CLANDESTINOS Y CON RABIA

07/18/04 1:37 PM por Alejandro Páez Varela

Tomaron el camino del norte, por las cordilleras montañosas que bordean el Mar Rojo. Salieron de Sa’dah en mulas, en camellos y a pie. La escasa información permite suponer que eran decenas de niños, adolescentes y adultos. Seguían a su maestro, Hussein al-Houthi, religioso de la minoría shiita en Yemen, país mayoritariamente sunnita como su vecino, el rico y poderoso Saudiarabia.
Se levantaron en armas a causa del decreto que proscribe, desde finales de junio pasado, las escuelas del Corán que no cuenten con registro del gobierno. En un país de estructura tribal desde hace miles de años, muchos clérigos musulmanes protestaron, pero fue Al-Houthi quien llevó su descontento a la rebelión armada.
Hay poco por agregar. La información oficial y las escasas notas –aparecidas principalmente en medios árabes– hablan de 186 muertos hasta que este texto fue terminado. Cuando los rebeldes huyeron, el ejército yemení, apoyado con policías locales, armamento pesado y bombarderos, los persiguió para doblegarlos. Al no lo-grarlo a pesar de la carnicería, en los primeros días del presente mes se iniciaron los diálogos. El gobierno de Sanaa (la capital) exigía su “rendición incondicional”; la respuesta fue “no”. Los combates en las montañas se reanudaron. Muchos creen hoy que los insurgentes han sido eliminados, o que se reagrupan más al norte, cerca de Arabia Saudita –por el puerto de Jizán–, o que huyen hacia Najrán, frontera de uno de los más crueles desiertos del planeta.
Hussein al-Houthi es acusado de predicar el odio contra Estados Unidos e Israel y de dirigir Juventud Creyente, una organización supuestamente radical en un país que en el pasado refugió a Osama Bin Laden y a cientos de fanáticos (muchos de ellos de la Jihad Islámica, que dirigió el segundo de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, antes de esconderse –hasta hoy– en Afganistán). Yemen, país en donde Al Qaeda efectuó exitosamente el ataque al armado uss Cole un 19 de octubre de 2000, causando la muerte de 17 marineros estadunidenses. Yemen, que se unió a la coalición de George W. Bush “contra el terrorismo” y que se vio presionado para enjuiciar a cientos de milicianos islámicos, algunos, se dijo, ligados al “terrorista retirado” Sayid Imam al-Sharif, en manos de Egipto desde abril pasado.
Al-Houthi fue presionado por una ley que demanda Estados Unidos a sus aliados. El religioso se rebeló. Tomó sus cosas y se fue a la montaña. Combatió. Rechazó la rendición. Arrastró a decenas de alumnos armados con él y, después de muchos muertos, habría logrado escapar. No se sabe que esté muerto. Se movería de noche para no ser detectado. Descansaría de día en cavernas, como lo hicieron durante miles de años sus antepasados nómadas; como Osama Bin Laden y el doctor Ayman al-Zawahiri en Paktia y Paktika, provincias pashtunes de Afganistán, en la frontera con Pakistán.

Noticias de Irak
Contra lo que se quiera vender, la insurgencia en Irak (y en Afganistán) crece y sorprende a diario. Da muestras de alta coordinación y letalidad. Mantiene el apoyo popular sin mover un dedo: los excesos de los halcones –los depredadores que gobiernan desde Washington– son suficiente combustible para avivar el odio, las armas y las complicidades a lo largo y ancho del mundo árabe. Tortura en los campos militares de concentración (Guantánamo o Abu Ghraib); voracidad del gabinete del terror; una permanente violación a los derechos humanos y a los tratados internacionales; mentiras y discurso maloliente: ¿qué más pueden pedir los muchos enojados con Bush (nacionalistas, islamistas, extremistas, talibán o exbaathistas, shiitas o sunitas, milicianos, indignados, terroristas, todos adheridos por el pegamento del antiamericanismo)?
En mayo, junio y julio de 2003, no hubo un solo muerto por atentados suicidas en Irak; en junio de 2004 sumaron 194. En mayo de 2003 murieron 37 soldados de Estados Unidos en ese país; en el mismo mes de 2004 fueron 88. Desde que Bush declaró “misión cumplida”, ha habido casi 100 bombazos suicidas, con más de mil muertos. Los 138 mil soldados de Estados Unidos, los 23 mil de los aliados y los 230 mil del ejército iraquí no han podido controlar las 19 ciudades que reportan insurgencia con bombazos (de Mosul a Basora, pasando por Kirkut y Bagdad, por supuesto). Ahora, 5 mil 600 soldados de la reserva en activo de Estados Unidos van de regreso a las zonas en conflicto; la otan afianzará su presencia militar en Afganistán y países como Corea del Sur apoyan, con miles de infantería, la ocupación en Irak. La guerra parece estar empezando. La sangre no ha sido suficiente.
Por su corta inteligencia, y con la voluntariosa asesoría de su equipo de interesados, Bush pisoteó el nido de las serpientes y ahora no sabe en dónde están. Acechan, seguro, pero hoy se desconoce su paradero. Como Osama y Al-Zawahiri en Afganistán; como Muqtada al-Sadr y su Ejército de Mehdi con cabeza en Falulla; como el sanguinario Abu Musab al Zarqawi en Irak; como Hussein al-Houthi y su minúsculo ejército de jóvenes en Yemen, que han pasado a la clandestinidad por la persecución; o como muchos otros más.
La insurgencia no se detiene y las culpas se acumulan: más de 11 mil civiles inocentes muertos pesan sobre el alma de invasores y radicales; la producción de petróleo se reanuda un día y al otro se vuelve a caer por los atentados; los servicios públicos no se restablecen plenamente ni en Bagdad; el dinar se devalúa a diario; el desempleo supera 30 por ciento. Sólo 2 por ciento de los iraquíes ve a los invasores como “liberadores”, según las encuestas.
Por fortuna, Bush no es Estados Unidos y su popularidad en casa bajó de 76 por ciento de aceptación en marzo de 2003 a 46 por ciento en junio de 2004 (promedio de The Independent sobre las encuestas públicas).
Pero esto no termina hasta que no se acaba, dicen los clásicos. Para bien y para mal.

Los privados
Somos testigos de una guerra inédita, una guerra de privados. El gabinete empresarial de Bush y Cheney fue movido por intereses privados cuando declaró la guerra a Sadam Husein; se reactivó la enorme industria armamentista, privada y nacional, con los ejercicios militares en Afganistán e Irak; se contrataron decenas de miles de paramilitares de empresas estadunidenses para la traumatizante posguerra; se compensó a los países agachados con contratos para que sus privados ganaran con los negocios de explotación de energéticos o de reconstrucción; se cuidan las instalaciones petroleras con los mercenarios contratados, esos mismos civiles/ paramilitares que han participado de prácticas de tortura y degradación en las cárceles de las afueras de Kabul o en Abu Ghraib o en cualquiera de las muchas que se sembraron en desacato al progreso humano.
Los cuatro años de Bush dejarán un enorme daño en las estructuras del mundo. En cuatro años se desunieron y alteraron los equilibrios ganados por ese mentado progreso a favor de la razón. Y mucho de ello lo pagan y pagarán los inocentes.
Ha pasado poco más de un año desde que la guerra oficialmente terminó en Irak, pero, con sus miles de soldados, sus cientos de tanques y sus tecnologías de punta, los estadunidenses no pueden todavía abrir el aeropuerto de Bagdad. Ha pasado poco más de un año y los estadunidenses no han podido armar un cuerpo interno de seguridad: la mitad de la Defensa Civil en todo Irak renunció por negarse a disparar a los suyos; en Karbala se desintegró por completo, y en Falulla, los entrenados por Estados Unidos se negaron a subirse a los helicópteros artillados.
Ha pasado más de un año y pasarán posiblemente décadas antes de que un turista se atreva a pisar Basora, tierra supuestamente liberada por las fuerzas de ocupación que, en cuanto se salen de sus trincheras y sus puntos de revisión, son asesinados por el primero.
Privada de la razón, la administración Bush cometió deliberadamente crímenes en tierras musulmanas y manchó de sangre las manos de miles de estadunidenses honestos que en noviembre próximo, para su fortuna, podrán darle la oportunidad, a él y a sus halcones, de retirarse a casa antes de que este mundo, peor hoy que antes del 11 de septiembre, se les deshaga en las manos.
Podrán decirle adiós a Bush y a los de su calaña, antes de que la estupidez siga enviando a más radicales hacia las montañas –como Hussein al-Houthi y su pequeño ejército yemení–, en donde pasarán sus días repensando una sola pregunta: ¿cómo le hacemos daño a Estados Unidos?

18 JULIO 2004

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