Hada de mayo
Tengo una red de hilos que heredé en mayo. La uso para cazar hadas a campo abierto. La tomo con la derecha y la lanzo al aire, mientras abanico la palma izquierda (a manera de carnada) como quien se despide, aunque, me han dicho, las hadas entienden esta señal no como un adiós, sino al contrario: imaginan que alguien las llama desde la cola de un tren que acelera y no hay manera de pararlo. Las hadas huyen de los que se quedan en los andenes, que son los que realmente dicen adiós.
Cuando muevo la palma de la mano (y digo en voz baja “vengan, vengan”) las hadas llegan a mí, y yo con ternura les extiendo la red que heredé en un mes de mayo, y ellas se dejan atrapar. Sienten la red como una manta tibia, amor delgado para cubrir el sueño mientras viajan. Saben dejar atrás a los que se despiden en los andenes porque no van a ningún lado, y es el mundo el que se les aleja, cada vez más rápido, tren de las 12:30 que toma vuelo y no hay manera de pararlo.
Me gusta una hada en particular. En sus minúsculos pies no muestra un solo callo. Se nota que no pisa el suelo ni para dormir. Esta hada me liberará –pienso– de los riesgos de las serpientes y los alacranes que cruzan peligrosamente a ras de suelo. Estas hadas son las que me permiten –me repito– seguir en este tren que afortunadamente se mueve, aun pierdo la voluntad y me detengo.
Creo, confío en que, cuando esta hada en particular caiga amistosamente en mi red, emprenderá el vuelo (mientras yo me aferro gustoso a los hilos de mi red que heredé en mayo), y me llevará con ella a perseguir otros muchos trenes para quedar a salvo de los andenes que componen la vida, y en los que sacuden las manos aquellos que están quietos, amargamente, y dicen adiós.
He visto la foto en sepia de un trigal amarillo y su sol que lo hace brillar. Cada vez que levanto la mano y la muevo como abanico (a manera de carnada), pienso que estoy en el centro de ese campo de espigas. Aparecen hadas-mariposas; me revolotean. Atrapo una y la acaricio agradecido por tanto calor, y con la red le hago una camita en un vagón desocupado, y le invento una canción de cuna (la susurro al instante) que casi siempre dice así: “…los que dicen adiós son los que quedan en los andeneees”.
(Cierro los ojos al terminar de cantar. Me arrulla el pesado traqueteo de las ruedas de metal. Trato de sonreír. No despierto a la hada. No le digo que los trenes, por más firmes que se vean, no son seguros, y que yo mismo he sobrevivido un descarrilamiento para contarlo. Mejor trenes, me consuelo, que andenes. Mejor cazar hadas que quedarse parado).
Sin temor a parecer cursi solo quiero decirte que estoy enamorada de tu manera de escribir, te descubri en el semanario dia siete, del cual ya me volvi adicta,de echo soy nueva en estos terrenos de la internet,gracias por hacerme mas ameno el camino en este lugar donde parece que la unica persona que disfruta la soledad soy yo.En especial gracias por hada de mayo.
hola mira me gusto mucho esta publicacion en dia siete la lei mientras hacia un trabajo pero es padrisima me encanta la forma en que te expresaste
Páez:
He estado buscando en el baúl de tus letras libres y este texto nunca lo había leído.
No sé qué puedo decirte para no sonar barbera y/o trillada…¿un “es el texto más tierno y lindo que te he leído, me encantó”, suena sui géneris?
Chale… Si no es así, me vale.
Cuídate.
Te leo luego.