La esperanza
Hay mil cosas que podré escribir sobre estos días; sobre el parque y la soledad; sobre los torniquetes que me aplico en las venas que dan a la memoria; sobre el cuarteto de cuerdas que suena desde que me levanto hasta que pego la cabeza en la almohada; sobre el abusivo reloj de tres mil manecillas que escucho madrugadas completas hasta que el sonido me bloquea la garganta. Hay mil cosas que podré escribir, pero gran parte de ellas habré de omitirlas.
Me gusta haber tomado la decisión de violar las leyes de gravedad: un día, cuando menos lo espere –prometo–, abandonaré el piso de este cuarto en el que vivo y me elevaré, centímetro por hora, hasta pegarme en el techo. Entonces veré todo lo que está abajo: las botellas quebradas sobre las que camino, los alacranes que me pican nada más por no dejar, los cinco o seis cabellos –calculo– que todavía quedan de ella y que no encuentro en esta alfombra-pajar. Un día, me repito, tomaré la escoba desde allá, arriba, y barreré tantos recuerdos que se han quedado, hebras de trapeador atoradas en cada pata de los pocos muebles que poseo.
Hay mil cosas que podré decir, pero las callaré. ¿A quién le importa, pienso, un hombre burdo como yo que vive días como tú, lánguidos, cerebro en la freidora, corazón pegado en la ventana; con la esperanza puesta en los mares del norte, con el dolor atrapado en un frasco de azúcar refinada (que hago a un lado con la cuchara cada vez que preparo café)? ¿A quién? ¿A quién le interesa saber de un capitán que mira el avión siniestrado y no se atreve a abrir la caja negra? ¿A quién? ¿A quién podrá interesarle el suelo de este lugar en el que paso días platicando con arañas, negociando con serpientes, maldiciendo a los mosquitos?
Mil cosas podré escribir sobre estos días, pero no hay más quién las lea de primera mano.
Mejor me las guardo.
Alejandro:
Te leeo y releeo y me entrego a esos pequeños fragmentos de ti que nos entregas, que yo siento que me entregas a mi, a cada instante, no dejes de escribir, esa es tu pasión, y me la entregas para sentirme completa.
¿no crees que ya las guardaste mucho?, ya sacalas, no seas cabrón; a los faltos de capacidad para amontonar recuerdos (y no se diga redactarlos) nos encanta fusilartelas… otra vez, y con todo el respeto que (desconozco, porque no te conozco, solo de señas, recuerdos y letras) me merezcas… ya sacalas, no seas cabrón…