POR QUÉ PAKISTÁN

01/20/08 9:29 PM por Alejandro Páez Varela

Con el asesinato de Benazir Butto, Estados Unidos y Occidente han perdido una batalla en la llamada “última frontera” de la lucha contra el terrorismo. PUBLICADO EN DÍASIETE

Dejadme entonces ser un mártir,
morando en un elevado
paso de montaña
entre una banda de caballeros que,
unida por la devoción a Dios,
desciende para enfrentarse
a los enemigos.

–Osama bin Laden

Las últimas administraciones federales de Estados Unidos cometieron costosísimos errores de cálculo con Osama bin Laden. Y el precio lo viene pagando, desde hace tiempo, tanto el pueblo norteamericano como una buena parte del mundo. El más célebre de los desaciertos es haberse embarcado en la guerra de Irak, descuidando el frente afgano-pakistaní y, consecuentemente, la persecución del terrorista saudita. El menos publicitado es ignorar sus primeras amenazas: Osama ya publicaba manifiestos antes del 29 de diciembre de 1994, cuando dio a conocer “La traición a Palestina”, el primero de una serie de comunicados, shuras y/o cartas dirigidas a una audiencia global, como reseña la notable compilación de su pensamiento hecha por Bruce Lawrence en Mensajes al mundo (Foca, 2007).
Pero de los errores cometidos por Estados Unidos, coinciden varios analistas, el peor fue dejarlo sin patria; haberlo forzado a regresar, clandestinamente, a la región entre Afganistán y Pakistán en donde está escondido hoy, según los informes de inteligencia más confiables (leer: “Una cueva en Tirich Mir”, en www.alejandro-paez.net). Bin Laden salió en 1991 de su país, Arabia Saudita, luego de mostrar su inconformidad por la llegada de tropas estadounidenses a regiones consideradas sagradas por el Islam; Washington las había enviado un año antes para repeler al ejército de Sadam Husein, que había invadido Kuwait. Osama se exilió en Sudán, y allí vivía como empresario constructor, hasta que en la primavera de 1994 le fue retirada la ciudadanía saudí y luego Estados Unidos y Egipto presionaron a las autoridades sudanesas para que lo corrieran.
Así fue que el terrorista más buscado del mundo, sin patria, fue obligado a refugiarse en la región más peligrosa del mundo… en donde en el pasado había participado de la resistencia contra los soviéticos, y en donde después tuvo la oportunidad, el tiempo y la seguridad suficientes para planear los atentados que lo hicieron famoso: los del S-11.
Con el asesinato de Benazir Butto en diciembre pasado, Pakistán se ha vuelto el mayor foco rojo del planeta. ¿Y por qué debería importarnos? Porque, con sus 30 mil madrasas (escuelas del Corán) y sus 500 mil talibán o estudiantes, es –sólo le compite, ahora, Irak– la más grande escuela de islamistas radicales del mundo. Porque es la primera frontera de Occidente en la lucha contra el terrorismo. Porque un Pakistán inestable significa el peor fracaso en la política exterior norteamericana (George W. Bush apuntaló al dictador, Pervez Musharraf, sólo porque servía a sus planes). Porque el país tiene armas nucleares y colinda con tres racimos de granadas: Afganistán, China e India. Porque allí se esconde, se dice, la inteligencia de Al Qaeda y por lo menos uno de los dos dirigentes de la organización: Osama, o su segundo, el doctor Ayman al Zawahiri.

Cuestión de semántica
El problema con la guerra contra el terrorismo, declarada por George W. Bush 12 horas exactas después del S-11, es definir “el triunfo”, como resume de manera brillante Philip H. Gordon en su libro Ganando la guerra correcta (Times Books, 2007). Durante el siglo xx, Estados Unidos ganó –cuando ganó, remember Vietnam– derrotando a sus enemigos en el campo de batalla o forzándolos a aceptar sus términos políticos. Dos ejemplos: la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Ciertamente “todas las guerras terminan”, recuerda Gordon. La afirmación está sobrada de profundidad, por más boba que parezca. Pero cuando estemos frente a “el triunfo”, ¿cómo se verá? Ahí está el detalle. Según Osama bin Laden y sus aliados, será cuando se establezca un califato que agrupe a los estados musulmanes, como Arabia en tiempos del Profeta Mahoma. Para Occidente, sin embargo, no hay una respuesta tan contundente: el fin de la guerra ¿implica que se ha vencido a todos los terroristas?, ¿que ha impuesto a los derrotados sus ideas religiosas, políticas y/o de gobierno?, ¿que se ganaron las mentes y el corazón –la aceptación– de los musulmanes?
Cualquiera de las tres opciones son un sueño idiota bajo las actuales condiciones. Digamos que la causa yihadista ha ganado aceptación, por los errores históricos de Occidente en la región y, específicamente, por las innumerables metidas de pata de la administración Bush en los últimos tiempos. Ni siquiera en Afganistán o en Irak, en donde Washington interviene directamente, se ven avances. No se ve claro cómo lograrán la extinción de la insurgencia, o la aceptación, o la imposición de sus ideas políticas.
Y en este escenario está, ahora, un Pakistán sin control, la escuela de célebres guerreros islamistas –sólo comparable con el Egipto que dio origen a Sayyid Qutb–, cuna de la yihad en los últimos 40 años.

Lección desde Chechenia
En los años 90, en Chechenia, un movimiento yihadista alimentado con muyahidines extranjeros de Al Qaeda pero mayoritariamente en manos de radicales locales, fue tomando fuerza por las inercias centrífugas de la retirada soviética de Afganistán y por la posterior desintegración de la URSS. Este grupo se oponía a Moscú, exigía independencia y el establecimiento de un estado islámico “en la tierra de los dos ríos”. El mundo recordará con horror por lo menos un episodio, el del primero de septiembre de 2004, cuando en Beslan, Georgia, un grupo terrorista tomó una escuela y dos días después se autoinmoló, provocando 335 muertos (156 de ellos niños), unos 200 desaparecidos y cientos de heridos.
El periodista Yossef Bodansky publicó hace unos meses La Guerra Chechena (Harper Collins, 2007), en el que hace un impresionante recuento de aquel conflicto. Concluye con que este frente olvidado producirá, en el futuro, nuevos dolores de cabeza a Occidente, con énfasis en Rusia y Estados Unidos. En los detalles, narra la manera contundente con la que el gobierno de Vladimir Putin hizo pedazos a los terroristas, con una combinación de alianzas locales, inteligencia militar y brutalidad. Entre el 10 y el 11 de julio de 2005, los cabecillas de este movimiento fueron despedazados por un po-tente explosivo detonado a control remoto. Y desde entonces, poco se ha sabido de esta jihad. Se supone que hay células terroristas dormidas. Pero muy dormidas, porque el golpe fue contundente.
Se entiende en el texto de Bodansky que en este caso fue posible exterminar a los líderes enemigos, y desconectar a los restantes de la red global de Al Qaeda y de otros grupos que les proveían equipo, explosivos, entrenamiento y gente. Sin embargo, aunque quisiera, Estados Unidos está imposibilitado para repetir la experiencia. Irak es hoy un semillero de terroristas; Afganistán sigue siendo un foco de resistencia. Y está Pakistán, en donde la descomposición alimenta no sólo a los osamas, sino también el sentimiento de rechazo de los civiles por Occidente y por sus fórmulas y sus tratos, que no garantizan bienestar, estabilidad, libertad.
Pakistán es la última frontera en la guerra contra el terrorismo. Pero cada vez es más parecida a las trincheras de la Primera Guerra Mundial, en donde se vivía una especie de “guerra fría” con cuerpos putrefactos y francotiradores: ni para adelante, ni para atrás… Aunque después del asesinato de Butto y la posposición de las elecciones, muchos creen que Occidente ha perdido allí una guerra por adelantado. Aunque todavía no lo sepa, o lo reconozca.

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