Jul
QUERIDO AMIGO PULPO PAUL
Y finalmente terminó el Mundial. Otro. Vi, o intenté mantenerme atento a dos juegos y fracción, en promedio. Es el Mundial al que más tiempo le he dedicado y, ¿saben qué?, estoy pagando los costos. Mis amigos creen que he pasado de ser un apóstata a un mistagogo por las pocas veces que puse atención, interrumpí, pregunté, mostré interés y pegué de gritos ante el riesgo de que se anotara gol a cualquiera de los equipos. Ni siquiera recuerdo los equipos. Bebí menos que muchos, pero lo suficiente como para cometer un error clásico de borracho sinvergüenza: manché el piso de mis queridísimos anfitriones con un caballito de tequila y una cerveza que se hicieron añicos por dejarlos en el piso, justo en el camino al refrigerador. Da, qué burro.
Perdió feamente la selección mexicana como predije, y no voy a insistir más o me sentiré una de esas personas con problemas medianos o severos de obesidad que dan y dan vueltas al estacionamiento del súper, sólo para encontrar un lugar medio metro más cerca de la entrada. Diré, sin mofa, que los confiados volvieron a caer en el engaño de las marcas comerciales y las televisoras. Ese triunfo que me hermana al pulpo Paul (de prestidigitador con hambre de pescaditos, algas o tequilas) no me lo arrebata nadie. Dije que volverían a sufrir por creer, y le atiné. No hace menos mi atino haber seguido el juego contra Argentina en un Sanborns. El Tri volvió a fallar y su técnico, Javier Aguirre, con sus millones en la bolsa (y espero que con cierto rubor) va rumbo a Europa con su familia para escapar de este México jodido (así lo dijo) y fracasado por políticos corrompidos del alma y por vendedores de ilusión, como él.
No puedo quitarme de la cabeza las calles de Madrid. Híjole, la fiesta. El botellón y la marcha. Las tapas. El beso que le da un futbolista a la reportera por tele. La sensación de triunfo futbolero no se contagia a un hombre como yo que no sabe de futbol, pero aún así, festejo la alegría de los otros. Sería mejor si pudiera compartirla en plenitud. Ojalá fueran ustedes, fuéramos nosotros, mexicanos, los que celebran. Ni modo. Lo dije cuando empezaba esta “fiesta”: acá los espero cuando regresen con sed, crudos y derrotados. Acá estoy, pues. Lo que no dije es que también me siento vencido.
Hay pulpos que viven muchos años. No soy experto en el tema, pero Paul podría estar con nosotros una década más si no lo hacen empanadas o ceviches o sopa o cualquier cosa que se haga en Alemania con un pulpo. Regresará en el siguiente Mundial; dicen que se retira y no será así: como yo, volverá a las adivinanzas. Por mí, que acierte Paul. Somos muy parecidos, aunque lamentablemente yo sí me equivoco (menos en lo de la selección, ya lo presumí): si me ponen en una pecera a mis dos mujeres favoritas de la vida, me sentaré sobre la que abandona. Soy el siamés malo de Paul, el avión que choca sin Paul, el único insomne en la casa de Paul, la prueba en bond del libro en cuché para Paul. Y a la vez, soy igualito a Paul: me gustan el fondo y la oscuridad; no me basta con dos brazos; me oculto del día y disfruto las cavernas; cambio de color y de forma si tengo miedo o furia; muero al parir mis textos y soy curioso. Y en cualquier momento terminaré en medio de la mesa, cubierto en sal y aceite, con los brazos retorcidos y sin ánimos para impedir que me acaben a mordiscos.
Aunque no parezca soy tímido como Paul. “Es una reacción racional basada sobre todo en la prudencia”, diría Jacques-Yves Cousteau en uno de sus documentales que doblados al español hacían pensar que el oceanógrafo necesitaba ir al laringólogo de emergencia, o sacarse el calamar impostor de la garganta. Una vez, recuerdo, pude ver en un programa a un hermano de Paul abrir con destreza una botella y destapar un frasco de conservas. Como lo hago yo a las cuatro de la mañana.
Se fue el Mundial y, ¿saben qué?, ya lo extraño. Aprendí muchas cosas. Una de ellas, que los primates no son los seres más racionales del planeta.
Ay, Paul, Paul: Pocos entendemos qué bien se siente cuando puedes darle la espalda al mundo con una bofetada de tinta negra. Ay, pulpo Paul: Imagino cómo desearás que termine el barullo en la pecera. Que regrese el silencio para dejar de adivinar, para poder dormir, para soñar con el reino de los mares (o de los cielos) que, coincidirás, no necesita más que unas algas y unos pescaditos (para ti), unas cervezas y unos tequilas (para mí), una mujer de ocho brazos y el fondo oscuro de una bañera (para ambos).





Querido Alejandro
Disfruté mucho esta lectura, siento con ella una peculiar brisa fresca.
Sigo en deuda contigo, prometo ponerme al corriente en menos de dos meses.
Abrazos y mil disculpas.
David Jiménez.