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Alejandro Páez Varela

El mundo se va a acabar

NIÑOS PIONEROS EN ZONA DE GUERRA

Diciembre16

/// ESE OTRO QUE SOY YO/// PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Eran los años 70 y nos enseñaban otras letras. Canciones de guerra para niños pioneros estacionados en la frontera norte de la patria: “¡No permitamos a ningún invasor! ¡Listos combatir! [...]” “Mi vida te daré por defender la libertad [...]” “Porque uso de lado el sombrero vaquero y fajo pistola y chamarra de cuero, y porque acostumbro cigarro de hoja y anudo en el cuello mi mascada roja, me creen otra cosa [...]”. Esas eran nuestras canciones de primaria. Los días de festival me ponían un pañuelo rojo en el cuello. Dos veces llevé sombrero. Éramos reservas de una nueva División del Norte. Querían que tuviéramos claro de qué lado estábamos. Que no nos rindiéramos, llegada la hora. Ciudad Juárez sería la puerta de entrada, y su derrota: no pasarán.
Calles polveadas. Sol jodido y 38 grados como bloques de cemento, como onzas de mercurio hirviendo sobre los antebrazos, el cuello. En la esquina, Pachucos Termo, Harpy’s 13. No había cholos aún. Todos conocían a un enganchado en la heroína en el barrio Niños Héroes, en La Chaveña, en La Termoeléctrica. Los muchachos de camisa blanca, pantalones bombachos subidos hasta la boca del estómago, tirantes y zapatos Thom McCann se drogaban en la esquina. Nosotros íbamos a la escuela y cantábamos de balas y orgullo nacional porque el peligro, nos dijeron, vendría del norte. Cantábamos a la guerra con el mismo piano destartalado que los niños del sur, del centro; con la misma maestra de canto, con el mismo juramento, con la misma Bandera Nacional que de martes a domingo dormía en una vitrina que estaba en la dirección y que me recordaba (y creo que olía a) un Cristo tristísimo y violentado que reposaba en una caja de cristal la única vez que entré a una iglesia católica en mi infancia.
Diferente letra. “Yo fui uno de aquellos dorados de Villa, de los que no damos valor a la vida, de los que a la guerra llevamos valor, de los que morimos amando y cantando: yo soy de este bando […]”. Tenía seis años y ganas de pelear. Del patio de mi casa se veía Texas. La Montaña Franklin, pelona y azul; en las laderas, un ejército en entrenamiento constante se escondía en el Fuerte Bliss.
Pensé que viviría para verlos llegar, en tanques, prepotentes como los agentes de migración en el Puente Libre, en el Lerdo. Los imaginaba haciendo guardia bajo nuestro arbotante, junto a la cancha de básquet, armados con fusiles de asalto y uniformes color arena como los que usaban para venir a Ciudad Juárez a drogarse, a acostarse con las muchachas de la avenida Mariscal, a aullar en las calles, borrachos; a agarrarle las nalgas a las juarenses, carne gratis de una ciudad-colonia. Los imaginaba a un lado de la puerta de mi recámara, si no los conteníamos. O vigilando nuestros platos, racionándonos el agua o las tortillas de harina.
Yo salvé a mis padres de las garras de los güeros. Fue en un sueño. “¡Pinches gringooos!”, grité. Les daba de bayonetazos. Cómo los odiaba. Mis padres lloraron a su hijo-héroe, en el sueño. Niño héroe: qué buen fin para un niño pionero.
La familia terminó llevándose sus chivas para el otro lado, años después. Huimos de la violencia en Ciudad Juárez, de su economía destruida. Adiós, Chihuahua, dijeron. Adiós a los muertos. Deberán esperar en Parral, en Santa Bárbara, en la capital y en Juárez. Ahora nos decimos “habitantes de un país de en medio” para maquillar la vergüenza. Que Juárez y El Paso son y fueron siempre una misma cosa. Épale, pues: Aquello y esto son dos cosas distintas, pelao: Chihuahua es cosa grande y seria. Nomás que ya no se puede vivir allí.
Los soldados que invadieron Juárez no son gringos, sino mexicanos. El peligro para nuestros barrios fermentaba allí, en su núcleo, y no más al norte. La mentada invasión norteamericana se firmó en público: Un Tratado de Libre Comercio de primer mundo, y de tercer mundo, un trato de esclavitud para los trabajadores mexicanos. Nunca brincaron para este lado, para Juárez. Yo, en su lugar, no lo haría. Pero nosotros sí los invadimos a ellos, a los gringos. Y los federales a nosotros.
“…De los que morimos amando y cantando: yo soy de este bando”, gritaba el niño pionero, con pañuelo rojo y mirando la bandera ondear entre el agua de las lágrimas de emocionado. (He sido un chillón como usted, madre).
Eran los años 70. Canciones de guerra para niños pioneros. Qué equivocados estábamos.
La vida, me digo ahora, son toneladas de malentendidos.

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    • Israel Fuentes: Hola Alejandro. Primero que nada quiero felicitarte por la forma en que escribes, me gusta mucho tu...
    • leonela Aguilar: quisiera escribir asi, de verdad anhelo mucho porder escribir algo que a MUCHA gente le...
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