Champix (de Pfizer), los cigarros, las mujeres y el abuelo gordo de los emos
04/27/08 8:28 AM por Alejandro Páez Varela
Según algunas advertencias, Champix, tratamiento contra el tabaquismo, provoca depresión profunda y, según los noticieros, hasta suicidios. El autor lo consumió y cuenta su experiencia. PUBLICADO EN DÍA SIETE

Hágame Usted el favor: resulta que Champix, el medicamento de Pfizer para combatir el tabaquismo, es altamente depresivo. Hace unos cuantos domingos, mientras rumiaba mi desventura frente a una bolsa de Cheetos y el Cartoon Network, encontré varias notas al respecto, incluyendo una advertencia de las autoridades españolas de salud en la que hablaban de “intentos de suicidio” y “trastornos profundos”. Brinqué de la cama; me quité el pijama (eran las cinco de la tarde; además lo traía al revés) y me salí a la calle, muy molesto y, debo decirlo, también muy aliviado. Me fui al café de la esquina y pedí un expreso doble, luego caminé al bar de al lado y me sirvieron un brandy en una copa coñaquera. Celebré. Me reí de mí y celebré.
Cuando bajé la vista me di cuenta que traía en el pie derecho un zapato blanco y en el izquierdo, una pantufla negra; levanté los pies feliz, esperanzado en que Gaby, ahora mi bartender favorita, terminara de confirmar lo que sospechaba desde hace tiempo: que estoy loco. Loco, pero no un emo, viejo y patético. Y no tengo nada contra los emos; cada quién.
Quiero, por favor, que imaginen mi condición. Yo que no duermo, me quedaba en cama 12, 14 horas. Yo que creo en el trabajo como en un apostolado, no podía escribir ni desarrollar ninguna de las tantas tareas de mi oficio. Yo que no puedo estar sentado ni un minuto (soy hiperactivo) me pasaba largas horas babeando en un puff que uso de sillón. Y ya no les describo por las que andaba (y ando) (ahora mucho menos) por pena. Lo resumo así: me convertí, en los últimos pocos meses, en el abuelo gordo de los emos. Qué vergüenza. Ya no tengo pelo en la frente, si no, seguro me habría alaciado el copete y me lo habría dejado crecer, largo, sobre los ojos. De negro me visto a veces; escucho a The Cure, The Smiths, Joy Division, así que todo se me acomodaba. Abuelo emo. Páez Emo o Emo Páez. Y no tengo nada contra los emos; cada quien.
No soy médico, ni laboratorista, ni químico, ni farmacéutico, ni enfermero, ni boticario, ni especialista en el tema, ni veterinario. Soy el último de la fila: soy consumidor. Y me siento muy enojado. En términos científicos, sólo puedo citar lo que dicen otros respecto a los efectos del Champix. Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios: “En el caso de que en un paciente en tratamiento con Champix aparezcan ideación o comportamiento suicida, éste debe suspenderse inmediatamente”.
La vida y ya, o una poeta/emo
Como consumidor, les puedo decir que he vivido meses infernales y no tengo ningún motivo para considerar que sucedió algo extraordinario en mi vida. Pues sí, me separé de una chica hermosa y me enamoré de otra, de la que ya me distancié. Nada extraordinario. La vida y ya. Normalmente los enamoramientos y las separaciones me dejan enormes colecciones de textos y recuerdos dulces y amargos. Regalitos, pues. Como digo: la vida y ya. Pero, oiga, esta vez la depresión me mandó a la cama. Jamás me había pasado. ¡No podía escribir, y de eso vivo! No sentía ganas de hacer absolutamente nada.
Como consumidor –insisto– estoy en un dilema: ¿les recomiendo que dejen Champix si ya van adelantados en el programa? No sé. Pero sí les aconsejo, otra vez como consumidor convertido en emo –y sí, con tendencias a la depresión–, que no se metan a Champix. Cómprense una canasta de huevos, y cómanse
uno diario; mucho mejor. Abandonen el cigarro, por favor, con todo menos con Champix. No estoy autorizado para decirlo como especialista en la materia pero lo digo simplemente por la terrible experiencia que he vivido estos últimos pocos meses y que, según toda la información disponible, está relacionada con Champix. Y no tengo nada contra los emos; cada quien.
Ah, por si hay dudas: sí, sí dejé de fumar. Mis amigos saben que terminé el tratamiento convertido en un promotor de Pfizer.
Me habría gustado, sin embargo, que el multimillonario laboratorio hubiera advertido, como lo hacen las cajetillas de cigarros, que el consumo de ese producto me llevaba a la muerte. En este caso, a la muerte del ánimo, de las ganas de vivir. Me hubiera gustado que, como dice en las cajetillas de cigarro, me dijeran en qué me estaba metiendo. Y entonces habría decidido si tomaba el tratamiento o no.
Quizá me habría portado de otra manera con la chica que, seguro por emo-dependiente, terminé expulsando para siempre de mi vida. Quizá habría tomado el tratamiento sin asumir el compromiso con las editoras de cierto libro en el que participo (ya les entregué el último texto; no sé ni cómo le hice) y que, ay, cómo sufrí para terminar.
Quizá me habría puesto en brazos a una chiquilla emo (o poeta, que, amigos, cómo se parecen) de 20 años; que fuera enamoradiza y no viniera embarazada de fantasmas y complicaciones; quizá le habría pedido que me acompañara en un tramo emo en mi vida, concebido para eso, para derrotar al cigarro. Quizá me habría depositado en sus brazos de algodón, sobre su piel tersa, como quien duerme en camas de opio. Quizá me habría puesto una peluca y me habría vestido de negro, y así, barrigón como estoy, con pelo en los ojos me habría ido por el mundo dopado de Champix, una emo-poeta y opio, o simplemente me habría refugiado con ella en el metro Insurgentes del DF. Quizá habría asumido feliz mi condición de emo, razonándola como parte de mi crisis de los 40. Y no tengo nada contra los emos; cada quien.
¿Cuántos emos?
El problema de fondo es que los consumidores nunca tenemos quién nos defienda. Ese es, en todo caso, el tema. Las tabacaleras le regalaron enfisema pulmonar a muchos en mi familia, incluyendo a mi padre y a un tío que viven pegados a un respirador. A mí no me fue tan bien con el cigarro; allí están mis radiografías para contarlo. Y muy despuecito de que el daño se había llevado millones de vidas, aparecieron las leyendas de “este producto puede producir equis o zeta”.
Ahora resulta que Champix me mete en una súper bronca, si creemos en las últimas muchas advertencias. Nadie me dice. Una amiga con la que me he reencontrado (para mi fortuna) me recuerda que sí se establece en las instrucciones que debes ir al doctor antes de iniciar el tratamiento, y otros tres amigos responden que fueron a una clínica y que jamás les advirtieron sobre la depresión y posibles intentos de suicidio. Además, para qué nos hacemos majes: todos nos automedicamos y no conozco ninguna campaña de los laboratorios que intente prevenirlo.
Pregunto: ¿Cuántos muertos y/o maltratados (como yo) se necesitan en México para que la caja de Champix diga: “Este producto puede provocar depresión severa que a veces lleva a la muerte”? Muuuchos, seguramente. Como pasó con el cigarro.
Los depresivos no se eliminan tan fácilmente del cuerpo, me dice mi doctora favorita. Ahora busco un antidepresivo, que seguro es de Pfizer, el cual me provocará como efecto secundario uñas negras y alma de víbora de cascabel… para lo cual Pfizer tiene (casi lo apuesto) el tratamiento. Y el tratamiento para uñas negras y alma de víbora de cascabel se cura con otro tratamiento muy parecido al Champix, que también es de Pfizer, y te vuelve emo. Y no tengo nada contra los emos, que conste. El pleito no es con ellos. Cada quien.
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