De aviones y cosas peores

07/9/00 1:08 PM por Alejandro Páez Varela

A Juan Rosales ( 1967-1995)

Es un hecho: disfruto con delicia del avión en tormentas nocturnas, y más cuando están llenas rayos que semejan la espada justiciera de Dios anunciando la tragedia. Me había preguntado por qué; ahora me queda claro: es de esos pocos momentos en los que uno se siente acompañado en el espanto.
Unos cuantos saben lo que es sudar todo un vuelo, y lo hermoso que es, para los miedosos, el momento en el que la frágil mole de acero se tambalea. Te burlas de los demás porque eres el decano, el que se conoce las oraciones, el único que aplica el truco de levantar un poco de trasero y apoyarse en el piso con la punta de los pies ( para volverse amortiguador humano). Te burlas porque mientras los valientes sufren, has resuelto que un remedio infalible es estar borracho.
Sin embargo, los fóbicos sabemos que las tormentas duran poco y que hay que estar preparados para el pavor permanente. De allí que rondar la desgracia se vuelve remedio breve, porque el avión se estabilizará tarde que temprano; es por eso que subir borracho es, con mucho, la solución más consistente.
Con años de terror a cuestas, he probado todas las técnicas-para-no-escandalizar en los excesos. La mayoría no tienen éxito. Pero un asustado nunca hace amigos en el avión, y existen pocas posibilidades de encontrar conocidos en viajes largos ( los más espantosos); así que la vergüenza es casi inexistente. Mis técnicas podrán ser lamentables, sin duda, pero no verse lamentables, sin duda, pero no vergonzosas: el anonimato es socio de la embriaguez, y ácido contra la vergüenza.
Esto no es una guía para los que sufren mal de avión. Pero un buen tip es llegar a beber dos horas antes al aeropuerto, en uno de esos bares de hachos fríos y ensaladas con Mil Islas (que escurren tanto aceite caliente como para freír a todos los soldados de la Edad Media).
Pero cuidado: excederse antes del abordaje es peligroso; una vez aterricé en Monterrey cuando mi pase de abordar decía Guadalajara. (“Sr. Páez”, me dijo la sobrecargo, “¿cómo le hizo para subirse a este vuelo?” Un casabolsero que me había reclamado el lugar –y, claro recibió un gruñido a cambio –disfrutó cuando contesté a la señorita un ‘con mucho cuidado para no caerme’. “No”, corrigió ella. “¿Cómo le hizo para pasar la revisión de boletos?”)
Pasado el trámite del bar previo, el siguiente reto es encontrar cómplices para seguir la borrachera. En ese intento, dos veces me he sumado a un grupo de señora; las dos fueron experiencias nefasta ( y no soy sexita): en un momento de lucidez me encontré a mí mismo discutiendo de política y economía con el mismísimo Kissinger, con Greenspan y con el priísta Juan Gabriel.
Engatusar a los compañeros de viaje parece mejor opción, y sin moverse del lugar. Una vez emborraché a un japonés adolescente que iba con papá y mamá rumbo a Los Ángeles a conocer a su familia americana. En otra pedí miles de chinchones dulces para mi vecina, inicialmente tímida, después tan briaga que me habló maravillas de los cantaores. Una más sonsaqué a una risueña pareja-fresa de recién casados que daba ternura de tan linda.
Excelente, volar lejos: la azafata servirá alcohol hasta el cansancio, con muecas discretas. Lo malo es que despiertas y sigues atornillado al asiento, con una cruda horrible, sin poder bañarte, y con una pantalla de cine recordándote que a la pesadilla le faltan de 5 a 10 horas de vuelo. Te dan ganas de golpear al primero que se te ponga enfrente, pero desistes al ver los cadáveres de tu comportamiento: la pobre flamenca babeando la ventana, sin almohada; el japonés papá, que tomó el asiento de su vástago y te mira feo; la pareja fresa, que se comparte aspirinas, y ha convertido su calidez seductora en rechazo sin palabras (mientras el marido te mira de reojo porque no recuerda quién se durmió primero).
-Un buen día la vas a pagar caro; el piloto se va a subir borracho-, me amenazó cierta vez una amiga.
No lo expresé, pero pensé que ese viaje sería el más reposado de mi vida. Un piloto borracho tiene dos traducciones: o es la mano inevitable de Dios tomando cartas en el asunto, o de plano será un vuelo apocalíptico que disfrutaré con delicia.

9 JULIO 2000

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Comentarios (2 comentarios)

[…] Hace años escribí, ahora recuerdo, un breve texto que llamé “DE AVIONES Y COSAS PEORES” y dediqué a Juan Rosales. En éste contaba anécdotas de lo que me había sucedido en algunos viajes y hablaba sobre mis temores a volar, y cómo disfrutaba las tormentas: es el único momento, decía, en el que todos en un avión somos iguales, miedosos y o no. Cuando un avión está en riesgo inmediatamente, me convierto uno más, mientras que si no hay sobresaltos, pues el único que se viene cagando entre la concurrencia (una vez que se arman los toboganes, como dice la señorita) soy yo. Con los años, aquella breve narración no ha perdido vigencia, sino todo lo contrario: se ha confirmado y se ha enriquecido hasta decir basta. No hay manera de escribirlo todo ahora porque he volado mucho y a destinos muy variados en estos años. Ya lo haré, cuando tenga tiempo. Me dará mucho gusto compartirlo porque seguramente se verán identificados. Recordé aquél texto porque, hermoso mi gran Dios, esta semana fue de antología: qué especímenes, señores, cuántos detalles finos que hacen maravillosa la vida. […]

alejandro páez varela » Blog Archive » Aviones y cosas de la tiznada / Octubre 7th, 2006, 3:15 am / #

A mi regreso de Buenos Aires, me encontré en Ezeiza a mi tia con sus dos hijos (hiperfresas). Pensé: “chutarme a esta mujercita con recomendaciones de belleza y hablando de su eterno novio Juan de Dios..¡ Uf ! ” Será mejor que de una vez abra esa botella de vino que llevo para mi ex, emborracharme y hacerme leve la compañía de mis “adorables” primos (y sí, terminé babeando la ventanilla aunque gracias a la tía Irma, tapadita y con dos almohadas)

Tania Rosas / Noviembre 1st, 2006, 2:42 pm / #

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