Algunas razones para no morirse joven

09/18/06 10:09 PM por Alejandro Páez Varela

Robé la idea de Cabrera Infante: me apasionan las listas.
1. La lista
2. del
3. súper,
por ejemplo.
O,
1. la lista
2. de razones
3. para
4. no morirse
5. joven.
También está
1. la lista
2. de menús
4. robados
5. en restaurantes.
Hago listas de personas, de recibos por pagar, de planes de trabajo, de rutas al aeropuerto o de restaurantes baratos, caros y medio caros. En primaria aprendí varias listas de asistencia; unas seis, seguro; algunas las recuerdo. Pero me gradué de panzazo –con 7.2– y no es raro que olvide lo que dije diez minutos antes. Es claro, pues, que soy estúpido y obsesivo: ¿por qué me aprendo solamente lo que no sirve (sabiduría chatarra, diría Cri)?
Este texto, por citar, es producto de una lista. Estaba marcado como pendiente en un apunte que hice en cierta borrachera con Fadanelli. “1. Texto Moho*”. (Cuando lo leí, a la mañana siguiente, recordé con bochorno que yo mismo me invité a escribir). (Se llama abuso: aproveché la parranda del editor, Guillermo, y lo convencí para que me dejara publicar algo).
Y, bueno, tengo lista personal. La íntima. Mi propio top-ten de asuntos complicados y pendejadas pendientes. Están en calidad de ser resueltos, pero unos tienen dos o diez años. Hasta más. Un tema pueden subir al número uno de manera vertiginosa, o de plano jamás haberlo escalado. Nada más porque sí, un recibo de teléfono vencido es asunto más importante –según esta lógica ilógica– que darle un poco de coherencia a los días de mi vida. Caprichos del que cocina: ir por especias al súper es siempre candidata a escalar en el primer lugar de mi lista de prioridades.
Últimamente (ay, será la edad) escaló a los primeros lugares de mi lista un asunto recurrente: morir o seguir viviendo. No hablo de suicidio, para nada. Es algo más egoísta: es decidir entre si mantienes la vida que llevas –“y asumes las consecuencias”, como diría cualquier mamá–, o te haces un check-up, te metes cuanto antes a la yoga y vives largo.

Debo decir que soy un tipo aburrido, y hace rato saqué una conclusión: vale la pena seguir viviendo. Enumero, ahora, los argumentos:
1. Si te mueres joven, no podrás comprobar que, efectivamente, en tu larga vida jamás dedicaste un concierto a mamá y papá, sentados en primera fila de Bellas Artes.
2. No te enterarás, si mueres antes, que los medios no dieron cuenta, en sus páginas y pantallas, de una vida exitosa. Ni sucederá que, en tu lecho de muerte, pronunciarás una frase final a tus alumnos, y a partir de ella se encontrarán las llaves del amor, la paz, la igualdad.
3. Te perderás el triste espectáculo de presenciar tu propia vida de adulto al desnudo, y aquí es literal: la panza, la rabia, las canas.
4. Si te mueres joven, no serás el clásico patético-arrepentido, que a los 60 o 70 llama “mierda” a la vida a sabiendas de que usa un cliché.
5. Te perderás horas y horas frente a la computadora, malbaratando el tiempo, haciéndote chaquetas, jurando que vas a irte a dormir ya, que vas a recomponer tu vida y que siempre es buen momento para comenzar otra vez.
6. Si te mueres joven, no estarás para la angustia que te queda por delante: el jabón, el hígado, la impresora, el ataúd, mamá y papá, tu esposa, los hijos de los hijos, tenerlos o no, fidelidad, melancolía, If de Pink Floyd, el chelo, “pase usted”, Marlboro, el dinero, las vacaciones-para-salvar-tu-matrimonio, la reconciliación y el odio, las facturas, las fracturas, el cariño, el refri, la oficina, el alcohol, “cilantro sobre arroz con tinta de calamar, por favor”, las navidades y los cumpleaños, Telmex, el amor a escondidas, estos precios no incluyen el 5% de impuesto suntuario.
7. Te perderás las aburridas vidas de los todos los que, aunque no quieras, ocupan tu tiempo en la oficina, en el edificio, en los taxis y los bares, en los periódicos y las revistas, “los jueves viene la basura” (y los empleados de la cafetería atienden cuando quieren), los asaltantes andan sueltos, chicharrón chino con cama de cebollas fritas, las elecciones, las meseras del Vips usan zapatos de enfermera.
8. Si mueres joven, no te enterarás, de primera mano, cómo las visitas van escaseando, y ahora nadie pasa por la casa, y el camino a la vinatería es largo y refunfuñas, y te vienen recuerdos de mujer, y te castiga en la frente la melancolía, y tienes erecciones justo cuando no hay nadie a tu lado, y te alegras de poder masturbarte, y te pellizcas la piel, desesperado, y le gritas a los vendedores de vajillas, y le robas la comida al gato.
9. No podrás mentir y echarlo todo a perder: mentir en tu trabajo, a tus amigos, en casa de mamá, a la que amas, en el banco, para sacar un seguro de auto, para vender como bueno lo despostillado, lo arrugadito, lo bien podrido (y, claro, en la oferta estás tu). No podrás engañarlos con tu pretendido éxito que no es nada sino blof, porque para eso sí eres bueno, para el blof, y blofeas a los que se dejan y a los que no, también; y luego lo niegas todo, papitas cambray, abanico de aguacate y pechuga de pato bien jugosa y en porción doble.
10. Te perderás hasta el remordimiento: no hiciste un hogar (ni galletas turcas con pimienta), dañaste a los que estaban cerca de ti y fuiste un bocasuelta, torturaste, quemaste con tu foco azul moscas y mariposas, secaste al sol chiles para molértelos en los ojos, blasfemaste para iniciar plática, te sacaste la verga para no dejarla tras la cremallera, bajaste medias y calcetas, aprendiste a cocinar para guisarte a alguien, pagaste las cuentas porque el borracho que se siente solo eres tu.
11. Si decides morirte antes, no podrás argumentar que huevos, huevos-huevos los tienen los maduros –con compromisos, con hijos y mujer, casa e hipoteca, gatos y oficina– porque se mantienen vivos para exhibir su vergüenza.
12. Ríndete pronto y te perderás esta escena: eres tú en el baño de tu casa, cagando, y por dentro tarareas a Juan Gabriel (“tú estás siempre en mi mente, siempre tú, tú, tú a cada instante”), y piensas en cómo evitar la cama que te espera y salirte por una rendija, o en cómo despedirte y desenamorarte, rápido, frío, sin arrepentirte, para pasar a la siguiente etapa donde serás un vagabundo que vive de trabajos aquí y allá, leves, sin mucha bronca, en busca de sexo de una ciudad a la otra, sin amor, frío, rápido, y a veces enviando algunas cartas, frío, sin horario, rápido, con tanto alcohol como sea necesario. Pera nada de esto pasará y lo sabes, y te duermes o te haces una chaqueta, otra, ahora sólo por tristeza, ahora básicamente por melancolía. La quinta chaqueta de la noche: unas en la silla, otras en el baño y con la luz prendida, arrachera marinada, salsa y tortillas.

ASPIRANTE DE SAUCIER
En la vida que viene, si humano, seré saucier (si hay vida-que-viene). Creo que las salsas son el alma expuesta –espesa o ligera– de las comidas y las personas: mango con alcaparras; aceites y ajos; soyas con cebollas; yogurt con toque de yerbabuena; chiles y granos; jugos de pato con albahaca, nueces y frutas cristalizadas.
Son tan nobles, las salsas, que se prestan a propósitos y despropósitos. En las manos correctas, una salsa es otra manera de entrar a un plato: el balance preciso, el sabor que sobrevive. Pero en un uso menos pulcro, sirve para ocultar la culpa, para vender el engaño.
Algunos llevamos salsa de queso espesada con maicena –para ocultar el magro filete del fondo– y otros, baño diluido de miel, o marinado ligero, o espera-en-las-hierbas-de-olor (“detona, libera el sabor del corazón en el plato”, hijo).
En mi afán por las listas, está el de las salsas. Pero la consideraré un secreto profesional. Revelaré, a cambio, que soy de los que creen que todos, sin excepción, vamos por el mundo con salseros y cucharones, cubriendo a los demás y a nosotros mismos de sabores y olores que dependen de la ocasión. Uno decide, antes de salir de casa, si usa vinagreta para una cena, o encacahuatado para una reunión de amigos. El tamarindo es bueno lo mismo para las verduras que para los patanes, y una cama de aceite de olivo y ajos va con carpaccios y con mujeres de ojos claros. Un mole basado en el chocolate puede ayudar cuando hay mucha gente, y la sal, como va, si se busca la soledad. Me gusta reposar –pero no mucho– el clavo en una salsa de piloncillo; una toque de sal está bien si hay amor, y disolver una porción breve de requesón seco puede ser útil para decir adiós esa misma tarde.
La mantequilla y el queso parmesano son útiles en noches de desenfreno, y el zumo de limón sobre frutas que serán servidas algo frías –a manera de postre– dice mucho: me interesas, me gustas, hagamos algo más que desearnos: siéntate en mis piernas para que te huela el cuello, te toque los senos y te cuente una historia breve mientras hacemos el esfuerzo por terminar juntos.
Todos tenemos nuestra lista de salsas. Lo inherente en ellas no es la hipocresía, pero las salsas, decía antes, se prestan para ello. Y pobres, porque si al pato le faltó tiempo o el casón del pan está seco, la culpa es de ellas (las salsas), tan inocentes, tan fuera de la jugada que dan lástima. Pero –y aquí no hay manera de evitarlo–, el saucier es, al final, el gran culpable.
Yo, que cargo con las culpas del mundo, lo digo: en otra vida seré saucier. Aprendo desde ahora.

***
Me gustan las listas.
1. La lista
2. de razones
3. para
4. no morirse
5. joven,
por ejemplo.
Y muchas más.
Será que en el fondo uno sabe que es parte de otras listas, ajenas e irrenunciables. Alguien lleva, lo sabemos, la lista de los vivos; cuando pienso en ella me siento desprotegido y poco preparado (de eso se trata ser viejo, me digo), y entonces me pongo a hacer listas como enfermo para no pensar más, para olvidar, para evitar concluir que cierto día, eventualmente, pasaré al primer lugar de la lista que menos importa (pero cómo jode): la de los muertos.

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[…] Ya llegarán, también, los muertos 09/18/06 10:44 PM por Alejandro Páez Varela Esta tarde subí dos textos que escribí más o menos en la misma época. Abajo los encontrará, si quiere. Algunas razones para no morirse joven fue publicado por Guillermo Fadanelli en Moho; el segundo, Recortes de Afganistán, por Rogelio Villarreal en Replicante. Ahora que me he dado a la tarea de buscar, sin obsesiones, algunos de los textos que he escrito en estos años (ay, que no llevo archivo), me ha sucedido lo que pensé que sólo pasaba con los libros viejos: me da alergia. Abro un documento de word y me salen ronchas en la piel y se me dificulta la respiración. Serán (son) los recuerdos, polvo de tiempos irrecuperables, ácaros abusivos. Por estos dos textos recordé a Fadanelli y a Rogelio en otra época, cuando nos veíamos una, dos veces por semana. A Guillermo lo sigo viendo, aunque no tan seguido; a Roger lo dejé de ver. No pasa nada. Nada. No quiero decir nada. Sólo sumo y resto: Guillermo se irá para Alemania, Ari Volovich anda en Israel, Rogelio está en Guadalajara, Mauricio Montiel se salió de La Condesa, Javier Garciagaliano viene poco por los rumbos, Mauricio Carrera anda en lo suyo. La lista sigue y es larga. El caso es que ahora nos vemos poco todos juntos, o por separado. El hígado estará contento. Yo no. El caso es que uno (“uno el de mi mamá”, diría Fernanda Solórzano) siempre se está yendo hacia alguna parte. O los amigos. Y lo que falta: ya llegarán, también, los muertos. […]

alejandro páez varela » Blog Archive » Ya llegarán, también, los muertos / Septiembre 18th, 2006, 10:44 pm / #

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