EL DESENCANTO. 2000-2010: LA DÉCADA DEL FIN DEL SUEÑO
Dice la voz popular que todos los presidentes mexicanos aprenden a gobernar, y alcanzan la cresta de su mandato, justo a la mitad de su sexenio. Que las decisiones de Estado tomadas en los tres primeros años de aprendizaje, empatadas con un manejo más habilidoso (apretón de tuercas aquí y allá, engranes enaceitados, palmadas e inyecciones de ánimo), permiten una mejor comprensión de su estrategia y el gabinete, los empresarios y las fuerzas políticas y sociales trabajan de la mano. El país se descubre con el motor encendido y en una marcha coordinada hacia el progreso.
La tradición indica que el cuarto año es el primero de un buen gobierno, pero el último del presidente en turno. En el quinto, el jefe del Ejecutivo comete el error de imponer una agenda nacional que le sirva a su partido (y no a su propia estrategia). Su principal urgencia es garantizarse un rol en la transición; se vuelca a consolidar su papel de gran elector y a lanzar a su “delfín”. Para algunos politólogos ésta dedicación es el gran malentendido en la carrera política del máximo jerarca: en el quinto año siente que el tiempo se le fue, y busca desesperadamente la trascendencia. Entonces se acarrea, nos dice la historia contemporánea, su desgracia.
Para el sexto y último año, siguiendo con la creencia pública, el hombre que habita en Los Pinos ya no manda. Primero se imponen las dinámicas del dinero del Instituto Federal Electoral (IFE); los partidos absorben la energía de la nación. Después de la elección, en julio o agosto de ese sexto año, el que gobierna es el candidato presidencial que resultó ganador.
La voz popular también dice que a la mitad del sexenio (en donde nos encontramos ahora mismo) los presidentes tienen novia, y los rumores sobre los excesos de sus cercanos, muchos de ellos familia, circulan a lo largo y ancho del país.
Pero nadie crea que la voz del pueblo es la voz de Dios. Nadie apueste a que no se equivoca, porque perderá: la turba comete errores terribles, como el linchamiento. Se mete en las vidas públicas y es injusta mil veces si es necesario. Se equivoca, y es capaz de festejarlo durante décadas en el calendario. La famosa “vox populi” es una voz que, cuando se pone a especular, cuando juega a decidir (Vicente Fox Quesada es un buen ejemplo de esto), comete errores costosísimos.
Soy de los que sostienen que los presagios de la voz del pueblo no aplican en el caso de Felipe Calderón Hinojosa. O no aplican del todo, porque en el cuarto año él no empezará el mejor momento de su administración; ese difícilmente lo veremos ya.
No veremos un México pujante y enrutado en el crecimiento, aunque sea sólo por 12 meses. Los puntos en los que Calderón concentró su estrategia fueron básicamente dos: hacer crecer a su partido, y ganar la guerra a lo narcotraficantes. Las cuentas no le cuadrarán, y en ninguna de esas dos grandes tareas veremos buenas cuentas porque descuidó el resto de las variables, que son los que le daban garantías para cumplir con sus dos grandes prioridades… que además tenían un solo objetivo: validarlo frente a los ciudadanos.
A estas alturas lo sabe muy bien la propia administración federal, el gobierno-de-las-encuestas-internas: La expectativa generada por las promesas del Partido Acción Nacional (que en 2010 cumple 10 años en Los Pinos) y por sus propios ofrecimientos de campaña (que los votantes creyeron e impusieron sobre un candidato, Andrés Manuel López Obrador, a quien tenían por “favorito”) operarán en su contra. A causa de un mal manejo interno de una crisis externa, la economía caerá en 2009 por lo menos 7 por ciento, más que casi ninguna economía del mundo. La disponibilidad de dinero para su gobierno estará anclada a un gasto corriente elevadísimo que acabará con los márgenes de maniobra de su Presupuesto de Egresos. La factura petrolera, que en el pasado salvó a cada mandatario, será una graciosa cobija de medio metro cuadrado. La Ley de Ingresos de 2010 será una de las peores de la historia contemporánea –dicho por empresarios y partidos políticos– y no habrá, por supuesto, una Reforma Fiscal que ofrezca nuevas vías de financiamiento público.
No se ganará la guerra contra el crimen organizado, claro. El 2010 nos sorprenderá con cifras escandalosas incluso para países africanos o del Oriente Medio: la guerra interna acumulará más de 15 mil muertos de un bando y de otro, y los índices de criminalidad evidenciarán una errónea dedicación del Ejecutivo por las armas, y un descuido terrible de los derechos humanos. Crímenes como el secuestro y la extorsión se habrán masificado, y las bandas de delincuentes atentarán de manera inédita contra los únicos que denuncian su encumbramiento y que son, a la vez, una herramienta de las democracias: los periodistas.
El presidente Calderón estará atado por los poderes fácticos, esos que su partido no sólo no quiso destruir o acortar, sino que falló al encumbrarlos: las televisoras, los gobernadores de oposición, los poderosísimos sindicatos estatales (el de maestros, el del Seguro Social o el de Pemex), el Congreso de la Unión y, sobre todo, las fuerzas retrógradas reagrupadas en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) lo maniatarán, y no para el bien público: buscarán su fracaso porque, como nunca, en eso se basará su triunfo, que no necesariamente es el triunfo de los mexicanos.
Si le va bien al presidente, dice esta voz popular, le va bien al pueblo de México. Otra vez miente. Los presidentes siempre se retiran de Los Pinos con las manos llenas y un futuro familiar garantizado. Muy probablemente (¿por qué no?) será el caso. Sin embargo, como van las cosas, en el plano publico Calderón Hinojosa no podrá garantizarse un tránsito silencioso a la vida privada: la derrota de su partido –según las encuestas y la expectativa de los analistas– pesará sobre la construcción de un “legado”.
Lo peor es que con la derrota de Calderón se irán 10 años en los que la sociedad civil apostó erróneamente por un cambio de gobierno, que entendía como un renacimiento. Su fracaso será el triunfo del desencanto. Entre 2000 y 2010, los mexicanos agruparemos un periodo que bien podremos llamar: “La década del fin de un sueño”… de libertad, equidad y justicia social. Nunca llegaron.
NOSOTROS, MEXICANOS
Lo he preguntado varias veces en este año que termina: ¿Cómo le hacemos los mexicanos para que las calamidades nos salgan tan bien? Quién sabe. Pocos países como el nuestro convirtió la crisis global en una contingencia económica para libros de texto. Y lo demás que usted ya conoce: Que tuvimos petróleo; que ya se nos acabó y ni siquiera está claro en qué no lo gastamos o quién se lo quedó. Que metimos algo así como 171 mil millones de pesos al agro de 1994 a la fecha, y que justo allí, en el campo, arrinconamos a gran parte de nuestros 40 a 50 millones de pobres. Que tantos ríos y tantos lagos; tanta lluvia y tantas bendiciones se han ido a la tiznada: el centro de México se quedó sin agua. Que con esos litorales, con ese mar tan extenso, ni siquiera desarrollamos una industria de pesca. ¿Cómo le hizo México para que en 2009 su economía sea una de las tres ¡del mundo! con el peor desempeño? ¿Cómo llegamos a este momento, en el que las finanzas del gobierno federal tienen un boquete de 300 mil millones de pesos, 31.94% de las reservas internacionales que hemos acumulado con tanto esfuerzo?
También me he preguntado en dónde perdimos el rumbo, en qué momento dejamos de aspirar a la grandeza.
En realidad, todas estas preguntas se separan mucho del análisis de la última década. En todo caso, estos 10 años son producto de desviaciones y perversiones clásicas de nosotros mismos, mexicanos. A mi parecer, los políticos son causa del fracaso del proyecto nacional. Algo muy malo hicimos los mexicanos en otra vida para merecer funcionarios tan inútiles, tan corruptos, tan descarados: nuestro más grande impuesto.
Periodistas, intelectuales y politólogos, así como una parte de la izquierda ilustrada, suele comparar al antecesor de Felipe Calderón, Vicente Fox, con un retrasado mental. Quizás tengamos razón, pero es una manera muy frívola y poco justa de tratar a este personaje público. Darle trato de simple enfermo mental, además, lo exime de sus responsabilidades frente al país que confió en él. Ciertamente Vicente Fox fue manipulado por los intereses que lo rodeaban; pero él mismo se prestó para cometer errores fundamentales que condujeron a la década del desencanto y el estancamiento.
Con los poderes fácticos ni el PRI se acostaba, como lo hizo Fox. A los poderes fácticos, el viejo régimen los trataba como leones en la jaula: con una silla en la izquierda y un látigo en la derecha. Fox se fue a la cama con ellos pensando en que eran las señoritas del servicio en su hacienda o de cualquier hacienda. Y ya sabemos el resultado. Si en el pasado los empresarios eran “soldados del PRI”, ahora son generales del Estado y dan órdenes. Con la demolición de las instituciones, ellos asumieron parte de ese rol. Tristemente así es.
A sabiendas de esta desviación, los políticos viejos, los priistas, se han levantado con fuerza. Debe quedar claro que su reincorporación traerá, sin lugar a dudas, más corrupción de la que conocemos. Pero debemos sufrirlos como una especie de pago por nuestra ingenuidad. Por creer que Vicente Fox y Felipe Calderón podía gobernar sin dejarse corromper. Y ya ven. Si me disculpan diré que lo hicieron más mal que como lo habría imaginado el más pesimista.
Calderón no debe ser exculpado porque fue peor aún que Fox. Pero sin duda el actual estado de la cuestión, la actual descomposición, viene desde el 2000. Y diré algo que no le gusta casi a nadie: viene del “voto útil”. Votamos para sacar al PRI y sin proyecto en la mano. Deberíamos saber, entender, aprender que los mexicanos no sabemos ser pragmáticos; somos un poquitito más complicados que eso.
Antes de que el lector (y mi editor) se tiren al vacío, hay que preguntarse qué sigue. Por lo pronto, el regreso del viejo PRI, el más perverso, representado en Enrique Peña Nieto, en Carlos Salinas de Gortari y en Diego Fernández de Ceballos (no hay error en el último nombre). Y luego, la sociedad civil deberá emprender una lucha no por ganar el poder, como lo hizo en el 2000, sino por reformas de fondo: la de Estado, la de regulación de los actores económicos, la de finanzas públicas o la de justicia, que el panismo no supo conducir.
Esta lucha civil deberá darse a pesar del PRI y de los errores del PAN; con una izquierda sólo concentrada, en esta década, en la capital del país, y con los actores sociales de los 90 ya muy agotados. Esta lucha no será fácil porque habremos de reinventar sus formas, y confiar en que su conducción esté en manos menos viciadas que no son esas que empujaron los cambios de finales de los 90. Dudo que sean el Twitter o Facebook o YouTube las plataformas que impulsen nuestras causas. Pero las nuevas tecnologías jugarán un papel preponderante, como sucedió en la elección que llevó a Barack Obama al poder en Estados Unidos. Eso, pero sobre todo un regreso al ánimo y a la voluntad de lucha, será lo que alimente a los próximos mexicanos.
Lograr el cambio en el 2000 fue una proeza de una mayoría de los ciudadanos que se puso las pilas y se comprometió. Es importante recordar que no fue el PAN el que llevó a Fox al poder, sino una sociedad civil harta de tantos años de abusos y de poder hegemónico de un solo partido. Esta hazaña debe inspirar los cambios que vienen y permitir la recuperación del ánimo. Si ya se pudo en el pasado, una década después será más fácil porque sabemos que es posible.
En el corto plazo todos estamos muertos, diría John Maynard Keynes. Por eso debemos empezar ahora.
¡Extraordinario como articulista y estupendo como escritor!, Alejandro Páez Varela en ambos quehaceres resulta una delicia leerlo. Le deseo que éste y los años por venir (aunque los años corran de prisa y el destino nos alcanze) logre cosechar más éxitos.
He caído rendida a sus pies y solo bastaron las primeras líneas para enamorarme de su forma de escribir; o más bien he sentido envidia de usted; de la forma tan sencilla con la que expresa tanto, y que gracias, (o he de decir por desgracia a que mi otro hemisferio cerebral haya resultado más desarrollado) ; me es incapaz de expresar muchas de esas ideas que comparto con usted y con tanta gente de mi México, pero que siempre están aquí merodeando en mi cerebro y peor aun en mi corazón, que me hace seguir siendo una tonta idealista como me dice mucha gente.
De verdad es para mí un éxtasis leerle y espero tan solo ruego por que siga firme en convicciones sin dejarse influenciar por nada ni nadie.
Xiomara, la Yucaterca :p