10
Nov

TAMBORREL

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Lo contaré como lo recuerdo, y perdonen si mi memoria es flaca.
A la casa de Tamborrel 804 se entraba por un corredor flanqueado de pinos, y remataba en una escalinata de unos cinco peldaños que a su vez daban a un descanso y luego a un invernadero que mis abuelos maternos convirtieron en una sala, o algo así. De todo el terreno, sólo ese corredor daba a la calle. Era una apéndice que conectaba un predio fantasmagórico (prendido con las uñas del Cerro de Santa Rosa de Chihuahua, Chihuahua) con la vida real. Las piedras bola en medio de los patios irregulares eran del tamaño de un hombre. O así lo recuerdo: tenía unos ocho años la última vez que estuve allí.
Cuando los viejos compraron esa propiedad, a los perros se les ponían nombres como Dólar, Wilson o Forey. Pobres animales. Debería contarle de esos tiempos a Niño y a Simone, par de perros fresas. Las croquetas no existían (las habrían devorado las familias) y las bestias se alimentaban del buffet insano sobre la banqueta.
Los nombres: Dólar, Wilson, Forey. La moneda gringa, un presidente ídem y un militar intervencionista francés. De ese tamaño era el resentimiento.
La abuela Rosario nació en 1916 y el abuelo Carlos en 1911. Mamá me dice que una de sus tías nació en 1918, “el año del hambre”. Aunque en esas décadas, me aclara, la gente siempre tuvo hambre. Para los años 30, ya con familia y casado, el joven Carlos se mudó a Ciudad Juárez para buscar sustento en los restaurantes de El Paso, Texas. Le pagaban 20 centavos oro. Veinte centavos de dólar al día; pinches explotadores. Pero no iba por esa miseria; iba por la comida, por lo que sobraba en los platos de los comensales. Eso dice mamá. La frontera moría de hambre, igual la capital; y peor estaba al interior del estado, en las regiones serranas. El desierto puede ser cruel, frío, inmisericorde; siempre mejor que un hombre frente a otro que es más débil.
La abuela contaba que las familias normalmente hacían una comida al día, con una tortilla por persona. Escondían el maíz bajo la tierra. “La gente se paraba muda junto a las puertas de cierta casas en las que olía a tortillas recién hechas”, recordaba Rosario, cuenta mi madre. No pedía; pero si alguien compartía algo, quería ser de los primeros. No había ni para un café. Ni una gota de grasa animal.
–¡Abran esa puerta, que entre el bien de Dios! –gritaba mi abuela todas las mañanas para dar la bienvenida al nuevo día.
–…Envuelto en una frazada… –refunfuñaba, también a diario, el abuelo. Era mejor idea un Dios que llegara con algo.
Las catedrales eran un lujo estúpido. “Los curas se escondían en las hambrunas y daban campanazos dominicales en las bonanzas”, dicen que se decía.
Los abuelos dejaron Ciudad Juárez en algún momento de los años 50; después compraron esa casa de Tamborrel llena de espíritus. Los perros le ladraban al vacío, a las paredes. Fue una casa de campo para ricos con mansión en el centro de Chihuahua. Aún muy venida a menos cuando se mudaron, mis abuelos batallaron horrores para pagarla. El viejito era obrero en Aceros de Chihuahua. Fue líder sindical. Sabía leer y escribir y eso lo hizo administrador de la botica de mineros en Santa Bárbara y después de la cooperativa. Era un rojillo. Tuvo tres jubilaciones centaveras. Tanto que trabajó, caray. Murió sin dinero y de silicosis por los años que duró en las minas y por desgracia no fue en Tamborrel 804. Esa es otra historia. Mi abuela dio clases de primaria; también sabía leer y escribir. Eso, y sacar adelante un ejército de niños con hambre crónica, la tumbaron no tan vieja en un sillón reclinable. Allí boqueó, la pobre, como un pajarito.
Años más duros. Mamá era una adolescente y el barbero cobraba 50 centavos. “¡Chavalos qué pelar!”, gritaba. Mi vieja dice que un puñado de galletas de animalitos era una bendición y una tortilla con azúcar, la gloria.
Qué pueblo más sufrido, el mexicano. Para millones de familias la hambruna continúa. Un siglo después, miles más abandonan pueblos y ciudades por falta de oportunidad y por la violencia. Y hoy, para muchos chihuahuenses, Texas es una tabla de salvación. Ese Texas explotador y racista, hágame el favor. Pinches gobiernos de México; pinches políticos.
Regreso a Tamborrel para despedirme. Ya ni hablé de las tres recámaras en desnivel, la tía que se volvía loca con la luna llena, los entierros, los muertos de Francisco Villa, la viuda negra que tejió un cono en una esquina del gallinero, los pavos, las manzanas, una canaleta de piedras y cemento para regar los árboles, los duraznos y los membrillos, una pileta para patos y gansos, los tomates en el verano y las hierbas de olor en la pequeña huerta.
Lo contaré como lo recuerdo: El corazón de Tamborrel era una viejita blanca y canosa que colaba café sobre la mesa, servía frijoles inigualables en platos de peltre y tortillas de harina con manteca que sabían al mejor de los filetes. Tamborrel era un viejo chaparrito y moreno, de manos rasposas y gesto recio que se sentaba a la sombra de una higuera y nos mostraba las bondades del trabajo en las hormigas negras, y las ventajas de un sol que no distingue entre pobres y ricos. Sol generoso, desinteresado, apapachador; sol amoroso de Chihuahua.

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Esta entrada fue publicada el Miércoles, Noviembre 10th, 2010 a las 2:00 am y archivada en POSTS. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0 feed.

comentarios

1
  1. Noviembre 11th, 2010 | Adolfo martinez dice:

    ya se empieza a pegar el hambre con la necesidad, ya se empieza a gestar el grito desgarrado de la desigualdad….pronto sera, la muerte no dolerá… saludos de Delicias…

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