Hay muertos que sí hacen ruido

11/12/00 4:42 PM por Alejandro Páez Varela

1 Tuve de niño un pollito amarillo. Lo compré al salir de la escuela y desde que lo vi arrinconado —en esa caja de cartón con agujeros en los costados— sentí que traería problemas. Lo escondí en el patio; le serví maíz quebrado. No lo comió, ni aunque se lo puse en el pico: dolorosamente lo sacaba con la lengua y me miraba, triste, con un ojo cerrado y el otro lloroso.
Me impresionó que hubiera determinado morir. Eso pensé: había decidido suicidarse poco a poco, renunciando a cuanto prolongara su agónica vida, cuya pena no supe cuál era.
No duró más de 12 horas. Murió, y me volvió más reflexivo sobre el paradigma de morir y querer morir. (El pollito acongojado debería estar sepultado en un lugar público; pero ni hablar: su cuerpo jamás fue encontrado. Terminó como pelota de beisbol. Los hermanos mayores no perdonan ni saben de sensibilidades, y el mío encontró al pollito desconsolado y lo pateó a la calle, donde los Cardenales del barrio vecino enfrentaban a nuestros Orioles. Un tiro recto para la goma; batazo largo por el jardín centraaal y… ¡allá vaaa, el pollito lastimero, antes de perderse entre los queliteees!)

2 Me opongo a la idea de que alguien pueda “suicidarse poco a poco”. Se puede morir poco a poco, me digo, pero no suicidarse. El suicidio, afirmo a veces, es de una sola pieza: sí se puede decir mediomuerto, pero no mediosuicidado.
Pienso en algunas ocasiones que si uno anda suicidándose a cada ratito, entonces agarra aire otra vez y regresa el gusto por la vida.
Pero luego me viene la idea del pollito alicaído, y cualquier argumento en contra del suicidio-a-cuentagotas se desmorona. Me digo: sí existen los que se suicidan a pedazos. Hay que pensar nomás en el pollito autoinmolado.
La última vez que vi a Charly me dio la impresión de eso: de que se estaba suicidando a pedazos. Era con tanto alcohol y con tantas ganas que pensé que duraría 12 horas. Después supe que había cantado horas en el Zócalo del DF y luego en Argentina, y me dije que debe de haber una medida para morirse a pedazos: la de los azotados, como el pollito evangelista —que cumplió su apostolado de inmediato—, o la de los no tanto, como Charly, que ya tiene disco nuevo y me arrodillo para escucharlo.

3 Charly se suicida a cuentagotas. Sí. El pollito ¿enamorado? así lo hizo.
Pero hay todavía algo que no cuadra. ¿Y si Charly disfruta tirarse desde el octavo piso de los hoteles a las albercas? ¿Si se gusta por suspender a los cinco minutos un concierto cuando media humanidad le lanza vítores? ¿Si se siente bien al combinar su virtuosismo, el piano y un litro de whisky? ¿También cuenta como suicidio?
El pollito reciclado (se volvió pelota de beis) y Charly no se conocieron. Eso es un hecho. Pero cuando me entra la culpa los imagino juntos y me pregunto: ¿sería Charly capaz de salvar al pollito suicida de su determinación?
Creo que no. Que el pollito idolatrado habría conservado su marcha.
Pero quizá la hubiera disfrutado un poco más.

12 NOVIEMBRE 2000

Archivado en » POSTS, POR LA LIBRE | Enviar | Un comentario »