De héroes y villanos
11/18/01 1:27 PM por Alejandro Páez VarelaOsama bin Laden morirá o desaparecerá de la faz de la tierra un día. Quién sabe cuándo —en más tiempo del que calculaba Bush, supongo— pero pasará. Y a partir de entonces, para muchos será un héroe, un mártir del nuevo Orden Mundial que se nos viene encima. Para otros será Satanás. Como sea —en manos de sus muchos enemigos o en su camastro austero—, ese día Bin Laden pasará a la historia. He visto videos de Auschwitz, he leído testimonios del holocausto. Sé del espanto de Hiroshima, de Pol Pot, del Agnkar, de la escandalosa brutalidad de la depuración. Están documentadas las purgas de sangre de Stalin y la masacre de niños y mujeres en Vietnam. Me queda clara la crueldad en Panamá y en Granada.
Soy mexicano: no se me olvida el robo de la mitad del territorio. Pero por más que las cadenas norteamericanas lo griten; a pesar de que las cortinillas con el himno nacional gringo son muy convincentes, no tengo, sin embargo, la información con la que, se supone, cuentan las superpotencias para acabar Afganistán a bombazos. Por eso, a estas alturas del partido, creo firmemente que la historia no tratará a Osama como a Hitler, a Milosevic o a Noriega. No, porque no hay un criterio unificado: muchos musulmanes en todo el mundo lo consideran un hombre santo. No, porque nadie está seguro de que él sea quien dicen que es. No, porque nadie está convencido de que esta guerra estúpida sea moral, cuando caen los inocentes bajo las bombas que de inteligentes tienen lo que yo de astronauta.
Osama, en definitiva, no será Hitler, aunque la historia también diga que nunca antes desde la Segunda Guerra Mundial los poderosos se habían unido en torno a un solo objetivo bélico. ¿Lo matarán? ¿Morirá de viejo? ¿Se suicidará cuando se vea acorralado? Quién sabe. Pero dos hijos de Osama bin Laden aparecieron en el último video de Al Qaeda, al que muchos quedamos vetados por órdenes del gobierno norteamericano. En la pieza para televisión distribuida por Al-Jazeera, Hamza, uno de los dos vástagos del hombre más buscado del planeta, leía poesía. Los dos chavos posaron junto a un helicóptero norteamericano, de los ya algunos que, si se le cree al gobierno talibán, han sido derribados.
Por la víspera se sacan los días: ¿quién lee poesía bajo las bombas, junto a helicópteros que todavía huelen a pólvora y sangre humana? Quizá los que no están pensando en morirse en las próximas horas. ¿Quién guarda para sí a tantos incondicionales? ¿Quién le pide a los voluntarios que se detengan, que no entren en tierras de devastación todavía, sino hasta que sean llamados?
Sólo el que tiene el poder. No el de las armas, sino el poder que da la convicción, sana o insana.
Como sea, cuestionable y todo, sólo los norteamericanos no sabían qué tan congruente es y era Osama bin Laden. Les declaró la guerra hace mucho tiempo, recuerden. Les dijo, desde 1990, cuando fundó Al Qaeda, que su objetivo era el imperio norteamericano. Y, claro, el orgullo, el menosprecio se interpuso y nadie, ni la CIA, ni el FBI pensaron que ese hombre de aspecto apacible hablaba tan en serio.
Y repito aquí lo que dijo Susan Sontag: ¿quién es más cobarde: el que tira misiles
desde un portaaviones y mata inocentes, o el que toma un avión y se estrella, y da la cara, feliz, frente a las cámaras del aeropuerto? Empieza a soplar el invierno. En casa de mamá, allá, en el norte, las tortugas se habrán escondido en la arena. A los pájaros se les ve menos, por acá. Se antojan las cobijas.
Osama morirá un día. Quién sabe cuándo pero, morirá. Yo quiero vivir para entonces. Quiero enterarme. Porque no será como los imperios quieren. Será, está visto, como él quiere: en medio de la sangre, en medio del terror, en el centro justo de una guerra en la que, por lo menos hasta el momento, no se sabe quién es Dios, y quién el diablo.
Y muy probablemente nunca se sabrá.
18 NOVIEMBRE 2001
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