaros, qué serios; qué “intensos” se ven en Twitter o en Facebook. Ajá. Dicho sin ironía: se ven falsos como la voz de los comentaristas de futbol, pero sin su gracia. Son un bisoñé negro azabache en un hombre de 80 años. Me recuerdan los lentes oscuros de los priístas en los años del dientón Díaz Ordaz, o los bigotitos de los echeverristas.
Tampoco digo que lo que hago en Facebook o en Twitter, o incluso en este espacio, lo considere intrascendente y que lo importante, lo bárbaro, lo muy-muy sea lo que escribo como periodista “serio”. Es muy probable que lo que posteamos, dejamos, abandonamos, pegamos, embarramos o escribimos en los muros de las redes sociales sea sólo basura. Basura pop, célebre durante unos segundos entre tus amigos, pero basura. O quizás no lo sea, pero está destinado a serlo. Mil reportajes míos se han ido al olvido, y qué. Condena de quien escribe: la magia está en lanzar palabras a la nada y esperar nada a cambio. Al final, lo que más respetas es la oportunidad de escribir.
Es posible que nos hayamos hecho a la idea de que, como sucede con la palabra hablada, lo que pegas o subes a la red simplemente se da por perdido. Pero la tradición oral ha movido al mundo de una época a la otra. Lo ha cargado en vilo. La intrascendencia de las palabras en las redes sociales es, en realidad, inédita y por lo tanto incalculable. Lo más cercano a este ejercicio de textos como vapor de agua, antes de la era de Internet, fue el periodismo electrónico: de la radio poco se retiene en la memoria. El periodismo escrito por lo menos vuelve al emisor con un testigo: el papel, que servirá esa misma mañana para envolver pescado en los mercados.
Por eso me da risa que muchos personajes públicos sean serios en las redes sociales. Cuánta pretensión, pienso. No sé si a mí me funcione o no impostar, pero cuando no hago periodismo soy como me veo. Si ando decaído, lo muestro; si ando eufórico también. Creo en esa honestidad.
Cada vez que quiero ponerme serio en las redes sociales (o incluso en este espacio) pienso en ese ejército de millones de adolescentes que construyeron imperios mostrándose como son, encuerados, llenos de faltas ortografía. No aplaudo el fondo, sino el cómo. Si Internet casi acaba con mi oficio, con los periodistas, por algo será, digo, y ofrezco a esos adolescentes el beneficio de la duda. Lo menos que me digo es que los periodistas no los entendimos, y tampoco los atendimos. Ya aprenderán a utilizar la H. Ya abandonarán la letra K.
La victoria de los bárbaros en la red (la de los “heditores” con hache) puede llenarnos de enojo; puede cegarnos. Mejor quítese el bisoñé azabache, y remánguese la camisa. Fíltrese en sus filas. Espíelos. Apréndase sus trucos y, cuando menos lo imaginen, cáigales encima. Pero sobre todo, abandone la seriedad como si fuera un barco que se hunde. Ríase y sufra. Y cuéntelo. Así lo hacen ellos. Así, encuerados al sol, fundaron un imperio con la inocencia del que no sabe siquiera defenderlo, del que tampoco entiende para qué y a quién servirá.

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2 comentarios en

“FACEBOOK, TWITTER Y EL BISOÑÉ AZABACHE”

  1. Enero 27 del 2010 a las 5:20 pm Marlén Carrillo Hdz-Ferman opina:

    “Mil reportajes míos se han ido al olvido, y qué. Condena de quien escribe: la magia está en lanzar palabras a la nada y esperar nada a cambio. Al final, lo que más respetas es la oportunidad de escribir”. Ese fragmento estuvo genial!

    Creo que tienes razón cuando hablas del espíritu adolescente: ahora todos pueden hacer periodismo desde su celular, por ejemplo. Sin embargo, considero que se necesita tener amor al mundo para saber discernir entre la denuncia y el ridículo, y ellos apenas lo aprehenden. De nosotros los adultos está mostrarles cuáles son los medios para no caer en la falta de ética que ha llevado al periodismo a un estado pantanoso, del cual tú, como otros poquísimos, se salvan e intentan destilar sus aguas.

    Aunque definitivamente apuesto más por la sinceridad adolescente que por la pose de los políticos que se pelean en lugares que no están destinados para cometer trifulcas ideológicas; quizá por ello también se les respete cada vez menos, pues es evidente la falta de seriedad que le dan a un problema de tipo social o económico, incluso cultural. A ellos sí que deberían “heditarlos” para “ziempre”.

    Respecto de la tradición oral, bueno, a lo mejor con el auge del internet y estas redes sociales puede que ocurra una de dos cosas: a) que la oralidad ocupe nuevamente su posición de primacía antes de ser derribada por la escritura; o b) que lo efímero de estas redes conformen un nuevo patrón conductual y de transmisión de ideas que a la larga sustituya a la resurigiente oralidad. O quizás un híbrido de ambas.

    Y mientras nos enteramos en qué queda o si los polítiocs dejan de ser Perros Bermúdez desangelados, ha sido bueno leer esta disertación tuya. Abrazos :)

  2. Febrero 07 del 2010 a las 8:17 am Antonio opina:

    Acabo de descubrir tu sitio y me a gustado mucho como escribes. Me impacto una reseña de tu libro sobre ciudad Juárez que leí en hojeando libros y de allí seguí tu liga y compre el libro. Me sorprende que escribes de todo . Espero sigas así

No lo publicaré

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