Lo que tuve soy

12/10/07 12:52 AM por Alejandro Páez Varela

Tuve dos gatos, Gala y Camila, y tuve también mi juventud. Tuve un volkswagen negro y un sueño: en él voy en un camión, de cinco o seis años, y me asomo por la ventana y veo que lo que se va quedando en realidad se acumula, se compacta a tres pasos de la última llanta: las nubes, las cercas que mantienen el ganado a raya, dos señoras que me vieron pegado a la ventana, las montañas, los sahuaros, los chamizos, los recuerdos, las ideas: todo atrás, comprimido, y no se va. Tuve ganas de hacer mejor las cosas y un departamento enano. Tuve fuerzas para continuar, y piel renovable como la de una cebolla. Tuve en YouTube a Lonelygirl15 leyendo un comunicado de prensa. Tuve un amor y tres pesos que resistieron dos devaluaciones y la inflación.
Tengo cinco cajetillas de cigarros frente a mí (tres abiertas y a medias) y la amenaza de un cáncer pulmonar. Tengo un encendedor y tres ceniceros que vacío de madrugada. Tengo una buena reserva de Tylenol y una cajita de Altoids de hierbabuena que compré en Madrid y que por alguna razón no he abierto. Tengo una Palm que me sigue a donde voy y me aburre con su pleito con la Mac. Tengo un blog y el último número de Foreign Affaires que ya leí y ahora estoy subrayando (no hago las dos cosas al mismo tiempo). Tengo ganas de tomar el primer avión disponible y una cerveza en el refrigerador. Tengo los mismos e-mails que leí hace una hora. Tengo una botella de agua y un mosquito que ha aprendido a picarme en los codos. Tengo un protector de pantalla con Osama bin Laden riendo. Tengo dos perros que se alimentan del sentimiento de culpa, como yo.
Lo que tuve soy; vivo de lo que no se va. Por lo que tengo comprendo lo que seré: auto-bomba que se queda sin gasolina, agente funerario que termina en una fosa común, gusano que perfora el capullo para sacar las patas y recorrer el árbol.
(Leo la prensa y me doy cuenta qué tan vulnerable soy: el gobierno se blinda los ojos y los empresarios, contra los vaivenes que provocan los jodidos. Las iglesias se blindan contra sus competidores, y Dios se blinda contra ellas. Las ciudades se blindan con rejas y la televisión, contra la realidad. Los políticos se blindan contra sus obligaciones y la tristeza con alcohol, confeti y serpentinas. Los transeúntes se blindan contra sí mismos y los partidos políticos contra la decencia. Y yo intento blindarme el corazón, pero es el corazón el que debe blindarse contra mí.) •

22 DE OCTUBRE DE 2006

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Que se salven todos menos usted, en este orden: primero las sobrecargo, luego los de la clase turista

12/9/07 8:59 AM por Alejandro Páez Varela

¡Cuántos protocolos! ¡Cuánto hay que ir, cuesta arriba! Si un hombre y una mujer se aman, ¡cuántos caminos de hormigas deben recorrer, cuántas sílabas desagregar!
Pienso esto mientras observo cómo pasa la gente en el aeropuerto. Qué felices son, los aeropuertos. Aquí quisiera yo vivir. Una mujer que se lanza al hombre que espera y, sugiero, ama; una familia de tenis que levanta al aire al más pequeño porque no lo ha conocido. Este tipo por el que no meto las manos al fuego pero que besa a una chica que se pone de puntitas y le toca la espalda con las yemas de los dedos, de manera tan delicada que ya quisiéramos los cargadores de maletas y yo.
¡Que vivan los aeropuertos! Que todos se vayan y que todos lleguen para siempre. Los ojos negros, los incoloros, los ojos rasgados y los que tapió el destino como casa vieja merecen abrirse de largo y ancho en este y en todos los aeropuertos.
Suyos son los aeropuertos. Venga por ellos.
¡Cuántos métodos, cuántas letanías, cuán larga es la lista de los que ven el amor mientras apuntan!
Contenga usted la respiración, no se aguante las ganas de correr. Venga, tome estos pasillos, porque son iguales en Londres o en Ámsterdam, en Singapur o en Madrid. Venga porque son suyos. Recórralos aún si no espera a alguien, como yo. Ándese por ellos, y no piense mucho en lo que realmente quiere, si es que lo quiere, también como yo: que se desprendan las alas de su avión en cuanto despegue, y que se salven todos menos usted, en este orden: primero las sobrecargo, luego los de la clase turista, y al final los de primera y los capitanes porque esos no tienen nada qué perder en el azar de la vida: van enfrente porque tienen prisa. Más que usted, más que yo.
Venga usted a los aeropuertos, vuélvase este aeropuerto su corazón. Que lleguen todo a él, que se vayan los que quieran irse, incluso sin pase de abordar, sin rayos equis y sin aduanas.
Derrúmbense los protocolos y la cuesta arriba, que estamos en el aeropuerto, en la última terminal de la nada. Porque aquí empieza y termina todo, sin importar quién llega y quién se va.
Los aeropuertos son, observo ahora, el corazón más noble.
Que vivan los aeropuertos.

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Ella se toma los naufragios como remedio, y yo pienso que soy capitán de barco

12/9/07 12:43 AM por Alejandro Páez Varela

Ella piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla. Y convencida de sí, huye de cualquier señal que la conduzca a enterarse que, uno a uno, los naufragios subsiguientes la han mandado más adentro en el mar. Ella cree que es posible escapar del sino de los abandonados si recurre a la vieja fórmula de los piratas: beber; ganarse la comida del día y beberse la noche con ron; dejarlo todo por un rato y a la mañana retomar las tareas del Sísifo interior: hundir su barco, el siguiente. Ella no tiene cabeza para reparar mastines y velas. Mejor hace de las astillas su esperanza, porque se ha vuelto especialista en construir, de los restos de cada hundimiento, un nuevo velero que la lleve a otro naufragio. Y confía en que ese que viene la arrime a tierra, y no: la conduce mar adentro.
Mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, naufrago yo.

La primera vez que se le vio naufragar, flotaba abrazada de un amarre de cajas, cada una marcada así: “Frágil”. Pero no le duraron una tormenta, aunque ella quisiera. Esas cajas, las “Frágil”, no estaban para resistir a alguien; todo lo contrario, eran para garantizar el hundimiento, su hundimiento.
Ella piensa que es posible sacudir el mar. Cree que cada barco que hunde conmueve las entrañas del Enorme Extraordinario. Deliberadamente instalada en el engaño, cierra los ojos para no contar las astillas que le van quedando, cada vez menos. No se rinde aún frente a las señales que le dicen que muy pronto quedará sin posibilidades de maniobra y vulnerable, mar adentro de su propio corazón.
Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, navego yo.

Mar adentro estamos muchos, los tantos que naufragan. Imposibilitados, nos resignamos a hundirnos; o mandamos luces de bengala (que nadie ve porque nos hemos alejado de la playa); o sacamos fuerzas para rehacer barcos que de inmediato hundimos; o somos de los pocos afortunados que ven a los lejos una luz oscura: la luz del otro.

(Me hago ilusiones: De sus pómulos obtengo el coraje; de sus alergias, que no conoce, construyo un timón; de su cabello negro rehago un casco, y proa y popa las saco de repetir su nombre. Junto mis astillas con las de ella, restos de incontables naufragios, y me nombro capitán de un barco al que ella no sabe que ya se ha subido. Piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla, y me engaño creyendo que esa orilla soy yo, a pesar de que estoy mar adentro, muy mar adentro, tan mar adentro que se me han acabado las astillas y grito por mi propia salvación).

Ella cree que es posible escapar, pero delira: en su fiebre no se da cuenta que duerme, ahora, en el camarote de un buen capitán de barco que nació en el desierto. Ese capitán soy yo.
Ella es especialista en los hundimientos, pienso ahora que la veo dormida. Ata y desata amarras y velas. Sube y baja banderines de auxilio y de pirata para causarle desconciertos al mar. Entonces una ola cualquiera le cumple el deseo. Nos hundimos con ella. Nos vamos más adentro en el mar.
Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, yo quiero seguir.

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