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JENIFFER LÓPEZ, Y EL ARTE EN TIEMPOS DIFÍCILES
Antonio de la Rosa decidió hacerse implantes mamarios hace cinco años. Días antes de que se los retirara, estuve con él y con otros amigos en la cantina El Centenario. Teresa Margolles me contó que la intervención quirúrgica tenía riesgos y que estaban algo temerosos. Toño, sin embargo, se veía bastante relajado; quizás por los vodkas o porque el trauma le parecería menor después de cargar bolsas de silicón entre piel y hueso durante tanto tiempo.
Lo que Toño buscaba con este performance era “confrontar su identidad masculina y explorar los mecanismos que generan la violencia machista”, según explica la curadora Mariana David. Pero después de un lustro, me pareció un acto de honestidad brutal que el artista declarara no encontrar conclusiones esclarecedoras. Lo único que ofreció como testimonio fueron dos cicatrices, huellas de las operaciones, que expone en el Museo Carrillo Gil del DF.
Igualmente me sorprendieron dos obras de sendos artistas mexicanos. La primera, de Yushua Okón. Creó una línea de producción de maquiladora para “exportar a Estados Unidos risas enlatadas”, sexys, malvadas, histéricas y masculinas. Lo interpreté como una crítica a ese modelo perverso de “progreso” que explotó y explota a miles de mexicanos sin aportar siquiera infraestructura básica a las comunidades que secuestra (muchas dejan de sembrar y otras abandonan actividades tradicionales para dedicarse a producir teles o autos por dos pesos). La otra obra es de Artemio. Juntó 27 toneladas de tierra del desierto de Chihuahua, equivalente al peso aproximado de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez entre 1993 y 2009; las montó en un camión y las trajo al museo por carretera. Homenaje inasible a los cuerpos corrompidos; monumento rotundo, me pareció, a la negligencia de políticos y gobiernos inútiles, inservibles, buenos para nada.
En un tiempo, muchos juarenses nos quejamos del oportunismo de escritores, actores, artistas plásticos, directores de cine, etc., por el uso que le dieron a los feminicidios, esa terrible tragedia nacional. En algún foro critiqué incluso a teatreros de esa ciudad que recibían o reciben subvenciones del Estado a causa del tema. Planteé mi descontento con la tesis de un libro de autor reconocible que tocaba los asesinatos de mujeres de manera irresponsable y promoviendo la idea de un asesino único, eximiendo así al Estado de su responsabilidad.
Junto con otros me sentí ofendido porque el artista plástico Santiago Sierra pretendía quemar litros y litros de combustible en el desierto de Ciudad Juárez para iluminar la palabra “sumisión”. Nunca se lo dejarían hacer en su natal España. Además el mensaje: los fronterizos, por si no sabía, no somos sumisos; dominamos el desierto durante 450 años; construimos la única opción para los que huyeron durante 200 años de sus hogares por políticas públicas miserables, y acogimos a los que no pudieron ir en busca del “sueño americano”. Y ahora resistimos una guerra idiota y sin sentido; extorsiones; embates criminales.
Sin embargo algunas cosas han cambiado. Por supuesto que rechazo el fin de explotación o utilitario de ciertas expresiones que se hacen llamar “arte”; el afán de notoriedad de individuos y empresas que se cuelgan de tragedias para vender libros, música, películas, discos, etcétera. Tildo de esquizofrénicos a quienes encuentran en esa ciudad material para explotar el morbo. Pero definitivamente ahora creo que la tragedia debe ser contada, y que sólo el arte, las letras, la cultura podrán dejar testimonio de días tristísimos.
Mi visión terminó de reenfocarse después de que escribí un texto sobre Tijuana y alguien me llamó para escupirme en la cara que no conocía Tijuana. “No, pero conozco el drama de los migrantes, de los narcos y la marginación; soy de Ciudad Juárez”. Pensé que con qué derechos aquél que me llamó secuestraba Tijuana para su propia exploración. Tengo derecho, dije, a expresarme de esa ciudad o de Tuxtla Gutiérrez si se me antoja. ¿Quién puede asumirse como el portador de derechos que corresponden a muchos?
Hoy creo que son necesarias expresiones como la de Antonio de la Rosa, Artemio, Yoshua Okón, Enrique Jezik (quien derrama una carga de desechos del rastro en un barranco del desierto para una secuencia fotográfica), e incluso la pretensión malograda de Santiago Sierra. Y ni siquiera porque tienen, aunque no sea su interés, un compromiso con la historia; es porque el arte no nace etiquetado: al interpretar un bien común o materia común de manera estética e incluso sincrética (lo que me dicen que está allí y lo que yo veo que está allí) se abren llagas en el tiempo y en el espacio que difícilmente podrán cerrarse. Y creo que las llagas que de la actual tragedia nacional no deben cerrarse sino exponerse al sol con el ánimo del que exorciza.
La señora Jennifer López hizo una ridícula película sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez; ni la vea; es vomitiva. A ella y a esos ejercicios con fines de lucro me refiero cuando hablo del “arte” al servicio del morbo. En la otra esquina está el esfuerzo hecho por Mariana David y el equipo de artistas plásticos, que durante dos años dieron su tiempo para tratar de interpretar el drama fronterizo. Como “Neoberlín”, poesía visionaria de los 90 escrita por José Pérez Espino; o los poemas fronterizos de Miguel Ángel Chávez Días de León; o la música de Puente Negro; o el periodismo de altos vuelos que hacen desde allí, con enorme valentía, Sandra Rodríguez, Lucy Sosa o Marcela Turati.
Me parece que 40 mil o 100 mil muertos no son poca cosa. El error político de la actual administración, que metió al país a una guerra que jamás se ganaría, impactará la literatura, la plástica, todas las formas de expresión del arte. Para fortuna de este país, los mexicanos siempre generamos contracorrientes que terminan desplazando la mentira y la usurpación; y en ello pienso cuando veo, por ejemplo, los billetes con una imagen de Diego Rivera, comunista-come-niños apestado en su tiempo por el oficialismo; o cuando reparo en la vigencia de Rufino Tamayo, señalado durante décadas por la élite de artistas “comprometidos” (Rivera incluido) sólo porque el hombre lo que quería era pintar, no alimentar ni dirigir discursos.
Al final esa es la lección de Toño de la Rosa: pongo mi cuerpo al servicio del arte; y si cinco años después de cargar con tóxicos en el cuerpo no llego a conclusiones no es problema mío sino del tiempo. La obra está allí. La polaroid ha sido tomada: ya mañana hablará por sí misma.
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Proyecto Juárez está en el Museo de Arte Carrillo Gil del DF. Con la curaduría de Mariana David, participan los artistas plásticos Artemio, Carlos Amorales, Gustavo Artigas, Paco Cao, Jota Castro, Iván Edeza, Antonio de la Rosa, Enrique Jezik, Ramón Mateos, Yoshua Okón, Santiago Sierra y Artur Zmijewski, así como el colectivo Democracia.





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