Reencarnaciones
Algún día contaré –aunque sospecho que a nadie le importa– por qué no creo en la reencarnación. Básteme decir, por ahora, que en el mejor de los casos la idea me parece sospechosa. Aunque francamente la veo peligrosa. Imagínese, yo, y los otros que como yo hemos maltratado tanto el cuerpo: ¡qué tabla de salvación!; ¡qué invitación a seguir pecando! Con esta vida me basta para tales efectos; no necesito una más.
Prefiero pensar en la oportunidad que llegará cuando cierre los ojos y todos se hayan ido; en ese silencio, en esa dulce soledad. Termínese esta vida y cuanto pretenda ser acumulado, que la estridencia del mundo no merece ser reencarnada. ¿Qué hay de nosotros que amerite trascender esta carne? La memoria, si acaso. Pero los recuerdos de un hombre adquirirán importancia si se reencarna en serrucho o en cigarro, en escarabajo o en cucaracha. Y ninguna de las teorías sobre la reencarnación que conozco se compromete a garantizar el tránsito de la memoria hacia otras vidas. Entonces cuál es el chiste de reencarnar, digo.
Nada tiene de despreciable la idea de que, cuando uno muere, los demás desaparecen. Repito: qué oportunidad. Pabilo que se seca, gota que se quema, cuando me vaya irán resbalándose a la nada mi ex mujer, mi mujer y las facturas de ambas. El horror encontrará un resquicio en la ventana para evaporarse. El verde de los árboles se me saldrá de los pulmones, ese día, y estaré contento, al dejar de respirar, porque me habré deshecho de cargas pesadas, alergias y asmas. La vida de un hombre no es luz, sino intentos de luz; no es calor, sino intentos de calor. Y porque nadie puede competir con el sol, somos intentos que jamás llegan a ser, siquiera, retoños malogrados. ¿Para qué reencarnar? Decía, ¿qué hay de esta vida que merezca ser llevado a otro lado? Con este mundo oscuro me doy por bien servido. Estaré contento de decirle adiós, y que desaparezca cuanto esté a mi lado.
No crean que desacredito en lo absoluto las corrientes que fomentan el sueño de la reencarnación. No me desvelan las membresías a los clubes de yogas y mantras y meditaciones y masajes con presión exquisita en las zonas nerviosas que importan. Sin embargo, considero que no representa reto alguno creer en la reencarnación y portarse de manera ejemplar. Si se es –o se piensa de sí mismo– monje, asceta o lo que sea, la idea del nuevo mañana es casi natural. El reto mayor está, considero, en creer en la reencarnación y aún así comerse esta vida a bocanadas.
Algún día contaré por qué no creo en la reencarnación. Seguro será después, porque ahora mismo estoy más entretenido en maltratar este cuerpo cuanto lo requiera, hoy, que mañana (el mañana que trascienda a este cuerpo) es probable que no llegue.