09/8/02 5:38 PM por Alejandro Páez Varela
PUBLICADO EN DÍA SIETE
No fue el primero. Fue el segundo el que tenía todo servido: la audiencia, la incertidumbre, el corazón para ser herido. Los dormidos habíamos despertado; los malpensados confirmamos la versión. ¶ Por eso, 59 minutos después, cuando la primera torre se vino abajo, no hubo gritos sino llanto. La sorpresa no fue tanta. El mundo entero se puso de pie, más bien atónito, más bien para echarse a correr sin despegarse de la tele, más bien para despedir esa mole imponente que por un momento sentimos propia, por vergüenza e indignación. ¶ (Porque las torres, esa mañana, parecieron más dos niñas tomadas de la mano y marchando al matadero. Y al despedirlas, dimos la bienvenida –eso lo sabríamos después – a una nueva era, cuyo destino aún desconocemos aunque entendamos, sin dudarlo, que inició esa mañana de septiembre de 2001). ¶ Es el segundo impacto el que no se borra: estábamos allí. Treinta minutos antes, en el primero, gente, cubos de escalera saturados, sueños rotos y telefonazos desesperados sufrían en la soledad. En el segundo, los gritos llegaron de todos y a todos lados: se escucharon en los cuartos de hotel y en las casas, en las oficinas y en los bares, en las banquetas y más adentro. ¶ Por eso, el banderazo de la venganza, en octubre 7, no nos agarró desprevenidos. No hubo gritos ni llanto, entonces. Luego, quizás, indignación o a aprobación, según cada uno lo había reposado. ¶ Por eso no fue el primero. Fue el segundo el que tenía todo servido: la audiencia, la incertidumbre, el corazón para ser herido.
Es el segundo el que no se puede borrar.
8 SEPTIEMBRE 2002
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