El creador de sueños

12/27/06 1:58 PM por Alejandro Páez Varela

cm1998-013-bad-routee.jpg
Miguel Calderón, Bad Route, 1998

Todo es un sueño, mi amor, todo es un sueño. Tu estás aquí, ahora; mis manglares no alojan cocodrilos; soy yo y sueno a Bach, y no nos hicimos viejos por separado porque quisimos sobrevivir a las ganas de aborrecernos.
Todo es un sueño, mi amor, todo es un sueño: sigues con veintipocos, ando en los veintialgos, nos comemos la ciudad, aguanto la lactosa, este perro no asusta a nuestros gatos, qué bien te ves de negro, qué lindos tus aretes cuando son largos, el sexo es bueno también, me gustan las navidades, los 10,000 maniacos están de moda, nos molesta hablar de hijos, hay cabello para que sea largo, vuelvo temprano, gastamos más de la cuenta y las chequeras no son importantes, te quiero pero no estoy para expresarlo, cantamos borrachos a Dylan por la ventana, nos levantamos temprano, me acuesto tarde y me río del cansancio, los colmillos de la gente no se han asomado, llevo en los calzones el mapa del mundo y mañana empezamos a andarlo.
Todo es un sueño, mi amor. Somos los mismos de hace años o los años no nos han pasado.
(Todo es un sueño, y estoy consciente de que es un poco largo).

***
Este cuarto tiene todo lo que no necesito: tiene un burro y una plancha, un recado de la recamarera que sugiere propina, un calentón en pleno verano, un menú para la cena –pero no abren la cocina cuanto tengo hambre: a mediados de las cuatro–. Este cuarto tiene todo lo que no quiero: me tiene a mi (y con eso debería ser demasiado); tiene café, cigarros, insomnio, desgano, la tele encendida para sentirme acompañado, diez canales porno cancelados, la agenda con teléfonos prohibidos, cortinas para evitar que me observen, chanclas para ir a la alberca, un enfriador automático, un refrigerador con chocolates y jugos enlatados y pequeñas dosis de alcoholes varios: rones, güisquis, brandys, vodkas.
Este cuarto tiene todo lo que hace daño: estoy yo, por ejemplo, y eso debería ser demasiado.

***
Al creador de sueños le digo: si me duermo y ella es, otra vez, el tema principal, por favor, por favor, por favor, quiero tener cinco o cien años; ser piedra, ser manco, ser sordo e insensible y todo lo que fui cuando estaba aquí.

***
Nada es un sueño, mi amor. La vida se ha encargado de darme los pellizcos necesarios.

Archivado en » POSTS, POR LA LIBRE | Enviar | 6 comentarios »

Doña Ana y la ortodoxia

12/11/06 4:38 PM por Alejandro Páez Varela

Este texto tiene ya dedicatoria. Si se me permite, la extiendo a mi Wanda Landowska, a quien es posible ver y escuchar en este filme casero de 1927. Anexo, más abajo, dos fotos increíbles de ella misma.

(Ay, Wanda: ser tu amante me habría facilitado las cosas. Para estas fechas ambos estaríamos bien muertos).

El cine no me cambió la vida. Nos conocimos después de la infancia, algo inimaginable para las varias generaciones que me preceden. Tengo espacios blancos en la memoria, pero se mantienen intactos el cómo y el dónde nos tomamos de la mano por primera vez, en lo oscurito, y nos hicimos los primeros gestos amables, y nos acariciamos –el cine y yo–, y entendimos que seríamos amantes especiales, de esos que se dan muy de vez en cuando.
Sufro el cine. (Aquí marco una primera diferencia con casi la mayoría del auditorio, al que admiro como a una “mayoría feliz”). Cada descalabro de mi vida está acompañado de enormes ayunos de películas. Y luego regreso a sus brazos furioso, eufórico, como el deseo que se guardan dos amantes a los que imagino en su luna de miel tomando cada quien, por error, un vuelo equivocado hacia destinos distantes. Será que asistir a las salas siempre fue, en un principio, una transgresión excitante y dolorosa. Era abandonar la escuela, o desobedecer la instrucción de mi madre. No era feliz, en el cine; no lo soy del todo ahora. Si no, ¿por qué he llorado más en las salas que por cualquier mujer, por más difícil que fuera la ruptura?
landowska02.jpgSaludo cuando me someto a la disciplina de pararme en la cola. Compro palomitas, un hot dog, un gusano de chile y como, durante la película como, y en parte me gusta hacerlo porque sé que por allí estará, en un rincón, ese individuo ortodoxo que no mueve los párpados ni con los balazos. Desoigo las quejas. Suena la bolsa de las palomitas un chasquido y me río porque muchos creen, mientras me piden silencio, que el cine está hecho para estar inmóviles. Río entonces y me pregunto: ¿qué diría doña Ana si viera estas salas llenas de estatuas, que por respeto al derecho ajeno dejaron de comentarse las películas a susurros porque alguien más se molesta y está en su derecho y es políticamente correcto no hacer un solo ruido?
Doña Ana Páez (1894-1993) tocaba el piano en el cine mudo, en los años de oro de Parral, Chihuahua. Atestiguó cuando Nacho Páez resistió a los villistas con un rifle viejo (y huyó a la rendición escondido en una cueva a la que su familia le llevaba comida), y llegó el cine sonoro y luego el de colores y ella se casó con un saxofonista rechazado porque era eso: saxofonista, músico fuera de los cánones clásicos. En esos años, el sax no era parte de una sinfónica que se preciara de ortodoxa, y no era bien visto que una niña virtuosa, aunque tuviera 40, se casara con un fuereño de instrumento extravagante. Mucho menos porque en la foto del orgullo familiar (que sobrevivió a una Revolución) estaba ella, la hermosa Anita, de 15 años, tocando zarzuela para un general, Porfirio, ya avejentado en 1909.
landowska03.jpgLa ortodoxia. Un individuo gruñe porque mastico palomitas. Doña Ana es enterrada lejos de la cripta familiar porque a sus 40 años se enamoró de un saxofonista. La ortodoxia. Un adolescente de 12, 14 años (yo) que recién conoce el cine y ya se sabe la historia de una mujer de lentes de fondo de botella que en las mañanas cantaba y tocaba sonatas o el Tancredo de Rossini, y en las tardes usaba pautas de la Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni para simular los caballos del cine mudo (mientras, creo ahora, se burlaba por el desencanto de Jean-Baptiste Lully por los plebeyos que lo tarareaban en voz alta y tragaban durante sus conciertos, en presencia de su amado Luis XIV, a quien lo que realmente le importaba era bailar, deslizarse frente a la corte con sus trapos afeminados al ritmo del ballet y sí, con música de Lully en el fondo).
No, el cine no cambió mi vida. En todo caso me hizo sensible a ver la vida como un cortometraje, que en mi caso quiero acompañar con palomitas crujientes y lejos de esa ortodoxia que tanto daño hizo a doña Ana y que terminará por devolver las películas al chasquido y los susurros, a las salas y las recámaras escandalosas de cada casa, en cada ciudad.

Archivado en » POSTS, POR LA LIBRE | Enviar | Un comentario »

Leer en voz alta

12/6/06 4:07 PM por Alejandro Páez Varela

¿A quién le importa esto? Ni a mi. Pero va. Les juro: vale más gastar el tiempo en saber los pormenores del asesinato de Valentín Elizalde, que esto. Leer en voz baja es parte de un texto largo que publiqué en la antología “Camas Separadas” de CAL Y ARENA. El video es de The Ramones cantando What a wonderful world de Louis Armstrong. Empieza algo mamila pero no encontré otra versión. Zas. Va. Nos vemos luego que ando en la depre. Saludos.

Me quedo dormido con la luz prendida y la tele a medio volumen y, claro, no descanso igual. Leo de noche para dejar de darle vueltas al mismo tema, y cuando llegan electrochoques del pasado no despego la vista del libro y leo en voz alta y así me prohíbo pensar. O recordar. Qué verbo, éste último: lo amarro con cadenas, lo meto en un baúl y lo lanzo al fondo del mar. Nadie lo intente. Recordar es el hilo irremediable que une tu casa del trabajo, y tu oficina de la otra. Sucede cuando el semáforo está en rojo; mientras abres un programa de computadora y cierras el otro. Recordar habita el instante entre que le das vuelta a una página de periódico y empiezas la siguiente; entre que pides la cuenta del desayuno del domingo y la pagas y buscas películas –que no verás– en la cartelera y terminas por invitarte, a ti mismo, a cenar, en casa, con vino, y luego a prender la BBC y a leer, leer a veces en voz alta para no volver a lo único que puedes hacer bien en estos días: recordar.
Los discos y las películas. Dos temas. No tienen idea. A veces compro la música que a ella le gustaría, y a veces la que sé que no le gustaría. (La voluntad de dos que se separan es, como comprar discos, un gran capricho). Al cine no he regresado. Intenté y no pude. Para colmo, en aquellos primeros días tuve un sueño: estaba en una sala a oscuras y ella me llamó desde abajo, desde la salida. Cuando me paré para seguirla, me di cuenta que estaba sentado junto a un perro y me gruñía. Volví al asiento y la bestia se calmó. Ella no regresó. Ya no me levanté. No voy al cine, por supuesto que no. ¿Quién podría sin ella? ¿Quién, después de ese sueño? A lo más que llego, si alguien me acompaña, es a comprar un hotdog. Y salgo destapado. Ojalá nunca permitan perros en las dulcerías. Faltaba más.
Paseo por la cocina. Tengo consomé y sopa casera y hasta unos chiles rellenos en el congelador, pero prefiero unos burritos de microondas. Asquerosos. Debo dejar de hacer el súper a las 12 de la noche por este y otros detalles, como encontrarme a otros de pantuflas como yo, o esos briagos (también como yo) que pasan la vida contando peso por peso frente al chavo con acné de la caja, que se toma este ejercicio diario con calma.
Dicen que en la calle ha bajado la temperatura. Me alegro haber construido este bunker dentro de mí: hasta acá no llega el ruido (o el frío) del mundo exterior, aunque a veces creo que debería salir un rato de día, ya saben, por el aire puro, por el sol, por la gente que camina en el parque, por los deliciosos chicharrones de harina y por los libros que no he comprado porque le gustarían a ella, o no (o ya no estoy seguro).
Está claro que el amor sólido viene con las partidas. Que si querer requiere esfuerzo, desamar es tarea de gente ruda. Yo no soy rudo. Por eso duermo con luz y tele prendidas; por eso leo en voz alta y sueño con perros.

Archivado en » POSTS, POR LA LIBRE | Enviar | 7 comentarios »