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Sep

Recortes de Afganistán

Afganistán me atrae desde hace años. Jamás he ido y ahora dudo que la vida me permita, en el corto plazo, pisar esa región del mundo a la que la dinastía mongola Khan no pudo domar, aunque dejara la huella de su paso allí (sobre todo en el norte y en las provincias colindantes con Irán, la antigua Persia). Seguí, desde los periódicos en los que trabajaba, la guerra civil que precedió a la invasión soviética; luego los Estudiantes del Corán tomaron Kandahar y me prendió la idea de que, en pleno siglo XX, una turba de fanáticos guiados por un misterioso muyahidín tuerto, el Muláh Omar, pretendiera imponer un gobierno que aplicara la ley coránica como en los años en los que el profeta Mahoma cabalgaba por las cercanías de Medina y La Mecca. Con la creciente relevancia de los hermanos incómodos, los internacionalistas de Al Qaeda, decidí leer a Sayyid Qutb (1906-1966) y otros ideólogos del islamismo revivido, como Hasan al-Banna (1906-1949), el Ayatolah Ruhollah Jomeini (1902-1989) o Jamal ad-Din al-Afghani (1838-1897), fundamentales para entender el ánimo que inspira a la mayoría de los movimientos yihadistas contemporáneos.
Afganistán me apasiona y me parece inaudito pensar que esos guerreros barbudos han alterado el rumbo de la historia del siglo XXI.
Escribí en 2003 los siguientes relatos breves. Toman datos reales y construyen sueños y pesadillas. Me permiten, desde acá, imaginarme (sin conocer) momentos y espacios de allá.

1 He escuchado que Osama no usa reloj para que los satélites y los aviones espías no lo encuentren. Yo no puedo abandonar este corazón estruendoso, y por lo tanto espero a que, de un momento a otro, caigan las bombas.

2 Sucede en las provincias de Paktia y Paktika que, en últimas fechas, inexplicables temblores de tierra ponen en alerta a los de por sí asustados pashtunes. Los estadounidenses han aflojado la actividad militar en la zona y Tora Bora, se dice, quedó libre de terroristas y malnacidos. No hay explicación lógica, pues, para este fenómeno que se sucede en estos días, aunque yo me niego a aceptar que tus pezones existen nada más porque sí, y que no trascienda nuestra excitación hasta el subsuelo cuando los muevo, con cariño, a manera de botones de radiotransmisor.

3 Me he atrincherado para no entregar las armas. El paso de tus acorazados habrá de aniquilarme, y lo sé: no hay guarida que resista tus ojos de mortero.

4 Los aviones vieron abajo un puntito rosado que era un camello. Creyeron que éramos nosotros. Yo les hice señas desde el otro lado del planeta para que nos alcanzaran, para que nos hicieran pedazos. Pero no: la tragedia huye de los que más la necesitan.

5 Voy de tu Kunduz a tu Kandahar sin prisa pero alertado. Recorro los caminos naturales de tu piel y espanto a los ladrones nocturnos con besos que hago estallar, sin concesiones, en cada centímetro de tu perímetro. Dosdum, Ismail, Omar y otros espíritus chocarreros intentan espantarte de mi lado, y yo, guerrero de tu Jirga, los combato con el arma que no requiere sino un solo disparo: el desamor. Recorro desnudo tu Nimruz y me entrego a tu Herat, y justo en la frontera de tu Khost admiro el tamaño de tu bondad, enorme, porque has dejado pasar a tantos de tan mala fama, y a tantos de tan escaso corazón.

6 He dejado que me crezca la barba porque me lo has pedido; he permitido que la uses como camita y como mechero de quinqué. Me he vuelto una montaña de burka azul, y en mi manto de tierra y cielo corren nubes y ríos y nacen amapolas. Peshawar se ve a lo lejos; adivino tus intenciones.

7 Chaman, sí, Chaman. Y luego Queta. Y de allí, en tren a Zhob. Yo diré adiós. Tu sacarás tímida la mano de tu burka, pero no saldrás de ella porque en esa tienda de campaña azul (que es tu prisión) hemos construido un hogar sin mis sartenes, y sin arroz.

8 Vamos a volarnos un Buda, mi amor. Vamos haciéndolo pedazos. Que sea tan grande como una montaña y necesite mil kilos de dinamita. Y luego, cuando todos se volteen, tomamos los pedazos de piedra y construimos un templo en tu corazón dedicado sólo a mí. Anda, di que sí. Anda, ven.

9 ¿Escuchas cómo suenan las bombas ilegales? Si no fuera por los muertos diría que son trombones de esta orquesta en la que quisimos estar.

10 Voy trenzando historias tristes, las que más me duelen, para recurrir a ellas en las noches y ponerme a llorar por todas las razones, menos por ti. Escojo las que hablan del mundo, porque entiendo que ya no estás en él. Tomo Kabul, Mazar-e-Sharif, Herat. Tomo Kandahar. Yo, como Omar, veo hacia atrás y me arrepiento de las cosas que hice y quisiera hacer más. Soy Talib sin estudiar el Corán. Soy miliciano de cualquier culto —me repito, me grito, me digo— menos el tuyo.

11 Corramos, volemos, saquemos fuerza para cruzar el Hindu Kush. Detrás de una montaña estaremos a salvo. En las cuevas de tu corazón quiero esconder el mío.

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Esta entrada fue publicada el Lunes, Septiembre 18th, 2006 a las 4:44 pm y archivada en POSTS. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0 feed.

comentarios

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  1. Agosto 11th, 2010 | judith dice:

    ya tengo casi tres horas leyendote y no acabo ..busco ybusco y encuentro ..

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