AHMED, EL REPORTERO
02/27/07 11:26 PM por Alejandro Páez VarelaFue el terrorista más buscado por Estados Unidos después de la invasión de Irak. De hecho, por su causa se desviaron recursos destinados a la persecución de Osama bin Laden. ¿Quién era realmente Al-Zarqawi? Un ciudadano del cinturón de miseria de una ciudad industrial; un ex delincuente juvenil, iletrado; un buscapleitos; un individuo sin futuro –como millones de musulmanes– que un día encuentra una causa.
||||| LOS ÚLTIMOS MINUTOS DE AL-ZARQAWI, JULIO 7, 2006
(Ver nota final)
Una mañana de 1989, mientras acampaba en una cueva, el joven Abu Musab al-Zarqawi contó un sueño a Saleh al-Hami, compañero de viaje entonces y cuñado pocos años después. Había visto, le dijo, una espada caer del cielo, en cuya hoja pudo leer la palabra “Yihad” (guerra santa). Abu tenía 22 años. De hecho, su nombre no era Abu: era Ahmed Fadeel al Khalayleh, el hijo de un médico tradicional y una ama de casa.
Los rusos, que habían ocupado Afganistán desde diciembre de 1979, se habían marchado unos cuantos meses antes de su llegada al país. Un millón y medio de afganos había muerto en una cruenta guerra de 10 años contra la ocupación, que costó, además, la vida de 400 mil soldados de la Unión Soviética. Millares de inválidos guerreros santos, o muyahidínes –entre ellos Al-Hami y otros notables, como el mulá Omar–, vagaban en busca de un nuevo destino. El mismo Ahmed no tenía mucho qué hacer. Se empleaba como reportero en el pequeño diario yihadita Al Bonian al Marsous (La Pared Fuerte), y su trabajo consistía en entrevistar a los ex combatientes –ahora desempleados– y contar sus épicas; memorables batallas de la resistencia armada que había provocado la derrota del hasta entonces invencible gigante soviético.
Desde adolescente –según fuentes del The New York Times–, Ahmed quiso participar en la guerra santa contra los invasores. Con ese plan viajó hasta Afganistán desde Jordania. Ahora que estaba allí, sin embargo, la guerra había terminado. Atrás había dejado una historia de juventud rebelde: alcohol, golpes, tatuajes, prisión. Atrás dejó al pandillero que era en aquel miserable cinturón industrial donde vivía con sus padres. Tomó el Corán, regresó a las mezquitas y partió hacia donde, creía, estaba la acción. No encontró gran cosa.
Los servicios de inteligencia jordanos han dicho que Amhed entró a tierra afgana ese 1989 por Khost, punto fronterizo por donde los estrategas yihadistas asilados en Pakistán (como el naciente líder Osama bin Laden y su ideólogo, el doctor Ayman al-Zawahiri) desplazaban parte de los recursos (financiados por Estados Unidos, Arabia Saudita y el mismo Pakistán) hacia el frente contra los rojos.
Ahmed escuchó frescas las historias; platicó con los héroes (donde ya algunos se llamaban a sí mismos talibán, o estudiantes del Corán). Pero se perdió la guerra. Así fue que se hizo reportero y anduvo por allí, de un lado a otro, en el orgulloso país-cicatriz. Y luego, menos de tres años después, en 1992, regresó a casa, a Zarqa, a su viejo barrio en Jordania, país cuyo reinado musulmán moderado no tiene contentos a los islamistas, y mucho menos a los radicales.

Adiós, Zarqa
La vida de Abu Musab al-Zarqawi es muy parecida a la de otros muchos guerreros santos. Durante décadas, miles de los llamados “combatientes foráneos” se han desplazado de una nación musulmana en conflicto a otra, para defender con las armas las causas panárabes o islamistas. Los Talibán son los más de moda en estos momentos: decenas de miles de adolescentes de países de Oriente Medio y África del Norte que alimentaron en los años 80 y 90 las madrasas o escuelas del Corán en Paquistán (se calcula que hoy operan cerca de 40 mil, con 400 mil alumnos), después fueron soldados de la guerra civil en Afganistán. Extranjeros musulmanes han peleado, durante los últimos años en la ex Yugoslavia o en Chechenia, en Somalia o en Cachemira. O en Falluya, Irak, donde cientos de ellos perecieron junto a los miles de insurgentes locales, hace unas semanas, en combate con la fuerzas armadas de Estados Unidos.
Pocas sorpresas con Al-Zarqawi, pues, por ese lado: una nación árabe empobrecida, un barrio bravo, una familia miserable, poca educación, delincuencia urbana y prisión. Luego el Corán, los ulemas instructores, la mezquita, una causa inspiradora y el activismo. Después, en el caso de su generación, la oportunidad de redimirse: pelear como muyahidín, morir como mártir.
Quizá el más misterioso entre los yihadistas contemporáneos notables es el mulá Omar, máxima autoridad de los Talibán, de quien se conoce poco (más de sus últimas dos décadas) gracias al trabajo de periodistas paquistaníes, como Ahmed Rashid, que cubrieron la guerra civil. El origen de Al-Zarqawi, como el de Bin Laden o Al-Zawahiri, está bien documentado. El joven Ahmed, después Al-Zarqawi, no tuvo empacho en engrosar su ficha. Fue delincuente común, y muy poco discreto como aprendiz de combatiente. Si se cree a la inteligencia jordana (citada por Al-Jazeera y por The Independent), de muy joven estuvo preso por acoso sexual. Y poco más de una década después, ya era el orquestador del asesinato de Laurence Foley (2000), funcionario diplomático estadunidense en Jordania, caído en un atentado terrorista.
Al igual que Rocky Balboa, El Púas o Pelé, las carencias lo convirtieron en un fajador. Según varios perfiles, creció pegándole a la pelota con el pie desnudo en los baldíos de Zarqa, al norte de Amman. La calle, que le enseñó a pelear, le fue ganando, hasta que dejó la escuela a los 17 años. Se entregó a fondo en la vagancia (las riñas, el crimen, el alcohol) como después se daría por completo a la religión.
A su regreso de Afganistán, en su segundo viaje de 1992, Al-Zarqawi era otro hombre. Se alistó de inmediato en el grupo extremista Bayaat al Imam (Leales al Imam) y en 1993 cayó por posesión de armas de asalto y explosivos.
Fue en prisión, cuentan, donde cultivó el odio a los estadunidenses. Y se volvió fanático. Se dejó crecer la barba y vestía túnicas largas como las de los afganos. Desde que llegó, según el New York Times, arrodilló bajo la cama y se encerró en dos sábanas unidas en lo alto a manera de tienda de campaña para leer, día y noche, el Corán. Sólo se dio tiempo para controlar a golpes a sus adversarios, y para ganar el control de la cárcel.
En 1999, tras seis años de encierro, el jordano quedó libre gracias a una amnistía ofrecida por el gobierno jordano a los radicales presos. En Afganistán, mientras él estaba preso, otra guerra se había desarrollado y estaba estacionada hasta llegar casi a la inactividad. Los Talibán, también ahora enemigos de Estados Unidos, habían tomado casi todo el país e impuesto un gobierno basado en la estricta aplicación del Islam; mientras, desde otro frente (pero allí mismo), Al Qaeda era ya la más grande organización terrorista islámica del mundo, y preparaba su gran osadía contra los estadunidenses. Septiembre 11 no estaba lejos.
Al-Zarqawi no se resistió. A principios de 2000 partió hacia Peshawar, Pakistán, llevándose consigo a su madre, de 62 años. La anciana murió de cáncer pocos meses después y él, con un mandato en mente, cruzó la frontera hacia Afganistán por segunda vez en su vida. Es ahí cuando se cambió el nombre; contactó a los líderes de Al Qaeda y empezó a dirigir una campo de entrenamiento terrorista.
Los ataques en Nueva York y Washington lo agarraron en Afganistán. Herido por los primeros bombardeos de Estados Unidos a las posiciones terroristas (y ayudado por el movimiento separatista kurdo Ansar al-Islam), allá por noviembre de 2001 regresó a Jordania. Inmediatamente después fue acusado de asesinar al diplomático norteamericano y condenado, en ausencia, a la pena de muerte.
Huyó. Se perdió en la clandestinidad.
Empezaban, así, sus años célebres.

Remember Falulla
Las fuentes divergen sobre lo que hizo Al-Zarqawi entre finales de 2001 y el 20 de marzo de 2003, cuando inició la invasión de Irak (país en el que, se cree, se escondía cuando se escucharon las primeras explosiones). Estados Unidos sostiene que vivía asilado; esa sería, por lo tanto, la prueba viviente de las ligas entre Sadam Husein y Al-Qaeda, de acuerdo a la Casa Blanca. Sin embargo, otros informes indican que esto es irreal: se sabe que desde tiempo atrás el terrorista estuvo ligado a extremistas curdos, opositores al dictador de Bagdad.
Algunos reportes citados por la prensa internacional, y por sitios especializados en seguridad, desconfían de su capacidad intelectual para ser la cabeza de la actual insurgencia iraquí. Otros indican que incluso podría no tener ligas con Osama bin Laden, y ser un yihadista inspirado en el terrorista saudita. “El asesino vive en las sombras, una amenaza fantasma cuyo paradero conoce sólo un círculo cercano de confianza […]. Tan oscura es su identidad, tan fantasmagórico su estilo de vida, que incluso algunos de los que se han unido a la campaña de Al-Zarqawi contra las tropas de Estados Unidos y sus aliados iraquíes creen que sus atributos son mayoritariamente un mito”, dice la revista Time en su edición de enero de 2005. Agrega: “Pero para los pocos devotos, su palabra es absoluta”.
Estados Unidos sostiene que Abu Musab al-Zarqawi es autor intelectual de las decenas de atentados suicidas que sacuden hasta hoy a Irak; de los secuestros, descabezamientos videograbados y asesinatos masivos de policías y soldados iraquíes a los que la insurgencia considera colaboracionistas. Es, se dice, la cabeza de un movimiento que ha provocado la muerte de decenas de civiles, niños y ancianos que ni una fuerza combatiente ni la otra (Estados Unidos) han respetado.
Al Zarqawi es el mayor riesgo para el desarrollo de las elecciones generales del 30 de enero, en las que Bush Jr. ha puesto muchos huevos de su canasta frente al mundo ofendido por su arrebatada ofensiva militar.
El gobierno estadunidense calcula que en la actualidad su organización está conformada por un ejército de 20 mil combatientes, aunque hace unos meses había dicho que no pasaban los 2 mil, y varios miles murieron en los combates de Falulla. A principios del 2003 se creía que el terrorista (uno de los más sanguinarios que se recuerde) había perdido una pierna, pero la afirmación resultó falsa.
El deseo del gobierno de Bush de acabar con él lo ha llevado a ofrecer 25 millones de dólares por los informes que lleven a su captura o a su muerte –lo mismo que por Bin Laden–, y a reducir a ruinas la ciudad santa de Falulla (provocando la migración de sus 400 mil habitantes), en un ataque casa por casa que dejó un número incontable de muertos que todavía hoy siguen en frigoríficos del ejército estadunidense –según la Cruz Ámbar–, que busca identificarlos.
Un último deseo
Basil Abu Sabha, un doctor de la prisión jordana donde Al-Zarqawi cumplió condena entre 1993 y 1999, contó a los reporteros del New York Times que cierta vez recibió una nota de este peculiar reo, que no hablaba demasiado con los demás. Le advertía que dejara de leer Crimen y castigo, de Fedor Dostoievsky. El médico recordó que el recado estaba mal escrito, con faltas de ortografía. Su autor deletreó el nombre del escritor ruso así: “Doseefski”.
Radicalizado, líder entonces de la prisión, Al-Zarqawi era ya un religioso intolerante que obligaba, a todo aquél con el que tenía contacto, a leer sólo el Corán.
Su cuñado, Saleh al-Hami, dijo al Times que inmediatamente después de que Al-Zarqari salió de la cárcel pensó en comprarse una camioneta y poner un puesto de verduras en Zarqa (su pueblo, por el que tomó después su nombre de guerra). Pero no lo hizo. Entonces fue que regresó a Pakistán con su madre.
Al-Hami señaló que su cuñado, la pesadilla de Estados Unidos, le contó que momentos antes de fallecer su madre –en febrero de 2000– le pidió un último deseo: que muriera en batalla, jamás capturado. (Ver nota final)
Fue con esa idea en la cabeza que un día de junio de 2000 cruzó la frontera hacia Afganistán, y comenzó a escribir un capítulo más de su vida cuyo final no se ha contado todavía.
Enero, 2005
NOTA FINAL. El 7 de julio de 2006, bombarderos de Estados Unidos acabaron con Al-Zarqawi. Sostenía una reunión en una casa de seguridad Baquba, Irak. Sus más cercanos lo traicionaron.
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Asómbrese, que yo no quepo en la silla: durante 2006, los temas noticiosos más buscados en Google a nivel global fueron los siguientes (en este orden, del 1 al 10): Paris Hilton, Orlando Bloom, cáncer, podcasting, huracán Katrina, bancarrota, Martina Hingis, autismo, Draft NFL 2006 y Celebrity Big Brother 2006. ¿Qué tal? En diciembre del año pasado, los norteamericanos concentraron su demanda de noticias en cuatro categorías: Los que se fueron (muertos famosos); la ubicación geográfica de ciertos países; la Copa Mundial de Futbol (sí, por encima del futbol americano, el beisbol y el basquet), y Sadam Husein (no la guerra, sino el dictador). Los cinco decesos que más les interesaron fueron: James Kim, editor de CNET, analista de tecnología y nerd de altos vuelos, fallecido trágicamente; James Brown, Augusto Pinochet, Monte Hood (muerto para los esquiadores porque perdió la nieve) y el ex presidente Gerald Ford. En la categoría “¿En dónde está este país?”, los vecinos del norte buscaron en diciembre pasado principalmente China, esa manchototota roja que brinca en cualquier mapamundi; luego Irán, después India, Etiopía y finalmente ¡Burundi!, pequeñísimo país africano sin costa, hogar de los pigmeos, con un lago hermoso (el Tangañica) y las reservas de níquel más grandes del planeta. En “Copa Mundial”, los norteamericanos se interesaron por su historia. Y finalmente, en la categoría Sadam Husein, se obsesionaron no por el curso de la guerra (que, ¿aló?, van perdiendo) sino por el video de su ejecución.
Vamos ahora a México. ¿Recuerda que el primero de diciembre fue el cambio de gobierno, después de las polémicas elecciones de julio? Bueno, pues los temas más buscados por los mexicanos en ese mes del año pasado fueron (del 1 al 15): Navidad, en primer lugar; Valentín Elizalde, el cantante grupero ejecutado en Reynosa; Britney Spears; Chivas; Ares, peer to peer para buscar y descargar todo tipo de archivos; Santa Claus; Telcel; Lindsay Lohan; Paris Hilton; Shakira; El Universal (¡Wow!); Hilary Duff; Alizee; Ángel, la serie de televisión, y Dragon Ball Z, la obra maestra del animador japonés Akira que se comercializa a todos los niveles: hay videojuegos, videos, juguetes, cartas que se intercambian, comics impresos, libros, ropa, artículos escolares, postres, vasos y cucharas, engomados, soundtracks y hasta bustos para las repisas.
Pocos individuos en el planeta sabían tanto de armas de destrucción masiva como
Hace tan sólo unas semanas, antes de convertirse en el principal objetivo militar del ejército estadounidense y pasar a la clandestinidad, 









