21
Abr

EL TERREMOTO QUE VIENE

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

La última vez que me arrastró el temor colectivo fue justo hace un año, cuando se declaró la epidemia de influenza AH1N1. Los primeros días, con la suspensión de clases y de eventos masivos, me mantuve encerrado en la Redacción (pasó en los medios de todo el país) siguiendo el caso en tiempo real. Pero el primer fin de semana que tuve libre, influenciado por tanta información, me fui a hacer un súper. No compré muchas cosas, aunque sí me surtí de latas de atún como para alimentar a un tiburón blanco; compré frijoles de lata, algo de pasta, tetrapacks de salsa de tomate y lo normal de la semana. Confieso que sigo pagando el arrebato. Comerse el cerro de atún ha sido un suplicio; casi 12 meses después, siento alitas de pescado en la espalda.
Con los últimos temblores en el mundo (Haití, Chile, China, Baja California, Guatemala, Ecuador, Afganistán, República Dominicana y Chile otra vez), y con la explosión del volcán en Islandia, las pláticas en oficinas, bares y restaurantes, entre amigos, familiares y conocidos, se han centrado en un tema: el terrible terremoto que asecha al Distrito Federal, la ciudad de mi vida adulta. Que si hay que correr a la calle o mejor subirse a los techos de los edificios; que si los sismos son matutinos y los temblores las prefieren rubias; que si tener como mascota a un perro entrenado o mejor ya no encariñarse con mascota alguna porque el fin está cerca. La plática con las personas más cercanas se ha vuelto un Apocalipsis porque además de las tragedias nacionales (el desempleo; los miles de muertos por la guerra; mi ciudad, Juárez, destrozada; la política sin futuro, etcétera), ahora hay que sumar a la discusión la posibilidad de una catástrofe.
Así las cosas, el fin de semana pasado llegué al súper por mi mandado ordinario. No tardé en descubrir un patrón: de cada cinco carritos formados, uno estaba influenciado por el olor de la emergencia: latas y latas de frijoles, latas y latas de sardina y atún; agua embotellada en garrafas de cuatro o 16 litros. O eso me imaginé. Me retiré de la línea porque me asaltó una pregunta: ¿y esos cuatro de enfrente y yo somos los únicos que no estamos tomando en serio las cosas? Como no escarmiento ni aprendo de mis errores, volví a los anaqueles. No sé si fue casualidad, pero no encontré alcohol y curitas. Busqué analgésicos y tampoco; del departamento de farmacias sólo me pude surtir de rastrillos y champú porque vitaminas y suplementos alimenticios tengo demasiados. Fui a verduras, y pues no, allí nada se puede almacenar; lo mismo que en panadería y en congelados. Pasé por las latas de atún y casi vomito. Vi de lejos las verduras encurtidas y se me hizo la piel chinita. ¿Qué me llevo?, pensé. Fue entonces que di con el departamento de vinos y licores. Había descuentos maravillosos en vinos tintos mexicanos (mis favoritos) y me traje unos San Lorenzo de Casa Madero y hasta unos boutique, de esos que confecciona con gran maestría mi amigo Hugo D’Acosta. Compré además unos Herradura blanco, y hasta me di el lujo de un Don Julio. A los perros les compré latas de mejor marca y unas carnazas.
Llegué a la casa con la sensación de que estaba listo para lo que viniera. Acomodé mi breve cava con cariño y el resto del súper igual. Y por primera vez desde que soy presa del miedo colectivo, me sentí un hombre sabio. Los perros y yo nos subimos a la azotea y me serví, generoso, un tequila largo; bajé al departamento por una lata de atún del año pasado, unas tostadas horneadas y un tomate en rebanadas. Ahora sí, ojalá que llegue el temblor -dije-, porque en este momento estoy realmente preparado.
No es que sea un miedoso y que me deje arrastrar así como así por el miedo. Gran parte de mi vida la he llevado al límite, y no me enorgullece: sólo les explico que así soy. Me molesta, eso sí, la idea de que pueda prevenir y que la negligencia me haga pasar malos ratos (o últimos malos ratos, con una ciudad derruida y sin tequilas).
Mis asuntos, sin embargo, están como quería: las latas de atún del año pasado casi se acaban, y hemos quedado, mis perros y yo, con una buena alacena con lo más indispensable. Me resisto a dormir en la azotea pero, ¿saben qué?, en últimas fechas llamo más a mis viejitos, veo más a mis amigos y disfruto subir a beber un tequila y a leer lo negro de la noche.
Usted haga lo que le dicte la prudencia frente a la amenaza. Yo, por mi parte, me siento preparado.

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Esta entrada fue publicada el Miércoles, Abril 21st, 2010 a las 2:00 am y archivada en POSTS. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0 feed.

comentarios

6
  1. Abril 21st, 2010 | LA_MaNzAnA dice:

    Me resisto a dormir en la azotea…….

    No tengo Azotea :-(
    pero si un “Corral” inmenso de esos de Pueblo de Provincia…….(con gallinas, patos y uno que otro intruso por ahy)

  2. Abril 23rd, 2010 | Thevi dice:

    Yo también estoy al pendiente de los terremotos o sismos, llevo una lista con grados y todo. A veces también me invade el miedo, y pienso en regresar a casa con mamá. Ayer vi a la ciudad más desconocida que antes, caminaba con mi mente sumergida en la definición del destino, esperando que el camino se me mostrara como un acto divino. Llegue a mi cuarto y me detuve unos minutos en el balcón, tratando de reconocer a toda esa gente que estaba terminando su jornada, sí eran ellos, los vendedores del tianguis que aparece en mi calle todos los sábados y domingos. Me atrapo un suspiro, mientras que un aire frio me abrazo. Baje la mirada y decidí entrar. Recorrí suavemente las cuatro paredes, e incluí el piso. Realmente me sentí sola. Y me volví a preguntar las razones de estar en esta ciudad. Varias veces he intentado escribirle y por alguna razón me he detenido. Le conocí a través de la revista DIA SIETE, cuando vivía en Acapulco y me obsesione por conseguirla cada domingo. Sus letras me hacen aferrarme a perseguir ese sueño de pertenecer a algún periódico o escribir algunos libros. Vivo en esta gran orbe, tengo un empleo con el cual me mantengo, pero aún no consigo entrar a la universidad. Quisiera rendirme, regresarme a casa y disculparme con mi madre por alejarme de su lado. A veces soñando escribo y otras escribo soñando. Hoy me he atrevido a dejarle está nota Alejandro, quizá por nostalgia, más bien por admiración esperando me regale algunos minutos al leer este comentario y por lo menos se confunda un poco con mis letras….(Por cierto le falto mencionar España con 6.2 grados)…a mi también a veces me invade el miedo, mitad temblores, mitad desilusión…

  3. Abril 27th, 2010 | Yolanda Jiménez G dice:

    Disfrutar de la vida, con el gozo de saber que se vive a gusto.
    Si nos dejaramos llevar por el pánico, no sería vida.

    Apoyo completamente su frase: “Usted haga lo que le dicte la prudencia frente a la amenaza.”

  4. Mayo 20th, 2010 | ARMANDO dice:

    vivir al maximo sin esperar el final

  5. Junio 5th, 2010 | Tania Y. dice:

    Lo bueno: que la oferta de vinos es permanente

    Lo malo: que la cava tiene un límite

    Lo mejor: que Don Julio se porta bien conmigo que me deja todo a mitad de precio.

  6. Enero 15th, 2011 | lt dice:

    Excelente post

    Un buen número de lectores comentan sus textos con letras inspiradoras. Yo no. En algun lugar encontré la siguiente frase: “Me gusta demasiado leer como para preocuparme por escribir un libro” (palabras más, palabras menos). Yo no redacto bien porque con Usted me basta y me sobra.

    Un abrazo afectuosisimo. Eres el mejor

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