Agosto3
La vio tendida e imaginó un mapa de guerra. Pero conforme fue acercándose entendió que sólo los oficiales, los agentes del Estado, los que marchan hacia el otro con un rifle en el hombro pueden confundir un cuerpo expuesto así, como el que él pudo observar esa noche. Sólo ellos pueden ver en el mapa del otro una piel en conflicto. Ese mapa, el de ella, no podía ser un mapa de horror; nadie ha muerto aquí en una acción deliberada, pensó él. Nadie, tampoco, tuvo que defenderse. Y aún si se libraron batallas, las marcas y los cráteres no son suficientes para considerarla en una especie de posguerra con minas enterradas, cables de púas y trincheras.
Ya de cerca, tan cerca como para sentir su tibieza, descubrió que en sus brazos los campesinos hacen surcos para sembrar flores. En sus dedos distinguió chimeneas de las casas de las mujeres-chapulín, que para guiar a sus hijos a la escuela (y para evitar que terminen en un taco) pintan en la palma de ella caminitos que después serán arrugas.
Notó que en su cabello anida Roja, la langosta, y supo muchas historias, como esta: Cuando ella va a la peluquería, el crustáceo saca las tenazas y riñe a las tijeras. No es un duelo a muerte, aunque la langosta se lo toma tan en serio que ella debe intervenir, pedirle que se tranquilice: “No pasa nada”, le explica. Y la langosta agacha los ojos; abre y cierra sus tenazas de manera muy coordinada en señal de consentimiento. En los días ordinarios, Roja se vuelve broche y la adorna. Es cariñosa con ella. La acaricia. En las horas de desconsuelo, ambas se hacen cosquillas en la barriga y así sobreviven al insomnio, al hambre y a las pesadillas que llegan con la tristeza.
Cuando él recorrió su cintura, las caderas, sus muslos, se sintió entre colinas y valles de un país hermoso que se le estaba descubriendo. En su pecho encontró cañadas, volcanes de un lado y otro que amenazan siempre con hacer erupción. En sus hileras de dientes vio Nueva York. Japón estaba en sus labios. En los dedos de los pies apreció una marcha de obreros, y en la lengua manglares, lagunas y pantanos. En sus ojos encontró la luz de ciudades, como se observan desde un avión: una mancha brillante en retirada que nunca será igual el día siguiente.
“Ella no es un mapa de guerra”, dijo. Pero dio pasos breves y cautelosos, y sin quitarse el casco y sin bajar la guardia se tendió a su lado para escuchar directo de su pecho el retumbo de su corazón, que de querer y de llorar suena, en realidad, como una guerra: retumbo de granadas, retumbo de tambores; tablazos de botas que pisan fuerte y detonaciones de armas tan pesadas que hacen pensar que ella tendida, como la vio, es, sí, la guerra.
Y no, no es así. Ella no es la guerra, ni un mapa de guerra. Es un retumbo de corazón.
(Su cuerpo desnudo; el delicado acomodo de las partes en su piel cuando la ciudad ha dormido; la luz que sale de sus ojos cuando no me mira, demandan explicaciones).