M104

08/30/06 11:23 PM por Alejandro Páez Varela

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Se llama Messier 104, o M104, o Galaxia Sombrero. Es extraña incluso para un Universo extraño. Su núcleo redondo y fulgurante, contenido por un platillo de polvo y asteroides (que hace una espiral), permite soñar con un organismo único, vivo e inteligente. Me niego a admitir que lo que veo es una foto, pero lo es: el equipo del telescopio Hubble (The Hubble Heritage Team) la tomó entre mayo y junio de 2003 desde una cámara especial de investigación. Los destellos perfectos son producto de un filtro, claro.

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Si veo la imagen a detalle, la galaxia es anciana y sabia, y peligrosamente poderosa. De allí las canas y la actitud de firmeza. Imagino que si las fuerzas que la sostienen la hicieran girar, sería incontrolable: tomaría un rumbo violento e incierto y pronto se ganaría la fama de “mutiladora-de-galaxias”. Una sierra suelta en el espacio, imagino, vuelta loca, surcando la constelación de Virgo, degollando a Orión, persiguiendo los Canis Major y Minor y haciendo correr a Tauro.
También pienso que debajo de ese generoso sombrero de dos copas quisiera estar, todos los días después de mi vida, durmiendo.

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Corazón de sol

08/30/06 7:00 PM por Alejandro Páez Varela

Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo

–Alfonso Reyes

Mira este sol de la ciudad, mira cómo no se ve en el horizonte sino en el rebote de los edificios contiguos. Mira cómo pinta las ventanas de amarillo, cómo dibuja cejas en las nubes. Cómo alborota los pájaros, cómo inhibe.
Es el sol del Distrito Federal, ¿sabes? Es un sol que amanece.
Y pensar que un día lo despreciaba: me parecía que se daba a pedacitos, que escatimaba. En el norte, debes saber, no se comporta así. Allá puedes tocar, cuando anochece, su única uña aferrándose a la punta de los cerros. Y si estiras bien la mano –con cuidado para no quemarte–, puede sentir sus cometas de luz pasar a mil por hora. Pero aquí no. Aquí, si te va bien, puedes encontrarlo reflejado en la ventana del vecino. Y ya con la calle repleta de autos, ya entrada la mañana, hasta que se le antoja –y sólo entonces– se escapa de los edificios y deposita luz de verdad sobre tendederos y pisos.
Pasados los años, este sol de hoy me parece perfecto. Le tengo paciencia, lo entiendo; le sigo la corriente, lo mimo.
A veces, claro, me atrapa la melancolía y extraño el sol con el que crecí. Pero el de aquí se pone cálido y me apapacha. Y yo, que de eso pido mi limosna, me dejo.
¡Anda, mira este sol que amanece, que la torre de al lado le tomó una polaroid y lo exhibe, gordito, pachoncito! ¡Mira cómo agarra a todos por sorpresa, mira cómo nadie despierta!
Anda, que amanece, con flautas dulces y flores coquetas. Anda y tócalas por mí mientras yo, Drácula de tus amaneceres, salgo desnudo al sol para volverme polvo, para que me muera. Para que termine esta pesadilla –quererte– que ya duró un rato.
(No tengo celos del sol. Él puede asomarte a tu recámara; él puede verte la espalda cuando te bañas. Pero, ¡ay, corazón!, de todo lo demás sí: del boleto de estacionamiento que toca tus manos tengo celos, de la cuchara, de los zapatos que te pones y de las miradas. Tengo celos de los teclados de las computadoras y de las madrugadas que te acompañan en el sueño, y yo nunca estoy para espantarlas.)

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Esdrújula

08/30/06 6:56 PM por Alejandro Páez Varela

Megan Rye.jpg

Megan Rye - Iraqi Store, RRN 1, 2006 - Oleo, 36 x 45 1/4 pulgadas

Eres la marcha de mi respiración, la esdrújula de mis frases imperfectas, el peso de mi voz cuando te leo. Eres la curva de mi vida recta, el gris de la ciudad dormida, el salto al charco que acostumbran los cansados. Vamos a ninguna parte; la vida es carreta de chapulines. Y tu eres brújula sin polo norte, giro hacia la izquierda (o la derecha, que aquí da lo mismo); eres pez que nada en lo que me queda de cabello y lo haces ver como melena con baños de dorado.
Eres sánscrito y malescrito, arameo y nación libre, perro sin lengua y lengua sin títulos: eres yo en mi, y nada y tanto como te deseo: soy humo y tu el suspiro que deshace mi cuerpo de caracolas y de hilos. Eres cambio de rumbo si soy tu río, o suelo firme si soy un árbol.

(El destino no es la esperanza, sino el simple final de todas las cosas. El destino es lo que se agota; es, incluso, un camino más corto que el futuro. Jacques Derrida hablaba de la lluvia de significados que se desata a partir de una sola palabra. Imre Kertész refería que los hombres, como las palabras en Derrida, diseminan destinos –diseminar, raíz compartida con semen–: muchos destinos probables para un solo individuo. Los hombres y las palabras llevan, entonces, un mismo destino incierto, que a la vez son muchos: ni las palabras ni los hombres saben hacia dónde van una vez que han sido desempacados, una vez que han visto la luz amarilla del sol. Los hombres y las palabras, entonces, comparten la incertidumbre del que no sabe hacia dónde va.)

Eres más, más que el momento mismo del contacto, más que la fina película adherida al cuerpo el día después (que me niego a disolver en la regadera cuando no estás, y me la quito con la lengua). Eres el recelo de los parques por las nubes cerradas; el reflejo de las llantas en el instante previo a enturbiar el charco. Eres el fantasma en las palabras mal impresas de los libros en cuché; la liana que permite cruzar las rías; sal que se sabe sal si alguien la prueba.
Eres tanto o más, si no te tengo.
Y ya veré qué hago si un día me despiertas.
Y ya veré qué hago si algún día te encuentro.

(Dos caminos llegan a ti: uno de leche en polvo, por carreteras federales; otro íntimo y mejor, hecho con flores que voy descarrilando; letras atoradas en la cuneta de miel; sílabas que dividen los sentidos de los ca-rri-les, y guiones como anuncios, sueños como puentes, cielos como destino, y milagros que uno espera cuando se va borracho a 300 por hora).

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Notas sueltas

08/30/06 12:30 AM por Alejandro Páez Varela

El amor satisfecho conduce más a menudo a la desdicha que a la felicidad.
–Arthur Schopenhauer

hombre-mujer cabeza.gifPrimavera. Desde la ventana veo el parque y entiendo que se viene la fiesta. La risa de las jóvenes es divertimento en clavecín, y un viejo-tuba, redondo y lento, sigue discreto la letra mientras espera su turno con paciencia. Los adolescentes, flautines aspirantes a flauta barroca, dan gritos desafinados y retan a las trompetas. Los arbustos, cuerdas sin arpa, responden a los dedos del viento con graciosos tintineos que dan ganas de creerse la escena.
Papá clarinete ha sacado a pasear a su pequeño violín. El triángulo comparte chispas de chocolate con las percusiones, de por sí con problemas de peso.
Salgo de casa decidido a abandonar el encierro y los árboles, que compran boletos para toda la temporada, saludan con sacudidas el bullicio que precede a la obertura (y yo, que busco acomodo en la orquesta, en señal de respeto les sonrío con una reverencia). La enredadera me ve, orgullosa, y me presume con muecas: “Un año más –dice–, un año más y llego al palco.” El puesto de flores es jaula de veterinaria y las margaritas, los girasoles y las lilas, como gatos abandonados, me llaman con la pata y dicen, gimiendo: “Llévanos contigo, llévanos a casa.”
Es primavera y este corazón se queja por la pauta de violonchelo. Por un instante lamento ser el triste en esta fiesta. Pero luego me reprendo: “Entiende, eso eres: el chelo.” Convencido otra vez de mí, retuerzo los tornillos de Frankenstein que llevo en el cuello, afino mis tripas y saco la panza hasta que me cuelga entre las piernas.
La batuta da tres golpes suaves. Sin hacer ruido, apenado, tomo mi lugar –abajo, izquierda– en el parque-escenario.
Y al primer movimiento de arco me siento feliz de poder ocultar, entre tanto instrumento, la melodía invernal de los que, como yo, nacieron violonchelo.

[…]

Porque estoy muerto, veo el fin del mundo como poca cosa y las películas me dan ganas de llorar, sin haber entendido siquiera la trama. Porque estoy muerto y desde hace tiempo apesto, trato con cariño los residuos de plomo y nicotina en los pulmones, únicas partículas de mí –sin ser mías por completo– que no dan asco. Me dejaste sin hijos y ahora pongo pañales a cada gusano que me sale de los ojos; de ellos brotarán mis nietos, que no son flores de panteón sino motos Vespa en Italia, cardamomo en polvo para el té, títulos profesionales que se venden en el mercado negro del Distrito Federal, cuerdas de plata para violas nuevas, vinagre de miel, compota de manzana, foie gras y residuos de orina, secos, en tubos de ensayo sobre anaqueles de un hospital-prisión moscovita donde se archivan horrores de cierta guerra fría.
Porque estoy muerto, vivo. Porque estoy muerto, siento. Porque no vendrás, te espero. Porque ya no estás, te canto.

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Si la furia

08/28/06 6:51 PM por Alejandro Páez Varela

Se aprende más en una noche en vela que en un año acostado
–E.M. Cioran

Si me detengo a la puerta de un bar; si en la entrada de un restaurante; si al pie de una larga mesa de comensales; si veo por el hombro la ciudad, se que ella estará (cuando está), seguramente, porque justo en donde se ha sentado ha caído un pedazo de noche, suave, como lluvia de notas bajas para chelo o como pellizcos delicados al violín. (Aún de día. Un pedazo de noche).
Si bebemos, hasta agotarnos (la estupidez del mundo merece todo el alcohol); si aborrecemos, pegamos violentamente con la cabeza al suelo hasta que se parten las montañas. Si el amor, mucho, sin horario.
La tristeza es su idioma materno, que aprendió cuando yo no estaba. No lo habla en público: lo ronca, y yo estoy para contarlo. La imagino como un cometa, con esa cola miserable que la persigue, cola larga de desencuentros. He intentado por todos los medios espantar ese alo de tristeza. Chú, chú, le digo, como hace el sepulturero a los pájaros y a los perros que se pelean la carne de los muertos en los cementerios. Chú, chú. Pero ella habla la triste y no se deja, y, además, sin la tristeza, ¿para qué esos ojos?
Si veo a través de su piel, el rostro, los brazos, el pecho prerrafaelitas; si escarbo carne adentro, corren ríos de furia que se confunden con sangre. Si la furia. Si la furia de cosas que no entiendo. Si asuntos que no deberían incumbirme; si viejas heridas y viejas rencillas que yo no puedo sanar y que no me pertenecen y (díganme si me equivoco al preguntar) ¿para qué saber de ellas?
La vida tiene muchos trucos, crucigramas que llenamos a diario. En ella no hay tal. Todo llega como jaque mate, como rompecabezas que se sale de la caja completamente armado.
Si me duermo en el baño de un bar, si me desnudo y me paro en la ventana; si me bajo corriendo las escaleras (un domingo, sin prisa); si pongo los tenis a secar al borde de la azotea (cuarto piso) y los recojo a las seis, siete de la mañana (después de la parranda), y malabareo mi indecencia, se que no estoy solo. Ella está sentada por allí, la habré de encontrar, porque los hoyos negros no pueden ocultar su atracción, y esta es una ley inquebrantable de la física y la astrología y ciencias paralelas-qué-se-yo.
Si me detengo a pensar; si analizo las cosas que importan habré de volver los ojos ciegos a ella (sin conocerla demasiado), párpados como cobija de lana; labio picudo de pajarito que pide agua, por favor agua, denme agua, agua o lo que sea, lo que sea, lo que sea, que la infelicidad provoca, por lo regular, mucha sed.
Si me detengo a la puerta de un bar, si entro al tubo que lleva directo a mi vida, no la busco: ella llega.

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A manera de editorial…

08/28/06 2:55 PM por Alejandro Páez Varela

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Plata cae vertical a mediodía

08/28/06 12:50 PM por Alejandro Páez Varela

Me molestan las películas de Robert Rodríguez sobre México, con Antonio Banderas y flamenco de fondo musical. Y porque no puedo hacer nada, no muevo un dedo. Ya no quiero ser parte de un equipo ni ganarme un premio ni donar mis corneas ni aportar un peso a las ballenas o a los manatíes o al cielo que hemos llenado de agujeros. No firmo tu carta ni aunque sea honesta. Me dejo acariciar por dictadores demócratas porque son mejores, y le muevo la colita también a las maestras y a los perros y a los pobres y a los ricos y a los sueños.
No quiero misericordia, quiero un bisoñé. Que hagan telenovelas con capítulos de 24 horas, que me dejen conducir un convertible como su fuera un rebaño de borregos. Quiero gatos a los que no los despeine ni el viento. Quiero que los sets de los noticieros estén sostenidos por prohombres, y más balazos en las series, y reconciliarme con este mundo porque en el fondo no busco nada sino rebelarme en una pared, bien empalado, bien enmezclado (maistro), y que el temblor que viene no me mueva un centímetro y deje los trabajos de reconstrucción a los que vienen.
(Y quiero, también, dejar de hacerme viejo). (O hacerme viejo de tajo para, ahora sí, dejar de aspirar a algo).

* * * *
Tengo un cuaderno de viajes en el que anoto lo tanto que ya no viajo. Compré un chelo para no atar las cuerdas a una viga. No abro fotos ni desempaco correos ni leo algunas de las maletas que me llevé, porque no puedo verme a los ojos sin dejar de verme: títere y titiritero soy, desde ahora, para no enredarme con mis propios dedos cuando escribo.
No creo en las casualidades para no atenerme a una; no busco la esperanza porque seguro alguien la ha comprado. Quiero estar aislado. Procuro llevar la vista al piso si te encuentro o creo que te veo (siempre), y sólo me subo a un elevador si busco un baño porque los de abajo están ocupados.
Soy feliz: resucito para verme enfermo. Reflexiono ahora que me sobra la alegría, porque, si no, ¿cuándo? Digo que soy feliz porque estudio mapas, escribo de tapioca, saludo a mis vecinos y releo los Evangelios a las masas, etcétera. Y si antes no tenía tiempo, ahora menos: tomo mi carro, disiento sólo con la compañía celular si no me tiene ocupado, organizo mi agenda y me duermo temprano pensando en el mundo alegre que seguro amanecerá mañana, o días después de mañana.
Veo por la ventana y me repito: soy feliz: plata cae vertical a mediodía; el techo es oro en los atardeceres.

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Lugar común

08/28/06 12:50 PM por Alejandro Páez Varela

Entre más viejo me hago, más me convencen los lugares comunes. La soledad, por más buena compañera que sea, pide amigos; los lugares comunes te identifican con tantos que te creas la ilusión de estar acompañado. Por eso, por la soledad que llega con los años, recito impunemente esta oración –que es un lugar común, claro–: qué complicadas son las relaciones humanas. La digo, y de antemano tengo la certeza de que Usted estará conmigo.
Estoy contento con los amigos que tengo hoy. Pero no quiero más. Coincido con una amiga cuando explica que, a esta edad, resulta cansado conquistar nuevas amistades. Y si veo hacia atrás, para ser honestos, es fácil saber que, de todas maneras, no he sido bueno para relacionarme. Poco amiguero. Caprichoso.
Se me han ido borrando los rostros de mis amigos de primaria. Es una pena. Fueron tan pocos. Recuerdo a un cholo marrullero, a un flaco bueno para los deportes, y a Pinillo (sepa Dios cómo se llamará), mi buen Pinillo, al que un día los de sexto estrellaron de nariz en la pileta de un álamo, y jamás regresó. Sangraba cuando lo vi por última vez. Me impresionó que no llorara. Amigo Pinillo. Unos siete, ocho años entonces; 35, 36 si vive. Su mamá cultivaba búlgaros de yogurt en un tarro grande de vidrio. Le hacía té con frutas que ella misma secaba. No tardé en ir a buscarlo. Los nuevos inquilinos no supieron dar razón. Con Pinillo, y desde entonces, se fueron los de aquella época, austera en amistades. No me permití demasiadas. Mi maestra –además vecina– tenía muchos pretendientes como para intentarlo.
En la secundaria aprendí lo más básico de la flauta para evitar compañía. ¿Quién iba a tomar el mismo camino a casa con un individuo que a la menor provocación sacaba su dulce barroca y tocaba una sola canción, una y otra vez? Empecé en el primer año; para el tercero, ya no era necesario sacar el instrumento de la mochila. Me huían. Encantado. “Del otro lado de la banqueta van las hermanas Camarena, gracias al cielo”. “Los Caballero ya no me dirigen la palabra ni en el receso, y la vida es buena conmigo”.
Durante gran parte de mi niñez y juventud, tuve amigos (los de barrio) de los que cualquiera huiría. Por eso nos mantuvimos unidos tantos años, a pesar de las migraciones. Eran unos lisiados sociales, de familias complicadas y religiones alarmantes. Yo los quería (y los quiero). Tenía 14 años cuanto nos pusimos la primera borrachera. Dos huérfanos poco inteligentes pero bondadosos hasta la suculencia, que no escaparon ni del timo de su padre (un vividor que los había abandonado hasta que tuvieron edad para emplearse en la maquila). Otros dos huérfanos: uno bueno, generoso y cansado; el otro, tan rudimentario como extravagante. Un karateca sin oficio. El imán perfecto de los amores podridos (y sufridos). Y un misterioso cara-bonita que se perdía un año y luego regresaba, hasta que nos enteramos de su (ni tan) secreto: era (es) gay, y todavía hoy sus padres y hermanos lo niegan. Tipos difíciles, mis amigos. Quién los querría. Sólo el que está convencido de que las relaciones humanas son complicadas.
En orden de importancia, debí comenzar por esta orilla de la hebra: los amores. De la patada. Las mujeres llegan con dos diablitos que se instalan sobre los hombros, izquierda y derecha, de todo aquél que las quiera. Uno te dice que la abandones; el otro, que la retengas.
Recurro con gusto al lugar común –que, explicaba, me da la sensación de compañía–: qué complicadas son las relaciones humanas. Me veo más viejo y menos acompañado, no quepa la duda.
Mi abuelo Carlos vivió los años anteriores a su muerte sentado junto a una higuera. Un día de los muchos que pasé con él le pregunté por qué nunca salía con sus amigos. “Son difíciles las relaciones humanas”, ironizó. “Cuando comienzas a entender a los que tienes cerca, es porque ya se han ido”.

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