GUERRA Y PESCADO

03/30/03 1:05 PM por Alejandro Páez Varela

Mauricio no llega, y yo, que soy un desesperado, me siento en la esquina más lejana del bar y pido cerveza. Hay futbol en las teles y entonces no hay guerra, me digo. Los parroquianos se ven tranquilos; ojo al gato y al garabato, avientan la mula del seis, dan tragos y siguen con el rabo del ojo pelota y jugadores.
He llegado a pie hasta aquí. Caminé de puntitas para no hacerme ruido al interior (la impotencia se siente, a veces, como gas en botella de soda). Veo el reloj: el plazo de Bush a Saddam terminó hace 15 minutos. En medio del barullo, con el primer trago a la Pacífico, pienso en cómo llegó el mundo a esta crisis. Ah, señor Bush —me digo—, hijo de sala de hospital: la Operación Urnas Embarazadas de Miami lo llevó al poder; la Operación Libertad Duradera convirtió Afganistán en su nueva colonia; ahora, Operación Libertad Iraquí le garantizará las segundas reservas petroleras probadas más grandes del planeta.
Mauricio llega. Platicamos dos minutos y al tercero, una de las cuatro teles anuncia: bombas sobre Bagdad. Es, claramente, el inicio de la guerra. Es el inicio de un Nuevo Orden Mundial. Es, probablemente, el fin de la ONU, la OTAN, la Unión Europea y lo que se acumule.
La Operación Cerveza Inagotable continúa. Mauricio se inclina por irnos al San Luis. Allí, Shakira con cabello lindo, Salma con caderas y Thalía sin Tommy Mottola bailan con los parroquianos.
Llego a casa. CNN habla de 40 bombas, y yo me siento Bagdad con mis 40 cervezas. Cierro los ojos, y toda la noche sueño con aquella historia, publicada por The Guardian, que va más o menos así:
He aquí que estando en Brooklyn, un pescado de 10 kilos les habló en hebreo sobre el fin de los tiempos. Sucedió el 28 de enero pasado. Zalmen Rosen, judío de 57 años, había pedido a Luis Nivelo, de 30, que le partiera una carpa fresca. Terminaba el Sabbath.
Sucedió entonces que Nivelo elevó el hacha, y el pez pronunció palabras de hombre antes de verse degollado: “Tzaruch shemirah. Hasof bah”, dijo. Y Nivelo gritó, espantado, y jalándose los cabellos llegó hasta donde estaba Rosen, su patrón.
He aquí que ambos corrieron hacia donde estaba el pescado. Y allí, frente a los dos, el animal repitió su mensaje divino.
“Era el diablo. No creo en esas cosas de los judíos. Pero ese pescado era el diablo”, repitió Nivelo, cansado, harto de tantas llamadas de gente de todas las latitudes que buscan una explicación a las cosas de este mundo.
Igual que casi todos nosotros.•

30 MARZO 2003

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