Los compromisos propios y heredados, los grupos de interés que le ayudaron a ganar, sus opositores y hasta su mismo partido han acorralado al presidente de México. ¿Llegó la hora del golpe de timón?
POR ALEJANDRO PÁEZ VARELA
PUBLICADO EN NEWSWEEK EN ESPAÑOL
Felipe Calderón tuvo un affaire de largos años con la nueva trova cubana. Sus amigos y cercanos afirman que “pocos como Felipe” conocen tan bien las letras de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Amauri Pérez, y que incluso en algunos de sus discursos del pasado se pueden ubicar, ajustadas deliberadamente para la ocasión, ideas o líneas de aquellos que fueron la voz cantante del sueño revolucionario de Fidel Castro. En sus fiestas particulares se entonó “música de protesta”, a capela o con el disco puesto, y algunos todavía recuerdan, de las veladas bohemias, el virtuosismo de la guitarra de Rodrigo Morales, hoy consejero del Instituto Federal Electoral (IFE).
“Felipe es un alma atrapada”, dice un ex colaborador del actual presidente de México. La expresión se refiere a alguien está en manos circunstancias, y no en donde quiere estar. Varios coinciden. Y no sólo quienes lo han acompañado en otros momentos, sino también observadores y analistas. Ven a un hombre atrapado por compromisos propios y ajenos, por grupos de intereses que le facilitaron el difícil camino a Los Pinos y por actores políticos con los que, dicen, quisiera romper pero no puede. Advierten a un hombre cercado por fuerzas afines y opositoras, maniatado por la imposibilidad de atacar los problemas viejos del país, como la pobreza y la desigualdad, que parecen insalvables.
Ven a un político aprobado con los mínimos requeridos por la elección del 2 de julio de 2006 –y por lo tanto urgido de legitimidad para su mandato–; operando una presidencia venida a menos por su antecesor, Vicente Fox Quesada, y empujado por las circunstancias a los brazos del único aliado en estos días: el Ejército mexicano.
Pero si las fuerzas armadas han sido históricamente fieles al Comandante Supremo, incondicionales del jefe del Estado mexicano, no quiere decir que no tengan intereses de grupo. De entrada, hubo qué responderles: recibieron aumentos salariales y presupuestales, y son los únicos exentos del plan calderonista de austeridad.
México abrió el Siglo XX con una revolución; los siguientes años fue gobernado por militares, y en 1964 la maquinaria en el poder dio por terminado ese periodo, cuando Alfonso Corona del Rosal se convirtió en el último dirigente del PRI emanado de las fuerzas armadas. 1964. Algunos observadores ven riesgos en regresar ahora al Ejército a tareas políticas, en usarlo para legitimar el mandato presidencial por medio de una guerra al narcotráfico. El Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó el país 70 años, había logrado dominar bien y a tiempo a este sector. Y durante más de 40 años lo mantuvo a raya, con tres o cuatro posiciones en el Congreso, y nada más.
Ahora Calderón ha vuelto a abrir la puerta a los militares. ¿Es el mandatario quien los usa, o viceversa? Puede ser que ni una ni la otra cosas, y sólo el tiempo dará luz a este juego de palabras que –a un lado la gramática– definirá el rumbo del México contemporáneo.
El 1 de diciembre, la policía federal tomó el Congreso y contuvo a manifestantes dentro y fuera para permitir que tomara posesión. El símbolo de los poderes fueron custodiados por el Ejército de la noche del 30 de noviembre hasta la mañana siguiente, cuando se la colocó en el Recinto Legislativo. Los militares están a cargo de su primera acción central de gobierno: el combate al narcotráfico. Las fotos más difundidas de Calderón hasta hoy son aquellas en las que una viste casaca verde olivo y el quepí de campaña.
Queda claro el mensaje, pues: el jefe del Ejecutivo tuvo que usar a los aliados que consideró menos caros. Ya se verá cómo los contiene en el futuro.
EL CERCO
Para ganar, Felipe Calderón se vio obligado a hacer las alianzas más heterodoxas que candidato presidencial alguno haya realizado. Acercó a una lidereza del PRI altamente cuestionada, a empresarios, a la ultraderecha y a cualquiera que le sonriera. El problema es que estos sienten ahora que el presidente les debe algo. Y han elevado su precio. Si a esto se le suma que Vicente Fox dejó otras facturas y una presidencia debilitada, podrá imaginarse lo caro que esta administración pagará por cada paso que quiera dar.
Calderón fue impulsado por tres grupos señalados de estar encima de la ley. Las cúpulas empresariales hicieron una rabiosa campaña a su favor; fueron amonestados por la autoridad que regula las elecciones y después por el Tribunal Electoral; ahora esperan que el mandatario los compense.
Elba Esther Gordillo, dirigente de los maestros, usó su telaraña de influencias para apoyarlo; su expediente de dudosos manejos financieros se acumula a diario y difícilmente Calderón emprenderá, por ahora, acciones que atenten contra su poder. Las televisoras privadas le brindaron todo el apoyo en sus noticieros; a cambio, se dice, han garantizado la permanencia de su monopolio de dos (TV Azteca y Televisa).
Es el mismo caso del Partido Acción Nacional (PAN) y de su presidente, el ultraderechista Manuel Espino. Le ayudaron a llegar a Los Pinos y se sirvieron con una mayoría en el Congreso. Y ahora cogobiernan con él, como en cualquier país democrático del mundo podría decirse. El problema es que Espino no es “calderonista”; de hecho, en largos tramos de su vida política han estado de lados opuestos. Se enfrentaron a finales de 2005 y principios de 2006, en plena campaña, y ciertamente se concentraron los siguientes meses en el triunfo, pero están lejos de ser aliados incondicionales. Espino es representante de “El Yunque”, una organización fantasma que agrupa a la ultraderecha mexicana, y que en estos años ha ganado posiciones de alto nivel en el gobierno y en la vida política. José Ángel Córdoba, el secretario de Salud que hace unos cuantos años se opuso como diputado a la “píldora del día siguiente”, es un ejemplo y, se dice, un pequeño adelanto a las deudas que Calderón tiene con este equipo.
Espino, ahora convertido en amigo de la pareja más famosa y cuestionada de México en los últimos seis años, Vicente Fox y Marta Sahagún, tiene virtualmente cercado a Calderón. Los líderes del PAN en el Congreso, Santiago Creel y Héctor Larios, son gente que pertenece a su alianza, y se calcula que más del 50% de los diputados y senadores le responden. Aunque Acción Nacional es el partido de Calderón, la actual dirigencia no es incondicional. Para moverse en estos terrenos deberá pagar facturas. Y lo está haciendo.
El Congreso es un campo desnudo para mostrar mejor la inmovilidad a la que se tiene sometido al presidente panista. En otro frente de este mismo terreno está el Partido Revolucionario Institucional, con el que está obligado a hacer alianzas para poder aprobar sus proyectos. El PRI lo sabe perfectamente y ha elevado la factura. De entrada, por ejemplo, Felipe Calderón no pudo siquiera remover al gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, acusado de brutalidad e intolerancia e incluso de tener su propio grupo paramilitar para enfrentar a la Asociación Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), de izquierda radical. El gobierno federal, lejos de ser mediador, tomó partido en un conflicto que viene desde 2005: metió a los líderes más visibles de la APPO a la cárcel y mantiene la puerta cerrada al diálogo.

Un caso similar es el del gobernador de Puebla, Mario Marín. Acusado de ser cómplice de una banda de pederastas encabezada por Surcar Kuri (en prisión) y Kamel Nacif (en juicio y bajo investigación), y de usar a su gobierno para perseguir y encarcelar a la periodista mexicana Lydia Cacho, el mandatario priísta fue cuestionado por amplios sectores de la sociedad, por los medios y por el mismo Congreso, hasta donde llegó la petición de llevarlo a tribunales.
El 17 de febrero, en plena campaña, Felipe Calderón le dedicó un acto público en el que “le sacó tarjeta roja”, como en el futbol, mientras demandaba que fuera expulsado. Siendo candidato, condujo personalmente a los diputados locales panistas a presentar una demanda de juicio en contra del mandatario estatal, y se comprometió a “no descansar” hasta que el político pagara por sus actos.
Pero el martes 9 de enero, Calderón volvió a Puebla y apareció en público con Marín. Varios medios impresos mexicanos cuestionaron de inmediato al presidente. Los columnistas lo llamaron agachado y sumiso. Por supuesto que Mario Marín sigue siendo gobernador. Calderón se tragó las palabras e hizo a un lado sus promesas. Y el PRI, contento.
El presidente cede a diario a las presiones, dicen los analistas, y su entorno no se ablanda. Se puede negociar con las fuerzas, pero los precios de las alianza siguen siendo altísimos. El costo del cerco a Calderón, claro, lo pagará el país: las reformas de Estado, Energética y Tributaria, que están trabadas por falta de acuerdos desde hace años, seguirán detenidas.
En esta lógica, el ex candidato presidencial de izquierda Andrés Manuel López Obrador, y el ala dura que representa, parecen la parte más delgada del cerco. Por supuesto que se negarán a colaborar con el nuevo gobierno y pondrán todas las trabas que puedan. Pero sus niveles de aprobación han menguado. No son, en lo absoluto, una fuerza despreciable. Se fortalecerán si crece el descontento social por errores del equipo de Calderón (como el aumento en la leche oficial Liconsa o a las tortillas, dados a conocer este mes de enero), y estarán muy listos para capitalizar la inmovilidad en las elecciones intermedias, programadas para dentro de 2.5 años.
LEGITIMIDAD ES LA PALABRA
Felipe Calderón tiene una urgencia. Se llama legitimidad. Llegó a la presidencia de México con muy pocos votos y en medio fuertes cuestionamientos por la limpieza del proceso electoral. La fractura de la elección sigue abierta. Cuestión de números: 41 millones 791,322 votaron el 2 de julio de 2006 y de esos, 26 millones 791,038 de mexicanos no optaron por él. Se entiende, entonces, que esté en una carrera contra el tiempo para ganarse la aceptación de los muchos millones que no lo vieron como opción.
Calderón no llegó a Los Pinos como en su momento (2000) Vicente Fox. El primer presidente panista elevó las esperanzas de los mexicanos y mantuvo un romance con la opinión pública durante largos meses. Calderón no.
Para ganar, el panista hizo campaña en dos frentes: por un lado estuvo la llamada “guerra de lodo” que buscaba (y logró) desacreditar a su adversario, López Obrador. Por el otro estuvieron las promesas.
El político nacido en el estado de Michoacán se hizo llamar “el presidente del empleo”. El desempeño económico de México en 2007, por lo menos, no le permitirá cumplir su principal promesa. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el mismo gobierno mexicano hablan de una desaceleración en los siguientes meses. Estados Unidos no crecerá, y arrastrará a México. Para colmo, el precio del petróleo, del que el gobierno se alimenta más allá incluso que de los impuestos, ha caído incluso a niveles más bajos de los presupuestados.
A lo anterior debe sumarse que el presidente hereda deudas sociales enormes como el combate a la pobreza, una mejor educación, la salud popular, el desarrollo sostenido y sustentable o las reformas Fiscal, Energética y de Estado. Calderón necesita grandes pactos nacionales para avanzar, y para eso le urge ganar fuerza y legitimidad.
Su antecesor, Vicente Fox, le dejó un país adolorido, lastimado en lo social y en lo político, con una presidencia debilitada, dentro y fuera de México: el país dio pasos hacia atrás en política exterior; el gobierno de George W. Bush olvidó la buena vecindad y se propone construir un murol; Hugo Chávez y Fidel Castro denostaron la figura del jefe del ejecutivo, sólo por citar.
Entonces, ¿cuáles opciones tenía Calderón, dentro de este cerco adverso, para legitimarse? Pocas, y todas caras.
Recurrir al Ejército y a otras fuerzas federales como la Policía Federal Preventiva (PFP), entonces, tiene lógica.
RUPTURAS
A Felipe Calderón le gusta llamarse a sí mismo “el hijo desobediente”. Y lo es. En 1976 entró al PAN justo cuando su padre, don Luis Calderón Vega, renunciaba desencantado por la derechización del partido. En 2005 rompió con el presidente Vicente Fox porque intentó sacarlo de la carrera presidencial. En 2006, siendo candidato, descabezó a su equipo de campaña y cambió de estrategia porque las encuestas lo castigaban.
Y cada vez que lo hizo, creció.
Cuentan sus más cercanos colaboradores que en 2002, siendo diputado, Calderón visitó Cuba junto con otros miembros de su partido. Regresó desencantado con la isla. No dejó la nueva trova, su música favorita, pero sí abandonó su idealización; algo profundo cambió en él, cuentan.
Calderón, según los hechos, está hoy atado de manos. Los que lo conocen de cerca confían en que el “hijo desobediente” se libere de sus ataduras y dé un golpe de timón, como lo hizo en el pasado. El problema está en que apenas empieza, y ya le está ganando el tiempo: en un año y medio empezarán las campañas para la renovación del Congreso, y en 2009, los mexicanos regresarán a las urnas. El presidente no se puede dar el lujo de perder en las intermedias porque quedará, ahora sí, totalmente inmovilizado, sin la opción siquiera de poder sacarse un aliado de la manga, como lo hizo, al iniciar su mandato, con el Ejército mexicano.
Los analistas dicen que de esta inmovilidad, sólo un golpe de mando podrá desembarazarlo. “El alma atrapada necesita urgentemente liberarse”, razona un ex colaborador. “Y Calderón tiene una arma secreta. Es él mismo: el hijo desobediente que lleva dentro. Debe despertarlo. Ahora”.
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