18
Ago

ALBÓNDIGAS DE ODIO EN LA CONDESA

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Doña A., que en todo está menos en misa -como dice mamá-, me contó hace un par de días cinco o seis historias atropelladas sobre perros y vecinos del barrio La Condesa, en el que vivimos. No registré la mayoría, y seguramente ella tampoco; pero las que recuerdo son, de tan obscenas, inverosímiles. Que un hombre llamó a un niño y a su perro y les entregó un filete que se veía muy bueno a pesar de que estaba envenenado. Que ya se supo que el agua del estanque de los patos tiene cianuro. Que soltaron ratas ponzoñosas que acabarán con la población canina. Me lo contó mientras golpeaba mi vajilla (¿cómo le hace para que se escuchen tantos fregazos entre trasto y trasto?), desnucaba mis figurillas y desacomodaba mis muebles.
“Usted no les crea”, le dije, pretendiendo que atendiera mis platos, que los tiene tan despostillados como cerámica griega de hace 20 o 30 siglos. Pero la locomotora de la señora no se detiene tan fácilmente. Siguió, y siguió, y siguió, porque además vive en el mismo barrio, muy cerca de mi casa, y sus hijos crecieron allí y, es cierto, tiene el pulso de La Condesa como no lo tenemos nadie. “Usted nada más no suelte a los perros. Sáquelos con correa”, agregué.
Lo que sí me consta, porque tuve acceso a un volante que circuló por Internet, es que una mentada “junta de vecinos” decidió cocinar “albóndigas de exterminio” que regará o regó en los parques (España, México) para matar a los perros que no merecen vivir, según su criterio: los que andan por la libre, sin correa; los que no tienen dueños que vean por ellos. Los callejeros. Sólo porque son feos, cagan en donde los alcanzan las ganas y se bañan libremente (desdichados) en sus hermosas fuentes. “Albóndigas de exterminio”. Nombre de pésimo gusto para un barrio en el que convivimos norteños, sureños, judíos, árabes, argentinos, chilenos, chilangos y otros grupos con experiencias terribles en eso, en exterminio. Si se dan a la tarea de buscar un nombre que condense el odio del mundo, no lo logran: “Albóndigas de exterminio”. Pocos guisados como las albóndigas saben a mamá, a hogar, ¿cómo agregarles “de extermino” sin remordimiento?
Yo tuve dos gatas. Desde chiquitas se acostumbraron a vivir dentro de casa y aunque la calle les daba mucha curiosidad, abrían los ojos con asombro y susto si las acercábamos al infierno exterior. Gala era más vaga y algunas veces, contadas, se escapó; Camila era una anciana desde que cumplió un mes. Pero los gatos, por naturaleza, son de la calle. Aún si tienen en casa cobijo y alimento, husmean aquí y allá en busca de bocadillos podridos que les sabrán a gloria; huesos, insectos, zacate y cochinadas que sólo las secretarías de Salud y de Educación de México aprobarían para nuestros hijos. E igualitos son los perros. Y las ratas, y las cucarachas y el resto de la fauna de la ciudad. Garantizo el éxito, entonces, de las “albóndigas de exterminio”.
No siempre me gustó La Condesa. Mucho menos pensé que viviría allí. Por necesidad llegué y hoy me siento privilegiado porque estoy en la periferia y no en el mero corazón. Con los años he entendido la magia del barrio: la tolerancia. Somos muchos extranjeros en un pequeño espacio, y en esa breve torre de Babel hemos aprendido a entonar una misma lengua, hasta que no aparecen estas expresiones de odio. Entiendo que los vecinos se quejen de los restaurantes, los bares y los males paralelos, empezando con los malditos valet-parkings y siguiendo con los franeleros. Entiendo que rabien porque los entrenadores de perros ya se apoderaron de las banquetas y no pagan, seguramente, un peso en impuestos. Pero nunca justificaré que les cocinen “albóndigas de exterminio” (por más que jodan) porque la siguiente horneada de guisos de la intolerancia irá contra protestantes, judíos, católicos, budistas o musulmanes, flacos, gordos, viejos, niños, escritores, mal vestidos, artistas, timoratos o quienes sean minoría.
Yo vivo con mis dos perros. Si se cagan en la banqueta, cargo con bolsas; nunca corren tras los niños del barrio y aunque se me antojara que mordieran a dos o tres vecinos malaleche, no lo harán. Hago cuanto puedo para que no ladren a pesar de que está en su naturaleza, y si voy a los restaurantes abiertos con ellos, cargo sus correas. En el parque México hay dos perros callejeros que meten sustos a mis amigos y muerden la mano de quien no les da de comer, pero que tienen el mismo o más derechos que los míos: allí llevan 10 años. Pues pronto, gracias a las “albóndigas de exterminio”, habrán muerto.
Si eso pasa, si matan a esos dos malnacidos, huiré de mí: Caín lleva en la sangre irse contra Abel. Mejor me refugiaré en casa a rumiar el tamaño de la desgracia. No levantaré un dedo. No prepararé paletas de raticida para los niños de la cuadra. No la haré de cocinero para escupir sus platillos. Sin embargo daré por muerta el alma de un barrio que me ha dado cobijo durante una década.
Nada más que quede constancia: en un país que se desangra, sometido a la desgracia, a la vergüenza y a la intolerancia, un grupo de vecinos se da el lujo de echar a perder lo bueno: se lanza contra el de al lado y cocina albóndigas de odio para mancharse las manos de sangre y para acabar -porque no pueden resistirlo como es- con uno de los mejores espacios para que por lo menos los perros hagan (qué envidia) lo que ni siquiera yo pude hacer de niño: meterme a nadar a las fuentes, ladrarle a las nubes, exponer la panza al sol, celebrar la vida.

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Esta entrada fue publicada el Miércoles, Agosto 18th, 2010 a las 12:34 am y archivada en POSTS. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0 feed.

comentarios

4
  1. Agosto 18th, 2010 | angel portillo dice:

    Que mal plan! además que se detengan a pensar tantito en la calle también hay niños que no han comido nada en una semana imaginate que se encuentren una albóndiga con olor a rico y guisada en veneno :S

  2. Agosto 19th, 2010 | Itzahuary dice:

    Me gusta que le pongas letras a lo que muchos pensamos.
    GRACIAS

  3. Agosto 22nd, 2010 | Mónica Bautista Martínez dice:

    Me conmueven tus palabras,vivo en el Edo. Mex. y acá también padecemos de lo mismo, a nombre de Río mi perro – nombrado como el personaje de Brando- a quien resguardo de cualquier posible día de furia, y me dá un asco saber que existan tales infrabestias como tus vecinos ,pero bueno que decir después del enfermo que mató a un perro en Nayarit ó del que quemó vivo a un gato y subío su pendejez a la red para que la viéramos, pobre México, sin cultura,sin espíritu, sin amor a los niños viejos y animales….

  4. Febrero 9th, 2011 | Hopydalmspasp dice:

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