LA CÁTEDRA ABIERTA
05/10/08 1:20 PM por Alejandro Páez VarelaMe pidió Memo Quijas, director de Editorial Almadía, que presentara a Guillermo Fadanelli y a Leonardo Da Jandra en el Encuentro Internacional de Escritores desarrollado a finales de abril y principios de mayo en Oaxaca. Lo hice encantado, y no sólo por Memo sino por mis dos amigos. Les comparto lo que leí
Platicábamos Guillermo Fadanelli y un servidor hace unos días, luego de su regreso de Berlín, sobre cómo mi casa en la ciudad de México se convirtió en estos años en una extensión de la cantina favorita de muchos. No me apena decirlo así. En su ensayo sobre La Idea de Europa, George Steiner comenta, con propósitos más serios, sobre cómo el viejo continente son muchos cafés por los que circulan ideas y, a la vez, una misma idea. Los cafés de Italia y los de España, unos con dulces y panecillos, otros con carajillo. Los de Berlín y los de París, los de Copenhague y los de Palermo. Comenta Steiner también que difícilmente veremos Irlanda sin poner los ojos en los pubs, o Estados Unidos, sin sus ruidosos bares de blues y jazz.
Guardando la proporción, las cantinas mexicanas, que la literatura ha consignado y comprometido, son espacios en los que hemos invertido hasta lo prestado, pero de donde también hemos sacado ideas. De allí que no me avergüence decir que mi casa es una extensión de las cantinas favoritas de muchos de los autores de este Encuentro, incluyendo a Leonardo da Jandra y a Guillermo Fadanelli.
De mi casa y en mi casa, y por razones que ustedes conocerán, se han llevado y han dejado toda suerte de objetos. Pero también libros.
Hace un tiempo, Rodrigo Rey Rosa o Julio Trujillo, imposible saber cuál de los dos, dejaron El Amor de Shoppenhower, un ensayo maravilloso y recomendable, que si fuera releído con atención por las religiosas de la orden de las feministas sería llevado a la hoguera pública.
Mauricio Montiel dejaba un libro un viernes sí y un viernes no; el último, si mal recuerdo, fue El Mar, de John Banville. Una chiquilla con la que salía hasta hace unas horas olvidó a propósito Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, y del que rescato, porque sería un error no hacerlo en este espacio, una frase: “La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver mi esqueleto”.
El último en abandonar un libro en casa fue justamente Fadanelli. Se trató de Venir al mundo, Venir al Lenguaje, de Peter Sloterdijk.
Tengo una pequeña biblioteca de bebedores no tan santos en casa. Pero si a veces mis invitados se han bebido el Clorox o se han comido las verduras del refri, entre los muchos de la turba he perdido chunches, CDs y, obvio, libros. Me gustaría saber, por ejemplo, quién fue el paciente que un viernes se llevó el primer tomo de Literatura de la Revolución Mexicana Uno, y en sábado completó su colección con el volumen dos. Coños es un libro que quiero mucho. No se ha editado en México. Juan Manuel de Padua tiene, entre todos los coños o textos, uno dedicado a una violonchelista. Amo a las violonchelistas. Amo el chelo. Amo ese texto. Y cada vez que voy a Madrid compro dos o tres ejemplares porque, ya borracho, en casa, me gustaba leer el Coño de la Violonchelista, y alguien se llevaba en ejemplar. No había manera de defenderlo. Seguro estábamos todos muy ahogados cada vez que sacaba mi libro. Ahora lo tengo entre los colchones porque, si me pongo borracho, pienso en mi cama sólo cuando estoy a punto de desvestir a mi invitada.
Los libros vienen y van. No importa. Me gusta la idea de Guillermo cuando dice, en su ensayo En Busca de un lugar habitable, recientemente editado por Almadía, que se puede llegar a la conclusión de que “todo en la literatura resulta prestado: ideas, palabras e incluso el texto completo una vez atrapado en la hoja”. Agrega el mismo ensayo, más adelante: “Asumir que todo ha sido pensado o está a punto de pensarse, que flota en el aire aún antes de ser expresado es, entre otras cosas, una manera de curarse la vanidad y el triste orgullo de poner ladrillos a un edificio cuyos cimientos son cada vez más nebulosos: algo pasa encima de nosotros, nos utiliza como las piedras de un río para saltar hacia cualquier parte”, y etétera.
Estoy aquí para simplemente abrir una conversación entre dos personajes que admiro, que quiero y respeto. Leonardo da Jandra, me parece, es una sucesión de eventos afortunados para este país. Creo, y a él no le importa –en todo caso más a mi que soy el periodista en esta mesa–, la historia le hará justicia a él y a sus ideas. Aún creyendo que la lengua tiene vocación, como lo sostenía Levi Strauss, para orientar las ideas hacia alguna parte, no creo que las palabras, ajenas, que flotan en el aire, como lo describe Guillermo, puedan orientar la vocación de hombres como Leonardo, un filósofo, un idealista comprometido en tiempos en donde a nadie le importan los compromisos. Lo mismo creo de Guillermo. Las preocupaciones del mundo y por el mundo no tienen sentido si son una abstracción. Ambos autores le han puesto nombre y apellido en sus novelas. En ellas han planteado lo que les compromete y lo que les preocupa.
Advierto que ninguno de los dos son personajes fáciles. Con mi hermano Da Jandra me he peleado varias veces y lo creo intolerante. Y qué. El mundo lo es mucho más y con este mundo vivo incómodo; con Leonardo no. Este mundo que vivimos se supone que es cada vez más “políticamente correcto” y ya ven: ahora resulta que el Tercer Mundo está a punto de arribar a la peor hambruna en la historia de la humanidad, gracias a la especulación global de granos y al inmoral uso de biocombustibles. Imagínense. Por algo Slavoj Zizek, en su ensayo La tolerancia represiva del multiculturalismo, pone en duda la buena voluntad de los que quieren un mundo de cuotas para las mujeres, los homosexuales, los jóvenes, los negros y los blancos, etcétera. Quieren, dice Zizek, mundos aparte para cada quién, en vez de procurar la verdadera tolerancia, no la simulada.
A mi casa llegó Da Jandra por una ventana. Escaló a mano pelona tres pisos porque yo no escuchaba el timbre. Hay muchas historias que podría contar de Guillermo también. Lo que pienso ahora es que ambos representan para mi una cátedra abierta y ambulante. A veces se estaciona en mi casa. Hoy está aquí, en Oaxaca.
Seguramente muchos de los que estamos aquí nos veremos después, otro día.
Por lo pronto, los dejo con Leonardo da Jandra y Guillermo Fadanelli.
Muchas gracias.
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